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En modo libro malo

domingo 23 de agosto de 2020
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Biblioteca de Alejandría
Infaltable la Biblioteca de Alejandría, cuya destrucción a manos de la intolerancia es proverbial.

En esa discusión que debate sobre la existencia de libros malos y buenos hay como dos bandos. Uno defiende que todo libro por malo que sea siempre tendrá algo bueno o, para expresarlo en palabras de Plinio el Joven en una carta dirigida a su amigo Bebio Macro, hablando de su tío Plinio el Viejo: “Una vez que había regresado a casa, dedicaba el tiempo que le quedaba a los estudios. Muchas veces, después de la comida (que tomaba ligera y sencilla, según costumbre de los antiguos), en verano, si tenía algún momento de ocio, se tumbaba al sol, se leía un libro, y él lo anotaba y extractaba, pues no leyó nada que no extractara. También solía decir que no había libro tan malo que no diera provecho en alguna de sus partes”.

En muchos trechos de la historia los libros han sido considerado peligrosos.

El otro bando postula que en realidad lo que hay es buenos y malos lectores, quizás pensando en esa conocida frase de Oscar Wilde: “La verdad es que no hay libros malos, lo que hay son malos lectores”, cuestión que a muchos les resulta un razonado disparate.

Esa consideración (simplista) no siempre fue así. En muchos trechos de la historia los libros han sido considerado peligrosos. La Iglesia, a través de su brazo policial de la Inquisición, sentó cátedra sobre esa necesidad de que algunos libros ardan y sin piedad iluminó la noche dogmática con enormes hogueras en las que ardieron libros y por supuesto personas, las mujeres tildadas de brujas y los hombres tachados de apóstatas.

Aunque muchos milenios antes ya había antecedentes. Fernando Báez, en su libro Historia universal de la destrucción de libros, escribe: “En Hechos (19,19) del Nuevo Testamento está descrita la visita del apóstol cristiano Pablo de Tarso (10-62 d. C.) a la ciudad griega de Éfeso, en el Asia Menor. Allí expulsó demonios, convirtió a nuevos fieles y divulgó el cristianismo que había atacado con verdadero odio en su juventud. Los magos de Éfeso, temerosos, quemaron voluntariamente sus obras: (…) muchos de los que habían practicado la magia trajeron los libros y los quemaron delante de todos (…)”.

Infaltable la Biblioteca de Alejandría, cuya destrucción a manos de la intolerancia es proverbial. Un ensayo de Jorge Luis Borges menciona a Shih Huang Ti, que ordenó la edificación de la Muralla China y a la par ordenó quemar todos los libros anteriores a su reinado como una manera de extirpar el pasado. Borges tratando de explicar todo esto escribe: “Acaso la muralla fue una metáfora, acaso Shih Huang Ti condenó a quienes adoraban el pasado a una obra tan vasta como el pasado, tan torpe y tan inútil. Acaso la muralla fue un desafío y Shih Huang Ti pensó: ‘Los hombres aman el pasado y contra ese amor nada puedo, ni pueden mis verdugos, pero alguna vez habrá un hombre que sienta como yo, y ese destruirá mi muralla, como yo he destruido los libros, y ese borrará mi memoria y será mi sombra y mi espejo y no lo sabrá’. Acaso Shih Huang Ti amuralló el imperio porque sabía que éste era deleznable y destruyó los libros por entender que eran libros sagrados, o sea libros que enseñan lo que enseña el universo entero o la conciencia de cada hombre. Acaso el incendio de las bibliotecas y la edificación de la muralla son operaciones que de un modo secreto se anulan”.

Con los nazis las piras de libros se hicieron costumbre. El dictador Pinochet, cuya biblioteca personal era bastante extensa, realizó algunos espectaculares incendios con libros. Heinrich Heine predijo: “Allí donde queman libros, acaban quemando hombres”. Y no se equivocó.

No obstante los inquisidores eclesiásticos tienen a su favor que fueron capaces de leer esos libros contrarios a sus creencias y determinaron que algunos eran perjudiciales, dañinos para el alma. Dichos libros fueron incinerados y como si esto no fuese suficiente editaron un Índice de libros prohibidos (uno de mis libros predilectos), especie de biblioteca portátil con una lista de obras de las cuales los lectores de alma “pura” debían alejarse, so pena de caer en el peor de los sacrilegios.

