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El escritor como enemigo

miércoles 17 de junio de 2020
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Chevige Guayke

Se escribe siempre desde la contienda, desde ese pasadizo de la confrontación. La escritura como un sanguinolento boxeo de sombras. En primer lugar se combaten los demonios interiores, luego se reparten guantazos a los mediocres carcomidos de celos e ineptitud, pero expertos en trepar y obstaculizar a los que se atreven a despuntar; también reciben sus sopapos respectivos esos otros escritores incapaces de ver lo incompetentes que pueden ser a la hora de darle otra vuelta de tuerca a las palabras.

El libro, a pesar de su tono insolente/pendenciero, tiene muchos puntos a su favor ya que se mueve en esa línea limítrofe del panfleto y del ensayo como breve banderillazo refulgente.

Utilizar la escritura para granjearse enemigos, para bajar de su pedestal a tanto escritor de segunda y a tanto libro escrito con los pies, y que se edita con esa fanfarria como si del Ulises se tratara, debe producir algún espasmo de vitalidad a quien asume la tarea de señalar los vicios, las taras y las mitomanías narcisistas de nuestro medio literario. Chevige Guayke, que nació en un día, mes y año indeterminado (o como él mismo ha dicho: “No sé exactamente cuándo ni dónde nací. Poseo tres partidas de nacimiento: en una dice que nací en 1946, en San Juan Bautista; en otra dice que fue en 1945, en Juangriego; en la tercera se afirma que yo nací en Ciudad Bolívar, en 1944”), ha ejercido de enemigo y escritor por bastante tiempo. De ese ejercicio, que a ojos vista parece inútil, sólo ha quedado una buena porción de papelería escrita, con el sello indiscutible de lo disperso y lo traspapelado.

Con todos esos papeles desperdigados en gavetas, libros y en los sitios más inverosímiles, el también escritor, poeta y artista visual Franklin Fernández compiló un libro titulado Me declaro enemigo (Fundación Editorial El perro y la rana; Ministerio de Cultura de Venezuela; Gabinete Anzoátegui), o más bien un libelo, donde fluye una energía de siega y guadaña contra la mala literatura, que abunda y crece como mala hierba por estos andurriales.

Al parecer Franklin se metió en esa especie de guarida de ratones (con papeles, libros, postales, recortes de periódicos) que es el estudio de Guayke. Lo cierto es que hurgando aquí y allá fue descubriendo un conjunto de notas, algunas publicadas en distintos diarios, otras inéditas, escritas con esas antiguallas mecánicas que llamaban máquinas de escribir. Franklin se vio desbordado ante un cúmulo de dicterios y denuestos que hacían blanco en esa literatura con ínfulas, pero escrita con el ramillete florido del lugar común y la impericia con el lenguaje, o de esos autores falsamente encumbrados o de nuestros clásicos literarios que se tornaron objeto de culto para torturar estudiantes al meterlos con calzador en los pensum de estudios del bachillerato.

“Me declaro enemigo”, textos de Chevige Guayke compilados por Franklin Fernández
Me declaro enemigo, textos de Chevige Guayke compilados por Franklin Fernández (El perro y la rana, 2020). Disponible en la web Cuaderno Hipertextual

El libro, a pesar de su tono insolente/pendenciero, tiene muchos puntos a su favor ya que se mueve en esa línea limítrofe del panfleto y del ensayo como breve banderillazo refulgente. Quizá esa sea otra cualidad del libro, la brevedad desenvuelta de los ensayos, y en la cual algunos no pasan de ser apretados renglones para la columna semanal del periódico. Una característica común de estos breves golpes de escritura, lanzados en todas las direcciones posibles, es que destilan mucho desparpajo creativo y bastante humor margariteño, por no decir bilioso.

Estos escritos de Chevige Guayke tienen como norte quitarle esa aureola de falsa pedrería a las letras nacionales. De remover esa coraza de intocable que cubre a mucho escritor consagrado, y de tanto escritorzuelo promovido por ese tarantín conocido como cultura oficial. Las amonestaciones y reprimendas de Guayke están escritas desde el orilleo temerario, sin lirismo estructuralista (o de literatura comparada).

El texto “Primer manifiesto contra la basuratura” ofrece el tono que tiene el libro: “…al carajo esos escritores que venden su palabra al mejor postor al carajo esos escritores que pactan con los sepultureros de la esperanza al coño esos escritores de flux para arriba y para abajo al coño esos escritores de reuniones en Sabana Grande al carajo esos escritores que responden tímidamente a los planteamientos reaccionarios de Uslar Pietri al carajo esos escritores que alaban a Guillermo Morón para que dicho señor se apiade y les publique alguna vaina por cuenta de la Academia de la Historia al carajo ese Efraín Subero que sólo se ocupa de comercializar con la literatura de otros, al carajo ese viejo fastidioso llamado Luis Beltrán Guerrero al coño ese José Ramón Medina que no ha podido escribir un buen verso porque ha invertido todos los años de su vida en buscar puestos y más puestos, al coño ese Adriano González León que vive repitiendo las mismas anécdotas literarias, al carajo todos los escritores que viven jalando bolas para que les publiquen sus libros al carajo esos escritores que no han tenido el más mínimo gesto de solidaridad con la Revolución Sandinista, al carajo ese Lovera D’Sola que no sabe lo que dice en sus torpes notas críticas, al carajo todos esos muñequitos de Tráfico y Guaire que únicamente buscan figuración, al carajo, al coño, a la mierda todos esos escritores que escriben para ellos mismos y para complacer a fulano zutano y a mengano (…).”

