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Medio kilo de Cioran para llevar

sábado 15 de junio de 2019
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Emil Cioran
Emil Cioran, filósofo rumano muerto en Francia, especializado en el pesimismo luminoso, puede salvar a cualquiera de nuestro propio pesimismo de mercado.

En estos días de escasez no sólo de alimentos, o de dinero en efectivo, sino de crítica, de confrontación de ideas, de reflexión cortante y efectiva, es bueno leer trozos de Cioran, como si se tratara de un suculento bistec. Emil Cioran, filósofo rumano muerto en Francia, especializado en el pesimismo luminoso, puede salvar a cualquiera de nuestro propio pesimismo de mercado. Es como una moda en esta dificultad que la enorme mayoría de la gente tiene como tema de conversación recurrente el alto costo de las verduras, del queso, los huevos, etc. También se discute sobre el sitio en el cual puedes conseguir la harina y la carne a un mejor precio, que es menester cuidarse de esa plaga que denominan bachaquero, vendedor ambulante con todos los productos de la cesta básica, pero al que se le debe cancelar en dinero contante y sonante; en fin, que ya no forman parte de nuestra conversa los altos personeros del gobierno, que en sus alocuciones públicas hablan de un país imaginario y maravilloso, donde Alicia persigue al Conejo (con su reloj) por los pasillos del poder con una normalidad pasmosa. Ya nadie se acuerda de una oposición que es apenas un boceto mal dibujado por un paranoico con retorcidas y no muy claras intenciones.

Cioran no se desvivió por nada y sólo le gustaba conversar con vagabundos o prostitutas.

La mejor definición para un filósofo como Cioran podría ser el de venenoso. Leerlo es sorber pequeñas dosis de un veneno indoloro que va minándolo todo con lentitud sin dejar rastros ni residuos. No te mata por supuesto, pero le hace algo peor al lector: lo vuelve un pelín más escéptico y menos engreído sobre las mentiras habituales (patria, esperanza, Dios, evolución, sueño, amor, gloria, éxito) que lo motivan a levantarse cada mañana.

Esa estupidez acuñada por Carlos Marx, la cual vendió como baratija de quincalla, que postulaba que los filósofos no estaban para explicar el mundo, sino para cambiarlo, no comulga para nada con Cioran: “En huir de mis responsabilidades he puesto todo mi genio”. Ha sido un vago dedicado a pensar a tiempo completo. Nunca trabajó y su esposa era la que daba clases como profesora o algo por estilo. Cioran no se desvivió por nada y sólo le gustaba conversar con vagabundos o prostitutas: “…Cierta noche una me dijo que su marido acababa de morir. Era joven, guapa. Me dijo que cuando hacía el amor con alguien veía su cadáver en la cama, a su lado. ¡Hay que ir a los burdeles para escuchar cosas tan profundas!”. Lo demás era dejarse gotear por alguna calle (o uno que otro café) en París y ver cómo la vida iba pasando, como una especie de diapositiva que se puede escudriñar a fondo.

Su producción como escritor tampoco fue pródiga y es más bien escuálida, para ser irónico. Fernando Savater lo ha escrito mejor: “No es una obra copiosa: en treinta años, ocho libros, o nueve, si queremos contar la plaquette Valéry facé à ses idoles, que le editó los Cahiers de l’Herne. Pero imagínense la proeza: en seis lustros, un escritor de París (¡y de chez Gallimard!) no ha inventado ninguna nueva doctrina, no ha patrocinado ningún movimiento intelectual revulsivo, no ha acuñado ninguna terminología o jerga característica, no ha traído ninguna buena nueva a competir con las ya existentes, no ha salido ni entrado media docena de veces en significativos partidos o iglesias, aureolado de sonadas polémicas, no ha tomado postura sobre los acontecimientos del día, no ha firmado manifiestos ni cartas de enérgica repulsa, no ha estado de moda, no ha pasado de moda, no ha sido condecorado ni ha desayunado con Giscard, no ha dado conferencias ni ha sido invitado por ninguna universidad extranjera a explicar sus puntos de vista… y, sin embargo, no ha dejado de pensar, en el sentido más enérgico del término, y de escribir lo que pensaba…”.