Esta perspectiva ha cambiado. Aunque algunos inquisidores actuales cultivan, con erróneo prejuicio, que hay libros perjudiciales. Así sucedió con Harry Potter, que fue prohibido en algunas escuelas de Estados Unidos debido a la abierta apología que hace de la magia. Libros como el Ulises de Joyce y Lolita de Nabokov cayeron en estimaciones absurdas; el primero fue considerado pornográfico y el segundo como un alegato a favor de la pedofilia.

Es antológico el escrutinio que llevan a cabo el cura y el barbero de la biblioteca de don Quijote “pues podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego”. Sin embargo la sobrina dice: “…no hay para qué perdonar a ninguno, porque todos han sido los dañadores; mejor será arrojarlos por las ventanas al patio, y hacer un rimero dellos y pegarles fuego; y si no, llevarlos al corral, y allí se hará la hoguera, y no ofenderá el humo”. En realidad don Quijote no llegó a la demencia debido a los libros de caballería, sino que estaba en ese abismo del tedio jubilar del cincuentón. Don Quijote supo que si continuaba sumido en la monotonía, la saudade, la morriña, moriría pronto. Por eso decide darle un vuelco a todo y vivir la aventura de su vida como caballero andante, como esos héroes de esa literatura barata de caballería que tanto apreciaba.

Hoy en vez de considerar los libros como malos es mejor hablar de un mal libro o de libros endeblemente escritos. Pero para esquivar un mal libro se puede utilizar el ardid de Wilde a través de esa analogía que hace con el vino y asegura que “para conocer la cosecha y la calidad de un vino no es necesario beberse todo el barril”. Algo equivalente se puede hacer con los libros. “¿Y quién estaría dispuesto a empaparse en un libro aburrido? Con probarlo es suficiente”.

La vida va enseñándole al lector común lo leído. Va mostrándole que la vida no es la literatura.

Para valorar un libro no se toma en consideración el vínculo que se crea entre el lector y el libro. Sin duda habrá libros que dejan su impronta y otros que pasan a la estantería del alma con más pena que gloria. Es célebre esa frase de Kafka: “Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”. Incluso Kafka no cree que leamos libros para ser felices: “Creo que deberíamos leer sólo el tipo de libros que nos lastimen y apuñalen. Si el libro que estamos leyendo no nos despierta de un golpe en la cabeza, ¿para qué lo estamos leyendo? ¿Para que nos haga felices, como dice tu carta? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro!”.

Me inicié como lector con las novelitas vaqueras y algunas de Corín Tellado, hasta enfrascarme en las policiales; para pasar luego a Julio Verne, Alejandro Dumas. Libros que pueden entrar en ese renglón de libros malos, o pobres en cuanto a calorías intelectuales, pero lo que es innegable es que dichos libros me hicieron lector, crearon mi hábito de leer y a la larga me permitieron ser un lector polivalente; un lector capaz de leer de todo sin discriminar nada, que es capaz de leer por encima de sus prejuicios y el de los demás. Buscaba pasarla bien leyendo y (contrariamente a lo que Kafka afirma) fui feliz en mi adolescencia debido a que siempre estuve leyendo. Poco a poco fui buscando mejor literatura. Susan Sontag escribió que una de las tareas de la literatura es formular preguntas y elaborar afirmaciones contrarias a las beaterías reinantes. Por eso se leen buenos libros, pero de vez en cuando es necesario llegar a ese modo del libro malo (entre comillas) para distraerse, o descansar de tanta sesuda literatura.

Los libros (bien o mal escritos) no enseñan a vivir, pero uno puede decir como el Adriano de Marguerite Yourcenar, “la vida me enseñó los libros”. La vida va enseñándole al lector común lo leído. Va mostrándole que la vida no es la literatura y que, como don Quijote, es bueno aprender que aquello escrito en los libros es vapuleado, con impecable saña, por la realidad que es casi siempre grotesca y en ocasiones sin ninguna pizca de poesía, es decir sin literatura.

Carlos Yusti
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