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Vine a no hablar de literatura

sábado 31 de octubre de 2020
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Mario Puzo
“¿Por qué ha sido tan escasa mi producción literaria?”, se pregunta Mario Puzo en cierto párrafo de Los documentos de El Padrino y otras confesiones.

En una ocasión participé en un taller de literatura. El “gurú” literario que impartía el taller llegó con ese aspecto sombrío del que viene de una ejecución de guillotina a media tarde: desaseado, desplanchado y eructando alcohol por todos los poros. Luego de un rato de silencio incómodo dijo: “Vine, pero no voy a conversar de literatura”, y comenzó a contar la historia de un gato callejero al cual siguió por semanas. Cuando terminó las andanzas (un tanto aburridas) del gato, cedió la palabra a los asistentes del taller. Cada uno contó algo banal y simple. Cuando todos terminaron de contar su respectiva e insípida historia, el gurú agarró sus roñosos bártulos y se fue sin decir palabra.

Al parecer hay escritores (también muchos artistas) que trabajan con disciplina, pero que no dejan el pellejo del alma para crear sus obras.

Cuando comencé a leer (tendría a lo sumo doce años) disfrutaba todo lo que leía, sin embargo el gusto literario se me fue afilando a tal grado que sigo leyendo, pero ya no disfruto de esa magia del párrafo bellamente construido, de las palabras organizadas de tal modo que logran emitir destellos con inigualable melodía. Busco ese escrito que sorprenda y me saque de mi sabiduría lectora, adquirida con el devenir de horas y libros a montones. Es decir, busco eso que los críticos llaman literatura. Como es lógico esto enturbia la diversión. Ahora bien, pienso en este texto de Silver Kane de su noveleta vaquera Una bala entre los ojos:

—No, señor, gracias. No quiero trabajar en eso.

—¿Que no? Oiga, nadie le va a pagar diez dólares así como así, en Tucson. Y además tengo entendido que está usted sin blanca. ¿Por qué demonios no acepta?

—Estoy sin blanca y sin negra, amigo, pero no deseo seguir viviendo de las armas. Demasiado nombrecito tengo ya para seguir por ese camino. Busque a otro individuo; en Tucson hasta los niños saben tirar bien.

El fabricante de armas se rascó violentamente el bigote…

Con una síntesis de recursos, el lector se entera de que conversan un fabricante de armas y un pistolero, aparentemente retirado, pero sin dinero. Y compruebo que en ese fragmento hay literatura; no obstante, leo este otro trozo de la novela, con poco respeto por la puntuación, Del color de la leche, de Nell Leyshon:

bueno, encima de madre no se había posado ni una mosca desde el año mil setecientos noventa y dos cuando tenía una semana y una mosca entró en la habitación y se posó encima de su cuna. pero incluso entonces fue rápida como un río y mató a aquella mosca y desde aquel día todas supieron que no debían acercarse a ella.

Y allí también está la literatura. De igual forma los recursos narrativos son pocos y algunas pinceladas sirven para presentar el carácter de la madre de quien narra. Y entonces viene el detalle de la creatividad del párrafo, de ese aleteo de la mosca y de esa metáfora escondida, como entrelíneas, de belleza inesperada.

En mis días de lector joven no hubiese podido captar ningún tipo de sutileza entre ambos textos y sin duda hubiese disfrutado por igual de ambos párrafos, sin perderme en cavilaciones pendencieras. Hubiera leído sin prejuicio alguno.

 

Al escribir creo que algunos escritores caen de lleno en eso que Enrique Vila-Matas ha denominado la ley del mínimo esfuerzo. Cuando tienes talento y eres un genio quizás esta ley no se note en la creación realizada, pero si careces de talento y sólo eres un jornalero de la escritura enseguida se notarán las costuras de NO emplearse a fondo en la obra ejecutada.

Algunos creen que eso de escribir se puede aprender y por eso prestigiosas universidades tienen cátedras de escritura creativa.

En este punto desato el paquete de mis más conspicuas elucubraciones. Al parecer hay escritores (también muchos artistas) que trabajan con disciplina, pero que no dejan el pellejo del alma para crear sus obras y con un mínimo esfuerzo les van dando la forma deseada y en la que, sin duda, habrá aciertos geniales y en la que otras veces los parches de fracasos saldrán a relucir, esas modulaciones en pobre de una obra que pudo ser mejor si su autor se hubiese esmerado un poco.

