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A la espera del accidente

domingo 16 de agosto de 2020
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A la espera del accidente, por Carlos Yusti
La gente supone que los escritores tienen algo que decir y por eso se enfrascan en un trabajo de zafra con las palabras.
Y escribes para que el viaje de ida no acabe
y haya luz en el portal de la memoria
Néstor Rojas

Tratar de entender cuál es la motivación que empuja a un puñado de hombres y mujeres a dedicarse a una profesión difusa como es esa de escribir resulta un enigma algo complejo, por lo sutil y lo simple. De igual manera se tiende a confundir escribir con publicar.

En el trabajo de escritura no hay un punto final.

Me asaltó el deseo de escribir por esa necesidad de evitar esa foto de normalidad en la que aparecía desenfocado y como fuera de lugar. Para concretar este deseo necesitaba escribir un libro, pero carecía de imaginación para enfrascarme en la escritura de una ficción novelesca, sin mencionar lo mal equipado que estaba, con respecto al lenguaje escrito, para emprender semejante tarea. Sólo tenía como soporte un montón de lecturas desordenadas. No tenía nada. Estaba en un agujero.

Un amigo fotógrafo (Yuri Valecillo) me suministró el tema para un libro y lo agarré como un perro a un hueso. Durante tres años reuní información para ese puto primer libro. Entrevisté a un montón de gente. Visité a toda biblioteca real e imaginada. Viajé mucho. Cuando tuve un caudal suficiente de material informativo (en bruto) me senté ante una máquina de escribir portátil y le di de golpes a las teclas durante tres semanas de febril locura. Después de escrito el libro lo deposité en una gaveta y pude salir a la vida a mendigar un poco de luz.

Después hay que seguir. En el trabajo de escritura no hay un punto final. La gente supone que los escritores tienen algo que decir y por eso se enfrascan en un trabajo de zafra con las palabras, de encontrar la belleza que se puede forjar con una frase donde todas las palabras deben engranar con la música exacta. El escritor se parece mucho a ese jugador de ajedrez cuyo objetivo no es ganar, sino buscar esa belleza oculta en la combinación de las jugadas. El escritor busca algo similar; ordenando una y otra vez las palabras hasta sacarles algunos bellos fulgores.

El acto de escribir, se conjetura, va asociado a eso que se denomina “inspiración”. Se cree que la escritura se produce gracias a un centelleo revelador y que permite escribir el verso luminoso, la frase que despunta en deslumbramiento. Octavio Paz creía en firme en la inspiración y hablaba de “otredad” constitutiva o que no estaba en ninguna parte ni era algo, sino un movimiento hacia delante, hacia eso que somos nosotros mismos. Por su parte Juan Rulfo lo desechaba: “Cuando yo empiezo a escribir no creo en la inspiración, jamás he creído en la inspiración, el asunto de escribir es un asunto de trabajo; ponerse a escribir a ver qué sale y llenar páginas y páginas, para que de pronto aparezca una palabra que nos dé la clave de lo que hay que hacer, de lo que va a ser aquello. A veces resulta que escribo cinco, seis o diez páginas y no aparece el personaje que yo quería que apareciera, aquel personaje vivo que tiene que moverse por sí mismo. De pronto, aparece y surge, uno lo va siguiendo, uno va tras él”.

Para Stephen King el fondo del asunto estriba en no tomarse el trabajo de la escritura con esa retorcida superficialidad farandulera: “Todo es lícito mientras no se tome a la ligera. Repito: no hay que abordar la página en blanco a la ligera”. Gustave Flaubert no se lo tomó a la ligera y sus padecimientos para escribir son un anexo de su leyenda. Flaubert anota: “Voy a retomar mi pobre vida tan chata y tranquila donde las frases son aventuras…”. Por esa razón Roland Barthes lo crucifica como un hacedor de frases: “Si se quiere limpiar la expresión de todo alcance metafórico, se puede decir que Flaubert pasó toda su vida ‘haciendo frases’; de alguna manera, la frase es el doble reflejado de la obra, y es en el nivel de la fabricación de las frases en donde el escritor ha hecho la historia de esta obra: la odisea de la frase es la novela de las novelas de Flaubert”. En lo que respecta a la inspiración, la frase de Picasso puede zanjar todo esto: “La inspiración existe, pero debe encontrarte trabajando”.

En soledad el escritor intenta que la inspiración lo sorprenda cincelando la piedra del lenguaje.

Tengo un amigo poeta que, a pesar de creer en la inspiración, se tortura, al igual que Flaubert, tratando de escribir la metáfora perfecta o sonoramente eficaz. Comenzamos en esto de escribir casi al mismo tiempo. Hace poco (antes de la pandemia) estuve en Valencia y me lo encontré en una plaza. Hacía de buhonero. Vendía los libros de su biblioteca. No ha publicado todavía el libro que cambiará de manera abrupta la poesía en el país. Pero me dijo que había hecho a conciencia una selección de sus poemas (algo que ha repetido desde que nos conocemos) para una antología de todo lo que ha escrito. Sacó, de su mochila andariega, un fajo de papeles manuscritos, pleno de correcciones, como para que comprobara que ahora sí iba en serio. Pero en realidad mi amigo siempre ha sido un fracasista. Estaba todavía en el agujero, escribiendo a tientas en esa oscuridad cerrada en la cual no hay puertas ni ventanas.

En este punto es necesario identificarse con lo escrito por Margarita Duras: “Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará. No tener ningún argumento para el libro, ninguna idea de libro es encontrarse, volver a encontrarse, delante de un libro. Una inmensidad vacía. Un libro posible. Delante de nada. Delante de algo así como una escritura viva y desnuda, como terrible, terrible de superar. Creo que la persona que escribe no tiene idea respecto al libro, que tiene las manos vacías, la cabeza vacía, y que, de esa aventura del libro, sólo conoce la escritura seca y desnuda, sin futuro, sin eco, lejana, con sus reglas de oro, elementales: la ortografía, el sentido”.

Margarita Duras le hizo una entrevista a Francis Bacon. En las primeras de cambio este le dijo: “No dibujo. Empiezo haciendo todo tipo de manchas. Espero lo que llamo ‘el accidente’: la mancha desde la cual saldrá el cuadro. La mancha es el accidente. Pero si uno se para en el accidente, si uno cree que comprende el accidente, hará una vez más ilustración, pues la mancha se parece siempre a algo”.

Quizá el escritor vuelve una y otra vez a la página/pantalla en blanco a la espera del accidente. Busca esa mancha irrepetible de las palabras desde la cual saldrá el libro. En soledad el escritor intenta que la inspiración lo sorprenda cincelando la piedra del lenguaje. Después se verá. El agujero. El accidente. La vida. En fin, la literatura.

Carlos Yusti
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