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Kilos de lectura

lunes 2 de diciembre de 2019
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“Pájaros de América”, de John James Audubon
El libro más pesado, costoso y de un tamaño considerable es, informa Alberto Manguel, “…el libro gigantesco de John James Audubon, Pájaros de América, publicado entre 1827 y 1838”.

El escritor Alexis Fernández me obsequió su libro La Casa de la Bahía. Memorias de Manuel Trujillo Durán (que merece un texto aparte). Es un fastuoso libro ilustrado e impreso en papel glasé. El libro en sí es un pesado objeto estético de inestimable belleza. Lo ubiqué en el equipaje de mano y cuando chequeo el pasaje de avión, la encargada me dice que lo coloque en la balanza y éste se excede por tres kilos; lo permitido al parecer son de cuatro a cinco kilos. Decido sacar el libro y colocar otra vez el equipaje en la balanza. Pesó los cuatro kilos justos. La encargada me dijo: “¿Y ese libro pesa tanto así?”. Le contesté: “Sí, es que me gusta leer los libros por kilo”.

Reconozco que compré la obra entera de Andrés Bello, editada por la Casa Bello, en una feria del libro. Metieron los libros en dos cajas, cada una con un peso de veinte kilos o algo así.

Este incidente con el libro de Alexis me recordó el ensayo de Elif Batuman sobre sus lecturas de los escritores rusos: “La edición ‘millennium’ de Tolstoi ocupa cien volúmenes y pesa lo mismo que una cría de ballena beluga. (Llevé mi báscula de baño a la biblioteca y pesé los volúmenes de diez en diez). La de Dostoievski se compone de treinta volúmenes, la de Turguénev de veintiocho y la de Pushkin de diecisiete. Incluso la de Lérmontov, poeta lírico fallecido en un duelo a los veintiséis años, consta de cuatro volúmenes”. Bastantes kilos de literatura rusa por lo visto.

Verifico, en una de las maltrechas bibliotecas que conservo, y compruebo que no están las obras completas de ningún autor. Aunque reconozco que compré la obra entera de Andrés Bello, editada por la Casa Bello, en una feria del libro. El precio por los doce y tantos tomos de tapa dura era una bagatela; pudo más el comprador de saldo que llevo dentro que el lector consciente. Metieron los libros en dos cajas, cada una con un peso de veinte kilos o algo así. Como pude me llevé las cajas al hotel y luego las trasladé en autobús hasta otra ciudad donde reposa, adornando la otra biblioteca que poseo. De estas obras completas sólo me interesaba leer los ensayos literarios de Bello, su tomo de poesía y creo que los dos tomos de la gramática.

En la biblioteca de un amigo visualizo las obras completas de Zola, de veinte tomos, pesan en total veinticinco kilos, y las de Simón Bolívar, conformadas por seis tomos, pesan dieciocho kilos. Creo que el libro más pesado, costoso y de un tamaño considerable es, informa Alberto Manguel, “…el libro gigantesco de John James Audubon, Pájaros de América, publicado entre 1827 y 1838, cuyo autor murió en la pobreza, solo y enloquecido…”.

Recuerdo que tiempo atrás existían vendedores de enciclopedias. Iban de puerta en puerta ofertando una mercancía nada convencional y con ofertas de pago a plazos increíbles. Los libros eran de tapa dura y papel satinado. Muchas eran a full color. La gente las compraba, pero al final era una especie de Google estático que nadie consultaba y estaba allí en la sala adornando una pared, sin otra utilidad que la decoración. No sé si daba caché tener una enciclopedia. La gente las coleccionaba debido a que allí estaba concentrado el saber en muchas áreas. Creo que Borges leía la Enciclopedia Británica, no obstante pocos escritores decían abiertamente utilizar las enciclopedias. En lo personal son engorrosas, pesadas y uno anda a la caza de lecturas más livianas y anoréxicas.

Voltaire ideó su diccionario filosófico quizá pensando que la enciclopedia de su colega Diderot era en extremo dificultosa para cargar si debías huir de los censores, los acreedores u enemigos ofendidos por algún texto, como le sucedió a él muchas veces. Aunque en verdad la idea nació en Potsdam en 1752 de la mano de un grupo nutrido de hombres ilustres que revoloteaban alrededor de Federico de Prusia. Como toda idea tuvo muchos entusiastas, pero sólo Voltaire se puso manos a la obra y la concretó. Con su diccionario portátil, el título con el que se editó era Dictionaire Philosophique Portatif, no sólo aligeraba el peso de lo enciclopédico, sino de las ideas. Voltaire con el diccionario ensayó una forma expresiva concreta en la cual la claridad descreída repasaba algunos temas sueltos que se agrupaban en forma alfabética. El mérito hoy del diccionario de Voltaire no estriba tanto en su filosofía como en la manera en la que despachaba los temas más dispares con ese maña sintética como lo hacen los columnistas de prensa o los blogueros en la actualidad.

Con la Internet los libros en formatos ePub o PDF se vuelven en extremo livianos y con ello asistimos a un nuevo cambio en nuestros hábitos lectores.

Pedro Téllez comenta en un ensayo el cuadro de Cranach que representa como san Jerónimo al cardenal Alberto de Brandeburgo, rodeado de animales salvajes en mitad del bosque. Téllez escribe: “…el escritorio es una tabla de madera rústica sobre dos troncos cortados que sostiene un enorme volumen…”. Téllez acota que un contemporáneo del pintor es Aldo Manuncio, “que imprime en 1501 el primer libro de bolsillo: una edición de Virgilio, el poeta de la Eneida, pero también el poeta campesino, de las Geórgicas y Bucólicas”. Este modesto invento de Manuncio no sólo revolucionará el formato del libro, sino la forma en la que leemos. Amén de una distribución más expedita del libro con su consecuente abaratamiento de costo. No sin razón Téllez escribe: “El libro de bolsillo desorganiza la biblioteca, selvatiza las lecturas, multiplica los lectores…”.

Con la Internet los libros en formatos ePub o PDF se vuelven en extremo livianos y con ello asistimos a un nuevo cambio en nuestros hábitos lectores. Las bibliotecas con libros serán a futuro exquisitos museos para admirar y asombrarse ante el libro como objeto único en cuanto a belleza y funcionalidad. Los kilos de los libros disminuyen, pero el lector avezado sabe que el peso de aquello que trasmiten los libros tiene un peso considerable en el alma, cuyo peso es apenas de veintiún gramos.

Carlos Yusti
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