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Apegado al estilo

viernes 18 de septiembre de 2020
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Apegado al estilo, por Carlos Yusti
Buscaba en la literatura esa otra orilla menos previsible. Leer libros para entender que la aventura podría ser ese territorio de lo distinto.

Buscaba leer, en mis días adolescentes, aquellos libros etiquetados como prohibidos; libros ocultos, desterrados de toda bibliografía por los prejuicios más rastreros y voraces. Estaba movido por la curiosidad. ¿Qué cosa puede contener un libro para ser considerado dañino? Y el morbo, claro, de pasarse de la raya, de cruzar la barda con el cartelito odioso de “no pase”.

Todorov escribe que los cuentos de Boccaccio, sujetos al resorte de una causalidad de acontecimientos, son más idóneos para el estudio de este tipo de relato que una obra de causalidad psicológica.

Me interesaban los libros tenidos como extraños y aquellos cuya fama de intrincados, o difíciles de leer, era tema de muchas tertulias. Buscaba en la literatura esa otra orilla menos previsible. Leer libros para entender que la aventura podría ser ese territorio de lo distinto.

El primer libro con tintes de prohibido que leí fue El Decamerón. Tuve noticias del libro no por las clases de castellano. Supe de su existencia gracias a mi profesor de Historia Universal. Recuerdo que una mañana parloteó largo rato del libro, haciendo hincapié en su rocambolesca historia de clandestinaje y censura. Aunque ya era un clásico de la literatura todavía pesaba sobre El Decamerón cierta hostilidad debido a que algunos de sus cuentos tenían un fuerte aroma sexual.

El libro Gramática del Decamerón, de Tzvetan Todorov, buscaba establecer algunos parámetros y características de la narrativa breve. Analiza un buen número de historias (más de cien en total) que el libro contiene para descubrir los mecanismos de una buena narración. Todorov escribe que los cuentos de Boccaccio, sujetos al resorte de una causalidad de acontecimientos, son más idóneos para el estudio de este tipo de relato que una obra de causalidad psicológica, como ciertos cuentos de Maupassant. Por otro lado “estos cuentos presentan intrigas relativamente simples: la mayoría de ellos están trazados en unas pocas páginas; los personajes no son más que tres o cuatro; la intriga no tiene más que un pequeño número de ‘eslabones’. Nos encontramos en las fuentes mismas de la narración”.

El libro de Giovanni Boccaccio va más allá de esas narraciones picarescas o sexuales. En el fondo son las fotos escritas de una época y tienen (entrelíneas) sutiles enseñanzas. Nuccio Ordine en Clásicos para la vida escribe:

En el tercer relato de la primera jornada del Decamerón, Boccaccio imparte una profunda lección de tolerancia. Saladino, sultán de El Cairo, convoca a Melquisedec para pedirle un préstamo. Y para ponerlo en un aprieto, le pregunta “cuál de las tres leyes reputas por verdadera: la judaica, la sarracena o la cristiana”. El rico judío, intuyendo la trampa, responde al interrogante contándole un cuento. En una adinerada familia —en la cual, por tradición, la herencia era transferida del padre al hijo que más se lo merecía con el don de un precioso anillo—, un progenitor, que tenía tres hijos igualmente dignos, encargó a un orfebre la reproducción de dos copias perfectas del anillo para poder donar en secreto uno a cada heredero. A la muerte del padre, “encontrados los anillos tan iguales el uno al otro que cuál fuese el verdadero no sabía distinguirse, quedó pendiente la cuestión de quién fuese el verdadero heredero del padre, y sigue pendiente todavía”. El cuento narrado por Melquisedec muestra la imposibilidad de responder a la pregunta: así como cada uno de los tres hijos reclama la herencia paterna, cada una de las tres religiones reclama la herencia divina. Pero a nosotros, hombres, no nos es concedido establecer la verdad segura que sólo Dios puede conocer. Por lo tanto, se precisa el respeto mutuo. Y, sobre todo, es muy peligroso imponerse como único intérprete y portavoz de Dios. Quien se cree el único y legítimo heredero puede deslizarse fácilmente hacia el fanatismo. Son incontables las guerras, los estragos, las violencias que en el curso de la historia se han suscitado en nombre y por cuenta de Dios. Creerse en posesión de la verdad absoluta es de suyo una forma de fanatismo.

