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La página en blanco

viernes 2 de octubre de 2020
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La página en blanco, por Carlos Yusti
Esto de la página en blanco es baladí si se toma en cuenta lo enrarecido que se encuentra todo con eso de las convulsiones políticas, la pandemia y demás yerbas apocalípticas.

He pensado escribir Manual de escrituras y silencios. Incluiría a Rafael Bolívar Coronado, escritor que utilizó más de seiscientos heterónimos. Fue todos los escritores posibles y ninguno. Utilizó muchos nombres para escapar de sí mismo, para ser otros y en ese trance casi se difumina por completo. Mencionar a Samuel Beckett que podó el árbol de su escritura hasta dejar apenas unas ramas enclenques y desnudas de palabras. Estaría Robert Walser que en sus días finales escribía, con letra diminuta, en una hoja en toda dirección posible, incluso en los márgenes, como tratando de borrar todo silencio blanco en la página.

Como se habrá intuido asociaría en el Manual esa idea del silencio con lo blanco de la página. No lo enfocaría desde la perspectiva de Ernest Hemingway, a quien le preguntaron a qué le tenía más miedo y su respuesta fue: “A una hoja en blanco”. Mi visión fluctuaría entre lo banal y lo nebuloso. Comenzaría con la infructuosa lectura del Ulises en mis días de estudiante.

Leer el Ulises de James Joyce con esa incompetencia lectora (para no decir ignorancia) típica de un adolescente, ajustado a las estrecheces del desorden y la rebeldía, me dejó indelebles cicatrices. Fue una delirante odisea leer la novela de Joyce. Al igual que el héroe de Homero naufragué muchas veces en el mar de sus páginas, estuve a punto de ahogarme en un discurso de aguas viscosas, que convertía la novela en una cosmogonía interior sin precedentes. No entendí gran cosa y no saqué nada en limpio cuando terminé de leerla. El enmarañado malabarismo discursivo de Joyce me produjo la sensación de haber leído una novela con todas sus páginas en blanco.

En la novela Tristram Shandy, de Laurence Sterne, hay no una página en blanco, sino una toda ella negra por ambos lados.

Quizás ese sea el lector ideal: ese que tiene la capacidad de leer en lo blanco y entenderlo todo. El fotógrafo Yuri Valecillo tiene esa puntillosa costumbre de leer páginas en las cuales no hay nada escrito; páginas dominadas por esa blancura nítida, semejante a un trozo de luz (o de silencio) atrapado en una hoja.

Cuando a Yuri le invitan a dictar alguna conferencia sobre fotografía asiste con la formalidad del caso. Trae una carpeta con la disertación que leerá durante su intervención. El único detalle es que las hojas están en blanco.

Lo primero que hace Yuri es una breve introducción, dando las respectivas gracias por la invitación y todo ese etcétera. Refiere alguna anécdota (o un incidente) con ribetes tragicómicos. Luego comunica que ha preparado un breve texto. Acto seguido abre la carpeta, y cuidando que nadie advierta que todas las hojas están en blanco, se dispone a leer. Aquí despliega todo un histrionismo aprendido de antemano y a medida que lee frases, párrafos, va realizando cambios de voz, transitorias pausas en cada signo de puntuación. A medida que actúa/lee va creando un texto que sólo existe en su cabeza; un texto que, está de más decir, es coherente, con frases brillantes y hasta poéticas, producto de sus muchas lecturas. En realidad el público asistente asume que está leyendo un texto escrito. Al terminar los aplausos no se hacen esperar. Los organizadores, e incluso personas del público, suplican una copia del texto leído.

En la novela Tristram Shandy, de Laurence Sterne, hay no una página en blanco, sino una toda ella negra por ambos lados. Con este impensado inciso en negro el escritor comunica al lector, de manera gráfica, la oscuridad del dolor ante la muerte, en este caso de un personaje, el párroco Yorick. Sterne decide anochecer la hoja para decir que ante la muerte todo discurso es inútil. La hoja en negro lleva directo a pensar en el interior del ataúd, que baja con lentitud hacia un hueco rectangular cavado en la tierra, a pensar en esa niebla oscura y súbita que bloquea todo discurso, que precipita todo hilo discursivo hasta desembocar en ese vertedero negro. Pero la vida, o la novela, prosigue al pasar esa página asfixiada de tinta negra.

Varias páginas negras se consiguen en una novela humorística, cuyo autor se me escapa, en la que el personaje que narra viaja en tren y, de repente, escribe: “Y en este momento el tren atraviesa un túnel…” y entonces vienen tres páginas completamente negras. El narrador retoma el hilo de su historia y avisa al lector: “Ya hemos salido del túnel y prosigo con mi narración”.

