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Un centavo por palabra

jueves 28 de marzo de 2019
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Cornell Woolrich
Woolrich, con treinta años, estaba un poco desganado e insatisfecho con lo que había escrito.

El título de este texto en realidad pertenece a un cuento de Cornell Woolrich, un autor norteamericano que fue un escritor regular, en los años 30, de esas revistas impresas en papel barato y roñoso de pulpa, especializadas en relatos de asesinatos, detectives (o terror) y que contaba con un contingente enorme de seguidores.

El relato de Woolrich no tiene misterio, crímenes o detectives; sin embargo mezcla todos esos elementos, de manera velada, para satirizar cómo era, más o menos, la creación de una historia que acaparara la atención del lector en las primeras líneas. El trabajo era apremiante y sujeto a la dictadura del plazo estipulado por parte de los editores, indiscutibles chupasangres interesados en el negocio más que en el arte de la escritura. Editores atiborrados de practicidad y carentes por completo de algún atisbo de espíritu artístico; eran sólo tacaños empresarios de la impresión que vendían seudoliteratura en papel depreciado para obtener ganancias con la menor pérdida posible. Para ellos los escritores eran sólo vagos, con veleidades de autores en mayúscula, a los que había que tratar a latigazos para que escribieran algo medianamente bueno y que colmara el gusto pedestre de la mayoría. No querían arte, sólo historias inquietantes, sobrenaturales o de aventuras con crímenes y sexo (más sugerido que explícito), para que la gente olvidara un poco su miserable vida en verdad terrorífica.

Cornell Woolrich había realizado algunos talleres de escritura cuando era estudiante, pero es debido a una lesión en un pie, que lo postró en una cama por algunas semanas, que se decide a escribir su primera novela.

El relato se inicia con una llamada telefónica a un hotel, a principios de la tarde, para reservar un cuarto a nombre de Edgar Danville Moody, que llegará a eso de las seis de la tarde. La chica que hizo la reservación insistió, varias veces, en la tranquilidad de la habitación y sobre todo en la necesidad de silencio. El cliente llegó con retraso y en ese ínterin en la recepción el lector se entera de que se trata de un escritor, que tiene una máquina de escribir portátil a la que llama Gertie y que por superstición no deja que nadie la toque, sin mencionar que es la séptima. Ya en el ascensor el botones, que le ayuda con las otras pertenencias, quiere saber cómo es eso que ha gastado otras seis máquinas, ya que el contable del hotel tiene una igual en su despacho y todavía está como intacta. El cliente, como ufanándose, aclara: es que “él sólo escribe números. Yo soy escritor”. El relato está servido. Pero el lector no sabe aún de qué va la historia.

Cornell Woolrich había realizado algunos talleres de escritura cuando era estudiante, pero es debido a una lesión en un pie, que lo postró en una cama por algunas semanas, que se decide a escribir su primera novela. Como todo novelista primerizo, cree que escribir es un arte superior, pero la práctica del oficio lo confrontará con esa realidad en la que las palabras valen centavos. Nada de metáforas ni vuelos exquisitos con las palabras; sólo palabras simples, toscas y filosas como cuchillos que vayan directo a la yugular del lector para impresionarlo.

No obstante dejó los estudios para dedicarse, sin interrupciones fútiles, a escribir. En su primera etapa publicó algunas novelas con un éxito relativo e incluso ganó un premio de diez mil dólares como premio en un concurso.

Woolrich, con treinta años, estaba un poco desganado e insatisfecho con lo que había escrito. Para el año 1934 vuelve a la escritura. Ya no está interesado en ser un autor en mayúscula y necesita dinero. Ve en las revistas baratas de misterio y detectives una veta fácil para hacer algunas monedas. La revista Detective Fiction Weekly publica su primer relato de misterio. Woolrich lija al máximo los párrafos de frases innecesarias y con diálogos precisos desarrolla historias en las que vierte todas las imposiciones compositivas que exige la literatura para las mayorías; por supuesto, también arroja en sus historias su visión del mundo con sus neurosis personales y esa capacidad de observación del mundo que le rodea y le respira.

En esta nueva etapa Woolrich, aparte de sintetizar y bruñir su estilo, adquiere el seudónimo de William Irish, más por razones de derechos con otras editoriales que por azarosa frivolidad. Los cuentos y novelas de Woolrich/Irish abarcan los temas más variados con un sello indiscutible: puntillosa percepción de ambientes claustrofóbicos, situaciones límite, un tratamiento depurado de la sicología de los personajes y una neblinosa ironía, que retrata la vida desde ese ángulo de la gran depresión económica y sus daños colaterales.

Escribió varios guiones para el cine y la radio. Alfred Hitchcock adaptó uno de sus relatos, “La ventana indiscreta”, en 1954. A este respecto Rafael Narbona ha escrito:

Narración y film disfrutan hace tiempo de la consideración de clásicos, si bien es cierto que la adaptación de Hitchcock marca un hito en la historia del cine y el relato de Woolrich no resulta tan innovador en su género. No obstante, si los comparamos, descubrimos que los dos parten del mismo punto: la frustración que muchas veces nos producen nuestras vidas y el placer que nos proporciona entrometernos en la existencia de los demás. No nos mueve el anhelo de comprender y, menos aún, la solidaridad, sino una obscena curiosidad, similar a la del entomólogo que clava un alfiler en el abdomen de una mariposa para ampliar su colección de rarezas.

