Saltar al contenido
El abismo inventado, libro de cuentos de Javier Febo Santiago

Fuera de la palabra

• Martes 14 de mayo de 2019
¡Compártelo en tus redes!

Fuera de la palabra, por Carlos Yusti

Aquejado del síndrome del Quijote (consistente en tomar como real lo leído en los libros), tiendo, en ocasiones, a traspapelar la vida ordinaria con la literatura y viceversa. Por ejemplo, camino por cualquier calle de la ciudad y compruebo que la gran mayoría están repletas de basuras donde moscas gordas y verdes revolotean a sus anchas. Lo que me retrotrae a la obra Las moscas, de Jean-Paul Sartre. Cuestión que me ubica en mis días adolescentes cuando formaba parte de un grupo de teatro; no como actor, claro, sino como el responsable de las obras y los libretos. A causa de ello tuve que leer mucho teatro.

Un país que cambió paulatinamente, que una noche se acostó con una democracia llena de jorobas e imperfecciones para despertar al día siguiente en una fanática y burocrática revolución bolivariana.

La ciudad sumida en el abandono y la basura me resultaba una especie de Argos a la que llega Orestes en la obra teatral de Sartre. Las moscas se inicia con Orestes, asistido de su pedagogo, y su regreso a Argos, su ciudad natal, luego de años de exilio, para encontrarla sin brillo, llena de moscas y aquejada por el luto. Un luto prefabricado como penitencia por la pareja real que cometió un crimen, todavía impune, y que busca redimirse. La reina Clitemnestra, en complicidad con su amante, el actual rey Egisto, asesinó al padre de Orestes y Electra y, con la ayuda divina de Júpiter, una plaga de moscas envuelve a la ciudad y a cada uno de sus habitantes. Lo que permite a Clitemnestra y a Egisto hacer que la culpa recaiga en el pueblo y lo obligue a guardar luto y celebrar la fiesta de los muertos, como una forma de expiación y de control ya que la gente teme el regreso, por una noche, de sus difuntos ofendidos. Sólo Electra, la joven y bella princesa, sabe que todo es una patraña y estimula a su hermano Orestes a la venganza. Por supuesto todo esto pasado por la visión existencialista de Sartre.

Lo de la ciudad sucia sumida en un orquestado y deliberado abandono es sólo una mínima muestra de un país que fue y que ahora se encuentra desmantelado. Un país que cambió paulatinamente, que una noche se acostó con una democracia llena de jorobas e imperfecciones para despertar al día siguiente en una fanática y burocrática revolución bolivariana.

La novela de Alan Pauls titulada Noche en Opwijk se inicia con un epígrafe de Lenin, perteneciente a Cuadernos suizos: “Llegado a la madurez, un hombre enfrenta dos horizontes posibles: la revolución o el ridículo”. Luego la novela arranca en este tono: “Tengo casi cincuenta años. Leí por primera vez la frase de Lenin hace treinta y cinco, cuando coqueteaba con la revolución. Recién ahora, cuando abrazo el ridículo, termino de entenderla”. En nuestro país los revolucionarios que nos han tocado en suerte son rematadamente ridículos y su analfabetismo funcional, de seguro, les ha impedido leer a Lenin y compañía.

Predicadores de todo calibre se convierten en difusores de una revolución que sólo estuvo pastando en la cabeza de un militar de segunda hijo de un maestro de provincia, con mucho carisma pero con “muy poca sal en la mollera”. Cioran ha escrito: “Mirad en torno a vosotros: por todas partes larvas que predican; cada institución traduce una misión; los ayuntamientos tienen su absoluto como los templos; la administración, con sus reglamentos: metafísica para uso de monos… Todos se esfuerzan por remediar la vida de todos: aspiran a ello hasta los mendigos, incluso los incurables; las aceras del mundo y los hospitales rebosan de reformadores. El ansia de llegar a ser fuente de sucesos actúa sobre cada uno como un desorden mental o una maldición elegida. La sociedad es un infierno de salvadores. Lo que buscaba Diógenes con su linterna era un indiferente”.

De nuevo en la ciudad de Argos hay que convenir que se parece mucho a la Dublín de Joyce en su novela Ulises y en sus cuentos Dublineses. Una ciudad encapsulada en una inamovilidad agobiante y opresiva que Joyce trató de retratar en sus libros. No es fortuito que Guillermo Cabrera Infante tradujera Dublineses. Sin duda comparaba a La Habana con Dublín. Esa Habana pasada también por una revolución y que poco a poco se fue hundiendo en el descuido y el abandono. Una ciudad que fue desconchándose con lentitud hasta devenir en espantajo estancado en el tiempo, suspendida en esa carcoma de inercia revolucionaria. Hace poco el escritor Martín Caparrós se dio una vuelta por La Habana para cronicalizarla y escribe: “Una ciudad detenida en el tiempo. Una ciudad —que parece— detenida en el tiempo. Una ciudad donde aquellos que prometieron un gran cambio detienen todo cambio —en nombre de aquellos cambios que siguen prometiendo. Una ciudad que se parece a un trabalenguas, cuyo nombre es el nombre de un veneno: los habanos. Y hay, también, habaneras: unas canciones que ya pocos tocan…”.

