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Locha y palabras

lunes 8 de abril de 2019
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Humpty Dumpty y Alicia
“Cuando yo uso una palabra quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos”, le dice Humpty Dumpty a Alicia en Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll.

El idioma va con cada época y los adminículos que nos rodean son también lenguaje que va a la cadencia del hoy, en una casi permanente metamorfosis de las palabras que conforman el idioma. Con las palabras hay que andar con cuidado cuando se pronuncian (o se escriben), y más si uno ha pasado por algunos ciclos de la existencia. Me explico: por ejemplo, la palabra marico era utilizada en ocasiones como una granada ofensiva e incluso denigrante, aparte de identificar a determinados hombres afeminados y que tenían inclinación no por el sexo opuesto. Hoy, sin embargo, la palabra marico entre los jóvenes se ha devaluado bastante y designa al amigo cercano, algo así como cuando en mis días juveniles se empleaba el panaburda o panadería.

A las palabras se les quiere domesticar, adoctrinar o darle esa prosopopeya de proféticas e incluso convertirlas en asalariadas para fines particulares.

Las palabras no sólo cuentan historias sino que poseen su historia, y un buen libro para acercarse al idioma nuestro es el Diccionario histórico del español de Venezuela (bid & co. editor), de Francisco Javier Pérez. En su nota preliminar el autor escribe: “Entre las voces acure y zafrisco se ordenan un total de cincuenta macroartículos, que suponen más de 2.250 documentaciones principales, 192 acepciones, 866 unidades relacionadas y más de 810 fuentes consultadas, constituyendo un conjunto muy representativo sobre la cantidad y variedad del español en Venezuela en su consideración diacrónica”. El libro, más que un diccionarios de voces, es un reencuentro con esas palabras con cuales mucha gente creció en el país, palabras que tienen su magia y que de alguna manera han demarcado nuestro perfil como pueblo hablante del español. Sin mencionar el rigor intelectual para ubicar la palabra en su contexto social, cultural y político hasta llegar el hueso suculento de su significado.

Al parecer las palabras nacen, se desarrollan y llegan al desuso, terminan como utensilios abandonados. En la novela de Georges Perec La vida instrucciones de uso (título original en francés: La Vie mode d’emploi) hay un personaje cuyo trabajo es tachar las palabras que ya no se utilizan de los diccionarios. Esta labor de borrador de palabras es un trabajo curioso, pero que en el fondo deja entrever todo esa sortilegio inaudito que gira alrededor de las palabras.

A las palabras se les quiere domesticar, adoctrinar o darle esa prosopopeya de proféticas e incluso convertirlas en asalariadas para fines particulares. Un ejemplo de esto es el personaje del libro de Alicia a través del espejo llamado Humpty Dumpty, quien le aclara a la sorprendida Alicia: “Cuando yo uso una palabra quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos”. “La cuestión —insistió Alicia— es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes. —La cuestión —zanjó Humpty Dumpty— es saber quién es el que manda…, eso es todo”. Humpty Dumpty actúa de forma tiránica con las palabras y hace una observación bastante apropiada: “—Algunas palabras tienen su genio… particularmente los verbos…, son los más creídos…, con los adjetivos se puede hacer lo que se quiera, pero no con los verbos…, sin embargo, ¡yo me las arreglo para tenérselas tiesas a todos ellos! ¡Impenetrabilidad! Eso es lo que yo siempre digo”.