Mi rastreador portátil de literatura me ha llevado a descubrir que no sólo en libros está la literatura, sino que de igual modo se encuentra en muchas partes e incluso en la realidad de todos los días, pero con muchos gazapos y en algunas circunstancias en las que se percibe un alto grado de flojera y dejadez. El escritor es (como decía Balzac) sólo un secretario del mundo que le rodea, palabras más, palabras menos.

Como es lógico, en ese gran mapamundi de la literatura habrá aplicados y talentosos secretarios. No faltarán esos que, sin talento, hacen de su vida, desaliñada y con muchos kilómetros de barras y botellas recorridos, su mejor obra. Sobrarán esos secretarios que harán lo que puedan con las palabras y esos otros, testarudos a morir, que no tienen nada que decir, pero que se empecinan en hacerlo.

Algunos creen que eso de escribir se puede aprender y por eso prestigiosas universidades tienen cátedras de escritura creativa. Allí van hombres y mujeres con el firme propósito de aprender a escribir cuentos, relatos breves, poemas y novelas. En dichas cátedras enseñan a liberar la inspiración, a darle coherencia al caos de percepción que se tiene del mundo, para luego llevarlo al papel en forma de signos escritos. No sé si son buenas o malas estas enseñanzas de escritura creativa, pero cuenta Witold Gombrowicz que estando en Berlín le invitaron a una escuela de escritores y sólo se le ocurrió decir: “Lo primero que tienen que hacer, si es que quieren ser escritores, es salir de aquí por las puertas o por las ventanas, da igual, pero huyan enseguida (…). El escritor no existe, todo el mundo es escritor, todo el mundo sabe escribir. Si se escribe una carta a la novia, se hace literatura; incluso diré más: cuando se habla o cuando se cuenta una anécdota, se hace literatura (…). Hay personas que no han escrito en toda su vida y, de golpe, hacen su obra maestra. Los otros son profesionales, que escriben cuatro libros al año y publican cosas horribles”.

Cuando se enciende esa máquina de rastrear literatura ya estamos atrapados en ese juego de percibir todo desde ese ámbito de la metáfora.


Mario Puzo escribió un libro (Los documentos de El Padrino y otras confesiones) en el que narra algunas vicisitudes como escritor profesional: “Se acerca el final de un año malo. Dos narraciones cortas, y de la novela apenas nada. Si esto sigue así será mejor que me olvide de la literatura y de mis deseos de ser escritor. Y sigo preguntándome por qué he hecho tan poco. Le he dedicado más atención y esfuerzo que a ninguna otra de las cosas que he realizado. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que es lo más real e importante de todo lo que he hecho. Entonces, ¿por qué ha sido tan escasa mi producción literaria? Pienso que mi trabajo ha consistido, en esencia, en una intensa preparación interna…”.

Esta preparación interna busca que lo escrito se acerque a ese sublime arte de lo literario. En el fondo cada escritor (a su modo) trata de encontrar la literatura en ese trabajo a destajo que hace con las palabras.

A fin de cuentas, escribir que no sea otra cosa que esa máquina que construimos/inventamos sobre la marcha para encontrar la literatura. Juan Rulfo dijo que había escrito Pedro Páramo para adentrarse en algo que deseaba leer y que no había encontrado.

Cuando se enciende esa máquina de rastrear literatura ya estamos atrapados en ese juego de percibir todo desde ese ámbito de la metáfora, y escribir es entonces una manera de borrar la realidad para reescribirla (o reelaborarla), es una forma para impregnar la vida de ese aroma sutil de la literatura, para hacer que la vida sea menos dura. Escribir es ablandar lo real para que pueda filtrarse por todas partes, para que se vuelva un río de aguas intranquilas sin orillas. Oblomov, ese extraño personaje de la novela de Iván Goncharov, quien vistiendo sólo una bata y tumbado en un sofá vive para no hacer nada y desde su isla de ocio se conmueve, con algo de cinismo, sobre el trabajo arduo del escritor, anota: “…Y escribir, escribir siempre, ser como una rueda, una máquina: escribir mañana y pasado mañana, en días de fiesta, en verano, escribir constantemente. ¿Cuándo podrá detenerse y descansar? ¡Qué desgraciado!”.

El final del cuento narrado por el “gurú” concluye con el gato atropellado por un auto. “Su cuerpo quedó allí tendido como una mancha y pensé que la muerte es ese instante de sombras desprendidas, un sueño roto a pleno mediodía, una angustia atrapada en la garganta, un grito que no se escribe”. El “gurú” sacó a relucir, por un momento que fue eterno, un silencio intenso y sentido.

Carlos Yusti
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