Otro libro leído con fruición fue Las 120 jornadas de Sodoma del Marqués de Sade. Un libro que es el inventario de todos los excesos posibles y del que Pier Paolo Pasolini, quien también llevó a la pantalla El Decamerón, haría una película considerada sacrílega y maldita. Octavio Paz escribió sobre Sade (luego de ser canonizado, por la intelectualidad francesa, al incluir sus obras, en varios tomos, en la famosa colección Le Pléiade) que éste no es un autor peligroso y que “el peligro de ciertos libros no está en ellos mismos sino en las pasiones de sus lectores”. Con respecto a las jornadas, Guillaume Apollinaire escribió:

El manuscrito habría sido hallado en el cuarto que ocupaba el marqués de Sade en la Bastilla, por Arnoux Saint-Maximin, quien lo entregó al abuelo del marqués de Villeneuve-Trans, en cuya familia el manuscrito permaneció durante tres generaciones. El doctor Duehren hizo que se le vendiera muy caro, por intermedio de un librero parisiense, a un aficionado alemán. El manuscrito está formado de hojas de once centímetros, encoladas entre sí y formando una faja de 12,10 metros de largo. Está escrito de ambos lados, con letra casi microscópica. El último poseedor del manuscrito lo tenía guardado en una cajita de forma fálica. Fue escrito en la Bastilla, en treinta y siete días, noche tras noche, entre las 7 y las 10, y terminado el 27 de noviembre de 1785.

Fue incluido en el Índice de libros prohibidos en su momento y hoy de seguro pasará a formar parte de las lecturas obligadas en las aulas de Francia. Ya ese halo subversivo que le precedía habrá desaparecido para devenir en un tema trivial de tesis sobre literatura porno.

Entre los libros raros, que buscaba como un especie de Indiana Jones de bibliotecas, tendría que incluir el Libro rojo de Carl Gustav Jung. Como inevitable libro raro Arca de letras y teatro universal, de Juan Antonio Navarrete, un borroso fraile franciscano que nació en 1749 y quien desde Yaracuy consumió parte de su vida escribiendo libros en los que combinaba el juego, la filosofía y la templanza moral cristiana.

Así como hay escritores que en la medida que escriben sus libros perfeccionan su estilo, uno como lector, de igual modo, va dándole un perfilado de cincel a su modo de leer.

El primer libro que no pude terminar fue Rayuela, de Cortázar. La novela me resultó discursiva y dispersa. Aunque era atractivo y novedoso eso de dos novelas en una, yo no estuve a la altura del lenguaje ni de las intenciones del autor. Además la novela tenía ese tono existencialista que me incomodaba un poco. Algo parecido me sucedió con País portátil, de Adriano González León. Me hice un lío con los tiempos. Debía ir a la fuente de la novela moderna y esa era el Ulises de Joyce. Que tampoco entendí.

Estaba desolado por mi fracaso como lector y aquello escrito por Enrique Vila-Matas me resultaba una ironía: “La verdad es que no entender nada me ha resultado siempre, como lector, extraordinariamente creativo, estimulante, alegre y más bien alejado de todo drama”. Como tengo inclinación por el melodrama estuve abatido varias semanas. Salí de la depresión leyendo a esos autores de novelas más legibles y tradicionales como Balzac, Stendhal o Hermann Hesse.

Todavía hoy soy un lector apegado a su estilo. Así como hay escritores que en la medida que escriben sus libros perfeccionan su estilo, uno como lector, de igual modo, va dándole un perfilado de cincel a su modo de leer. El mío se ha quedado en esa preferencia del libro raro, prohibido y complicado. Como lector me apego a mi estilo, a esa asimetría de caja de espejos en la cual se funden la realidad y la ficción como una música de fondo.

Leer con esta fijación por lo difícil (o lo raro) me ha permitido considerar algunos libros desde otra perspectiva; de entenderlos como especie de aparatos; artefactos desmontables y que se pueden leer por el principio, el final o cualquier página que se elija al azar. Me sucede con Don Quijote, Tristram Shandy, La Biblia, La vida, instrucciones de uso, Ulises, etcétera. Más que libros son maquinarias, con una sincronización particular del movimiento discursivo, que trasciende todos los parámetros literarios y se resisten a cualquier confortable y pasajera lectura.

Carlos Yusti

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