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Martin Amis y el tiempo con sus ruidos

miércoles 15 de abril de 2020
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Martin Amis
Se percibe en El roce del tiempo, de Martin Amis, cierta insolencia de polemista, pero al mismo deja al descubierto su inteligencia puntillosa. Fotografía: Larry D. Moore

Al escritor Martin Amis le preguntaron: “¿Cuál de sus novelas es su preferida y por qué?”. Contestó con ese consabido tópico que postula que las novelas para los escritores son como los hijos: “No tienes ningún preferido, pero sentirás cierta debilidad por aquella que te resultó más dificultosa de elaborar. Así que mencionaré Perro callejero”. Pero entonces Amis le pulveriza los sesos al tópico y se suelta: “Mi colega el novelista Tibor Fischer le dedicó una crítica demoledora y, a renglón seguido, todo el mundo capaz de empuñar una pluma se sintió súbitamente competente de hacer lo mismo. Para los escritores, albergar un rencor es un lastre muy pesado (aunque yo aquí aprovecho la oportunidad para repetir que Fischer es un baboso y un miserable…, ah, y cómo no, un ‘culo gordo’). ¿No dijo en alguna parte que escribió esa crítica con la única intención de agitar las aguas y labrarse un nombre como escritor? Bien, me cabe el consuelo, pasajero, de que probablemente a Fischer no se le recuerde por nada más”.

He leído dos o tres novelas de Amis, pero a su padre Kingsley Amis lo he leído con devoto interés. No obstante he disfrutado el libro El roce del tiempo, que reúne sus artículos de prensa, una que otra crónica, sus reflexiones políticas, entrevistas y algunos ensayos literarios.

“El roce del tiempo”, de Martin Amis
El roce del tiempo, de Martin Amis (Anagrama, 2019). Disponible en Amazon

Se percibe en estos textos de Amis cierta insolencia de polemista, pero al mismo deja al descubierto su inteligencia puntillosa, sin mencionar su estilo frío, de buena escritura, alejado de la sutileza almibarada o del elogio desprovisto de perspicacia crítica.

Algunos artículos se ocupan de esos menesteres corsarios de la política, repasan a determinados escritores como Iris Murdoch, cuyos últimos días estuvo desdibujada por el alzhéimer, o Jane Austen releída por el cine y la televisión. Aparece un Diego Armando Maradona, sin esa luminiscencia de cuando jugaba al fútbol y con sobrepeso, John Travolta en su segundo aire después de la película Pulp Fiction, la princesa Diana, especie de figurín plano (sin profundidad) y algo sobreexpuesta. Hay un reportaje sobre esa industria de la pornografía en la que está el escritor rotundo: “El porno es un oficio proletario. Y la gente del porno —laboriosa, mal pagada, cada día más sindicada— integra un colectivo que suele prestar atención a los suyos y ayuda a sus colegas. Y pagan el alquiler con las muertes de los sentimientos”. Son textos publicados entre 1986 y 2016, en revistas y periódicos, con ese inconfundible tufo de todo eso que alimenta las primeras planas de los diarios o las revistas del corazón. Muchos artículos tienen esa vibración de haber sido escritos con las pulsaciones del momento (o por encargo) y a pesar de ello no han perdido fuelle debido al talante mordiente que el escritor les imprimió.

También con estos escritos Amis va desgranando sus afinidades y fobias. Allí están algunos textos sobre dos escritores, a los cuales no les regatea admiración, como son Vladimir Nabokov y Saul Bellow. Pero no es una admiración sesgada (o ciega), y así escribe sobre la novela Ada y ardor, de Nabokov, que ha intentado leer en varias oportunidades, pero ha tenido que dejarla: “El verano pasado volví de nuevo a Ada y me encerré con ella. Y yo tenía razón. A las seiscientas páginas, dos o tres veces la extensión normal de sus novelas, esta obra es lo que los detectives de homicidios llaman una ‘carga de dispersión’. Es un cadáver saturado de agua en su fase de máxima hinchazón”. A decir verdad a mí también me resultó un fiambre disperso y malogrado. Amis hace una observación pertinente sobre el autor de Lolita: “En la narrativa, por supuesto, nadie sufre daño alguno; el fallo, como he dicho, no es moral sino estético. Y no pretendo insinuar nada al señalar que la obsesión de Nabokov por las nínfulas tiene un paralelismo: la pesada intrusión de su obsesión por Freud (…). A Nabokov le fascinaba la anarquía de la mente interior y desdeñaba a Freud por haber intentado sistematizarla. ¿Hay algo de rivalidad en su aborrecimiento? Sea como sea, al final es Nabokov y no Freud quien se alza con el cetro de poeta supremo de los sueños (junto con Kafka) y de poeta supremo de la locura”.

Sobre Saul Bellow escribe: “La novela norteamericana, una vez erigida dominante, se vio dominada a su vez por la novela judío-estadounidense, y todo el mundo sabe quién fue la figura dominante en ella: Saul Bellow. Y esta preeminencia no reside en las cifras de ventas ni en títulos honoris causa, ni en condecoraciones y mucetas, sino en una legitimidad incontestable”.

En el fondo lo que detesta Martin Amis es la chabacanería con ínfulas, la brutalidad desplegada desde cualquier esfera de poder y la estupidez que adquiere acordes de fanfarria en el devenir diario.

Ese desdoblamiento que hace un escritor de ficción novelesca como Martin Amis a escribir artículos y notas periodísticas lo lleva a escribir: “Tampoco deberíamos ignorar una profunda peculiaridad de la narrativa y de las columnas de prensa que se ocupan de ella: su consanguinidad fortuita. La valoración de una exposición no implica la utilización de un caballete y una paleta; la apreciación de un ballet no exige el uso de un tutú y unas zapatillas de punta. Y lo mismo puede decirse de todas menos una de las artes escritas: no se hace crítica de poesía escribiendo versos (a menos que uno sea un imbécil), ni crítica de teatro escribiendo piezas teatrales (a menos que uno sea un imbécil), pero las novelas se escriben en prosa, al igual que el periodismo”. Si bien el contraste lo pone el escritor de ficciones y su trabajo de fragua disciplinada y creativa con las palabras.

De joven Amis no dejaba títere sin cabeza y sus críticas eran letales. En una de las entrevistas le preguntan si lamenta esa actitud insultante del pasado. Amis responde: “Insultar a la gente en letra impresa es un vicio de juventud (…). Si uno no quiere parecer un carcamal disfrazado de jovencito, debe dejar de hacerlo cuando se hace mayor. Insultar a la gente ya en la madurez no es en absoluto digno y va adquiriendo un aire de locura a medida que uno se acerca a la edad crepuscular”.

En el fondo lo que detesta Martin Amis es la chabacanería con ínfulas, la brutalidad desplegada desde cualquier esfera de poder y la estupidez que adquiere acordes de fanfarria en el devenir diario, y por esa razón escribe con ese nervio preciso para desenmascarar la comparsa que viene por la calle del tiempo con su ruido de fiesta y tratar de esquivar el vacío, que crece a cada instante sin que nos percatemos de ello, dejando constancia de todo a través de buena literatura aunque sea en ese papel subalterno y volátil de los periódicos o las revistas.

Carlos Yusti
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