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Nostromo en Bongolandia

lunes 16 de diciembre de 2019
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Joseph Conrad
Joseph Conrad (1857-1924).

Debido a un ataque de insomnio, de varias noches, como preámbulo a una operación ambulatoria y por un breve ensayo de Pedro Téllez, tuve que releer la novela Nostromo, de Joseph Conrad, archivada en la memoria de mis lecturas juveniles.

El texto de Téllez indaga por un lado las posibilidades políticas de Nostromo y realiza algunos paralelismos con nuestro acontecer político. Por otro lado asume que Sulaco, la ciudad de Costaguana, país imaginario en el cual trascurre la novela, no es otra que Valencia, la de Venezuela. La conmemoración de los 460 años de la fundación de Valencia y los 111 de la edición de Nostromo constituyen el pretexto para que Téllez se sumerja en la historia de Conrad y así examine los nexos de Sulaco con Valencia y el filón político de una novela cuyas coincidencias con nuestra realidad política son inequívocas.

A grandes rasgos Nostromo gira en torno a la explotación de una mina de plata. Cuestión que provoca una convulsión en la existencia de todos quienes están involucrados en ella. Las incidencias político-sociales son inminentes: el progreso en la república adviene de forma rápida. La pompa absurda y la riqueza se respiran en el aire, lo que estimula la codicia, la corrupción y el dilema moral como nudo central de la trama, en la que el dinero extranjero, procedente de los Estados Unidos, que hace posible explotar la mina, se contrapone a ese trabajo miserable y peligroso de la mano indígena ocupada en extraer una riqueza de la que apenas reciben migajas. El tesoro de la mina ejercerá una negativa influencia sobre todo el país, comenzando por los gobernantes, desvergonzados tiranuelos que imponen por la fuerza su voluntad desechando todo aquello que impida su voraz avidez de riqueza fácil.

El personaje central de la historia es Charles Gould, de origen inglés, el rey de Sulaco, que administra (con esa inconfundible flema inglesa) la concesión familiar de la mina de plata de Santo Tomé, génesis principal de la riqueza de la nación. Todos los demás personajes giran en su entorno, incluido Nostromo, que es el capataz de los estibadores del puerto, antiguo marinero y el antihéroe por antonomasia al que es muy afecto Conrad.

Sobre Nostromo personaje, el escritor Horacio Crespo indica: “Tal como el propio autor lo relata en la nota introductoria a la edición definitiva de Nostromo, hacia 1875 o 1876 escuchó en el Golfo de México la historia de un marinero del que decían que había robado él solo un cargamento de plata en algún lugar del litoral de Tierra Firme durante los disturbios de una revolución (…). Al joven le pareció una hazaña memorable, pero luego no consiguió enterarse de ningún otro detalle relevante sobre aquella anécdota y relegó la historia al semiolvido”. Muchos años después pudo descubrir por azar que el ejecutor del robo tenía más de rufián y aventurero de fortuna que de arrojado héroe de cinematógrafo. Conrad escribe: “Inventar un relato circunstancial del robo no me seducía, porque mis facultades y dotes de escritor no me llevan por ese camino; ni creo que el asunto valiera la pena. Sólo cuando vislumbré que el ladrón del tesoro no necesitaba ser precisamente un consumado canalla, dándole cabida a que poseyera grandes dotes de carácter y que hubiera intervenido como actor y víctima eventual en las tornadizas escenas de una revolución; entonces solamente fue cuando tuve la primera visión vaga de un país que había de convertirse en la provincia de Sulaco con su elevada y sombría Sierra y su brumoso Campo para servir de mudos testigos de acontecimientos ocasionados por las pasiones de hombres incapaces de distinguir claramente el bien del mal”.

“Nostromo”, de Joseph Conrad
Nostromo, de Joseph Conrad, fue publicada originalmente en 1904. Disponible en Amazon

Con el país ficticio de Costaguana ya delineado, junto con su capital Sulaco, Conrad tiene el escenario donde moverá sus personajes. Max Henríquez Ureña, en el ensayo La América de Conrad, escribe: “El escritor con datos de toda América construyó un país nuevo: la República de Costaguana. Dijérase una nación bolivariana que se fugó de la historia. Ese país imaginario tiene puntos de contacto evidentes, ya con Venezuela, ya con Panamá, pero concurren a formarlo elementos diversos tomados de toda la América española”. Ureña realiza un buen compendio de este collage de ciudades y espacios naturales reales que le sirvieron a Conrad para crear un país. Ureña ahonda en las similitudes cuando escribe: “En Sulaco hay una Alameda y una estatua de Carlos IV, como la que se conserva en la ciudad de México en atención a su mérito artístico; hay también un Club Amarilla, que recuerda a los amarillos o antiguos liberales de Venezuela, contrarios a los azules o conservadores; las antiguas luchas de federales y unitarios en Costaguana evocan el proceso de las ideas políticas en las Provincias Unidas del Río de la Plata; en vez de alcalde hay en Costaguana el cargo de intendente municipal, como en algunas repúblicas sudamericanas, pero también hay el de jefe político, como en otras del continente; el vocablo gringo se aplica, como en muchos países de la América española, a los extranjeros blancos que hablan distinto idioma. La banda militar de Sulaco toca la Marcha de Bolívar, el Libertador, y Páez es mencionado como héroe de la independencia de Costaguana, cuyos llanos se asemejan a los de Venezuela, así como su cordillera, donde se destaca el alto pico de Higuerota (…), no es otra que la cordillera andina”.

