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Autodictada con nota al pie

martes 25 de febrero de 2020
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Notas al pie
Valerse de las pobres notas al pie para ventilar los trapos sucios de aquello que nos causa ojeriza está bastante lejos de la sana intención de las notas al pie.

En sitios un tanto fuera de foco me asaltan de improviso elucubraciones sobre lo literario. Cierta vez estuve en La Colmena;1 a las dos de la madrugada surge una mujer desnuda, ataviada de plumas, en un escenario, iluminado de malas maneras y decoración escueta de anime y cartón pintado. La mujer simulaba cantar un bolero, lo que me transportó a las obras teatrales de Samuel Beckett.2

En un mercado repleto de bullicio y olores nauseabundos, con algunos zamuros hurgando en los desperdicios, me puse a pensar en las notas al pie de página.

Esperaba al siquiatra y escritor Pedro Téllez. La sala de espera de Bárbula3 es desaliñada y bastante equis, así que me dije: así debe ser la antesala del infierno, y entonces repaso un texto de Téllez sobre la biblioteca personal del Diablo.4 Esto me llevó a especular cómo sería esa biblioteca en su sentido físico: la estructura debía ser de madera labrada con motivos sexuales en el borde de los estantes, las galerías se reflejarían en espejos para hacerla parecer infinita, una luz vertical caería del techo/cielo como ironía final para iluminar dicha estancia.

En un mercado repleto de bullicio y olores nauseabundos, con algunos zamuros hurgando en los desperdicios, me puse a pensar en las notas al pie de página.5

En el libro Flaubert, Joyce y Beckett, de Hugh Kenner, éste escribe: “Este invento de ventrílocuo, la nota al pie de página, merece cierto grado de atención, en parte porque Swift se convirtió en un gran virtuoso de este nuevo instrumento, y porque después Joyce dedicaría una sección entera de Finnegans Wake en agotar todas las variantes posibles de notas al pie de página y de su prima, la apostilla. A uno le gustaría saber cuándo fue que se inventó; es un descubrimiento tan importante como el de las tijeras o el de la mecedora, y probablemente tan anónimo como ellos”.

En el libro de Anthony Grafton sobre este tema hay un peregrinaje por los orígenes de este singular mecanismo y baraja algunos candidatos como sus posibles creadores: Leopold von Ranke, Ulrich von Wilamowitz-Möllendorff, Jacob Bernays, Richard White de Basingstoke, Athanasius Kircher, Justus Möser y algunos otros.6

Una nota al pie de página, como su nombre lo indica, tiene su puesto al final y no marginada en el cuarto de trastos del libro.

Por su parte G. W. Bowersockde7 escribe: “La nota al pie común y corriente no tiene por qué llamar la atención y ciertamente que no se merece un lugar en los anales de la literatura. No hay duda de que por este motivo desapareció de estas páginas. Pero como todo lo demás, una nota al pie se puede hacer mal o se puede hacer bien. En manos de un maestro, como Edward Gibbon por ejemplo, la nota al pie se puede convertir en una obra de arte y en un instrumento de poder”.8

Bowersock de igual modo señala: “Hallarse una nota al pie, como señalaba Noel Coward, es como bajar las escaleras para contestar el timbre de la puerta cuando se está haciendo el amor”.9 Hay un fragmento que refiere sobre esa modalidad actual de colocar las notas al pie al final del libro, hábito sin sentido ya que una nota al pie de página, como su nombre lo indica, tiene su puesto al final y no marginada en el cuarto de trastos del libro, o como lo escribe Bowersock: “En años recientes, los editores comerciales y académicos han tenido una influencia nefasta en los hacedores de notas al pie. Al obligar a los autores, por razones de presupuesto, a usar las notas al final y no las notas al pie, no tan sólo han aislado a las notas de sus textos correlativos sino también de sus lectores potenciales, para quienes por lo general resulta problemático buscar laboriosamente entre las páginas del final algo que a lo mejor resulta un op. cit.”.

