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La estela clásica en la poesía de Anne Carson

sábado 27 de junio de 2020
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Anne Carson
La poesía de Anne Carson es otra forma de contar historias, de relatar pequeños sucesos con su respectivo respaldo bibliográfico.
“Si la prosa es una casa, la poesía es un hombre corriendo en llamas a través de ella”.
Anne Carson

Si usted está algo fatigado con esa poesía nerudiana de medio pelo, o del poema relamido de heterónimos; si lo sacan de sus casillas tantos poemas pastosos metiéndole ruido por las luchas de los pueblos; si ya no tolera esa poesía urbana desprosando al poema en prosa; si ya no disimula sus bostezos ante los poetas de la brevedad oriental, o si tiene atorados a los litigantes de la metáfora surrealista, a la poesía antipoética y a esa poesía que es sólo un museo eterno del lugar común es urgente que lea a una poeta bastante inusitada como Anne Carson.

Anne Carson habla desde su presente sin escamotear sus luminosas sinuosidades ni sus ásperas oscuridades.

Con Anne Carson (Toronto, 1950) sucede que sus poemas carecen de ese lirismo de musicalidad babosa que parece acompañar las combinaciones retóricas de muchos poetas. Luego está su arraigo, sin concesiones, por lo clásico, especie de soporte puntual de su trabajo de escritura, y al final encontrar sus lecturas críticas (o razonadas) incorporadas en el poema como otra pieza importante en ese extraño engranaje de su poesía. Quien busque vanguardia sorpresiva en sus poemas perderá de manera irremediable el tiempo, aquellos especialistas en encontrar los nuevos derroteros del poema, para luego vocear sus hallazgos, fracasarán de forma irremediable. Si de Jorge Luis Borges se dijo que como poeta era inigualable cuentista, con Anne Carson se podría decir que como poeta es una penetrante ensayista.

No es que Anne Carson haga ensayos poéticos (horror), ni que convierta el poema en una quincalla ensayística, con toques metafóricos. No. Su escritura borra los límites de los géneros. Que algunos denominen a sus textos como poemas es sólo un fértil malentendido. Lo cierto es que su escritura busca un discurso renovado para la reflexión del presente y de la cotidianidad, con ese respaldo del pasado producto de su lectura de autores clásicos. Lo escrito por Eduardo Moga puede aclarar un poco: “Para obtener estos resultados, Carson se apoya en dos grandes pilares: la cultura clásica y el irracionalismo contemporáneo. Las referencias a la literatura grecolatina son constantes, aunque no necesariamente respetuosas: con frecuencia aparecen salpicadas de elementos paródicos o irreverentemente mezcladas con la actualidad: Catulo, por ejemplo, es sumergido en el hoy, ácido e incomprensible; Safo es comparada con Catherine Deneuve, y Tucídides y Virginia Woolf conversan en un plató de televisión sobre la guerra del Peloponeso. Carson cultiva asimismo el epitafio, un género ciertamente provecto, aunque con crujidos y zigzagueos actuales”.

Este paseo por el mundo clásico, sin duda anacrónico, que hace Anne Carson en sus textos, lo lleva a cabo por convicción y no por pose, ya que ella piensa que “…todos los preceptos y precedentes y ejemplos de dignidad que necesitamos para vivir nuestra vida se encuentran allí, en el pasado”. Su innegable estilo narrativo va en busca de las lecturas clásicas y las va encolando en sus textos como referencias, como soportes, como un juego de hipertextualidad donde cabe/entra lo irónico, lo erudito y esa transparencia para decir lo sencillo con esa compleja emoción del intelecto.

Anne Carson habla desde su presente sin escamotear sus luminosas sinuosidades ni sus ásperas oscuridades, busca las respuestas a la cotidianidad invocando los mitos, la poesía y el pensamiento clásico. Su poesía es la percepción del mundo desde esa reflexión inteligente, sólo busca volver diáfana la emoción que parece puramente intelectual, pero que en el fondo va hasta la desgarradura de nuestra sentido de lo humano, en ocasiones tan esquivo y lejano o sometido a todos los tópicos posibles.

