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Mujer leyendo

viernes 14 de febrero de 2020
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“Habitación de hotel”, de Edward Hopper

Con ese inconfundible color local, de alucinación tropical, que se puede encontrar en un microbús por la mañana, y entre el caos de gente apretujándose, divisé una mujer sentada leyendo. Parecía ajena al caos efervescente a su alrededor. Lo revelador no era que leyera, pero sí esa especie de invisibilidad de la que hacía gala y que desajustaba todo esa excepcional estampa de surrealismo pintoresco. A esa lectora la había visto en algún cuadro del pintor Edward Hopper; claro, en una estancia más desnuda y menos enmarañada, aunque igual de incomprensible y desolada. Muchos pintores han tenido mujeres que leen como motivo pictórico, pero recordé a Hopper para acentuar que el abismo del desamparo absurdo se abre en cualquier lugar.

El cuadro más publicitado de Hopper es el de una mujer, semidesnuda, que se hunde afligida en un pedazo de papel, en un desaprensivo cuartucho de hotel.

El poeta Mark Strand, que también era pintor, escribió un breve libro sobre Hopper en el cual examina algunos cuadros. Lo hace desde la mirada del poeta y no del crítico. Le interesa esa metáfora latente de unos personajes como desorientados en la calle, en un café, en algún cuarto como si mentalmente sacaran cuenta de los saldos rojos de su soledad y en los cuales la luz (o la sombra) va trazando sus propios enigmas. Strand asegura que los personajes en los cuadros parecen desorientados, están como extraviados en sus tribulaciones íntimas, perdidos en un misterio que los cuadros son incapaces de revelar. Strand anota: “Las habitaciones de Hopper son tristes refugios del deseo. Querríamos saber más de lo que sucede allí, pero por supuesto resulta imposible. El silencio que acompaña nuestra observación parece crecer. Es inquietante: desearíamos irnos. Y hay algo que nos urge a hacerlo, aunque también hay algo que nos mueve a permanecer. Todo esto lastra como la soledad. Nuestra distancia frente a todo crece”.

El cuadro más publicitado de Hopper es el de una mujer, semidesnuda, que se hunde afligida en un pedazo de papel, en un desaprensivo cuartucho de hotel. La visión de Strand es precisa: “El modo en que la mujer de ‘Habitación de hotel’ se sienta en el borde de la cama, un tanto jorobada, el modo en que sostiene la carta, con las manos descansando sobre las rodillas, sugieren que ha leído muchas veces esa carta, y que las noticias que contiene no son buenas (…). La pulcra estrechez de la habitación, la despiadada blancura de las paredes iluminadas, las frágiles líneas verticales y horizontales, proporcionan un agradable ambiente de severidad que obliga a los observadores a no ir más allá mientras la mujer se enfrenta a su lectura: probablemente noticias que precisan que se controle. De hecho, la habitación pareciera simbolizar la resignación que le hace falta a ella”.

“Mujer leyendo”, de Tamara de Lempicka

De todos los cuadros que he visto, con el tema motivo en cuestión, el que pintó Tamara de Lempicka, “Mujer leyendo”, es uno de mis preferidos. No se trata de una mujer, sino de una jovencita como escapada de ese universo escabroso de las lolitas y que el poeta Rubén Darío cantó a su modo: “Que púberes canéforas te ofrenden el acanto”.

En el extraordinario libro de Paulette Silva Beauregard, Las tramas de los lectores; estrategias de la modernización cultural en Venezuela (siglo XX), hay un capítulo, “Lecturas de mujeres. Imágenes en femenino de la ‘epidemia lectora’”, en la que una foto de Teresa de la Parra, para nada aburrida y más bien pizpireta, publicada en El Cojo Ilustrado, año 1913, le sirve para plantear algunas interrogantes sobre las representaciones de la lectura y las lectoras a finales del siglo XIX y principios del XX. Al parecer era una moda posar con un libro. Además le sirve para explorar esa mitología de la epidemia lectora entre las señoritas y de su consabida campaña, muy bien disimulada, para contrarrestarla. Silva Beauregard escribe: “La lectora no sólo representa a las mujeres consumidoras o productoras de escritos, ni únicamente los diversos tipos de lectura que ahora éstas practican, sino tambin los peligros era una moda posaas mujeres consumidoras o productoras de escritos, ni unicamente X. Al parecer era una moda posaén los peligros de los productos que la industria cultural pone en mano de sectores cada vez más amplios, y no sólo de las mujeres, como folletines, novelas, revistas o tarjetas postales”.

