Recibe 2020 con 20% de descuento en corrección de textos y corrección de estilo
Saltar al contenido

Josefa Zambrano o la escritura a fuego lento

lunes 10 de febrero de 2020
¡Compártelo en tus redes!
Josefa Zambrano
El trabajo literario de Josefa Zambrano ha permanecido en ese despiste sorprendente de los cenáculos literarios.
“La realidad es furtiva, es como un gato que se escapa por la ventana. Escribo de la realidad y los sueños son una parte de la realidad”.
Wislawa Szymborska

Cuando pienso en la escritura de Josefa Zambrano Espinosa (Boconó, Trujillo, 1950) la palabra que viene a mi memoria es densidad. No obstante no se trata de esa densidad académica un tanto postiza, sino más bien de esa densidad porosa y que se encuentra oculta en frases bien construidas, en párrafos estructurados con la minuciosidad del artesano.

Josefa me contó, mucho tiempo después, que había leído algunos de mis textos en un suplemento cultural y le gustaba de mis ensayos, creo, ese estilo fortuito, sin clip sujetador. También yo conocía a Josefa a través de sus cuentos pertenecientes al libro Magia de páramo.

En los relatos y en los ensayos Josefa deja a la intemperie su manera de moverse en la vida.

Desconocía que escribía ensayos y cuando leí las galeradas del libro Taumaturgias del verbo (Fondo Editorial Predios, 1999), facilitadas por el editor, no sólo me deleité con sus ensayos, que proporcionaban inteligentes puntos de vista, sino por una escritura que era una tersa filigrana de belleza con las palabras. Los ensayos de Josefa, en comparación con mis textos ensayísticos, escritos con la brusquedad tosca del aficionado, estaban escritos con la sencillez más compacta y precisa de la inteligencia y en la que una destilación de orfebre con el lenguaje dejaba su indiscutible marca de agua. Pero decir esto es una vaguedad y es necesario leerla. En su ensayo sobre la pintora Remedios Varo escribe: “A través de los siglos, su voz es la de todas las mujeres. Mujeres que vivimos en un mundo donde la palabra y la agresividad viriles aún tienen la fuerza para hacer de la guerra, por ser ‘cosa de hombres’, un arte, pero, afortunadamente, ese poder es insuficiente para hacer del arte una guerra, pues el talento, el genio, también es ‘cosa de mujeres’. ‘Soy mujer, pero tengo talento’, clama Lisístrata desde la Acrópolis”.

En los relatos y en los ensayos Josefa deja a la intemperie su manera de moverse en la vida, de observar la existencia como un compendio estético, algo así como una música lenta y brumosa en un día lluvioso borrando algún paraje del páramo.

En una entrevista confesó cómo era su proceso de escritura: “Es de ritual. Esquivo la escritura. Hago una y mil cosas antes de dejarme atrapar por las palabras que se agolpan en mi cabeza esperando que me siente a plasmar con ellas una historia, una reflexión; en fin, un nuevo texto. Mi proceso de escritura sigue siendo de mucha inseguridad, de escribir y reescribir hasta conseguir la palabra, la frase que exprese mis sentimientos, mis pensamientos”. Y de eso está hecha su escritura: de sentimiento y filoso ingenio. Josefa no sólo busca construir bien una frase (o un párrafo), sino que trata de que las palabras formen una estética, especie de pincelada de palabras que congregan claridad, concreción y agudeza. Hay en todo su trabajo como una emocionada meditación, tan parca, pero a la vez rotunda, muy propia de la gente de montaña.

El trabajo literario de Josefa Zambrano ha permanecido en ese despiste sorprendente de los cenáculos literarios, que glorifican a tanto zoquete con ínfulas de autor y que premian el enconado arribismo del escritor en los pasillos del poder. A pesar de esos equívocos hace poco la Academia Venezolana de la Lengua la ha elegido miembro correspondiente por el estado Trujillo.

Muchos escriben para labrarse una reputación literaria, pero en el caso de Josefa Zambrano la cosa no funciona de esa forma tan simplista y carente de estilo. Creo que Josefa escribe para atrapar entre palabras esa realidad que se escapa por la ventana, que huye en los discursos del poder, y que ella conoce bastante bien; de esa realidad que a veces es un aforismo y otras una larga retahíla de lugres comunes. Escribe para ordenar la velocidad indescriptible del presente.

Josefa Zambrano sabe que la realidad hay que pasarla a limpio cuando se escribe.

Me aficioné a la escritura de Josefa Zambrano cuando leí su indefinible ensayo, relato, entrevista, indagación exhaustiva sobre un artista con el característico título: A. J. Fernández, “El hombre del anillo”: la magnífica y atroz bizarría del imaginario trujillano. En el texto condensa ese universo de lo estético, con sus contradicciones, errores y aciertos, a través de un pintor popular. La entrevista, que es una amalgama de cuento, ensayo, investigación y toda esa mezcolanza de géneros, es resuelta con una originalidad puntual y de una riqueza creativa tal que el lector se ve abrumado por lo que dice aquel hombre sencillo (en pugna con los ruidos mundanos del día a día y los demonios del arte) y por la manera como lo cuenta Josefa: sin dejar cabo suelto, sin dejar de inmiscuirse en los entresijos íntimos del creador, sin dar tregua ni conceder nada. Todo cocinado en ese fuego lento (e implacable) de la literatura.

Josefa Zambrano sabe que la realidad hay que pasarla a limpio cuando se escribe, hay que trabajarla con obstinada fragua desde el lenguaje, otorgándole una belleza inusitada, que se escapa a simple vista. Que la realidad a veces nos esquiva y que es necesario retenerla, por breves momentos, en la escritura, y vislumbrar de alguna manera esa belleza otra postulada por Lautréamont como “el encuentro fortuito sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas”.

Carlos Yusti
Últimas entradas de Carlos Yusti (ver todo)

Recibe 2020 con 20% de descuento en corrección de textos y corrección de estilo