En lo personal me atrae esa inflexión ensayística de sus poemas. No hay florituras poéticas ni grandilocuentes metáforas, mucho menos ese ruido rítmico de las palabras, y hay, sí, un discurso híbrido, un discurso que se ramifica y que recurre al collage de géneros como ejecución expresiva de gran contundencia intelectual. Jordi Doce ha escrito con exactitud: “Carson concibe la poesía desde fuera, como una forma de jugar o combinar el lenguaje para llegar así a la realidad o a los libros que la dicen. Ese espíritu lúdico y perverso a la vez la lleva a recurrir a todo tipo de formas, géneros y materiales: el poema serial, el fragmento, el pastiche, el collage de citas y voces, la entrevista imaginaria, el anacronismo, etcétera”. En su libro Nox (traducción de Jeannette L. Clariond; Vaso Roto, Madrid, 2018; 192 páginas) todas estas premisas que apunta Jordi Doce están presentes. El libro Nox es una elegía, especie de libro objeto (o libro de artista) que combina textos, dibujos, recortes, fragmentos de cartas.

“Nox”, de Anne Carson
Fotografía: Behind The Hedge

Nox es un libro excepcional. Lo primero por su estructura (una caja contentiva de un libro desplegable, tipo acordeón) y lo segundo es que viene a ser un libro bastante personal acerca de su hermano Michael, muerto en el año dos mil. Aunque Anne Carson y su hermano, ya adultos, tuvieron poca conexión, el libro conforma algo así como un puente, especie de diálogo abierto que no apela al sentimentalismo lacrimoso, ni a la autoflagelación para exponer el dolor colgando de los garfios de las palabras. Un libro armado desde lo disperso y lo fragmentario, especie de rompecabezas para entender una vida, para atrapar la memoria (o ese recuerdo) que se diluye con el pasar del tiempo. Se escribe contra el tiempo que todo lo desdice, que todo lo borra. Anne Carson intenta con Nox darle oportunidad a la memoria y esa frase de Vadim Kozovoi (citado por Maurice Blanchot) es oportuna: “Entre dos puntos de dolor, la poesía es el camino más corto. Tan corto que con su golpe solitario cae decapitado el tiempo”.

Nox es un libro que funciona como despedida, especie de sarcófago que en vez de contener “la muda ceniza” del hermano es el mapa de un afecto.

El libro intenta hacer un boceto de Michael, el hermano mayor de Carson, cuya vida tuvo algunos tintes trágicos: drogas, cárcel, algunos matrimonios que terminaron mal, vagabundeos por Europa (o la India) con nombres y pasaporte falsos. Posee ese tono de diario de viajes debido a que apela a ciertos de sus dispositivos característicos: anotar observaciones fragmentarias de lo que se percibe en el viaje, escribir cartas, acumular fotos, postales, recortes, estampillas, hojas arrancadas escritas a manos y un sinfín de papeles varios. En Nox hay fragmentos de la Historia de Heródoto, también fotos, garabatos, trozos de frases. Por momentos el poema busca ser sólo un diálogo y en otras ocasiones los textos con su tono ensayístico, o narrativo, buscan explicar la pérdida y el dolor desde la racionalidad lectora. Pero el libro utiliza el poema 101 de Catulo1 como pivote, como leitmotiv para narrar, desde la distancia, la muerte del hermano, con su paralelismo respectivo centrado en el poema de Catulo.

“Nox”, de Anne Carson

Nox es un libro que funciona como despedida, especie de sarcófago que en vez de contener “la muda ceniza” del hermano es el mapa de un afecto, de un amor filial que se recorre y el libro (que se despliega como una larga hoja) no es más que ese mapa antiguo con sus dibujos, sus croquis, sus coordenadas y sus territorios. El libro se abre con el nombre de Michael escrito con marcador, y con una caligrafía repetitiva que recuerda las planas escolares; sobre ese nombre hay pegado un pedazo de papel (como parte de de un libro) con la frase: “Nox, / frater, / nox” (“Noche, hermano, noche”). Al pasar la página (o desplegarla) está el poema de Catulo en latín, recortado, más bien rasgado con cuidado, de un libro, y engomado a la hoja. Así se inicia esta circunnavegación introspectiva para armar/entender una relación rota, despedazada y desintegrada. Anne Carson va juntando los pedazos desde la imposibilidad:

