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Isaak Bábel en una merienda de locos

lunes 9 de diciembre de 2019
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Isaak Bábel
Bábel en un principio tuvo el beneplácito de la revolución, pero después cayó en desgracia y fue detenido.

Tuve contacto con Antón Chejov (por azar) en el tercer año de bachillerato. La profesora de castellano y literatura seleccionó a los mejores de la clase, de distintas aulas, para representar “El pedido de la mano”, humorada teatral en un acto. No fui escogido, pero sí una condiscípula, que me cautivaba, quien tenía una memoria que ni Funes. Para la profesora yo era un alumno invisible; aunque al notar que rondaba por el salón donde ensayaban, cortésmente me ahuyentaba con un “retírese, por favor”. Es decir, que fuese invisible mucho más de lo que ya era. Ensayé con mi compañera sus parlamentos y me divertí como nunca. Busqué todo lo que pude de Chejov. Leí sus obras teatrales para después centrarme en sus cuentos.

Bábel no las tuvo todas consigo como escritor. Sus obras dejaron de imprimirse y su nombre desapareció de todos lados.

Con mi amigo Yuri leí, en camaradería crítica, a muchos autores rusos. Vivíamos en la zona marginal del sur de Valencia, pensando que Rusia era el paraíso y no ese lugar agreste fustigado por la nieve y las sangrientas purgas realizadas a cada tanto contra artistas y escritores por los jerarcas de la sempiterna revolución bolchevique. Leímos todas esas novelas rusas aprobadas por el Estado policíaco de la revolución, afecto más a la propaganda política que a la literatura, como Así se templó el acero, Banderas en las torres, Poema pedagógico, La madre. Igual leíamos a esos escritores tachados como enemigos del Estado soviético y como era lógico a esos autores clásicos que estaban ya por encima del bien y el mal de la política.

Elif Batuman publicó un libro en el cual repasa a esos autores rusos ya archivados en mi memoria. Su ensayo, Los poseídos. Mis aventuras con libros rusos y la gente que los lee, examina a representativos escritores rusos desde una óptica menos estirada y académica. Su autora escribe: “El título de este libro lo tomé prestado de la novela más extraña de Dostoievski, Los demonios, traducida anteriormente como Los poseídos, que narra el descenso a la locura de un círculo de intelectuales en una remota provincia rusa: una situación en cierto modo análoga a mis propias experiencias en la universidad”.

Voy a centrar esta nota en el aparte dedicado a Isaak Bábel, titulado “Bábel en California”, más por nostalgia debido a que fue un autor que mi amigo Yuri y yo admirábamos, pero que sometimos a nuestra inepta mesa de operaciones crítica en esos luminosos días de barrio y militancia.

Bábel no las tuvo todas consigo como escritor. Batuman realiza un recuento breve de su vida y su tropiezo con la policía secreta, que confiscó una gran cantidad de carpetas con sus manuscritos. Bábel en un principio tuvo el beneplácito de la revolución, pero después cayó en desgracia y fue detenido. A orden seguido sus obras dejaron de imprimirse y su nombre desapareció de todos lados. Nada sobre si seguía con vida (o había muerto). Luego que murió Stalin se le rehabilitó oficialmente. Batuman escribe que “el expediente de su proceso penal se hizo público. Sólo contenía una hoja: un certificado que atestiguaba su muerte en circunstancias desconocidas el 17 de marzo de 1941”.

Para cerrar el ciclo Batuman escribe: “El 26 de enero de 1940, Bábel fue ejecutado frente a un pelotón de fusilamiento en el sótano de la Lubianka y su cuerpo arrojado a una fosa común. En 1940, no en 1941. Incluso el certificado de defunción mentía”.

Todo esto se vincula con la organización de un congreso internacional sobre Bábel que se celebraría en Stanford, y en el que Batuman colaboraría con la exposición complementaria de materiales literarios procedentes del archivo Herbert Hoover. Algunas pláticas (a hablillas de los asistentes) que reproduce Batuman recuerdan mucho los diálogos que se desarrollan en la merienda, presidida por el Sombrerero Loco, a la que asiste la Alicia de Lewis Carroll.

Por supuesto el congreso reúne a doctas personalidades especialistas en Bábel de todo el mundo. Las invitadas centrales fueron las hijas de Bábel: Nathalie y Lidiya. Aunque en realidad asiste todo un zoológico variado y pintoresco. Estaba un compañero de Batuman llamado Joshua Skywalker, cuyos padres alucinaban con La guerra de las galaxias. También un traductor de Bábel, algo cargante debido a que en la exposición hicieron correcciones a su traducción. Había un par de chinos que preparaban una película sobre Caballería roja. Estaba de igual modo un profesor subalterno experto en simbolismo y que valoró la cena de recepción como “un guión escrito por Dostoievski” e incluso King Kong estuvo rondando como una idea fantasma en la cabeza de los organizadores. El congreso, con toda su prosopopeya académica, es narrado por Batuman como una comedia de equivocaciones.

Cuando le tocó el turno a los chinos cineastas uno de ellos se deshizo en halagos sobre la escritura de Bábel e incluso dijo que el escritor fue como un padre para él.