Estas ideas sobre lo perniciosa que puede ser la lectura en las mujeres ha llevado a Stefan Bollmann a escribir dos libros: Las mujeres, que leen, son peligrosas, y Mujeres y libros; una pasión con consecuencias. El primero hace un repaso de la iconografía de mujeres leyendo. A pesar de no ser un libro exhaustivo revisa una buena porción de pinturas y fotos en las que una mujer, con algún libro o una carta, ocupan el primer plano. Se encuentra la famosa foto que le hizo Eve Arnold a Marilyn Monroe leyendo el Ulises; sin embargo, no está la traviesa lectora de Tamara de Lempicka. El otro libro reúne una galería de lectoras femeninas, algunas producto de la ficción literaria y otras producto de la lectura de novelas y cuentos. La galería es sustanciosa con lectoras como Mary Shelley, Mary Wollstonecraft, Virginia Woolf, Marilyn Monroe, Susan Sontag y Erika Leonard Mitchell, madre de dos hijos y ejecutiva de televisión, quien escribió Cincuenta sombras de Grey, y algunas mujeres entusiastas que gravitaron en torno a Joyce y al Ulises como Sylvia Beach y Nora Barnacle, entre otras.

La imagen de esa lectora diurna y tempranera es contraria a la imagen del lector consumido por ese apetito extraño por los libros.

Ese albur sobre la lectura y sus sospechados peligros es un tema que tiene más de literaturesco que de algo real. Algunos autores lo han utilizado como buscando darle utilidad educadora a sus novelas y cuentos. Beauregard escribe: “El afán de educar a los ‘menos instruidos’ tomó formas muy diversas y apeló a muy distintos recursos, más allá de la educación formal (…). La novela tuvo en algunos casos una función formativa, en la medida que buscaba contribuir a la educación de buenos ciudadanos y buenas ciudadanas, de instruirlos en el conocimiento. Y sobre la medicalización el recurso al discurso de la higiene en los textos pensados para un público femenino —y que lleva a la vigilancia de la lectura y a la división de la biblioteca en libros ‘sanos’ y desviados (…)”. Los libros tachados como peligrosos se escondían o se leían de manera clandestina y la biblioteca se convertía en una fachada de libros aceptados en consenso, pero que de manera conveniente ocultaba esa literatura capaz de contagiar a cualquier lectora con el síndrome Bovary.

Lo sucedido a Emma Bovary es el modelo por antonomasia de lo dañino que pueden ser determinados libros para las mujeres. Bollmann escribe que la primera aventura extramatrimonial de Emma la llevó directo a rememorar a las heroínas de sus novelas y “…la aventura hace que Emma no tenga necesidad de leer novelas, ya que ella misma pasa a ser parte de una”. Aunque esa es la gran tentación del lector entusiasta (sea hombre o mujer): convertirse en personaje. Cambiar de piel y traspapelarse con esos personajes, que de alguna manera dejan su impronta. No ser Gregorio Samsa, sino esa especie de bicho/escarabajo en el que se transformó, es una tentación abrumadora.

La imagen de esa lectora diurna y tempranera es contraria a la imagen del lector consumido por ese apetito extraño por los libros y que Fabio Morábito compara con esa ansia que mueve a brujas y vampiros: “…el lector, irreal y nocturno como ellos, aguarda paciente, aun del peor libro que cayó en sus manos, aun de sus páginas más muertas, el sorbo iluminador y la frase que todo lo aclare”.

Uno que ha tratado de convertirse en un lector irreal, igual que esas bibliotecas laberínticas soñadas por Eco, Borges y los demás, uno que busca todavía asombrarse (con todo aquello que parece irrelevante para la mayoría), ve en ese gesto de la lectora mañanera, acordonada en su lectura, como si la vida a su alrededor fuese lo inexistente y lo real aquello que fluye con las palabras en la página del libro, esa mínima posibilidad de ir a contracorriente, de desarticular el mundo sin ira ni vileza.

Carlos Yusti
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