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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Carl Jung lee el Ulises de Joyce

• Domingo 2 de septiembre de 2018

Carl Jung

Las mentes científicas vienen amuebladas de una manera bastante particular y debido a ello su visión de las cosas (o el mundo) responde a patrones que para gente ordinaria como uno se vuelven un tanto incomprensibles.

Carl Jung es por supuesto una mente científica. Fue por otra parte el protagonista puntual en los inicios del psicoanálisis, y luego fundador de eso que se conoce como psicología analítica. Escribió algunos libros un tanto enigmáticos, por no decir insólitos. De los libros menos raros que escribió está uno breve titulado ¿Quién es Ulises? En dicho libro intenta responder/indagar sobre la novela escrita por James Joyce y sobre la agitada odisea de lectura que él realizó del libro. Otra lectora del Ulises fue Marilyn Monroe. Hay una foto (que sin duda Jung no conoció) en la que se ve a Marilyn leyendo la novela como si nada. Quizá la eterna rubia del cine leyó la novela sin tanta ansiedad mientras que Jung tardó tres años y algunos insomnios en zambullirse por completo en el Ulises, y de ese no ahogarse surge su pequeña reflexión.

La lectura que hace Jung peca de una retorcida honestidad. Leyó la novela desde la contienda y por esa razón le resultó un libro impertinente y exigente.

La lectura que efectúa Jung sobre la intrincada novela de Joyce es, en gran parte, desde su punto de vista científico. Lleva al diván el libro e intenta desentrañar las distintas patologías ocultas entre líneas, o que se van descubriendo, según sus propias palabras, capa tras capa a cada nueva relectura. No obstante, a su vez lo lee como un lector terco e inquebrantable. En una carta le escribe a Joyce sobre su tenacidad y su testarudo esfuerzo: “Ulises resultó ser una nuez excesivamente dura y ha obligado a mi mente no sólo a los esfuerzos más inusuales, sino también a las peregrinaciones más extravagantes (hablando desde el punto de vista de un científico). Su libro como un todo me ha brindado un sinfín de problemas, y estuve meditando sobre él durante unos tres años hasta que logré meterme en él. Pero debo decirle que le estoy profundamente agradecido, así como a su obra gigantesca, porque aprendí mucho de ella. Probablemente nunca estaré muy seguro de si me ha gustado, porque me implicó mucho crujir de los nervios y de la materia gris. Tampoco sé si usted va a disfrutar de lo que he escrito acerca de Ulises, porque no podía dejar de decirle al mundo lo mucho que me aburrió, como me quejé, cómo lo maldije y cuánto lo admiré”.

La lectura que hace Jung peca de una retorcida honestidad. Leyó la novela desde la contienda y por esa razón le resultó un libro impertinente y exigente. Además, como él se tenía como un lector inteligente la novela lo apabulló hasta convertirlo en un lector pusilánime y esto sin duda lo sacó de sus casillas, movió su mundo de lector sumiso, quien acomodado en un sofá mullido se dispone a distraerse leyendo. Como lector quiere comprender, busca sacar algo en claro de aquel desproporcionado túmulo de palabras escritas y que apenas narra un día en la vida de algunos personajes. Como simple lector intenta que la novela le proporcione algo. Como hombre de ciencia ambiciona correr la cortina que cubre la sique de los distintos personajes que interactúan en la novela y si es posible del autor.

En las primeras lecturas que hace acota: “Ulises (décima edición inglesa de 1928) es un libro que fluye a lo largo de 735 páginas, una corriente de tiempo de 735 días, compuestos de un único y vacuo día de la vulgaridad cotidiana de todo el mundo, el intrascendente 16 de junio de 1904, en Dublín, en el que, en el fondo, nada sucede”.

Este “nada sucede” inquieta más al lector que al científico. Como lector Jung quizá ha leído otras novelas denominadas tradicionales (o clásicas) con atmósferas y situaciones en las que un grupo variado de personajes se ve atrapado y en las cuales siempre sucede algo, permitiendo a los personajes avanzar, y esto de alguna manera hace mover los engranajes de la historia. Lo que sucede es que el Ulises no es una novela habitual al estilo de un Balzac o un Flaubert. ¿Cómo leer una novela donde no sucede nada? Y esta pregunta sin duda despertó el interés del científico más que del lector común que espera de una novela un poco de entretenimiento o que a lo sumo sea un espejo deformado de las tan cacareadas pasiones humanas.