Me gustan esos libros clásicos en los que doctos especialistas te explican, con notas al pie, todo ese mundo espacial y lingüístico en el contexto en cual esas grandes obras de la literatura fueron escritas. Allí está, por ejemplo, Don Quijote de la Mancha en esa esplendida edición de Francisco Rico.10 El libro editado por la Biblioteca Ayacucho de Jorge Luis Borges, contentivo de Ficciones, El Aleph y El Informe de Brodie, tiene un conjunto de notas excelentes de Daniel Martino que ubica al lector en la pista de la bibliografía bastante velada en los cuentos y ensayos de Borges.11

Las notas al pie hoy son muy utilizadas por novelistas, cuentistas y ensayistas, pero no ya con esa intención erudita, sino más bien para hacer un texto en paralelo donde el escritor derrocha su ingenio e ironía.

Para justificar mi interés/idolatría por las notas al pie de página puedo argumentar que quizás se deba a mi espíritu autodidacta. El autodidacta necesita saber todas esas cuestiones útiles y vanas que va encontrando en su aprendizaje errante. No requiere hacerse de una cultura a la usanza académica, con fichas y conocimientos bien ordenados, sino más bien de una cultura hecha de residuos y de muchas notas al pie leídas con ociosa fruición.

El autodidacta necesita entrometerse en todo, leer de todo, para ver qué puede sacar en limpio y qué le será de utilidad para construir su propio discurso. Un autodidacta que venero es Elisio Jiménez Sierra,12 que utilizó pocas notas al pie, pero que escribió con suprema excelencia.

Las notas al pie hoy son muy utilizadas por novelistas, cuentistas y ensayistas, pero no ya con esa intención erudita, sino más bien para hacer un texto en paralelo donde el escritor derrocha su ingenio e ironía, y no es gratuito eso que señala Bowersock de que los escritores “tienden a actuar como si valieran menos las indiscreciones cometidas debajo del texto que en él”. Valerse de las pobres notas al pie para ventilar los trapos sucios de aquello que nos causa ojeriza está bastante lejos de la sana intención de las notas al pie. Aunque desdoblar a ese otro yo del doctor Merengue13 en las notas al pie es una apremiante tentación. La utilicé en el libro que escribí sobre Pocaterra. Había redactado un escrito espinoso (y un poco en ese tono perverso del otro yo) contra Teresa de la Parra debido a su abierto coqueteo con el gomecismo. Era un texto escrito al margen del libro y que no tenía cabida en ninguna parte, ni siquiera en un baño público, así que el acomodo que pude encontrarle fue colocarlo como una nota al pie en el libro.

Mi intención primera era escribir una nota anodina, baja en calorías intelectuales, sobre la nota al pie, por supuesto recurriendo, en son de burla, a un buen ramillete de notas al pie, pero así no tenía gracia. Además eso ya lo había hecho con rigor y genio Jonathan Swift con “El cuento de una barrica”. Entonces metí dentro del escrito las notas al pie, pero tampoco me gustó el resultado. A la sazón volví con lo de las notas al pie y las incorporé en el texto como Dios manda; luego lo agité bastante, lo arrojé varias veces contra las paredes del cuarto y di por terminada la tarea.

Entiendo que salió algo anómalo (por no decir deforme), pero casi como fogonazos me vinieron dos frases de Bette Davis dignas de ser notas al pie: “Cuando un hombre da su opinión, es un hombre; cuando lo hace una mujer, es una perra”. “La vejez no es lugar para maricas”.

