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Escritor entre la gloria o el pan

viernes 27 de noviembre de 2020
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El artista del hambre, de Franz Kafka
Un escritor tiene algunas similitudes con ese artista del hambre creado por Kafka. Fanáticamente está enamorado de las palabras. La jaula en la que exhibe su arte es la escritura y eso de pasar hambre se convierte en un hábito automático e imperceptible.
“Ser escritor es una manera culta de no ganar dinero”.
Marco Avilés

Existe en Venezuela como una especie de edulcorado romanticismo con respecto al oficio de escritor. Nadie te paga por escribir. Mientras en otros países periódicos y revistas pagan las colaboraciones de los escritores aquí ni siquiera un apretón de manos. En nuestro patio local los escritores siguen siendo cosas vagas, difusas y sin utilidad cierta. Luis Britto García se preguntaba para qué sirve un escritor y la respuesta (“de anteojito”, hubiese escrito Cabrujas) fue: para nada. Luego remataba tan meditabunda cavilación con: “En otros sitios los escritores motorizan industrias editoriales que ensucian mucho papel y mueven mucho dinero”. Esta boutade, en el mejor estilo de un Borges al revés, es enternecedora y lo hace a uno decir: ¡qué envidia!

Por algún tiempo escribí para algunos periódicos, cuando eran impresos en papel. Por lo general no era una petición del director, ni una súplica del jefe de redacción, sino de algún amigo periodista. Con disciplina llevaba mi escrito cada semana y nunca tuve reconocimiento de nadie en el periódico por mi esfuerzo (no el de escribir cuatro páginas, sino el de trasladarme hasta la sede del periódico) y luego ni siquiera me cursaban una invitación a la celebración de la fiesta aniversario del diario, sin contar que me gustan una barbaridad los tequeños y beber de gratis.

Al parecer los dueños de diarios y revistas asumen que le hacen un favor al publicarle su poema, su cuento o su artículo al escritor; piensan muy en el fondo que más bien son ellos los que deberían pagar para ver impresa su producción en tan prestigiosas páginas, o peor aún que deberían estar agradecidos por ese gesto de altruismo solidario por ser el canal para que la letra del espíritu deguste el sabor de la tinta impresa.

Desde hace mucho tiempo (hoy la cuestión es considerablemente peor) en este país el escritor ha tenido que realizar otros actividades menos espirituales para subsistir.

En un texto icónico de José Ignacio Cabrujas, “El pensador pesetero”, éste se alegraba porque había disminuido el número de idiotas que piensan en la cultura como una vagabundería elitista. Pero en verdad más bien la cosa no es así y los idiotas contra la cultura en estos días son tendencia.

Editar un libro fue (y es) una aventura de alto riesgo. Los peligros reales, e infundados, son ciertos. Todo es una pesadilla kafkiana de burocracias y correcciones. Escribí mi primer libro en tres meses, luego de una investigación de tres años. El manuscrito estuvo viajando, por espacio de seis años, de gaveta en gaveta, hasta que alguno tuvo la irresponsabilidad de arrojarlo a las máquinas de la imprenta. Cuando por fin tuve el libro entre las manos no busqué remover sus páginas, ni nada por el estilo, sólo (y en un gesto de absurdo romanticismo) me lo llevé a la nariz por aquello que escribió Francisco Umbral: “Por el olor. Se sacan los libros por el olor. Yo he observado a otros escritores y todos huelen su libro, al tenerlo por primera vez en las manos, y si no lo huelen es porque son escritores sin pituitaria para el oficio, y un escritor sin pituitaria más vale que se coloque en Aduanas”. Por supuesto no me coloqué en Aduanas y terminé como vendedor en una tienda de electrodomésticos de un árabe. Entre edredones, ventiladores y planchas seguí leyendo para continuar alimentado ese extraño deseo de escribir.

Para forjarse (no forrarse, ojo) como escritor en nuestro país hay que realizar otros oficios inimaginables. Cuando Salvador Garmendia comunicaba en su casa su deseo de ser escritor, uno de sus familiares cabizbajo murmuraba: “Traerá gloria para la casa, pero no el pan”. Escribir es un oficio que no ofrece muchas garantías. No obstante lo escrito por Luis Britto García, en cuanto a romanticismo trasnochado, se entiende, es certero: “Instalarse en un oficio sin escalafón ni tabla de remuneraciones es conquistar de manera soberbia una parcela del Reino de la Libertad: del vivir sin deberle a nadie excusas ni plusvalía. Vale decir, la aristocracia sin siervos ni esclavos a la que acceden sólo creadores e indigentes”. Esta visión parece no tener en cuenta que desde hace mucho tiempo (hoy la cuestión es considerablemente peor) en este país el escritor ha tenido que realizar otros actividades menos espirituales para subsistir y eso de la aristocracia por encima del orden establecido, sea de izquierda o de derecha, suena bello (y hasta poético), pero la realidad es siempre más espeluznante. Recuerdo que en Cuba, hace años, se realizó un rimbombante encuentro de escritores de varios países sobre los problemas más urgentes del escritor en Latinoamérica y su quehacer en la historia. Luego de los primeros discursos que hablaban contra el imperialismo, del sometimiento que sufren los pueblos y todas esas vicisitudes apremiantes que se debaten en esos congresos, un tímido escritor, perdido al final de un auditorio abarrotado, levantó la mano y dijo que él sólo tenía tres problemas urgentes. Luego se calló unos minutos, creando una expectativa ansiosa. El tímido escritor retomó la palabra y dijo: “Los tres problemas inaplazables de los escritores son el desayuno, el almuerzo y la cena”. Quizás el tímido escritor pasó a ser un huésped de las mazmorras del G2 y del conciliábulo de escritores de avanzada, qué duda cabe, salió un documento en solidaridad con los pueblos oprimidos y el hambre.