Cioran vivió en una vacación permanente: “Estando como estoy todo el año de vacaciones, cuando llegan las vacaciones propiamente dichas, se hace todavía más realidad el vacío en el que vivo: el de ahora es un vacío en segundo grado, un vacío del que uno es consciente en todo momento, el vacío oficial de mi existencia”.

Y más que escribir se dedicó a ladrar: “Soy un filósofo aullador. Mis ideas —si ideas son— ladran: no explican nada, estallan”. Leerlo es como acercarse a una explosión. Aunque uno tome medidas de seguridad, y guarde distancia, alguna de las esquirlas, por mínima que sea, te causará heridas irremediables las cuales se pueden olvidar, pero nunca sanan.

Los textos de Cioran tienden a ser breves. En cinco o seis páginas puede despachar el concepto de la angustia. En dos líneas la esperanza. Esa capacidad de concreción, de convertir el aforismo en una contundente sacudida con gran economía de palabras, es uno de sus sellos como escritor, y aunque él no se consideraba como tal lo fue muy a su pesar: “Ya no escribo, porque de momento no siento la necesidad de escribir, de decir, y porque si bien tengo todos los defectos, no tengo el de ser escritor. He mentido en mi vida tanto o tal vez más que cualquiera; pero creo haber sido sincero en mis ‘escritos’ —estoy incluso seguro de ello”.

A quienes aún creen en el espejismo del progreso, del avance técnico y del destino mesiánico de las revoluciones, les vendría bien leer a Cioran.

Cioran no tenía calaña para ser profeta. No predica la amargura ni el desasosiego y sólo se limita a reflexionar/ladrar desde su lucidez desamparada y en mitad de la calle vende sus ideas como las prostitutas su cuerpo (Cioran dixit). Mientras muchos filósofos se desviven en ser profetas, en tener discípulos y hagiógrafos, él reniega de semejante papel de maestro salvador. Considera eso de profetizar como un mal congénito arraigado en nuestros instintos primarios: “En todo hombre dormita un profeta, y cuando se despierta hay un poco más de mal en el mundo… La locura de predicar está tan anclada en nosotros que emerge de profundidades desconocidas al instinto de conservación. Cada uno espera su momento para proponer algo: no importa el qué. Tiene una voz: eso basta. Pagamos caro no ser sordos ni mudos… De los desharrapados a los snobs, todos gastan su generosidad criminal, todos distribuyen recetas de felicidad, todos quieren dirigir los pasos de todos: la vida en común se hace intolerable…”.

Uno de sus libros menos virulento es Ejercicios de admiración. Autores y amigos, por los que tiene una empatía/simpatía espinosa, desfilan por sus páginas. Escritores como Saint-John Perse, Borges, Valéry, Michaux, Beckett. El acercamiento es directo y desvela aspectos sobre el comportamiento o sobre los encantos, o decepciones, que le producen sus obras respectivas. Su visión sobre Borges siempre fue certera: “Borges —un hacedor, un Paulhan logrado. Todos sus puntos de partida son literarios; peor aún: librescos. Estaba hecho para tener éxito en Francia, donde gusta por encima de todo el procedimiento, el truco, lo falso. Borges o la astucia universal”.

A quienes aún creen en el espejismo del progreso, del avance técnico y del destino mesiánico de las revoluciones, les vendría bien leerlo: “Toda revolución caduca, puesto que se hace con ideas caducas, con residuos ideológicos. El socialismo fascinaba a los espíritus del siglo pasado; se realizó en el momento en que, por su contenido abstracto, ya había sido superado. El hombre de acción, y particularmente el revolucionario, siempre va retrasado por lo que se refiere al progreso del espíritu”.

Cioran argumenta que “no comenzamos a vivir realmente más que al final de la filosofía, sobre sus ruinas”, cuando se comprende con horror su terrible nulidad. Sin una filosofía (o dogma) que guíe nuestros pasos sólo se puede percibir el abismo que se abre a nuestros pies, pero todavía estamos cuerdos, aunque ya también Cioran lo advertía: “Conservar la razón es un privilegio del que podemos vernos privados”.

Carlos Yusti

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