Por supuesto que esto de que en el Ulises nada acontece exaspera a Jung. Como lector está a la espera de que se desate la hecatombe en la historia. A cada página espera que se rompa la monotonía y entonces recuerda algo que le decía un familiar: “Tenía yo un tío anciano, que pensaba en forma rectilínea. Detúvome un día en la calle, y me preguntó: ‘¿Sabes con qué atormenta el diablo a las almas en el infierno?’. Ante mi respuesta negativa, continuó: ‘Las hace esperar’. Dicho esto, prosiguió su camino. Esta observación se me vino a las mientes al abrirme paso por el Ulises. Cada frase es una expectación que no se satisface; al fin, por pura resignación, nada se espera ya, y con reiterado espanto se vislumbra poco a poco que eso es lo que hay que hacer. En realidad, nada sucede, nada adviene, y, sin embargo, página a página, va infiltrándose una secreta esperanza en conflicto con una resignación desesperanzada. Las 735 páginas, que nada contienen, no son, ni mucho menos, papel blanco, sino que están cubiertas de apretados caracteres. Se lee y relee y se cree comprender lo que se lee. De cuando en cuando se cae por un escotillón en una nueva frase —pero uno se acostumbra a todo cuando se ha alcanzado el grado exacto de resignación. Así, presa de la desesperación leí hasta la página 135, en la que me quedé dormido dos veces”.

Como siquiatra, Jung reconoce que siempre está en son de terapeuta, incluso hasta consigo mismo. En tal sentido está armado de prevención, según sus propias palabras, frente a todas las manifestaciones psíquicas. No obstante, prevenido y todo, el libro de Joyce se le resiste y Jung como lector está frustrado e iracundo; por esa razón escribe: “Sí, yo me sentí aturdido y desazonado. El libro no quería salir a mi encuentro, no hacía la más leve tentativa para encomendarse, y esto produce en el lector un irritante sentimiento de inferioridad. El filisteísmo existe, sin duda, en mi sangre en tal cuantía, que con toda ingenuidad supongo que un libro quiere decirme algo y que desea hacerse comprender…”.

Jung desde lo siquiátrico veía en la novela un compendio de patologías humanas insertadas con honestidad en una intrincada escritura.

La novela de Joyce como obra de arte honesta, y que intentaba nuevos derroteros estructurales en la novela, así como nuevos enfoques espirituales de los personajes, tuvo que incordiar a buen número de lectores. A pesar de lo intrincado de su estructura textual fue considerado un libro obsceno. Los editores norteamericanos del libro fueron objeto de un proceso jurídico que ni Kafka hubiera sido capaz de imaginar.

La sentencia del honorable juez John W. Woolsey es un ensayo defensivo de gran asertividad crítica. Algunos fragmentos no tienen desperdicio: “Al escribir Ulises, Joyce trató de hacer un experimento serio en un género literario nuevo, si no enteramente inédito. Toma a personas de la más modesta clase media, que viven en Dublín en 1904, y trata no solamente de describir lo que hicieron cierto día, a comienzos del mes de junio, mientras iban y venían por la ciudad empeñadas en sus ocupaciones habituales, sino que también trata de contar lo que muchas de ellas pensaron entretanto (…). Si Joyce no intentara ser honesto desarrollando la técnica que ha adoptado en Ulises, el resultado sería psicológicamente falso e infiel, por lo tanto, a la técnica elegida. Tal actitud sería artísticamente imperdonable (…). El móvil propuesto le exigió usar incidentalmente ciertas palabras que en general son consideradas sucias y lo ha llevado a veces a lo que muchos consideran una preocupación demasiado acentuadamente sexual en los pensamientos de sus personajes”.

Esa honestidad que percibe el juez es también observada por Jung: “Ulises es absolutamente objetivo y honrado y, por ello, digno de confianza. Puede confiarse en su testimonio, que pone de manifiesto el poder y la nada de espíritu y mundo”.

