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Charla de literatura para nadie

sábado 29 de agosto de 2020
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Charla de literatura para nadie, por Carlos Yusti
A mis disertaciones también concurren cuatro pelagatos, pero sigo pronunciando conferencias hasta que logre estar yo solo.

En esa modalidad de performance e instalación, tan recurrente en el arte de hoy, solicitan, en ocasiones, a un escritor para que dicte una charla (disertación o conferencia) en un lugar apartado del mundanal ruido. Sin duda a la citada/publicitada plática no asistirá nadie por lo alejado del sitio y por otras enredos (estéticos, claro) que no vienen al caso.

No todos los escritores reúnen cualidades para la actuación y muchos van a dictar sus conferencias metidos en su caparazón de timidez acomplejada.

Muchos escritores que conozco (incluso yo mismo) hemos hecho este tipo de performance dictando charlas en universidades, escuelas, casas de cultura y museos en la que asisten un número irrisorio de personas, incluyendo a familiares y a esa tía remota, que aterrizó allí sin saber cómo y por esquivar un poco el tedio de la rutina de no hacer nada interesante.

En las conferencias de Borges (o de Sartre) al parecer el público asistía en manada y luchaban como perros salvajes por un lugar. Cuentan de Octavio Paz que una vez realizó una lectura de sus poemas en una sala de una universidad. Tuvo su público a sala llena. Al día siguiente le tocaba turno al poeta Jaime Sabines en la misma sala y esta no sólo se llenó, sino que se desbordó por pasillos y ventanas. Paz preguntó, desde su elevada posición de gran mandarín cultural, cómo resultó la asistencia. Su secretario, o algo por el estilo, le dijo que hubo más público del esperado. Paz hizo un mohín de disgusto y comentó despectivo: “Los espasmos de popularidad no garantizan la inmortalidad”. Esta idea de dictar una charla para nadie a Paz le hubiese resultado quizá un insulto.

Elias Canetti narra que las lecturas públicas efectuadas por Karl Kraus (un escritor que fue una impronta para su escritura) eran inusuales ya que, aparte de abarrotar las salas donde se presentaba, conglomeraba, además de los encopetados intelectuales y escritores de rigor, a una fauna heterogénea de personas. Luego estaba ese estilo histriónico cautivante de Kraus, con sus cambios en la voz y las gesticulaciones de su rostro que se acercaban mucho a una máscara movible, o como escribe Canetti: “A Kraus mismo lo veía mal: un rostro que se rejuvenecía hacia abajo, un rostro tan movedizo que no había sobre qué fijarlo, penetrante y extraño como el de un animal, pero un animal nuevo, distinto, que nadie conocía. Me desconcertaban los registros que esa voz conseguía alcanzar; la sala era muy grande, pero en la voz había un temblor que se transmitía a todo el auditorio. Tanto sillas como seres humanos parecían doblegarse bajo él, y no me hubiera asombrado que las sillas se hubiesen doblado de verdad. La dinámica de una sala como aquella, repleta hasta los topes y dominada por esa voz que se hacía oír incluso en los momentos en que enmudecía, es tan difícil de recrear…”.

No todos los escritores reúnen cualidades para la actuación y muchos van a dictar sus conferencias metidos en su caparazón de timidez acomplejada, lo que los lleva, a la postre, a resultar aburridos y previsibles en sus torpezas al momento de hablar. Hay otros escritores que sacan a relucir al profesor engavetado que tienen y entonces sus disertaciones son una clase de literatura y el auditorio un estúpido salón de clases.

En la ciudad de Valencia asistí a muchas charlas de reconocidos escritores, organizadas por la Universidad de Carabobo, como Juan Calzadilla, José Balza, Márgara Russotto o Vicente Gerbasi, y los anfitriones eran los poetas Adhely Rivero y Reynaldo Pérez So. En ese tiempo me las daba de aprendiz de brujo en modo rebelde y sabelotodo. Para mí todos esos escritores consagrados eran sólo carroña de las letras nacionales. Asistía a esas charlas en son de guerra. Los asistentes no eran muchos, y como alrededor de un mes (durante cada semana) en la que se fueron llevando a cabo, entre los asistentes se fue consolidando una camaradería civilizada y pasajera.

Cuando estoy terminando las sillas me han dejado solo en una estancia vacía.

En realidad realizaba preguntas incómodas de arma blanca que sacaban de sus casillas a los conferencistas. La intervenciones del público llamándome irrespetuoso no se hacían esperar y se armaba la polémica, lo que le daba un poco de sal a esas desabridas charlas. Recuerdo que cuando le tocó turno a Gerbasi la gente se acercaba para que moderara las preguntas y argumentaban a favor del poeta, que si el poeta era un hombre ya mayor, que si era un poeta de probada calidad y cuestiones por el estilo. Yo los calmaba diciéndoles que Gerbasi era uno de mis poetas preferidos. Y era verdad.

Después yo he tenido que lidiar con jóvenes escritores que me asumen como un carcamal roñoso en las distintas charlas que me ha tocado impartir. Como es lógico, a mis disertaciones también concurren cuatro pelagatos, pero sigo pronunciando conferencias hasta que logre estar yo solo, hablando con un montón de sillas vacías.

Me gusta pensar que estoy de alguna manera haciendo un tipo de arte. A veces me digo que debo escribir una nota sobre los aeroplanos del aburrimiento que sobrevuelan como moscas a la espera del bostezo. Cuando estoy terminando las sillas me han dejado solo en una estancia vacía. Me apresuro a recoger mis papeles, en el sudoroso silencio de la incomodidad, y salgo a toda prisa a perderme en alguna calle de la ciudad para al final descubrir al borde del abismo: la literatura era esto.

Carlos Yusti
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