La mayoría de los textos del libro, escritos en circunstancias determinadas, parecen no tener razón de ser ya que muchas de las vacas sagradas de la literatura, objetivo de los dardos envenenados de Chevige, se mudaron al otro barrio hace tiempo; sin mencionar que a los clásicos nuestros convertirlos en trapos inservibles es ya un deporte nacional. No obstante estos textos tienen el encanto de ser una especie de tesoro de hemeroteca para curiosos.

El libro es, por supuesto, un organizado etcétera donde el lector encontrará breves cuentos, disquisiciones sobre la cultura, reflexiones sobre los premios literarios, la crítica literaria, el amiguismo cultural. No obstante los textos en los cuales Chevige muestra, en profundidad, su destreza con las palabras, es al momento de meditar sobre el oficio de escritor: “Era la vida moviéndose en mi imaginación. Era el ambiente adueñándose de mi sensibilidad. Era Juangriego quedándose en mi palabra. Era el reloj de la iglesia enseñándome la infinitud del tiempo. Era la lluvia dictándome un poema en aquel cuarto de mis primeras canciones. Era Magdalena tomándome la mano en el mueble de Icha. Era Rita colocando en mi pecho un cuadrito de no recuerdo cuál santo para que me calmara un dolor de oídos. Era la vida enseñándome a ser escritor. Eran mis perros reafirmando el pensamiento de Schopenhauer: ‘Mientras más conozco a los hombres más quiero a mi perro’. Era el amor anidándose en mi lenguaje. Era Alberto Rodríguez dándome una lección práctica acerca del suicidio. Todo para ser escritor. Todo para quedarme metido en un cuarto escribiendo desde las seis de la mañana hasta las doce del mediodía. Todo para que me tildaran de vago y de que era una caliente cama y que sólo servía para dormir con unos gatos blancos y para no buscar trabajo decía que está escribiendo un libro. Solamente Ronald y Rómulo entendían mi oficio. A excepción de mis dos amigos, todas las gentes de mi pueblo trataron de frustrarme. No podían verme en la calle porque ahí mismo empezaba a gritarme: ‘Lleven ese loco para el manicomio’; y los padres les prohibían a sus hijos que cuidado con ponerse a conversar conmigo. Todo por ser escritor”.

Criticar es fácil, lo complejo es dejarse las nalgas en una silla incómoda y escribir una novela de setecientos folios.

Lo que a veces deploro es ese tono de minusvalía que asume Chevige en algunos textos. Su defensa, por colocar en el banquillo al posado mundo literario, es tildarse de ignorante o pobre diablo de las letras: “Es que ni siquiera mis amigos leen mis libros. Y mis familiares los usan cuando se les acaba el papel higiénico. No me he hallado con nadie que me haya dicho ‘leí un artículo tuyo en tal parte’. Este artículo, por ejemplo, no lo va a leer nadie. Pero hay algo que es cierto: yo no tengo la culpa de no tener talento, de no ser inteligente, de no saber escribir maravillas, obras maestras. Hay escritores que tienen talento hasta para regalar y sólo escriben libros inmortales, imperecederos. Mi escritura es de oropel, mi lenguaje es de baratillo, de remate, de precios bajos por cambio de ramo. Hay un profesor de literatura que cuando quiere dar un ejemplo de ‘mal escritor’ siempre recurre a mi nombre”. Sin duda todo esto lo hace desde esa lírica de la ironía absoluta para también autoflagelarse, desde esa sátira barajada sin contemplación, y así equilibrarlo todo.

Las reputaciones literarias se labran con el solo fin de que venga cualquiera, con aires justicieros, y las haga añicos. Criticar es fácil, lo complejo es dejarse las nalgas en una silla incómoda y escribir una novela de setecientos folios.

Este libro, reunido con estoicismo de ratón de biblioteca por Franklin Fernández, que como artista realiza esta especie de performance recopilatorio, es al final un prontuario de gesticulaciones, morisquetas y carantoñas delante de ese espejo de la literatura. La franqueza del escritor en este libro busca relajar el relamido y envarado mundillo literario poco proclive a inyectarse humildad en las venas, al contrario de Chevige Guayke que es sólo un “yonqui” postrado en una hamaca, rodeado de papeles y libros, sin ningún espacio despejado en los brazos para que entre otra jeringuilla.

Para asumirse escritor, y Chevige lo sabe a la perfección, hay que pasarse las alcabalas figuradas para hacer literatura, no hay que pedirle permiso a los maestros literarios del día para tratar de hacer algo digno con las palabras. Saltarse el protocolo impuesto por los mandarines culturales y largarse a escribir en un cuartucho con poca luz, con todo en contra y jugando a la ruleta rusa con ese artefacto singular de la imaginación.

Carlos Yusti
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