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Por la letra

domingo 5 de mayo de 2019
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Por la letra, por Carlos Yusti
Las jaulas de clases de nuestras instituciones públicas y privadas cultivan la apatía y la indiferencia.

Reprobé el cuarto grado no debido a mi proverbial pereza, sino gracias a mi caligrafía; o al menos esa fue la mentira blanca que esgrimió mi maestra, de cuyo nombre no quiero acordarme. Era un alumno aplicado, no obstante mi edad y estatura conspiraron en mi defensa. Comencé el primer grado a los cinco años, y mi maestra de cuarto consideró que estaba como prematuro para cursar el quinto grado y entonces tomó la decisión salomónica de suspenderme y su argumento fue inapelable: “Es por la letra, necesita mejorarla; hacerla más armónica y entendible, es por su bien”.

La apatía de los maestros es abismal; para ellos enseñar es un trabajo rutinario y sin pasión alguna.

Quizá por esa razón detesto a la gente que toma decisiones por los demás en aras de otorgarles algún beneficio. Gente que asume medidas puntuales por el bien de la patria, la educación, etc. Gente que se presume imprescindible en cualquier área donde tiene el poder de disponer y decidir. Sumado a esto, siempre me ha resultado inútil eso de tener una caligrafía bien vestida y mejor peinada. David Foster Wallace escribió que “las realidades más obvias, ubicuas e importantes son a menudo las que más cuesta ver y las más difíciles de explicar”.

Pasé por la escuela, pero ésta no pasó por mí. De esa etapa sólo recuerdo a mi maestra Berta de sexto grado, quien me empujó con cariño hacia los libros y la lectura. Hoy el mundo escolar es mucho más horrible que en mi tiempo. Algunos niños llegan a sexto grado sin saber leer. Ahora no suspenden a nadie (“raspar” era la palabra), pero mucho menos se preocupan sobre las deficiencias educativas de los alumnos. La apatía de los maestros es abismal; para ellos enseñar es un trabajo rutinario y sin pasión alguna. Lo escrito por Nuccio Ordine es pertinente: “La enseñanza, de hecho, implica siempre una forma de seducción. Se trata de una actividad que no puede considerarse un oficio, sino que en su forma más noble presupone una sincera vocación. El verdadero profesor, por lo tanto, toma los votos”. La mediocridad inculta se ha instalado en las aulas y en consecuencia ese confluir entre alumno y maestro se ha degradado, donde los maestros son apenas muñecos ventrílocuos, sin vida interior, de una enseñanza prediseñada por los imprescindibles de siempre. Los maestros no están interesados en el conocimiento, no les importa descubrir, o seguir aprendiendo, y por ende tampoco están interesados en inculcar en sus alumnos la pasión por conocer y descubrí cuestiones nuevas.

Hoy los maestros no se interesan por nada y ni siquiera les importa trasmitir conocimientos a sus alumnos, y sólo se desviven por cumplir con unas benditas pautas emanadas del Ministerio de Educación. Sin mencionar que muchos maestros son simplemente analfabetas funcionales que jamás se han leído un libro. De la enseñanza de la literatura ni hablar. En nuestras escuelas las bibliotecas escolares son depósitos de libros polvosos que nadie utiliza. Muchos profesores convirtieron la lectura de libros en un suplicio debido a que ellos jamás leyeron libros y nunca trasmitieron pasión alguna por la literatura. Hoy la han borrado por completo del bachillerato.

Los kafkianos burócratas de la enseñanza no comprenden para qué puede servir la literatura, ya que lo único que los alumnos necesitan son conocimientos prácticos y útiles para el mercado laboral. ¿Leer y escribir sirve para algo?; la respuesta los desilusionará: sí sirve, debido a que la literatura conecta con algo tan intangible como la imaginación y con eso tan concluyente como es pensar, o para decirlo con palabras de Robert Escarpit: “Un hombre que lee es un hombre que piensa”.

La única amenaza contra la lectura no es la dictadura global de la imagen ni la sinuosa o siniestra teleinformática, sino la gran apatía hacia la lectura.

El escritor Anthony Burgess escribió: “La cárcel está repleta de gente que jamás leyó un libro”. La ignorancia es el caldo de cultivo ideal para fomentar la miseria y la deshumanización social. Savater lo ha escrito mejor: “Uno de los ingredientes más perversos de la miseria, permítame que insista en él, es la ignorancia. Donde hay ignorancia, es decir, donde se desconocen los principios básicos de las ciencias, donde las personas crecen sin la capacidad de escribir o leer, donde carecen de vocabulario para expresar sus anhelos y su disconformidad, donde se ven privados de la capacidad de aprender por sí mismos lo que les ayudaría a resolver sus problemas, viéndose en manos de brujos o adivinos que no comparten las fuentes teosóficas de su conocimiento… ahí reina la miseria y no hay libertad”.

La única amenaza contra la lectura no es la dictadura global de la imagen ni la sinuosa o siniestra teleinformática, sino la gran apatía hacia la lectura. Apatía e indiferencias cultivadas en muchas jaulas de clases de nuestras instituciones públicas y privadas; ah, y lo de jaula no es un error ni una metáfora. No entender que la lectura, que el conocimiento de cuentos e historias puede salvarle la vida a cualquiera (y en eso Sherezade es una indiscutible pionera), es no querer advertir que nuestra vida cotidiana está confeccionada de cuentos, historias, narraciones orales u escritas, que de alguna manera delinean nuestra personalidad. Es un requisito que sean muchas historias, buenas, malas o regulares, pero que no sea una única historia por aquello escrito por Chimamanda Ngozi Adichie: “Todas estas historias me hacen quien soy, pero si insistimos sólo en lo negativo sería simplificar mi experiencia, y omitir muchas otras historias que me formaron. La historia única crea estereotipos y el problema con los estereotipos no es que sean falsos sino que son incompletos. Hacen de una sola historia la única historia”. Es necesario volverse loco de tanto escuchar/leer (como le sucedió a don Quijote) tantas historias como se pueda para que el mundo, algo torcido, que padecemos, recupere la magia y la aventura.

Debemos educarnos en el mundo extraño y delirante de la literatura para formar gente pensante, personas que hagan de la imaginación su mejor hoja curricular.

Carlos Yusti

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