Carlos Yusti
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Notas

  1. Un prostíbulo que fue bastante famoso en San Félix. Hoy desaparecido, cambió de dueño y también de nombre. El poeta Francisco Arévalo publicó un libro, Agrio de colmena, que desde lo metafórico rememora los ritos épicos y las vicisitudes de esos noctámbulos que deambulaban por su recinto y de esas mujeres empapadas de alcohol y sexualidad de ojeras lánguidas y todo un zoo variopinto vomitado del trabajo duro de las acerías, que buscaban beberse la nocturnidad a sorbos de sexo tarifado, contando al barman los sinsabores del desamor y la soledad vividos en esos “parajes de hormigón”.
  2. Las obras teatrales Esperando a Godot y Final de partida se desarrollan en escenarios despojados de cualquier artilugio decorativo y con una luz turbia en la que transitan personajes que parecen simular que viven. Algunos emergen de potes de basura y otros están allí suspendidos en el aire de la expectación. Seres como amasados de espera y silencio. Beckett exprime el Rey Lear de William Shakespeare y el Libro de Job, lo mezcla bien y el resultado es Final de partida. Los personajes se mueven en un especio claustrofóbico, pleno de grises y silencio, en el cual el mundo parece deshabitado y dos personajes hacen el contrapunteo de rey y vasallo, de amo y sirviente, de jefe y subalterno o de poderoso y débil. Otros dos personajes viven en pipotes de basura remarcando que el mundo desde esa perspectiva es absurda. En la obra Esperando a Godot cuatro personajes esperan. El escenario es un camino despoblado con un árbol y con un luz moribunda de atardecer. La espera se amasa de esperanza, desilusión y silencio. Nadie llega y los personajes deciden avanzar, pero se quedan petrificados.
  3. Histórico siquiátrico ubicado en Bárbula, en la ciudad de Valencia.
  4. En el referido escrito se lee que el Diablo siempre relee libros antes de ser escritos por sus autores y que “relee no por sabiduría o nuevos conocimientos, lo hace sólo por placer”. Pedro Téllez informa: “Los cuentos de hadas de Charles Perrault (sus fuentes, sus continuaciones y reescrituras), y el manuscrito original, con dibujos del mismo Lewis Carroll de las aventuras de Alicia, son sus libros de cabecera. Prefiere la versión infantil de Galland de las eróticas Mil y una noches: el Diablo se excita con los místicos del Siglo de Oro español, con las traducciones del Cantar de los cantares de fray Luis de León, y con la tercera redacción del Cántico espiritual de san Juan de la Cruz y con la Séptima morada de santa Teresa. Literatura divina ‘a lo erótico’. Pero el niño diablo también lee, relee para placer de la inteligencia; y con intensión teológica prefiere la Psychopathia sexualis de Kraff-Ebing en su edición en latín, y considera ‘no sé por qué’ poemas místicos a Las 120 jornadas de Sodoma, en especial las últimas diez jornadas apenas esbozadas, bocetos y apuntes que el Diablo debe tener acabados. Con el Diablo estamos de acuerdo, aunque no las conocemos, en la perfección de las Soledades tercera y cuarta de Góngora como poesía y de la tragedia El rey Lear de Pierre Menard. En ese pequeño estante está el teatro completo de Esquilo, por cuya lectura habría bien cambiado su alma a Dios el joven Nietzsche. Van once libros, deben ser un poquito más, dijimos trece, podrían ser más o menos, agregar o cambiar por ediciones ilustradas sobre enfermedades tropicales y sus parásitos, tratados de anatomía patológica, el códice o libro de las horas del Duque de Berry, algún numero del Nanacinder, colecciones de suplementos (cómic) de la pequeña Lulú (como piensa Yusti), la guía telefónica de Ciudad de México, el manual de funcionamiento de un aire acondicionado, o la segunda parte de la Historia de Venezuela de Oviedo y Baños desde aquellos días hasta el dos mil veintiuno, ¿por qué no? Podrían estos y otros libros formar con igual razón o sin razón el espiral de lecturas posibles de ese señor”.
