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Humberto González al filo de la inquietud

• Sábado 12 de septiembre de 2020
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Humberto González
Humberto González: “No hay magia alguna si insistimos, por flojera, vivir fuera del texto, es decir, de la literatura”. Fotografía: Yuri Valecillos

Cuando tenía el pelo como un nido de aves rapaces conocí a Humberto González. Él era profesor de Castellano y Literatura en el liceo Martín J. Sanabria. Yo era un estudiante agrisado de barrio y calle justiciera. La hora de su clase era horrible: doce del mediodía. En esa encrucijada donde muere la mañana y comienza la tarde, aprendí mucha literatura de la mano de este profesor con pinta de artesano y ese desaliño sonriente de quien va a sus aires. Sus clases eran clásicas y apegadas al programa; no obstante, él se las arreglaba para imprimirles cierta dosis de sortilegio canalla para que no termináramos amodorrados en los pupitres, derrotados por la somnolencia y el hambre.

En el bachillerato pasa con la literatura que ésta se vuelve una avena grumosa incomible. Para los estudiantes, Rómulo Gallegos y los otros escritores no eran otra cosa que unos señores con estreñimiento y ahorcados a la corbata, foto tipo carnet incluida, que escribían para enturbiar nuestra ágrafa existencia. Vete a enseñar literatura a un puñado de adolescentes con el despiste y las hormonas en su curva más alta a una hora pico y luego hablamos.

Humberto González no sólo enseñaba los contenidos del libro de castellano, sino que animaba a los alumnos a ir al encuentro de la escritura.

No fue un profesor recortable de quince y último. Tampoco encajaba en el estilo de los profesores peliculeros, desentendidos de las normas, que inculcan a sus alumnos ideas de autonomía rebelde. No. Humberto González tenía su ritmo particular y lo que trasmitía a sus alumnos era una visión más creativa sobre la lectura de esos autores clásicos de siempre. Además, no sólo enseñaba los contenidos del libro de castellano, sino que animaba a los alumnos a ir al encuentro de la escritura.

Con su guía un grupo de alumnos hicimos con nuestros textos una revistilla, de ocho páginas, en multígrafo (todavía no se inventaban la fotocopiadora ni la computadora), a la que bautizamos Letras Muertas. Al profesor Humberto el nombre no le gustaba del todo, pero respetó nuestra decisión. Le explicamos que como nadie leería nuestra publicación eran de por sí letras que nacían ya muertas o algo por el estilo. El esténcil, la tinta y el papel los pagaba él de su bolsillo.

Después de salir del bachillerato algunos otros ex condiscípulos y yo nos nucleamos en torno a Humberto González y creamos un grupo literario que editó una revista multigrafiada (un cuaderno escatológico de cien páginas) con poemas, cuentos, ensayos y dibujos. No obstante Humberto no era para nada nuestro gurú sino, si se quiere, otro integrante que estaba atento a nuestro desgano literario.

Podría decirse que la militancia en el grupo literario, y la edición de cinco números de su revista, fue nuestro peregrinaje existencialista, nuestra náusea particular y pasajera. Después el grupo se disolvió, nos olvidamos de convertirnos en autores con corbata y foto carnet, de poetas tipo estudio que pasean por la calle de lo crucial la metáfora de la impostura, pero quedamos como amigos. Las reuniones cada fin de semana para jugar dominó, beber, jugar bolas criollas, hacer sancochos o parrilladas, eran un deleite menos traumatizante que las tertulias literarias. Conversábamos de política (o de los etcéteras mundanos) y nada de literatura.

 

Humberto González era poeta, escritor, promotor de lectura y un narrador oral con chispa. Nunca fue tajante en sus argumentaciones. Escribía sin apetencias ni ínfulas de ningún tipo. En el fondo no se consideraba escritor en subrayado, pero a su modo lo fue y sobre todo era un gran apasionado de la literatura. Sus clases como profesor eran de ese fulgor inigualable de la ficción debido a que (cosa extraña) era un fabuloso lector.

Se inició como lector, según sus propias palabras, leyendo “El burro flautista” de Nazoa: “No sé si me lo regaló o se lo quité a mi padre, pero ese fue mi primer libro. Yo tuve la suerte de que ni en primaria ni en secundaria me obligaran a leer ningún libro. Nadie. Increíble, yo era feliz: leía lo que me provocaba, así de fácil. Recuerdo que en sexto grado yo ahorraba de lo que me daban y me iba a la librería Las Novedades y compraba los libros que quería. Dígame cuando descubrí la biblioteca de mi tío Paco, ¡fenomenal! Una de las mejores cosas que me han ocurrido en mi vida. Toda una pared completamente cubierta de libros, ¡guao! Paco tampoco me dijo que leyera alguno de esos libros (y eso que era profesor de literatura), simplemente me dejaba que leyera lo que quisiera. ¡Cómo leí de esa biblioteca! Y siempre yo tomaba la decisión de leer o no leer. Así me hice lector”.