Las revoluciones tienen marcada en la piel aquella frase (de la novela El gatopardo) que le dice Tancredi a su tío: “Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie. ¿Me explico?”. Las revoluciones lo cambian todo y todo sigue igual o peor. El cambio repentino sería un buen argumento para una novela: un hombre, con ideales, vive en un país relativamente normal y con una familia común. Una noche se acuesta y a la mañana siguiente el país ha cambiado. Su familia no está. De todos modos decide ir a trabajar. Toma el autobús, pero tiene que hacer una cola kilométrica. Para cancelar el importe del pasaje, tiene que tener el carnet patrio y como no lo tiene es detenido, pero tiene que hacer otra larga cola en el lugar de detención y poco a poco se da cuenta de que está en el mismo país, pero que las reglas de convivencia han cambiado. Todo el mundo habla en consignas. Las colas están por todas partes.

Al final de todo, incluso la Historia es cernida por eso que llaman literatura. En novelas y cuentos lo literario trata de imaginar una realidad más compleja que esa que nos circunda todos los días.

Pero el argumento de esta novela imaginaria (y con vislumbre kafkiano) tiene puntos de contacto con la novela Metrópolis (título original Épépé), escrita por Ferenc Karinthy, que narra los contratiempos del lingüista y políglota húngaro llamado Budai, quien se dirige en un vuelo hacia Helsinki para acudir a un Congreso de Lingüística. Budai se queda dormido y al despertar llega a una ciudad desconocida y que habla en un idioma incomprensible. Una ciudad donde hay colas interminables para todo y en la cual la hostilidad ciudadana estalla a cada paso. El reto de Budai es intentar comunicarse en un medio humano que no facilita las cosas. Budai, conocedor de varios idiomas y lenguas, se encuentra atrapado en esa ironía de la incomunicación y la violencia. Eduardo Gallarza en el posfacio de la novela escribe: “Puestos a buscar paralelos con Epépé en la abundante literatura distópica contemporánea, el más evidente quizá sea el Viaje a los infiernos del siglo de Dino Buzzati: un infierno hecho con las piezas de nuestra realidad, el reflejo sutilmente deformado de nuestra locura cotidiana. Los ditirambos con que la crítica ha acogido Épépé apuntan unánimemente a una comparación con Kafka, comparación evidente, inevitable quizá, pero a mi entender limitada a aspectos meramente de técnica narrativa: el desasosiego nacido de la paciente acumulación de detalles aberrantes y de la perpetua postergación de una revelación intuida. Pero Budai no es ningún Josef K., no hay trasfondo metafísico alguno en su desventura, ninguna agresión por parte de una justicia absurda, ni obviamente ninguna aceptación de dicha justicia. La hostilidad de su entorno nace únicamente de la indiferencia…”. Esa indiferencia que en la ciudad de Argos tiene ese trágico aspecto de un enjambre de moscas. Emmanuel Carrère ha escrito que “uno de los puntos sólidos del libro es que su héroe sea tan industrioso, tan combativo, y que también explore de manera tan exhaustiva todas las posibilidades de salir del paso (es decir, de entender algo, aunque sólo fuera una palabra, del idioma que se habla a su alrededor)”, pero todo su esfuerzo fracasa.

Tanto Budai como Orestes llegan a una ciudad que les es ajena y en la cual ambos se sienten fuera de lugar. Permanecen en ella buscando su destino, buscando una señal, una palabra que organice todo ese caos en el que se ven envueltos.

Al final de todo, incluso la Historia es cernida por eso que llaman literatura. En novelas y cuentos lo literario trata de imaginar una realidad más compleja que esa que nos circunda todos los días. No es gratuito que Vargas Llosa escriba: “La ficción ha pasado a sustituir a la realidad en el mundo que vivimos, y por eso los mediocres personajes del mundo real no nos interesan ni entretienen”. Estar fuera de ese mundo creado por las palabras en novelas y cuentos es una alternativa cuando la realidad es sólo un cúmulo de cascajos y mediocridades encumbradas. Con aquella frase de Cioran se puede comprender mejor la tragedia de estar al margen de la literatura: “La verdadera vida está fuera de la palabra”.

Carlos Yusti

Editor en Arte Literal
Escritor y pintor venezolano (Valencia, 1959). Cofundador del grupo literario Los Animales Krakers y de la revista Zikeh. Dirige en la web la página Arteliteral. Su última exposición conceptual es la revista ensamblada La Tapa del Frasco (2015). Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (1991), Vírgenes necias (1994), De ciertos peces voladores (1997), Dentro de la metáfora: absurdos y paradojas del universo literario (2007), Para evocar el olvido y otros ensayos inoportunos (2007) y Poéticas del ojo (2012).

Sus textos publicados antes de 2015
95122
Ciudad Letralia: Notas desabrochadas
Editorial Letralia: Q. En un lugar de las letras (coautor)
Carlos Yusti

Textos recientes de Carlos Yusti (ver todo)

¡Compártelo en tus redes!