En esos avatares de las navegaciones por la Internet encuentro un texto de Osvaldo Lamborghini titulado “La lectura de una hoja en blanco”. Por supuesto el anzuelo del asombro me sujeta desprevenido, pero no tanto por la endemoniada coincidencia, sino debido al texto de Lamborghini bastante extraño y que chorrea hacia lo difuso: “Al abrir esta página encontramos, inevitablemente, la aventura de Ahab, capitán sin retorno porque partió —de partir, en son de viaje— con una finalidad única: la blancura de la ballena entonces se volvió más blanca aún que el capítulo sobre el horror a lo blanco, como si dijéramos: la fecha de la paradoja se mantuvo inmóvil, en efecto, pero en espera (irónica) del aumento de la presunción —y luego se desplomó, mortal, de punta, sobre el corazón del temerario; esas políticas de un solo acorde… (mundo eterno y frágil). Un cigarrillo antes de proseguir con el mascarón, martillazo al doble, doblón, de la máscara de proa; de cara al capitán Ahab. Un sueño, dormir, el sueño. El sueño nos toma siempre en lo mejor de la escritura”.

La realidad es a veces demasiado realista y me produce mucho bostezo el realismo diseminado en el arte, la literatura y en los sitios más insospechados.

El relato “La página en blanco” (de Isak Dinesen) cuenta la historia de una “anciana de piel color café, cubierta con un velo negro, que se ganaba el pan contando historias”. Esta anciana refiere la historia de un convento: “En las altas y azules montañas de Portugal existe un viejo convento de monjas de la Orden Carmelitana, que es una orden ilustre y austera. En tiempos pasados el convento fue rico, las monjas eran todas nobles señoras, y se producían incluso milagros. Pero con el correr de los siglos las damas de alto linaje fueron perdiendo la afición al ayuno y la plegaria, las ricas dotes dejaron de fluir a las arcas del convento y hoy apenas quedan unas pocas hermanas humildes y pobres que viven en una sola ala del vasto y decaído edificio, que parece que quiera fundirse con la roca gris que lo rodea”. Bueno, en este convento se tejía el lino, cuyo producto final eran sábanas de una blancura impoluta. Dichas sábanas eran adquiridas por las familias adineradas y utilizadas en la noche de bodas, o como lo relata la anciana: “A la mañana siguiente a los esponsales de una hija de la casa, y antes de que se entreguen los regalos de boda, el chambelán o el gran senescal cuelgan de un balcón del palacio la sábana de la noche de bodas y proclaman solemnemente: ‘Virginem eam tenemus’. ‘Declaro que era virgen’. Esta sábana no se lava ni se utiliza nunca más”. En el convento había una sala de exposición con los retazos de las sábanas manchadas.

Lo interesante del cuento de Dinesen es la abuela de la vieja cuentacuentos de quien aprendió tan peculiar oficio. En los primeros párrafos del relato la anciana cuenta un poco su aprendizaje y las lecciones de su abuela que fue “una escuela dura”. En una de esas enseñanzas la abuela le pregunta a su joven aprendiz: “¿Quién es —prosigue la mujer— el que relata un cuento mejor que todas nosotras? El silencio. ¿Y dónde se lee una historia más profunda que en la página mejor impresa del libro más valioso? En la página en blanco. Cuando la pluma más finamente cortada, en su momento de mayor inspiración, ha escrito su cuento con la más preciada tinta, ¿dónde podrá leerse un cuento aún más profundo, dulce, alegre y cruel?: en la página en blanco”.

Como lo dije, esto de la página en blanco es baladí si se toma en cuenta lo enrarecido que se encuentra todo con eso de las convulsiones políticas, la pandemia y demás yerbas apocalípticas. La realidad es a veces demasiado realista y me produce mucho bostezo el realismo diseminado en el arte, la literatura y en los sitios más insospechados. No obstante se entra y se sale de la realidad con mucha literatura.

Cuando lo anodino e insustancial se cuela en los intersticios de la vida ésta adquiere sus verdaderos acordes de sobresalto. Quizá sea ese miedo de frase hecha, un tanto literaturesca, de Hemingway, o ese miedo que nos ubica al borde de las circunstancias; en el abismo de esa página en blanco a la espera de que podamos leer esa historia más profunda, dulce, alegre y cruel que está escrita en la realidad que ha inventado la literatura.

Carlos Yusti

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