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Cuentos de relojería intermitente

lunes 25 de noviembre de 2019
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“Las trinitarias y Barba Azul”, de Carolina Álvarez

Tiendo a considerar los libros de cuentos como singulares artefactos que dispensan historias. Por otra parte me gustan esas pequeñas historias que me llevan de la mano con esa realidad cotidiana zurcida de equívocos, malentendidos y desencuentros donde el humor sale y entra en escena como un actor secundario. El libro de cuentos de Carolina Álvarez Las trinitarias y Barba Azul, Premio del Concurso para Autores Inéditos, mención Narrativa 2010, y editado por Monte Ávila Editores Latinoamericana en 2011, puede considerarse como una máquina simple, pero trae entre líneas un mapa de vértigo para entrar a lo cotidiano por la puerta de servicio.

Los cuentos de Carolina Álvarez funcionan como pequeños dispositivos de lo cotidiano; de esa cotidianidad que en ocasiones tiene sus componentes paradójicos y en la que cualquiera puede verse inmerso. Son cuentos que le agregan a la realidad de todos los días su dosis de metáfora sin tanto artificio estilístico.

Dividido en dos partes, el libro se abre a través de pequeñas historias que planean en vuelo rasante por lo cotidiano. Los textos realizan un revoloteo impreciso, febril, por la realidad mundana y silvestre. Son historias resueltas con rapidez. Parecen fragmentos de una gran historia. No hay un planteamiento, mucho menos un nudo corredizo que pueda estrangular al lector y por supuesto los desenlaces son abiertos. Carolina Álvarez tampoco se detiene en una pormenorizada descripción de los personajes y aporta más bien datos escuetos. Lo cotidiano está ahí sin otro recurso estilístico que la peripecia singular, que el desencuentro entre la gente, lo que no engrana del todo en la normalidad.

En la primera parte contiene historias que tienen títulos de cuentos o libros bastante conocidos de la literatura universal. No obstante Carolina Álvarez no reescribe la historia que proporciona el título al cuento; sencillamente escribe una historia nueva con imperceptibles hilos transparentes acoplados con el título. Con el epígrafe: “Ya todo se ha escrito, cada cuento sale de otro cuento”, de José Emilio Pacheco, el lector se da por advertido. Por ejemplo, en el relato En el País de las Maravillas el personaje central, luego de una cirugía en los ojos, llega a su casa, que asume como una especie de madriguera debido a su ceguera y a que la estancia es algo oscura. Tanteando y tropezando con los objetos, logra llegar a su habitación. Se acuesta en la cama, donde debe guardar reposo. La historia concluye con esa sensación de abismo que se abre a los pies de la mujer acostada en su cama. Muchos de los cuentos de esta primera parte están construidos con esas migajas menores de la existencia diaria y en la que hay como una poética episódica, sin drama de acantilado.

La segunda parte del libro se llena de personajes femeninos. Aquí desfilan una galería de mujeres con sus pequeñas ansiedades/heroicidades afirmándose desde su femineidad sin complejos ni camisas de fuerza. Estos relatos, más que utilizar materiales de la imaginación, se conforman con ese material en bruto y descolocado del día a día. En cada historia hay como una locura festiva, una especie de enajenación risueña.

El cuento requiere de técnica, de trabajo, y el libro de Carolina Álvarez compila algo de técnica y cierta destreza para contar historias precisas y sin fisuras retóricas. Juan Bosch, gran maestro del cuento, escribió: “Comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión, ni una debilidad, sin un desvío; he ahí en pocas palabras el núcleo de la técnica del cuento. Quien sepa hacer eso tiene el oficio de cuentista, conoce la tekné del género”. En este libro de Carolina Álvarez se percibe el oficio y en su conjunto es un libro que se disfruta porque en sus cuentos se pasa revista a una serie de personajes que tienen muchas semejanzas con nuestros vecinos, amigos, familiares y conocidos. Además la historia fragmentada de estos personajes se entreteje con los hilos del absurdo. Otra cualidad de Las trinitarias y Barba Azul podría ser su transparente sencillez. Su autora no se preocupa en llevar a cabo algún malabarismo vanguardista con el tiempo de la historia (o el lenguaje). Tampoco se detiene en descripciones verborreicas de los ambientes ni de los personajes y se centra en narrar un incidente determinado; para ello se vale de diálogos ágiles y de la interacción superficial de los personajes. Son narraciones intermitentes que exploran los rincones de ese universo cercano del día a día y que en apariencia parece responder a los cánones de lo normal, pero en el que hormiguean las pasiones silvestres de siempre con esa rúbrica inequívoca de lo fatuo bien administrado. En cada historia hay como una demencia leve (sumergida) y que funciona como un chispazo de esa escritura sin alardes y que busca sólo tantear esa realidad exigua que oculta una caprichosa historia.

Carolina Álvarez no explora la cotidianidad y a la postre parece un personaje más que va observando, desde la escritura, todo eso que transita a su alrededor. Sus cuentos son una relación vertiginosa de esos pequeños naufragios afectivos, de esos insignificantes problemas que lo carcomen todo, de esos acomplejados triunfos y de todos esos minúsculos fracasos tan afines a todos nosotros. Su mirada se posa en ese desastre, sin esa subrayada espectacularidad, de lo cotidiano intentando encontrar en esa realidad que se desdibuja ante nosotros, sin que se pueda notar, por ser anodina, insípida, pero que en el fondo tiene esos económicos destellos que vale la pena contar. Carolina Álvarez capta esos peculiares destellos, que a simple vista parecen no valer gran cosa, y los va narrando con una economía de medios y recursos literarios sin perder esa pulcra precisión de relojería narrativa.


Carolina Álvarez (Maracaibo, 1961) es licenciada en Educación por la Universidad Central de Venezuela. Máster en Lingüística Aplicada y Literatura Brasileña por la Universidad de Georgia en Estados Unidos. Ha sido maestra y profesora en distintas escuelas, liceos y universidades. También se ha desempeñado como editora y coordinadora de publicaciones periódicas dirigidas al público infantil. Ha publicado el libro de cuentos Las trinitarias y Barba Azul (2011), Premio del Concurso para Autores Inéditos mención Narrativa de Monte Ávila Editores. Fue compiladora y editora, junto a Elisa Maggi, del libro 46 cuentos, un país, selección de cuentos de autores venezolanos para jóvenes (Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2009). Actualmente trabaja en la dirección y redacción del semanario Pirueta, encartado para niñas y niños que se publica de forma digital, todos los lunes, junto al periódico Ciudad Maracay.

Carlos Yusti
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