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El silencio de Duchamp y un palo de escoba

sábado 6 de julio de 2019
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Fotografía de la serie “Rimbaud en Nueva York”, de David Wojnarowicz
Fotografía de la serie “Rimbaud en Nueva York”, de David Wojnarowicz.

Conozco varios amigos artistas que han logrado un relativo éxito con su trabajo, otros que no tanto. No obstante lo que caracteriza a ambos grupos es la pasión y tenacidad por lo que hacen. Entrar a ese engranaje del arte que abre puertas a las becas, las galerías y los museos no es para nada fácil. Aunque es indiscutible que muchos museos y galerías exhiben basura artística con ínfulas. Con el publicitado urinario que usufructuó Marcel Duchamp a la artista dadá la baronesa Elsa von Freytag-Loringhoven, se inició todo ese cúmulo de tergiversaciones en torno al arte. Ya el propio Duchamp lo intuía cuando dijo: “La baronesa no es futurista: es el futuro”.

Los trepadores y farsantes ven el arte como un negocio, como una manera fashionable de figurar; especie de cazadores que van tras esa presa de becas, subsidios y demás calderilla.

En el año 1958 Mark Rothko (1903-1970) recibió el encargo de un lujoso restaurante enclavado en el rascacielos Seagram de Ludwig Mies van der Rohe. Se puso a trabajar en unos lienzos de grandes dimensiones y realizó muchos bocetos y una buena cantidad de cuadros de menores tamaños, pero dos años después decidió que no completaría el encargo y devolvió el dinero del adelanto. Se quedó con las pinturas. En estos lienzos de gran formato trabaja con amplios espacios de color en los que dispuso franjas verticales especie de pilares, aberturas y ventanas que invitan al espectador hacia el abismo, donde el artista utiliza colores más oscuros y opacos. Esta idea sobre pintar cuadros con dimensiones desproporcionadas tiene una nítida lógica: “Pintar un cuadro pequeño implica colocarse fuera de la experiencia, considerar una experiencia como una vista estereoscópica, o con un vidrio reductor. Sin embargo, si pintas un cuadro más grande, estás dentro de él”. El espectador ante cuadros con formatos normales tiene necesidad de alejarse, tratando de dilucidar los significados la pintura. En cambio en un cuadro enorme ya se encuentra dentro. Rothko estaba seguro de que estas pinturas arruinarían el apetito de los comensales. Unos meses después se suicidó.

Muchas veces el crítico no es capaz de sintonizar la visión del artista con su obra, en las que van implícitas sus preocupaciones filosóficas, sociales y políticas, y las agonías por las que atraviesa, para expresarlas en su trabajo estético. Por supuesto que los trepadores y farsantes ven el arte como un negocio, como una manera fashionable de figurar; especie de cazadores que van tras esa presa de becas, subsidios y demás calderilla para dejar salir a la luz, en galerías y museos, su nulo talento y su total impericia artística. Se escudan con holgura en el performance, el arte basura, el video-art y todo eso que no implique trabajo con la línea o el color, o con técnicas del grabado y la composición; nada que involucre una enseñanza tradicional del arte. La impericia técnica ha tomado la batuta y va creando obras de dudosa calidad y trascendencia.

Avelina Lésper, una crítica de arte mexicana, ha expresado (no la única) con bastante contundencia todo ese montaje de oropel en torno al arte actual. Sus críticas siempre son feroces: “El mercado del arte contemporáneo es el nuevo burdel legal, aquí se confunden las putas y los proxenetas. En estas operaciones comerciales no venden arte, venden la invención o mentira de lo que hoy llaman arte y el cliente ‘cree’ que sabe lo que hace y paga, mientras le dicen que hizo una buena compra, que es inteligente y vanguardista. Este es un mercado artificial sin valores y es un fraude”. “El gran vendedor que es Damien Hirst afirma que cualquiera puede pintar como Rembrandt, cuatro siglos después nadie pinta como Rembrandt pero usted sí puede hacer pinturas como las de Damien Hirst”. “La obra de Gabriel Orozco es perfectamente consecuente con sus limitaciones, su repetitivo repertorio utiliza lo más elemental que tiene al alcance, el tema de su obra es el mínimo esfuerzo”. “La obra de Warhol desde su origen carece de autenticidad y originalidad, las realizó el staff de la Factory que en ocasiones hasta firmaban las obras; él no hacía, ni decidía, fuera de sus bocetos publicitarios y las pinturas que orinó en pareja con Basquiat. Los esclavos de la Factory calculaban que produjeron, en el vergonzoso anonimato, más de veinte mil trabajos, que no han sido catalogados”.