1. 0. Quería llenar mi elegía con diferentes tipos de luz. Pero la muerte nos hace mezquinos. No gastemos más tiempo en ello, pensamos, él está muerto. El amor nada puede cambiar. Las palabras nada pueden añadir. Por más que trate de evocar al brillante chico que era, sigue siendo una simple, inaudita historia. Entonces comencé a meditar sobre la historia.

“Nox”, de Anne Carson

Anne Carson ha sabido borrar las líneas divisorias de los géneros y a este respecto, en una entrevista que le realizó Eduardo Lago, la poeta responde: “No le dedico mucho tiempo a pensar en los géneros en cuanto tales, ni mucho menos a borrarlos; lo que intento borrar es la preparación, es decir, intento volver a la idea anterior a la aparición de la idea misma, y después procuro extraer la forma oculta, cuando todavía está húmeda”.

Como ensayista Carson maneja con soltura la ironía.2 Asimismo sus poemas tienen ese sello indiscutible de distanciamiento que le permite, con frialdad, la burla, el humor, el sentido paródico para darle así frescura a sus textos.

El lector de sus poemas también tantea en lo oscuro, busca alguna hendidura de luz en las palabras.

Pensar que Anne Carson es una poeta vanguardista es también caer en un error debido a que muchos de sus poemas no se detienen a experimentar con el lenguaje ni nada parecido. Muchos menos sus poemas buscan dilucidar los apremios existenciales con metáforas rebuscadas, o de encomiable complejidad lingüística. Tampoco están sus poemas atareados en brindar redenciones sobre la realidad siempre opresiva contra los desposeídos. La poesía de Anne Carson es otra forma de contar historias, de relatar pequeños sucesos con su respectivo respaldo bibliográfico.

Sus textos son algo así como artefactos intelectuales donde sus engranajes son la sátira, el ensayo breve, la lectura colateral. Todo muy narrativo, pero con esa intensidad de la inteligencia que permite la frase exacta, el fragmento como fugaz dardo reflexivo dando en el blanco. En sus poemas se acarician las ideas como animales de cotidianidad mitológica, ideas sin pompas, pero de indudable belleza por su nítida naturalidad.

Sobre el significado de la poesía ha dicho: “Si supiera qué es no tendría necesidad de escribir. Es algo que busco a tientas en la oscuridad, como quien trata de detectar señales radioactivas con un contador Geiger”. El lector de sus poemas también tantea en lo oscuro, busca alguna hendidura de luz en las palabras, pero sabe con certeza que los textos de Carson son un nuevo giro (chirriante) de esa tuerca enmohecida de la poesía. En sus escritos, denominados poéticos, brilla un fulgor de cavilación desde las lecturas que realiza y se proyectan sobre su discurso que no busca tiranizar, sino insinuar que la reflexión desde el intelecto tiene su toque de belleza, su extrañeza inesperada, pero, eso sí, sin rimbombancia ni estridencia alguna.

 

Anne Carson

(Toronto, 1950). Poeta, novelista y ensayista canadiense. La tesis de su doctorado fue sobre Safo y se publicó en 1986 con el título de Eros the Bittersweet. En la actualidad enseña en la Universidad de Michigan, en Ann Arbor. Ha publicado varios volúmenes misceláneos de poemas y ensayos, entre ellos Plainwater: Essays and Poetry (1995), Glass, Irony and God (1995), Men in the Off Hours (2000), The Beauty of the Husband (2000, Premio T. S. Eliot de Poesía) y Decreation (2005); así como una novela en verso, Autobiography of Red (1998), el ensayo Economy of the Unlost (2002) y un volumen con sus versiones de la poesía de Safo, If Not, Winter (2002). Ha sido dos veces finalista del National Book Critics Circle Award. En español Vaso Roto Ediciones ha publicado Albertine/Rutina de ejercicios, Decreación, Nox y Tipos de agua/El Camino de Santiago.

