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El arte de volverse inexistente

sábado 5 de septiembre de 2020
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“Decalcomanie”, de Rene Magritte
Esto de ser inexistente para los escritores nunca ha sido un problema. “Decalcomanie”, de Rene Magritte

En ocasiones algunas ciudades pueden parecer ágrafas, como sin duda le resultó Ciudad Guayana a una estudiante que le escribió un correo al escritor Diego Rojas Ajmad, alarmada ante la dificultad de encontrar alguna referencia sobre autores específicamente guayacitanos. Diego le contestó y, apelando a los caprichos de su memoria, le suministró un buen número de nombres. No obstante se quedó con esa inquietud clavada y escribió sobre el tema un texto, más extenso, en el diario Correo del Caroní: “En Ciudad Guayana no hay literatura”.

En el mencionado escrito Diego acota sobre lo importante de sistematizar el cuerpo literario de la ciudad, de rastrear y compilar información sobre el proceso literario para luego con ello crear un buen sistema bibliográfico tanto para legos como investigadores, y por eso apunta: “No podemos investigar sobre las obras literarias de nuestra región si carecemos de las ediciones correspondientes: si no se tiene facilidad para acceder a las obras, es imposible construir una literatura, un saber sobre ellas”.

Especular que literatura es lo que se encuentra apresado en un libro (con portada y páginas de papel) es reducir las posibilidades de la literatura.

Sobre la literatura, la escritura y los escritores siempre se teje un confuso mar de malentendidos. Toda ciudad tiene sus escritores e intentar explicar cuál es el motivo por el que en muchas partes se obsequie más protagonismo de prensa a políticos de opereta y a la fauna de la farándula que a escritores o artistas es un misterio insondable.

Con las ciudades también existen muchos encontronazos y las mismas parecen edificadas en esa fealdad planificada del asfalto y el hormigón, pero en realidad sus bases están afincadas en ese leve tejido que el espíritu (con obstinada paciencia) va elaborando a través de las obras de arte y de su literatura. Italo Calvino escribió: “La literatura es la búsqueda del libro escondido en un lugar lejano…”. Una ciudad, cualquier ciudad, podría ser ese lugar lejano al que siempre es necesario llegar.

Pensar hoy que una ciudad carece de escritores es una estupidez mayúscula. La ignorancia se encuentra diseminada por todos lados, hasta en Google. Especular que literatura es lo que se encuentra apresado en un libro (con portada y páginas de papel) es reducir las posibilidades de la literatura. En Ciudad Guayana hay una buena cantidad de galeronistas, de cuentacuentos y narradores orales trashumantes de distintas etnias, sin mencionar que las paredes de la ciudad a veces son páginas de un cuaderno con pintadas y escritura apócrifa por todos lados.

En cualquier caso, decidí hacer mi respectiva pesquisa por la Internet y pude descubrir que algunos escritores de Ciudad Guayana poseen blogs, páginas web, etc. No hay tanto desierto como se teoriza. Por supuesto estoy de acuerdo en lo acotado por Diego: “La historia de la literatura y la elaboración de diccionarios literarios de obras, temas y autores permiten sistematizar el corpus de nuestras letras y tener a disposición los elementos adecuados para proceder a la investigación y a la creación de saberes”.

Llegados a este punto es bueno apelar al tópico: “Si una ciudad no tiene escritores habría que inventárselos”. Así como lo hacía Rafael Bolívar Coronado cuando preparaba antologías de poetas para mal comer. Si le faltaban poetas para concluir la antología, con la naturalidad del tracalero con ingenio y hambre, se inventaba los poetas que hicieran falta, y no sólo creaba sus poemas, sino que les imaginaba una biografía con libros publicados, vicisitudes de su vida y todo.

En lo personal siempre busco en la ciudad el hueso de su escritura. Su poética. Esa metáfora que también edifican sus escritores con las palabras. A veces pienso/sueño con una ciudad de papel en blanco, en la que sus habitantes van escribiendo su historia. Es que la ciudad es un libro que nadie escribe y a pesar de ello son escritura, aunque la calle silencio sea la más transitada. Un amigo escritor me confesó: “Yo me quedo a un costado de cualquier calle de la ciudad y veo pasar la gente, observo cómo los hechos se vuelven transeúntes, las situaciones que van y vienen para luego escribirlas”.

De eso se trata: de escribir sin que la ciudad lo advierta. Que los escritores pasen inadvertidos, pero que la ciudad sea esa novela, ese poema, esa literatura eterna que el tiempo deja intacta. Los escritores (ya se sabe) son sólo renglones en un diccionario que se renueva cada tanto para que estudiantes y profesores se percaten de que una ciudad también son sus escritores, sus artistas, aunque sean tan fugaces como esos encendidos atardeceres desde el balcón de la memoria.

Un escritor debe caminar siempre al margen de la página (o de todo si se da el caso).

Esto de ser inexistente para los escritores nunca ha sido un problema. Ignorados por la crítica, por los profesores e incluso por los diccionarios, seguirán escribiendo. Hay en eso de ser invisible todo un arte con quincallería zen. Roberto Brodsky escribió: “Pero un escritor es también algo que no existe; es decir, algo que se llena. Escribir es quedarse quieto, clavarse en un solo paso; adquirir la inmovilidad del recipiente que se infla mientras adopta la forma escurridiza de su contenido. Si es veneno, la escritura se hará más espesa. Si se somete a una determinada presión, se transformará en gas. Si se agita demasiado, producirá burbujas”.

Hoy con la Internet pisándole los talones a ese libro imposible imaginado por Borges en su cuento “El libro de arena”, no es gratuito pensar que en ese gran tejido el autor desaparecerá para convertirse en sólo lenguaje, y así ese vaticinio de Roland Barthes adquirirá su inexorable cumplimiento: “Aunque todavía sea muy poderoso el imperio del Autor (la nueva crítica lo único que ha hecho es consolidarlo), es obvio que algunos escritores hace ya algún tiempo que se han sentido tentados por su derrumbamiento. En Francia ha sido sin duda Mallarmé el primero en ver y prever en toda su amplitud la necesidad de sustituir por el propio lenguaje al que hasta entonces se suponía que era su propietario; para él, igual que para nosotros, es el lenguaje, y no el autor, el que habla; escribir consiste en alcanzar, a través de una previa impersonalidad —que no se debería confundir en ningún momento con la objetividad castradora del novelista realista—, ese punto en el cual sólo el lenguaje actúa: toda la poética de Mallarmé consiste en suprimir al autor en beneficio de la escritura (lo cual, como se verá, es devolver su sitio al lector)”.

El escritor Diego Rojas pasó por alto inventarse otros escritores, le faltó crearse autores, así como el escritor crea personajes, al momento de facilitar a la estudiante los nombres reales de escritores que recordaba. Un escritor debe caminar siempre al margen de la página (o de todo si se da el caso), situarse en ese lugar en el que la imaginación sigue sin perdonar nada. El escritor como un invento, como un fantasma que ha dominado el supremo arte de volverse inexistente en beneficio de la escritura.

Carlos Yusti
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