  5. Días después (y por azar) encuentro el libro Los orígenes trágicos de la erudición, con su respectiva nota al pie: Breve tratado sobre la nota al pie de página, de Anthony Grafton.
  6. Patricio Pron escribe en artículo publicado en la revista Letras Libres: “En Los orígenes trágicos de la erudición; breve tratado sobre la nota al pie de página (México, FCE, 2015), Anthony Grafton comienza atribuyendo la introducción de ésta a Leopold von Ranke, el padre de la historiografía científica, para a continuación desdecirse: no habría sido Ranke sino el extraordinario Edward Gibbon (a sugerencia del filósofo David Hume, por cierto) el introductor de la misma, sostiene el autor. Más tarde, casi inmediatamente, Grafton se desdice, y atribuye sucesivamente ese papel a Ulrich von Wilamowitz- Möllendorff, Jacob Bernays, Richard White de Basingstoke (el primer tomo de cuya historia británica se compone de diecinueve páginas de texto y 97 de notas, en este caso finales), el jesuita alemán Athanasius Kircher, Justus Möser y otros, como si la historia de la nota a pie de página sólo pudiese ser narrada como una sucesión de notas a pie de página a notas a pie de página en la que la aspiración a encontrar un origen a la práctica de realizar observaciones a un texto en su margen inferior tropezase con la imposibilidad de remontarse a ese origen, a ese momento en que comenzaron a utilizarse las notas a pie de página, pese a lo cual la tradición atribuye su invención a san Beda, también conocido como ‘Beda, el Venerable’, el monje benedictino del siglo VIII (autor, entre otras obras, de una historia eclesiástica de los anglosajones) al que debemos también la popularización de la práctica de dividir las épocas en antes y después de Cristo”.
  7. “El arte de las notas al pie”. Este ensayo apareció originalmente en la revista The American Scholar, correspondiente al invierno de 1983, 184. De G. W. Bowersock, Historias (número 20) publicó un ensayo sobre la Imaginación histórica de Edward Gibbon. Traducción de Antonio Saborit.
  8. Esto me decidió a bajar los cinco tomos de Gibbon (en ePub) para leerme las notas al pie y saltarme la telenovela sobre la decadencia y caída del Imperio romano que de seguro Netflix ya debe estar trasmitiendo, como una especie de Juego de tronos, pero con decorados en ese estilo romano grandilocuente de Cecil B. DeMille y su película El signo de la cruz (1932) o de Mervyn LeRoy y su filme Quo Vadis (1951).
  9. Gabriel Zaid en un texto “Nota al pie de las notas al pie *”, también publicado en Letras Libres, escribe: “Pero lo más frecuente es que el lector esté en la incómoda situación de escuchar dos voces que hablan al mismo tiempo; la segunda interrumpiendo a la primera, aunque no tenga mucho que decir. Se quejaba Noel Coward: ‘Cuando estás leyendo sabrosamente, interrumpir por la llamada de una nota y bajar las escaleras a ver de qué se trata, es como escuchar el timbre que te pide bajar a la puerta, cuando estás arriba haciendo el amor’”. Al final hace abierta su animadversión por las notas al pie cuando escribe: “La pedantería de las notas al pie se sube a la cabeza, se emborracha de su propia importancia y se corona con un asterisco”. La respuesta de Guillermo Sheridan, asiduo escritor de Letras Libres, en su artículo “Notas y notas”, es impecable: “Desde luego abundan esos industriales-académicos deseosos de catapultar su nombre misérrimo a la marquesina del concurso Miss Puntitos que la academia ha creado para otorgar(se) aumentos de salario. Pero si hay una ‘industria’ académica tonta —la de los ‘escorpiones con bonete’, como les dijo Octavio Paz—, también hay ejercicios críticos capaces de enriquecer la lectura, de hacer más hospitalaria la estancia del lector en el edificio del libro; los hay que maquilan materia textual en ruidosas líneas de producción con ayudantes y becarios, y también hay los que practican una labor editorial amorosa, sin aspiraciones paracléticas, deseosos en efecto de acompañar a un lector que, a fin de cuentas, tiene la opción de leer solo, si así le place”.