Jung desde lo siquiátrico veía en la novela un compendio de patologías humanas insertadas con honestidad en una intrincada escritura, pero que a la par no dejaba de lado las sutilezas prejuiciosas para abordar, a veces con excelso dominio de lo escatológico y de la sexualidad rayando en lo enfermizo, temas un tanto bituminosos del comportamiento humano. Jung a su vez nota la irreverencia religiosa del libro, pero a la vez su contundente sentido de espiritualidad que intenta describir el momento histórico de una Dublín aletargada, y como detenida en el tiempo, sin sentimentalismo literaturesco. No es por casualidad que Jung escriba: “Los profetas son siempre antipáticos y por lo regular tienen malas formas. Pero esto quiere decir que de cuando en cuando ponen el dedo en la llaga. Existen, como se sabe, profetas grandes y pequeños; la historia decidirá a cuál de estas clases pertenece Joyce. El artista es el portavoz de los secretos psíquicos de su época, involuntario como todo profeta auténtico, a veces inconsciente como un sonámbulo. Tiene la ilusión de que habla por sí mismo, mas quien habla por sus labios es el espíritu de su época, y éste lo que existe dice, puesto que actúa”.

Para muchos la novela de Joyce sigue siendo un tostón insufrible, para otros es un libro que depara deleites insospechados.

Las conclusiones en torno al libro se mezclan con la espiritualidad oriental a la que era muy afecto Jung y a la que dedicó buena parte de sus investigaciones. No es extraño entonces lo que anota: “Ulises es en Joyce el Dios creador, un verdadero demiurgo, que ha conseguido librarse de la implicación en su mundo, tanto espiritual como físico, y contemplarlo con una consciencia desprendida. Con el hombre Joyce, se comporta Ulises como Fausto con Goethe, o Zaratustra con Nietzsche. Ulises es el más elevado yo que, del ciego barullo universal, retorna al lar divino. Ulises no aparece en todo el libro, el propio libro es Ulises, un microcosmos en Joyce, el mundo del yo y el yo de un mundo hecho uno solo. Ulises sólo puede retornar cuando ha vuelto las espaldas al universo. Aquí reside el fundamento más profundo que hace al espíritu, y al mundo, imagen universal del Ulises: el 16 de junio de 1904, un día de la vida cotidiana de todo el mundo, en el que tantos insignificantes seres potenciales han hecho y dicho sin tregua cosas sin principio y sin objeto, en forma fantasmal o ensoñada, irónica, negativa, horrible y diabólica, y, sin embargo, una verdadera imagen del mundo que podría ocasionar una verdadera pesadilla o un humor cósmico de un miércoles de ceniza…”.

Si críticos y eruditos vieron en el Ulises una obra literaria innovadora y otros enrevesados equívocos, Jung en cambio pudo ver el costado espiritual del libro, la limpidez profética de su postulado y donde la odisea del hombre ordinario es apenas un paseo para iluminarse, para llegar a ese punto de dignidad donde lo humano siempre tiene una oportunidad, aunque a veces no pase nada o en ocasiones pase de todo.

Marilyn Monroe

Existe una foto de Marilyn Monroe leyendo, de manera despreocupada, Ulises. La rubia eterna está disfrutando de un día de sol y piscina. Su apacible postura de lectora es contraria a la que ha trasmitido Jung. A Marilyn no se le nota para nada ese “crujir de los nervios y de la materia gris”. Lee desde esa tranquilidad dudosa; quizás no comprenda mucho, a lo mejor todo es un montaje de publicidad para decir que la rubia hueca lee libros complicados. ¿Qué hubiera opinado Jung de esa foto? Todo entra en ese terreno incierto de la conjetura. Para muchos la novela de Joyce sigue siendo un tostón insufrible, para otros es un libro que depara deleites insospechados. Francisco García Tortosa ha escrito que “quien haya leído y releído Ulises hasta percibir sus méritos no es más inteligente ni más culto que quien hastiado e impacientado por las complicaciones que presenta su lectura no pasa del primer episodio”. En fin, que si me dan a elegir prefiero ese estilo estival de Marilyn leyendo Ulises, que el sadomasoquista estilo del reputado y sabio doctor Jung.

Carlos Yusti

Carlos Yusti

Editor en Arte Literal
Escritor y pintor venezolano (Valencia, 1959). Cofundador del grupo literario Los Animales Krakers y de la revista Zikeh. Dirige en la web la página Arteliteral. Su última exposición conceptual es la revista ensamblada La Tapa del Frasco (2015). Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (1991), Vírgenes necias (1994), De ciertos peces voladores (1997), Dentro de la metáfora: absurdos y paradojas del universo literario (2007), Para evocar el olvido y otros ensayos inoportunos (2007) y Poéticas del ojo (2012).

Sus textos publicados antes de 2015
95122
Ciudad Letralia: Notas desabrochadas
Editorial Letralia: Q. En un lugar de las letras (coautor)
Carlos Yusti

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