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Donde aletea un espejo

viernes 11 de diciembre de 2020
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“El gran masturbador” (1929), de Salvador Dalí
Escribir es una manera de correr/escapar para que la ficción deje de perseguirte. “El gran masturbador” (1929), de Salvador Dalí

La literatura tiende sus hilos invisibles en los cuales la realidad, muchas veces, queda atrapada como una mosca en una telaraña.

De joven, aparte de leer y malgastar el tiempo con otros destapados diseñando una revista, hacía una serie de actividades un tanto salidas de tono. Acciones envueltas en ese papel transparente de la franqueza y el hastío. Intentaba que todo alrededor se ablandara, dejara esa rigidez que trata de salvarse del ridículo a través de lo protocolario, de asumir todo con ese sentido de la gravedad trascendental.

Además por esos días era un pescador de extravagancias, cuestión que me proyectaba hacia los demás como un bicho raro, metido en esa camisa de fuerza del absurdo. El repertorio es prolífico, no obstante remitiré sólo algunos breves casos.

 

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La primera de estas acciones (que guarda mi memoria) ocurrió cuando cursaba el cuarto grado. Mi maestra de ese entonces, llamada Gladys, le dijo a mi mamá que estaba un poco fuera de la edad para pasar al quinto grado. Decidió aplazarme y adujo que era causa de mi letra. Repetí el cuarto grado. Pasaron algunos años y comencé a publicar cuentos y artículos en algunos periódicos de la ciudad. Un día seleccioné varios de mi textos publicados y fui al salón donde la maestra Gladys impartía sus clases todavía. Irrumpí en el salón sin previo aviso. A voz en cuello le grité a la maestra y le arrojé el montón de papeles a la cara y le dije: “Usted me suspendió por la letra y yo voy a ser escritor”. Los alumnos hicieron silencio algo asustados. Di la media vuelta y salí como si nada. La literatura era mi venganza.

 

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En una ocasión acompañé a un amigo fotógrafo a una excursión nocturna para decapitar bustos y estatuas en la ciudad de Valencia. Mi amigo ya había realizado otras cuatro incursiones. Nunca tuve claro a razón de qué nos convertimos en los robespierre de esas pobres efigies, cuyo único delito era estarse quietas en las plazas para que las palomas depositaran sus excrementos. Lo cierto es que el escritor Slavko Zupcic utilizó esto de las decapitaciones en una novela-panfleto en la cual la ciudad de Valencia se convierte en La Ninfa Dorada, que fue el nombre de un famoso burdel de la zona sur valenciana.

 

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En bachillerato una chica llamada M desestabilizaba mis neuronas, pero esa sombra de raro que iba detrás de mí arrojó todo por el caño. Una día la chica celebraba su cumpleaños. Decidí regalarle una caja de música. Un compañero que conocía mis intenciones dijo que colaboraría llevándole el regalo. La chica en cuestión se dejaba llevar por las apariencias. Por esto me dispuse a forrar la caja de música, que era una especie de joyero de madera con forma de casa, en papel normal de regalo con flores estampadas, después procedí a envolverlo con papel periódico. Por supuesto M pensaba que dentro de ese embalaje de periódico había una lagartija muerta y se negó a recibir el obsequio. Estuvo a punto de arrojarlo a la basura. Mi amigo tuvo que convencerla con los argumentos más imaginativos. M abrió el regalo y pudo constatar su contenido. Muchos años después M realizó varios talleres de literatura infantil y escribió un texto titulado: “De cómo una lagartija muerta se convirtió en una cajita de música”.

 

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Me invitaron a la Universidad Católica Andrés Bello, núcleo Guayana, a participar como ponente en una actividad (“Lecturas venezolanas del Quijote”). El sacerdote jesuita y educador Francisco Javier Duplá participó, en esa ocasión, con una conferencia, “La rancia religiosidad del Quijote”. No nos conocíamos personalmente y esta fue una buena ocasión para compartir. Le dije que había leído varios textos suyos, sobre todo los ensayos, no así los cuentos. Me confesó que en su libro Cuentos claros para días turbios me utilizaba como referencia para uno de sus personajes, ya que le gustaban mucho esas historias sobre el barrio en el cual crecí y que contaba diseminadas en mis artículos y ensayos.

 

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La lectura y la escritura comportan terrenos imprevisibles. Las cosas más insólitas les pasan a los escritores. Tengo una amiga escritora que tomó prestada a otra amiga, que vive en otra ciudad, como protagonista de una novela. A esa protagonista le pasaban una serie de contratiempos; la despiden del trabajo, se divorcia, le embargan la casa, etc. Un día la amiga llama a la escritora por teléfono y comienza a contar todas las vicisitudes por las que está pasando; se ha divorciado, la despidieron del trabajo; es decir toda la historia descrita en la novela de mi amiga. Ésta me cuenta que pensaba escribir un capítulo en el que a la pobre le sucedía un horrible accidente de auto. Por su salud mental y la de su amiga abandonó la novela, que reposa en alguna gaveta acumulando olvido premeditado y sin terminar.

Escribir es una manera de correr/escapar para que la ficción deje de perseguirte. De todos modos escribir es también una forma de estar atrapado y caer en ese juego, es transfigurarse, o como mejor lo ha escrito Roberto Brodsky: “Porque escribir es transformarse. Como si la figura pública del escritor no fuera más que un indicio de la progresiva y ciega disolución en el esfuerzo de nadar de noche en busca de la otra orilla donde aletea un espejo”.

Carlos Yusti
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