Mario Vargas Llosa de visita en Tate Modern, en Londres, se ve sorprendido por un palo de escoba pintado con franjas de colores.

Las aseveraciones de Lésper recuerdan bastante a los críticos que tildaban a los pintores impresionistas como holgazanes sin talentos. Estaban a su vez aquellos que vieron en las creaciones de las vanguardias artísticas como obras de risa y que parecían una burla tanto al sacrosanto arte como al estoicismo visual del público. Lésper no está batallando en solitario contra esos farsantes que cotizan bastante bien sus obras en este mercado de curadores, bienales y otras ferias de vanidades del arte, donde la obra es interesante por el monto de su costo y no por aquello que trasmite. De igual manera hay otra cara en esta moneda lanzada al aire.

Obra de André Cadere (1934-1978)
Obra de André Cadere (1934-1978).

Mario Vargas Llosa de visita en Tate Modern, en Londres, se ve sorprendido por un palo de escoba pintado con franjas de colores. El escritor ni se molestó en averiguar el nombre del artista y mucho menos de la obra. Su reflexión es distante y fría: “…en el arte de nuestro tiempo el verdadero talento y la picardía más cínica coexisten y se entremezclan de tal manera que ya no es posible separar ni diferenciar una de la otra”. El nombre del artista era André Cadere (1934-1978). Como artista Cadere nunca estuvo de acuerdo con las formalidades propuestas por los museos y decidió romperlas mediante una escultura no convencional consistente en piezas cilíndricas de madera y pintadas con distintos colores. Como eran fáciles de hacer y transportar, fue dejándolas desperdigadas por museos y galerías. La barra era un llamado de atención a esa escultura apoltronada en un pedestal y por eso sus barras de madera están por allí en los rincones (o en el piso) de algunos museos diciendo que el arte adopta en ocasiones una actitud contraria a los cánones establecidos, a pesar de que algún Vargas Llosa postule con sorna: “Un palo de escoba con los colores del arcoíris que se parece a aquel con el que Harry Potter vuela entre las nubes”.

Joseph Beuys, que calzaba mejor en el molde de personaje de novela que en el de artista conceptual, dejó correr la especie de que “todo ser humano es un artista”, y aquí estamos entrampados en esta jaula del arte, especie de carpa circense donde los acróbatas sin talento se confunden con los artistas de garra, donde los embaucadores de todo pelaje quieren darle sus palazos a la piñata del mercado artístico, mientras los mercachifles de siempre deciden los derroteros del arte actual. El arte al final decidirá qué será trascendente y qué irá al desaguadero del olvido.

Marcel Duchamp se inventó toda esa historia del urinario (firmado como R. Mutt por la baronesa Elsa von Freytag-Loringhoven), que lo compró en una tienda y que fue rechazado en el salón de artista. Luego de la foto hecha por Alfred Stieglitz, quizá la obra terminó en un basurero en la calle. En una etapa cómoda Duchamp deja de interesarse en el arte (según Truman Capote dejó de pintar en el año 1913) y hace silencio. A este respecto Joseph Beuys en una entrevista dijo: “…la necesidad de no sobrevalorar el silencio de Duchamp sólo en uno de los aspectos: porque Marcel Duchamp no dijo aquello que no dijo. (…) Duchamp estaba simplemente en el final, ya no tenía ideas, ya no se le ocurría nada importante. He dicho que aprecio mucho al hombre, pero no su silencio, por lo menos no le doy la importancia que le atribuyen los demás”. La mejor crítica a todo este intríngulis es una foto de David Wojnarowicz, quien retoma una pintura de Beuys, que es solo un grafiti hecho con una brocha delgada con la frase: “Die überbewertet das Schweigen von Marcel Duchamp”. Wojnarowicz (utiliza la pintura, el cine, la escultura, la fotografía o el grafiti) realizó una serie de fotografías con el título “Rimbaud en Nueva York”; amigos y amantes posaron, con una máscara de Rimbaud, para las fotos, en cafés y otros suburbios de Nueva York. Hay una foto en la cual está Rimbaud de pie dando la cara. A sus espaldas hay un boceto clásico de un torso masculino desnudo y en el otro lado un grafiti, que evidentemente pintó el Rimbaud enmascarado, escrito en inglés: “The silencie of Marcel Duchamp is overrated”. El círculo se abre.

Carlos Yusti

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