Para Téllez: “Sulaco es Valencia”, que “se extiende entre las montañas y el llano, a escasa distancia del puerto y oculta a la visión directa del mar”. Pero hay otro dato que aporta el autor de la novela: “En la época de la dominación española, y por muchos años después, la ciudad de Sulaco —de cuya antigüedad da testimonio la lujuriante belleza de sus huertos de naranjos— no había tenido nunca más importancia comercial que la de un puerto de cabotaje con un tráfico local, bastante amplio, en pieles de buey y añil”.

El texto de Téllez se centra en el sentido político y así anota: “Novela política y psicológica a la vez, sus protagonistas participan en un golpe de Estado movido por ideas y convicciones, a su vez movidas por intereses extranjeros, porque: ‘No hay credulidad más dispuesta ni más ciega que la credulidad de la codicia’. Así mismo uno de los personajes dibuja la otra cara de esta historia: ‘Yo deposito mi esperanza en los intereses materiales. Una vez que los intereses materiales logren un asiento firme, terminarán por imponer las condiciones únicas por las que pueden seguir existiendo’”.

El breve ensayo de Téllez sigue explorando las coincidencias políticas y sociales que parecen tan afines a nuestro país en la actualidad: “El señor y la señora Gould, propietarios de minas de plata, representan las dificultades de la burguesía nacional: ‘No somos aventureros. Había nacido allí y amaba su patria, pero en sus ideas seguía siendo esencialmente un inglés. Empleó la consigna política de su tiempo: la federación’. Contacta con el inversionista norteamericano Holroyd, de la compañía OSN, que patrocinará el golpe que busca dividir el país y controlar sus recursos. Holroyd proclama el destino de los Estados Unidos: ‘Lo dominaremos todo: industria, comercio, derecho, periodismo, arte, política, religión, desde el Cabo de los Hornos hasta el estrecho de Smith, y más allá incluso, si algo merece la pena en el polo Norte. Y entonces tendremos la oportunidad de hacernos con las islas y los continentes más remotos de la tierra. Manejaremos los negocios del mundo, quiéralo o no el mundo. El mundo no puede evitarlo; ni nosotros tampoco, diría yo’”.

Téllez concluye sobre Nostromo: “Mejor que en un texto de historia o de economía política, a partir de su propia substancia de artista tenemos la descripción, todavía vigente, de los mecanismos del imperialismo para desestabilizar nuestra sociedad”. No obstante la novela es una gran ficción novelesca, bastante lejos de ser un alegato político. Juan Gabriel Vásquez escribe: “Nostromo, se me ocurre a veces, es uno de los antecedentes más claros (y menos señalados) del boom latinoamericano. La historia de la república ficticia de Costaguana, de sus guerras y de la célebre revolución por la cual pierde una de sus provincias, de sus personajes que cubren con elegancia todo el espectro de los comportamientos políticos —desde el idealismo ciego hasta el cinismo redomado, pasando por el heroísmo egoísta—, está mucho más emparentada con La casa verde o con ciertos episodios de Cien años de soledad que los interminables bodrios comprometidos y telúricos de José María Arguedas o Miguel Ángel Asturias”.

Para quitarle la pátina de rebuscado y literaturesco a este escrito recuerdo un dibujo animado llamado El Rey Leonardo, que trata sobre un león, especie de soberano de Bongolandia, un país africano ficticio, dedicado a la manufacturación de su único producto: los bongós (tambores). El soberano de Bongolandia tiene enemigos que intentan apoderarse del reino. Con este dato sólo subrayo que la novela de Conrad no está lejos del maniqueísmo bufo, o como ya lo había apuntado Max Henríquez Ureña: “La interpretación que hace Conrad de la América Latina, sintetizándola en la imaginaria república de Costaguana, resulta, a la postre, caricaturesca en ciertos rasgos resaltantes…”. A pesar de esto el libro no deja de ser una gran lección del arte de novelar: la realidad siempre es más rica, compleja y en ocasiones mucho más retorcida, delirante, pero sin esa porción requerida de metáfora que aporta la literatura. Los sucesos en Bolivia, con el presidente Evo Morales dimitiendo y exiliado en México, son una peculiar confirmación de todo esto.

Carlos Yusti
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