Tres ponencias rastreaban biográficamente el trayecto de Bábel. La del profesor impulsador del congreso se titulaba “El otro Bábel”. Otra pertenecía a una periodista americana circunscrita en narrar la vida de Bábel en el Moscú de 1962. La tercera ponencia era de un alemán, que era profesor de historia rusa en Taskent, titulada “Escribir una biografía de Isaak Bábel: una tarea detectivesca”. Esta ponencia entre los asistentes del público fue comentada, entre murmullos, con feroces dardos: “Para un académico incompetente todo es ‘tarea detectivesca’”.

Cuando le tocó el turno a los chinos cineastas uno de ellos se deshizo en halagos sobre la escritura de Bábel e incluso dijo que el escritor fue como un padre para él y otras sandeces por el estilo. Cuando llegó el momento de proyectar la película sobre Caballería roja, dijo tan campante que no la podía mostrar ya que todavía no la había rodado, pero que mostraría fragmentos de su cinta Espadachines en la ciudad de la bandera doble, donde salían caballos y que era el primer wéstern chino.

Antes de la presentación de los chinos Batuman transcribe este diálogo:

Mientras Freidin se apresuraba a entrar en la sala de conferencias, Lidiya Bábel subía las escaleras perseguida de cerca por varios especialistas extranjeros en Bábel, con la esperanza de enterarse, quizás, de las cosas que sólo ella podía contarnos.

—¿Sabe cuál de esos dos chinos es musulmán? —preguntó uno de ellos.

—¿Cuál?

—El bajo.

—¿Hay muchos chinos musulmanes? —preguntó Lidiya.

—¡No es chino! —gritó una historiadora de aspecto deprimido. Todo el mundo se volvió a mirarla—. Creo que en realidad no es chino —repitió la historiadora.

—De hecho, tiene un aspecto… diferente —dijo Lidiya.

—Quizás sea uigur —sugirió Zalevski.

—¿Qué-e-e?

—Uigur, uigur, uigur.

—Cuando le pregunté al otro chino qué religión profesaba —siguió diciendo el primer especialista—, me contestó: “Mi religión es Isaak Bábel”.

—Es muy extraño —dijo la historiadora.

Todo el mundo se volvió hacia Lidiya Bábel, como esperando alguna respuesta.

—Es interesante —dijo muy despacio—. Una vez conocí a un hombre que se casó con una alemana, se fueron a China y tomaron fotografías de niños chinos. Sus imágenes se recopilaron en un libro que llegó a publicarse: un libro de fotografías de niños chinos. Pero lo realmente interesante es que cuando le preguntaban al hombre qué clase de mujeres prefería siempre decía: “¡Oh, etérea, como una mariposa!”. Pero cuando veías a la mujer alemana… era completamente redonda. Se produjo una larga pausa.

—¡Ah, claro! —dijo al fin el simbolista—. La eterna disyuntiva entre la realidad y el sueño…

—Completamente redonda —repitió Lidiya Bábel—. Pero luego siguió una dieta de pepinos y caviar negro y ahora está delgadísima. Por supuesto, era cuando en Rusia el caviar negro se compraba casi regalado.

Tuve una sensación extraña, rayana en el pánico. ¿Qué pasaría si eso era lo único que Lidiya Bábel podía contarnos?

Los escritores rusos, como asevera Batuman, te atrapan/poseen de alguna manera. Mi amigo Yuri y yo, también poseídos, los leímos sin otro propósito que encontrar una imponente historia.

Para enrarecer este disparatado congreso Batuman cita a Nikolái Fiódorov, un filósofo ruso que vaticinó que la ocupación, a futuro, más importante de la raza humana, sería la abolición de la muerte, la resurrección a escala universal de todos los muertos y la colonización de nuevos planetas en el espacio exterior para que las personas resucitadas tengan un lugar para iniciar de nuevo sus vidas. Asimismo menciona la novela Oblómov (publicada en 1859), de Iván Goncharov, cuyo personaje principal, Ilia Illich Oblómov, ha decidido no salir de su sofá, convirtiendo la ociosidad y la apatía en esa trinchera ideal para defenderse del mundo exterior con su movilidad atiborrada de tareas y obligaciones. Aunque, a decir de Enrique Vila-Matas, es una novela en realidad irresumible como todas las buenas novelas. Oblómov es el héroe del desánimo, del espíritu resquebrajado en la haraganería más inaudita. Tumbado en su sofá, ve la vida desmoronarse ante esa noria incansable de la utilidad y el trabajo. Figura kafkiana por excelencia, aunque también tiene puntos de contacto con esos personajes enigmáticos y paradójicos creados por Italo Calvino o Nathaniel Hawthorne.

Los escritores rusos, como asevera Batuman, te atrapan/poseen de alguna manera. Mi amigo Yuri y yo, también poseídos, los leímos sin otro propósito que encontrar una imponente historia, o como lo escribió Vladimir Nabokov: “El lector admirable no acude a una novela rusa en busca de información sobre Rusia, porque sabe que la Rusia de Tolstoi o de Chéjov no es la Rusia promediada de la historia, sino un mundo concreto, imaginado y creado por el genio personal (…). Le gusta porque absorbe y entiende todos los detalles del texto, porque goza con lo que el autor deseó que fuese gozado, porque todo él se ilumina interiormente y vibra con las imaginerías mágicas del falsificador, el forjador de fantasías, el mago, el artista. A decir verdad, de todos los personajes que crea un gran artista, los mejores son sus lectores”.

Carlos Yusti
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