—¿Querría decirme, por favor —rogó Alicia—, qué es lo que quiere decir eso? —Ahora sí que estás hablando como una niña sensata —aprobó Humpty Dumpty, muy orondo—. Por “impenetrabilidad” quiero decir que ya basta de hablar de este tema y que más te valdría que me dijeras de una vez qué es lo que vas a hacer ahora, pues supongo que no vas a estar ahí parada para el resto de tu vida. —¡Pues no es poco significado para una sola palabra! —comentó pensativamente Alicia. —Cuando hago que una palabra trabaje tanto como esa —explicó Humpty Dumpty— siempre le doy una paga extraordinaria. —¡Oh! —dijo Alicia. Estaba demasiado desconcertada con todo esto como para hacer otro comentario. —¡Ah, deberías verlas cuando vienen a mi alrededor los sábados por la noche! —continuó Humpty Dumpty—. A por su paga, ya sabes…

El poder político (o religioso) busca siempre que el lenguaje se alinee firme, o sumiso, ante los designios de los grandes ideales o de Dios, que es ya decir bastante. Lo cierto es que el lenguaje siempre sale airoso de todas las cadenas. En la novela distópica 1984, de George Orwell, los líderes del Ingsoc, pertenecientes a la cúpula del partido único que ejerce el poder sobre la población de la tierra denominada Oceanía, se inventaron la neolengua tratando de prescindir no sólo la expresión de ideas divergentes a los principios del partido, sino que además buscaban que semejantes ideas fuesen pensables. Las muletillas o eslóganes del partido ya marcan ese estadio en el cual las palabras significan lo que el mandamás del partido quiere que signifiquen:

La guerra es la paz.

La libertad es la esclavitud.

La ignorancia es la fuerza.

Para llevar a cabo todo este descalabro con el idioma los jerarcas del Ingsoc crean ministerios rimbombantes como el “Ministerio de Igualdad”, el “Ministerio de la Verdad” o el “Ministerio del Amor”.

En otro libro infantil ilustrado, La gran fábrica de las palabras, de Agnès de Lestrade y Valeria Docampo, se habla del país del silencio, ya que las palabras cuestan dinero, por lo que sólo los más adinerados pueden hablar mientras que el resto subsiste en silencio, o bien se aprovecha de las palabras arrojadas en la basura o que andan por el aire. El libro comienza así: “Existe un país donde la gente casi no habla. Es el país de la gran fábrica de las palabras. En ese extraño país, hay que comprar las palabras y tragárselas para poderlas pronunciar”. El libro es una historia de amor, pero también una reflexión sobre esa particular fábrica de las palabras y las relaciones económicas. De igual modo es una meditación del peso del silencio y sobre lo importante que pueden ser las palabras para comunicar sentimientos verdaderos que no tienen costo en ningún mercado.

Para soportar los embates de estos nefastos días que soportamos debemos volvernos uno con las palabras, debemos ser palabras por encima de todas las contingencias.

Hoy en Venezuela hemos resucitado palabras (o frases) que ya estaban un tanto en desuso (por no decir difuntas) de nuestro vocabulario cotidiano como paredón de fusilamiento, escuálido, traidor a la patria, majunches o pitiyanquis. Desde la oficialidad gubernamental los clichés y muletillas de ideologías foráneas se repiten sin sustento verdadero, son castillos de ideas recibidas edificados en el aire de la mentira. Se degrada el lenguaje debido a que la calidad de la política también se ha degradado, ha llegado a ras del sumidero más rocambolesco. El discurso de la oficialidad gubernamental no vale una locha.

En el libro de Francisco Javier Pérez la palabra locha tiene varias páginas y en el texto puede leerse: “…la moneda de níquel de 12,5 céntimos de bolívar. Conocida también como cuartillo (al entenderse como la cuarta parte del real), debe su nombre a la coloquialización de la denominación ochava (octava parte del peso, fuerte venezolano de plata), según el siguiente proceso de evolución: la ochava (artículo + sustantivo) > lochava (contracción del artículo) > locha (apócope de la sílaba final)”.

Para soportar los embates de estos nefastos días que soportamos debemos volvernos uno con las palabras, debemos ser palabras por encima de todas las contingencias, o como lo ha dicho el filósofo Emilio Lledó: “Si no somos palabra, si por dentro de nosotros no tenemos ese runrún personal, ese diálogo personal con nosotros mismos, no vemos nada. Hay que ser palabra; hay que ser lenguaje; hay que ser persona”.

Carlos Yusti

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