Carlos Yusti
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Notas

  1. Catuli Carmen CI. “Multas per gentes et multa per aequora vectus / advenio has miseras, frater, ad inferias, / ut te postremo donarem munere mortis / et mutam nequiquam alloquerer cinerem. / quandoquidem fortuna mihi tete abstulit ipsum. / heu miser indigne frater adempte mihi, / nunc tamen interea haec, prisco quae more parentum / tradita sunt tristi munere ad inferias, / accipe fraterno multum manantia fletu, / atque in perpetuum, frater, ave atque vale”. Poema CI de Catulo: “Por muchos pueblos y por muchas aguas llevado, / vengo, hermano, a estas miserables profundidades, / para honrarte con el último oficio fúnebre / y hablar inútilmente a tu muda ceniza, / puesto que el destino te alejó de mí, / ¡ah! infeliz hermano, injustamente arrancado de mí; / ahora, sin embargo, acepta esta ofrenda, que por antigua costumbre / es lanzada a las profundidades en tu triste oficio, / mojada en llanto fraterno, enormemente, / y para siempre, hermano, hola y adiós”. Cayo Valerio Catulo, luego haber realizado un viaje a Bitinia, decide ir a Troya. Lo mueve un sentimiento filial: va en busca de la tumba de su hermano. Catulo era lo que podría llamarse un neoteroi (en griego, “nuevos poetas”), poetae novi que hicieron del epigrama su forma poética expresiva por excelencia. Aunque en este poema Catulo no se aferra a la fórmula y escribe una elegía en diez versos y sesenta y tres palabras, o como escribe Juan Luis Arcaz Pozo en su ensayo Estructura y estilo del poema 101 de Catulo: “Catulo rehúye en esta composición todo el aparato de erudición alejandrino tan propio de los novi: no hay referencias geográficas y cultas de ningún tipo (tan sólo una indeterminación vaga y sorprendente sobre el itinerario de su viaje —cf. y. 1—) ni invocación alguna a los dioses ni alusiones mitológicas de ningún tipo; es el hermano muerto, conforme al ritual funerario, el único invocado por la voz del poeta”.
  2. Este fragmento de su ensayo “Uno ha de comer” no tiene desperdicio: “Vender poemas incita a pensar en cuál es su valor y en quién puede medirlo. Sabemos que Simónides ponderaba estas interrogantes y trataba con dureza a cualquiera que presumiera de contestarlas en su lugar. Por ejemplo, Aristóteles narra la historia del ganador de una carrera de mulas deseoso de comprarle a Simónides una oda a su victoria. Simónides se negó, pues el pago era módico y no le agradaba la idea de componer poesía para mulas. Pero, al recibir un pago apropiado, compuso este verso: ‘¡Salve, hijas de caballos veloces como vendavales!’. Del pago apropiado deriva un poema apropiado. Compensemos esta anécdota con otra que procede de la tradición biográfica relativa al otro plato de la balanza de pago. Un día, cuenta la historia, Simónides, la víspera de una travesía marítima, caminaba solo por la costa. De pronto se detuvo. Había un cadáver a sus pies. Simónides no titubeó. Resolvió enterrar el cuerpo y, acto seguido, erigió un epitafio que habla en la voz del difunto: ‘Rezo por que aquellos que me han matado corran con igual suerte, Oh Zeus del huésped y el anfitrión, / Rezo por que aquellos que me han sepultado / disfruten del beneficio de la vida’. Pero el epitafio no es el fin de la historia. Durante la noche, el cadáver que Simónides había enterrado apareció en sus sueños advirtiéndole no embarcarse el día siguiente. Simónides comunicó esta advertencia a sus compañeros de viaje, quienes la ignoraron, se hicieron a la mar y naufragaron. Simónides se quedó atrás y se salvó. Agregó entonces un codicilo al epitafio en la playa: ‘Aquí yace el salvador de Simónides / quien, aun muerto, ha concedido a los vivos una gracia’”.
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