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Bagazos de naranja mecánica

lunes 14 de octubre de 2019
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Anthony Burgess
Burgess: “Devastar es más fácil y más espectacular que crear”.

Leí la novela dos o tres veces. No era la trama, sino el lenguaje que parecía un invento muy bien elaborado, y el cual entremezclaba palabras del ruso con el inglés, para contar una historia con todas esas tonalidades oscuras de lo bizarro. Detesté, por supuesto, la versión cinematográfica de Stanley Kubrick. La esencia de una novela como La naranja mecánica radicaba en esa cápsula lingüística en la que viajaba el narrador, algo así como un esperanto barriobajero denominado nadsat, para referir sus fechorías juveniles junto con sus amigos, especie de patota/hooligans especializada en la violencia gratuita y destructiva.

Burgess, sin perder esa flema británica, tan achacada a los ingleses, escribía con puntillosa inteligencia.

Esta novela (o su versión en el cine) opacó las otras novelas y libros de Anthony Burgess. Tesis que él mismo ha reconocido, pero sin ningún resentimiento con su creación. Burgess escribió un breve libro biográfico sobre Ernest Hemingway en el cual va como quitándole las capas a toda esa mitología tejida en torno al gran Papá de las letras norteamericanas, y que el mismo Hemingway ayudó a construir como si de un decorado de utilería se tratara. Burgess desmorona toda esa mentirosa fachada para presentar a un escritor que fue genial a su modo. No le regatea simpatías a ese Hemingway vital que cazaba, boxeaba y que siempre nadaba en contra, pero que era proclive a la depresión y estaba dominado por un enjambre de manías e inseguridades, que era un dipsómano sin freno, que estuvo trabajando a conciencia en su mitología de envalentonado macho de la literatura para terminar al final suicidándose.

Otro libro que se deja leer bastante bien es Poderes terrenales. Burgess ficcionaliza un poco el declive de otro monstruo literario como lo fue Somerset Maugham, o así lo dijo en una entrevista: “Cuando proyecté el libro pensaba en escribir la vida de un escritor inglés, homosexual, rico, popular, ni demasiado bueno ni demasiado feliz. Tenía como modelo a William Somerset Maugham”. He estado releyendo algunos de sus breves ensayos sobre literatura (escritos para diferentes periódicos) y artículos, con sus puntos de vista políticos y religiosos, en el cual se encuentra un escritor de estilo ágil, ameno, pero no por ello menos urticante y cáustico. Son anotaciones que en su momento quizá constituyeron un relax de su trabajo arduo y tenso con sus novelas.

“La naranja mecánica”, de Anthony Burgess
La naranja mecánica, de Anthony Burgess (Booket, 2019). Disponible en Amazon

Su visión de autores y libros es perspicaz, no se detiene en subterfugios o adornos estilísticos para sus sutiles críticas. De Agatha Christie escribió: “En Agatha Christie no hay imaginación, hay una mente matemática. Al celebrar su centenario celebramos algo que los británicos aman: la literatura que no es literatura, el asesinato que no es asesinato, la agudeza generalmente asociada con un hobby tan británico como grabar el padrenuestro en la cabeza de un alfiler o construir con cerillas una maqueta de la catedral de San Pablo. Probablemente, los admiradores italianos de Agatha Christie la encuentren excitantemente exótica. Yo, que soy simplemente un intelectual británico desarraigado, la encuentro aburridísima”. Sobre Samuel Beckett apunta: “¿Y quién es el Godot que no llega nunca? Resulta demasiado fácil decir que es el Dios del Antiguo Testamento, o Cristo que trae el agua de la redención. Puede que sea alguien más siniestro. Es bien conocido que Beckett, viajando en un vuelo de Air France, oyó el anuncio de ‘Les habla el capitán Godot’ y quiso abandonar el avión. Tal anécdota parece convertir al autor en un ser tan absurdo como sus personajes…”. Su visión con respecto al pintor Francis Bacon es impecable: “Bacon tomó el retrato del papa Inocencio X, pintado por Velázquez, forzándolo hasta el extremo de la histeria. El motivo de tomar una obra de arte conocida era enfatizar el componente emocional escondido tras posiciones de poder y estabilidad. Un papa representa el inmovilismo social y religioso, un orden en calma. El objeto de Bacon era mostrar que el orden es una máscara, o quizá una piedra lisa a la cual se le da la vuelta y muestra una vida de arrebato y repulsión que no desea salir a la luz. Bacon estaba dispuesto a tomar cualquier normalidad superficial para distorsionarla, pero su elección del personaje de Inocencio X se debía a un desafío del orden legado por el tiempo, ya que el rostro torturado y rugiente pertenece tanto al pasado como al presente”. Como se puede observar Burgess, sin perder esa flema británica, tan achacada a los ingleses, escribía con puntillosa inteligencia.

Escribió algunos textos sobre su icónica novela, pero más por aclarar detalles, como por ejemplo que en Estados Unidos se imprimió sin el capítulo 21 y que en otros países sí se editó completa; que a veces la cobardía innata del novelista le hace delegar a personajes imaginarios esos pecados que él es incapaz de cometer por sí mismo; que la misión del novelista no es predicar, sino mostrar. Sobre este prurito cobarde como escritor apunta: “He mostrado bastante, aun interponiendo la cortina de un argot inventado —otro aspecto de mi cobardía. Nadsat, una versión rusificada del inglés, tenía por objeto amortiguar la dura respuesta que esperamos de la pornografía. Transforma el libro en una aventura lingüística. El público prefirió la película porque, con razón, se asustó del lenguaje”.

Con respecto al título precisa: “No tengo que recordar a los lectores qué es lo que significa el título. Las naranjas mecánicas no existen, salvo en la lengua de los vicios londinenses. La imagen era extraña y siempre usada para una cosa extraña. ‘Es tan raro como una naranja mecánica’ significaba que era raro hasta los límites de la rareza. No denotaba en principio la homosexualidad, aunque un raro, antes de la legislación restrictiva, era el término que se usaba para los miembros de la fraternidad invertida. Los europeos que lo tradujeron como naranja mecánica no entendieron su resonancia cockney (y creyeron que se trataba de una granada de mano), de una especie de bomba de piña de tipo barato. Lo que yo quería que expresara era la aplicación de una moralidad mecanicista a un organismo vivo, rezumante de jugo y de dulzura”.

Burgess se quejaba de que La naranja mecánica sobreviviría por largo tiempo, mientras otras obras suyas acabarían mordiendo el polvo.

Con su joven delincuente Burgess sólo buscaba colocar en la balanza las posibilidades de la crueldad destructiva sin sentido, y por eso escribe: “Devastar es más fácil y más espectacular que crear. Nos gusta aterrorizarnos con visiones de la destrucción cósmica. El sentarse en una habitación triste y componer la Missa solemnis o la Anatomía de la melancolía no provoca ni titulares ni noticias de última hora. Desgraciadamente, mi pequeño libelo resultó atractivo para mucha gente porque olía como una caja de huevos podridos con los miasmas del pecado original”.

Burgess se quejaba de que La naranja mecánica sobreviviría por largo tiempo, mientras otras obras suyas acabarían mordiendo el polvo. Y claro que sobrevivirá como un clásico que es necesario leer y no debido al olor a podrido que pueda exhalar la historia, sino debido a la visión de un delincuente juvenil y a esa singularidad lingüística con la que va narrando su odisea humana tan provista de pruebas y obstáculos como las de cualquiera. Lo recomendable es leerla y volver a leerla hasta el bagazo.

Carlos Yusti

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