Aunque Humberto no era hombre de grandes frases, a veces éstas iban a su encuentro.

La verdadera vocación de Humberto era la lectura. No sólo de libros, se entiende. Sabía leer la vida, las cosas, las circunstancias; a medida que éstas tocaban a su puerta, él las dejaba pasar para leerlas con esa minuciosidad al mejor estilo de Jorge Luis Borges, buscándole su lado funcional desde el asombro. Era una máquina de coleccionar cuentos chistosos y subidos de tono. No tenía gracia, pero los cuentos narrados desde su experiencia lectora te arrancaban siempre una carcajada.

En una oportunidad Argenis Azuaje, integrante del grupo y también profesor, me dijo que Humberto no era profesor y que más bien era un dispositivo del entusiasmo. Esa vez no entendí, pero ahora que lo sopeso me hago una idea. Cuando en el grupo íbamos a editar la revista varias veces estuvimos a punto de rendirnos y entonces venía Humberto con sus argumentos, a los que se les notaban mucho las costuras, y nos centraba para que retomásemos de nuevo la ruta. Así era al dar sus clases de castellano: “No hay magia alguna si insistimos, por flojera, vivir fuera del texto, es decir, de la literatura”.

Durante otra clase dijo: “La vida es cuando no ocurre nada. La literatura es cuando pasa de todo, pero no se confundan”. Aunque Humberto no era hombre de grandes frases, a veces éstas iban a su encuentro. Yo, que era algo disperso en mis días de estudiante, trataba de no hacerme un rollo con esto de la vida y lo leído, pero todo se mezclaba y al final siempre confundque lo trascendente se quedaad y que ene la vida y lo leía molinos de vientos con brazos de gigantes. Con el tiempo aprendí que vivir es dejar que se filtren las trivialidades de la cotidianidad y que, ya atrapado en esa realidad, filosa y contundente, de todos los días, se va entendiendo que lo trascendente está a buen resguardo en los libros.

La otra cosa es que Humberto pasó a ser uno de mis mejores amigos y con él me embarqué en esa aventura inusual del grupo literario en el cual quemé mis mejores cartuchos de insolencia y espasmo. Después todo se fue por el desagüe y quedamos atrapados en la realidad filosa. Contando, con los dedos de la mano, las trivialidades del día a día.

Humberto un buen día dejó de beber, sin trauma alguno. No obstante, era el primero que colaboraba para las cervezas cuando nos reuníamos, y todo para no desentonar. Él percibía el mundo desde ese costado de lo natural sin alarmas.

Humberto fumaba, pero también lo dejó. Le gustaban el café negro y los juegos con el lenguaje, esos malabarismos hipnóticos que se podían hacer con las palabras. Le fascinaban mucho los artefactos literarios. Recuerdo que un día en clases leyó ese famoso texto en glíglico de Rayuela: “Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia (…)”. Los alumnos aventuramos algunas traducciones procaces de un texto de cristalino erotismo. Hoy lo utilizo en mis charlas acordándome de esa clase.

Siempre le recordaré como ese hombre sencillo que me enseñó un gran respeto por la literatura.

La revista que hicimos era a fin de cuentas un artefacto literario. Un aparato lingüístico bastante particular. Contenía groserías, poemas gráficos, juegos de palabras, aforismos. A un número le incluimos cabellos, de una peluquería, que encolamos (quinientas veces) al dibujo de una mujer desnuda. Como no teníamos dinero para imprimir la portada del tercer número, al ilustrador Gerson Barrientos se le ocurrió que pintásemos, a mano, las quinientas cartulinas negras de cada portada. Humberto se divertía con todas estas travesuras irresponsables. La revista con su descuidado prosaísmo se proponía trastocar el texto, tratando de excluir la literatura bien peinada de lirismo gazmoño e inexpugnable.

¿Qué aprendí del profesor Humberto? No sé; que la realidad sólo sirve para deformarla escribiendo. Y del amigo, ¿qué enseñanza obtuve? Quizá que el campo de acción de todo buen lector es la vida; que es necesario desgastarse en la vida y que sea una sorpresa a cada tanto hasta convertirse en esa metáfora portátil que se lleva a todas partes, con la ironía suficiente, para que la asfixia, que tarde o temprano te apretará la garganta, sea menos ruidosa.

Humberto estuvo caminando sobre ese filo de la inquietud y el entusiasmo con enorme destreza. Siempre le recordaré como ese hombre sencillo que me enseñó un gran respeto por la literatura. Un fragmento del poema (encontrado en su blog) “Nada dos veces”, de Wislawa Szymborska, puede ser el mejor final: “En esta escuela del mundo / ni siendo malos alumnos / repetiremos un año, / un invierno, un verano”.

Carlos Yusti
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