  10. Las notas te sumergen en el mundo del libro, pero también en el mundo literario, social, político y cultural de Cervantes. En una parte del libro Don Quijote enumera los apelativos “como lo tomaban todos los caballeros pasados: cuál se llamaba el de la Ardiente espada; cuál, el del Unicornio; aquél, el de las Doncellas; aquéste, el del Ave Fénix; el otro, el caballero del Grifo; estotro, el de la Muerte”. La nota al pie enumera: son, respectivamente, Amadís de Grecia; Belinís de Grecia, y también Rugero en el Orlando Furioso; Florandino de Macedonia, en El caballero de la Cruz; Florarlán de Tracia, en Florisel de Niquea; un personaje de la novela Filesbián de Candaria, y Amadís de Grecia, en Florisel de Niquea. Cervantes tuvo que haberse leído todas esas novelas de caballería para darle un buen soporte bibliográfico a su personaje, gran lector de dicho género.
  11. Así el cuento “La lotería en Babilonia” es una sátira disfrazada contra Buenos Aires. La nota de Martino aporta buenos datos: “Desde fines del siglo XIX, consecuencia del alud inmigratorio que altera definitivamente la gran aldea, Buenos Aires comienza a ser asociada con la idea de Babilonia, ya no con la connotación positiva de cosmópolis que le daba Sarmiento, para quien Buenos Aires estaba llamada a ser ‘la Babilonia Americana’ (Facundo, 1845), sino negativa, sinónimo de desorden y subversión de valores tradicionales…”. Ricardo Piglia escribe: “Hay un texto extraordinario, que me parece el texto más político de Borges: ‘La lotería en Babilonia’, donde es el Estado quien organiza una vasta maquinación para determinar la experiencia de vida de los sujetos a través de sorteos periódicos, de modo que los sujetos están capturados por un Estado que funciona bajo la forma de una lotería que incluye a toda la población, y produce premios que empiezan siendo económicos y luego se convierten en formas de vida. Un sujeto vivirá como un sirviente o como un jefe, según lo que dicte la suerte”. El cuento oculta un episodio argentino que tiene que ver con el sufragio y Borges hace una broma rimbombante de ese hecho y lo oculta tras la parafernalia de lo fantástico. Por asuntos de ese tenor creo que Borges era un escritor que anhelaba ser humorista. A Groucho Marx le pasaba lo contrario: quería ser recordado como escritor.
  12. Un fragmento de su ensayo Irrisión y reivindicación del murciélago puede darnos una idea de su iluminado estilo: “De sus terebras guaridas sale al promediar la tarde a beber luz de estrellas por los horizontes. Nosotros le hemos dedicado el siguiente soneto, que es un recuerdo de nuestras correrías juveniles a través del paisaje de nuestra comarca atarigüeña: ‘La sombra: La hallé colgada al techo de una gruta / En un monte lejano, a medio día. / Cansado de mesetas yo venía, y ebrio de sol, por extraviada ruta. / Un hongo, la excrecencia de una fruta / Su colgajo de sueño parecía. / Y con admiración más impoluta / No perturbé la sombra que pendía. / Porque al bajar la noche de los montes / Como una reina del natal paraje, / Alta azul y pastoriles coros, / la sombra emprenderá raudo viaje, / a beber luna por los horizontes / y a confundirse con los meteoros”.
  13. El otro yo del Dr. Merengue fue un personaje creado por el dibujante, humorista y editor argentino Guillermo “Willy” Divito. El Dr. Merengue es un estirado personaje, refinado, correcto y educado. Trajeado con inmaculado cuidado, parece estudiar todos sus movimientos y jamás pierde la tiesitud de su rostro, nunca dice nada inapropiado. Pero este correctísimo doctor tiene otro yo bien oculto y que se materializa de manera borrosa. Prácticamente emerge como el genio de una lámpara para expresar lo que realmente piensa con un malignidad cáustica y cortante.
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