El gran acierto de Woolrich como escritor fue tomar esos aditivos menores de la existencia y descubrir sus atmósferas de espesa oscuridad, donde lo anodino cotidiano salta de sus goznes para entrar en ese universo fantástico de terror y locura donde cualquier cosa puede suceder.

El relato va descifrando cómo el escritor comienza a urdir distintas tramas para darle forma a la historia.

El escritor del cuento de Woolrich sólo tiene la ilustración que representa, en colores vivos, a una joven de “busto generoso”, con un desgarrado vestido de color lavanda, que huía aterrorizada de un perseguidor “cuyo rostro mostraba una expresión que prometía adicionales destrozos”. La ilustración estaba antes que el cuento debido a que el designado para escribirlo había enfermado o algo parecido.

La narración de Woolrich, adicionalmente de contar las peripecias de un escritor para crear una historia, y que tiene la oportunidad de pasar de las últimas páginas de la revista, donde están los anuncios, a las primeras páginas con portada y todo, trata de otros asuntos: como eso tan vago como la inspiración, el plazo implacable, o esas manías del escritor cuando una paloma en la cornisa interrumpe para descontrolarlo todo y sobre esos parámetros de censura y corrección que imponía el editor al escritor y que debían tener en cuenta al momento de escribir una historia, y que el escritor del relato las repite como una letanía, mientras busca las palabras adecuadas para iniciar la historia: “No quiero ninguna indeseable en mis relatos. Si tiene que meter alguna, procure matarla lo antes posible. Y en cualquier caso no deje que se acerque demasiado al protagonista. Aléjela de él. Si se enamora de ella, es que es un tonto. Y si no se enamora, resulta demasiado bobalicón. Manténgala en segundo plano… déjela tan sólo que abra la puerta vestida con un salto de cama cuando el gánster principal viene de visita. ¡Y cierre otra vez la puerta… rápidamente!”.

Aparte del incidente cómico con la paloma, que deja al descubierto que los escritores pueden ser unos maniáticos quisquillosos, el relato va descifrando cómo el escritor comienza a urdir distintas tramas para darle forma a la historia. El lector se convierte en un fisgón que mira en silencio cómo, no sin dificultad, el pobre diablo va cocinando un relato de intriga y suspenso mientras golpea las teclas de “Gertie” sin consideración alguna.

Poco a poco el personaje del cuento ya le ha tomado el pulso a la historia y ésta va de su cabeza a sus dedos de manera fluida. Luego de algunas cervezas, que se hizo traer al principio del relato con el botones del hotel, y muchos cigarrillos, coloca el punto final satisfecho de su creación. Como la historia tiene que ser entregada a las primeras horas de la mañana, el escritor exhausto, algo achispado, pero colmado de felicidad, se tira en la cama reclamando su merecido descanso.

Los escritores dedicados a este oficio de escribir historias truculentas de misterio y crímenes lo hacían a destajo. Su cobro era por palabra y eran relatos cortos, aproximadamente de unas ocho mil palabras, donde las situaciones más retorcidas de la imaginación tenían cabida. Eran relatos bituminosos donde el asesinato, las bajezas humanas y las situaciones de horror sobrenatural más sórdidas buscaban sacar al lector de su cotidianidad bostezante y silvestre. Los relatos poseían ese encanto de pompa de jabón de las pesadillas. Relatos que exploraban la curiosidad y el morbo de la gente. La fórmula resultó y la “literatura” pulp tuvo seguidores a patadas. Muchos de esos escritores se perdieron en las páginas de esas revistas, las cuales para muchos sólo eran basura impresa en papel barato. No obstante una buena parte de escritores, con todo ese mundo de aguas turbias de callejón, fueron capaces de retratar las taras y fobias de un entorno social también sometido a situaciones límites, hasta crear historias de una maestría que se acercaba bastante al arte de escribir.

Con genialidad, desprovista de prosopopeya, narra desde la comicidad trágica que para escribir con oficio y arte no importa que las palabras valgan un centavo.

Retomando el final del cuento de Woolrich, el personaje se queda dormido y el propio editor llega hasta el cuarto de hotel buscando su historia. El escritor va saliendo poco a poco del sopor del sueño e indica al editor que las páginas están apiladas en el suelo. El editor busca en las hojas y descubre que todas están en blanco y estalla en cólera. El final de Woolrich es una estocada tragicómica sublime: “¡Maldito y estúpido idiota! —bramó enloquecido, alzando la vista hacia el techo como buscando ayuda con la que apaciguar unas emociones que le impulsaban a atacar—. ¡Ha estado tecleando el aire toda la noche! ¡Ha estado aporreando un papel en blanco! ¡Se olvidó de ponerle una cinta nueva a la máquina de escribir!”.

Esta historia de Woolrich es narrada con precisa sencillez, precisa como es el ritmo de la escritura, como es ese proceso de la creación. Con genialidad, desprovista de prosopopeya, narra desde la comicidad trágica que para escribir con oficio y arte no importa que las palabras valgan un centavo, debido a que las palabras escritas que trascienden hacia lo clásico, a fin de cuentas no tienen precio.

Carlos Yusti

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