Comparar al escritor con un indigente es poesía de alto nivel. El indigente está al margen de la telaraña social y sobrevive como puede; en cambio, el escritor inmerso en la sociedad también hace lo que puede para sobrevivir, pero a pesar de eso no va a tenderle la mano al indigente para decirle colega y prefiere convertirse en parte del decorado de las oficinas culturales del Estado y transformarse en un insecto kafkiano del burocratismo cultural que es a la larga una forma elevada de indigencia. Ya no escribe y se queda en esa trampa de oficina cultural tramando zancadillas para los otros escritores o buscando salir en la foto de los privilegiados y publicitados autores del Estado promotor.

Escribir es un trabajo y algunos lo llevan a cabo bastante bien, otros hacen lo que pueden, pero trabajo al fin.

Si se quiere vivir de escritor hay que tener tanto ingenio como el mago que oculta muy bien sus trucos para salir airoso en sus presentaciones. El escritor hace trucos prodigiosos para con un trabajo mediocre subsistir y continuar escribiendo. En ocasiones el escritor ejerce algunos oficios colaterales enlazados a la escritura como guiones de cine, radioteatro, telenovelas, comerciales; servir de “negro” al que pueda pagar por reescribirle las memorias, o la novela, y si apuran mucho redactarle los discursos a los políticos de guardarropa que tenemos; en fin, escribir lo subalterno para ver si después puede teclear lo trascendente y si algún vecino pregunta en qué trabaja no se avergüence si dice escribiendo; recuerde aquella frase de George Bernard Shaw: “No deben suponer que, sólo porque soy un hombre de letras, nunca he tratado de ganarme la vida honradamente”.

Escribir es un trabajo y algunos lo llevan a cabo bastante bien, otros hacen lo que pueden, pero trabajo al fin, y por eso Cabrujas anota: “Pero lo que es uso y lugar común en un ciudadano que fabrica zapatos, esto es, cobrar por su trabajo, resulta una actitud despreciable y pesetera cuando se trata de un intelectual. Hablar es gratis, desde luego, pero en la barra del Restaurant Marco Polo o en cualquier ocasión de parrilla. De resto hay un hablar especializado, una organización de la palabra capaz de crear sistemas, de aclarar burradas o de convertir a un zagaletón sin luces en neurocirujano. Esa palabra cuesta, dicha o escrita, porque se pronuncia desde un oficio y desde una experiencia”.

Un escritor tiene algunas similitudes con ese artista del hambre creado por Kafka. En el cuento un hombre se convierte en ayunador profesional en un espectáculo en solitario. Se presenta en varias partes y es visto por multitudes, después cayó en un semiolvido, pero no podía detenerse y aunque estaba un poco viejo no tenía posibilidad de cambiar de profesión, pero lo más grave era que “estaba fanáticamente enamorado del hambre”. Consigue trabajo en un circo y desde una jaula sigue exhibiendo su arte de ayunar. Un escritor empieza como lector y después que se decide a escribir no puede parar. Fanáticamente está enamorado de las palabras. La jaula en la que exhibe su arte es la escritura y eso de pasar hambre se convierte en un hábito automático e imperceptible. Pero como sentenció Quevedo: “El que escribe para comer ni come ni escribe”.

He conocido muchos escritores que no se dejan doblegar bajo la arrogancia de la adversidad y más que un estilo se les nota el hambre en su escritura, pero a pesar de eso y con cierta altivez se dedican a la vagancia improductiva sin remordimiento y tratan de hacer una obra, de seguro tienen presente lo escrito por Robert Louis Stevenson: “Si uno ha adoptado un arte como oficio, renuncie desde el principio a toda ambición económica. Lo más que puede honradamente esperar, si tiene talento y disciplina, es obtener los mismos ingresos que un oficinista invirtiendo la décima, si no la vigésima parte de su energía nerviosa. Tampoco tiene derecho a pedir más; en el salario de la vida, no en el del oficio, está su recompensa…”.

Por supuesto los bucaneros de las letras, que hay a patadas, para no trabajar se las ingenian para hacerse pasar por autores, y por allí diseminados en la calderilla cultural van saboteando a los escritores con cierto criterio de responsabilidad con las palabras. En fin, que la gloria viene tarde o temprano, pero el pan ya se sabe.

Carlos Yusti
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