Recibe 2020 con 20% de descuento en corrección de textos y corrección de estilo
Saltar al contenido

Politicastros y otras especies

jueves 17 de diciembre de 2020
¡Compártelo en tus redes!
“Alicia en el País de las Maravillas”, de Lewis Carroll
En el consabido juicio sobre el robo de las tartas, en Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll, vemos la realeza brillar en toda su estupidez absurda.
“Necesito, Don Corleone, a todos esos políticos que usted tiene metidos en el bolsillo como si fueran centavos”.
Virgil “El Turco” Sollozzo. El Padrino.

Un avezado analista político debería escribir una guía sobre los politicastros de oficio ya que posee una gama variada de especímenes, con sus patologías respectivas (algunos son sociópatas peligrosos) y con esa inescrupulosa avidez por el poder sin otro norte que darle sentido a sus apetitos personales.

La enseñanza de Sancho Panza al finalizar de su accidentado gobierno tiene gran simplicidad filosófica: “En efecto, yo entré desnudo en el gobierno y salgo desnudo dél”.

Toda esa pantomima circense de Donald Trump para quedarse en la Casa Blanca, a pesar de haber perdido las elecciones, puede proporcionarnos la dimensión con respecto a ese afán de posesión que opera el poder sobre determinados individuos. Otra desproporción del absurdo político podrían ser las elecciones parlamentarias en Venezuela, y que sólo evidenció el repudio intenso de la gente por esa canalla adherida como sanguijuelas en el poder. También desenmascaró todo la maquinación tramposa que “eligió” a los personeros de su propia cúpula gobiernera y que han ocupado todos los cargos posibles; personajes desgastados, percudidos por el uso sin liderazgo y cuyo propósito es seguir apuntalando a un régimen militar-civil de la mafia y el negocio. El gobierno autoeligió un parlamento de comodines que le favoreciera. Lo dicho por Sancho Panza es de una sabiduría de estocada sin igual: “Yo imagino que es bueno mandar, aunque sea a un hato de ganado”.

El caso de Sancho gobernador, que relata Cervantes en el Quijote, es emblemático. Sancho a pesar de toda su bizarrería no piensa (si obtiene la gobernatura de su utópica ínsula) en riquezas, ni lujos, sino en las señoriales viandas de comida que de seguro podrá disfrutar. No obstante el nuevo gobernador de la isla de Barataria de la comida no ve ni rastro. Una mesa con platos repletos de frutas se despliega ante Sancho y goloso apenas logra dar un bocado cuando una varilla toca el plato y con gran celeridad se lo retiran. Colocan otra vianda con un delicioso manjar. Sancho alarga la mano pero, antes que llegue, la varilla vuelve a tocar el plato y se lo retiran de nuevo. El que acciona la varilla no es otro que un médico asalariado de la ínsula encargado de velar por la salud y según sus propias palabras “lo principal que hago es asistir a sus comidas y cenas, y a dejarle comer de lo que me parece que le conviene, y a quitarle lo que imagino que le ha de hacer daño y ser nocivo al estómago…”.

Como es lógico Sancho reflexiona que como gobernador ha pasado tanta hambre que como cuando andaba con su señor, o como se lo escribe a don Quijote en una carta: “La ocupación de mis negocios es tan grande que no tengo lugar para rascarme la cabeza, ni aun para cortarme las uñas; y así, las traigo tan crecidas cual Dios lo remedie. Digo esto, señor mío de mi alma, porque vuesa merced no se espante si hasta agora no he dado aviso de mi bien o mal estar en este gobierno, en el cual tengo más hambre que cuando andábamos los dos por las selvas y por los despoblados”. La enseñanza de Sancho Panza al finalizar de su accidentado gobierno tiene gran simplicidad filosófica: “En efecto, yo entré desnudo en el gobierno y salgo desnudo dél; y así, podré decir con segura conciencia, que no es poco: ‘Desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano’”.

Todo politicastro debería leer (ya sé que eso de leer es una superficialidad cuando en política hay cuestiones más urgentes) ese cuento de Gabriel García Márquez que narra las peripecias del senador Onésimo Sánchez, en el Rosal del Virrey, durante la campaña electoral en busca de la reelección. Para conseguir los votos emplea un ardid demagógico digno del cine. Mientras lanza su discurso, lleno de mentiras y ensoñaciones imposibles; su comparsa de ayudantes arman todo un bello pueblo de utilería, construido con madera y cartón pintado con minucioso arte, que colocan superpuesto sobre el pueblo real (de casas destartaladas, basura, calles intransitables), haciendo realidad un espejismo de lo que será el nuevo pueblo. En el cuento se lee:

—Así seremos, señoras y señores —gritó—. Miren. Así seremos.

El público se volvió. Un trasatlántico de papel pintado pasaba por detrás de las casas, y era más alto que las casas más altas de la ciudad de artificio. Sólo el propio senador observó que a fuerza de ser armado y desarmado, y traído de un lugar para el otro, también el pueblo de cartón superpuesto estaba carcomido por la intemperie, y era casi tan pobre y polvoriento y triste como el Rosal del Virrey.

Es ya un lugar común emplear la fábula grotesca de George Orwell, Rebelión en la granja, que muchos opinadores traspapelan con la realidad política, en la cual una pandilla de cerdos, diseminados en muchos gobiernos por el mundo, guiados por sus apetencias, modifican constituciones (o todo lo que sea necesario transformar) para proseguir en el poder. La novela cuenta cómo los cerdos, los más listos de la granja, expulsan al granjero Jones, un tanto irascible y amigo de beber bastante. Lo primero que hacen es cambiar el nombre de la granja y así, de “Granja solariega” la denominan “Granja animal”. Proceden a crear siete mandamientos: “1. Todo lo que camina sobre dos patas es un enemigo. 2. Todo lo que camina sobre cuatro patas o tiene alas es un amigo. 3. Ningún animal llevará ropa. 4. Ningún animal dormirá en una cama. 5. Ningún animal beberá alcohol. 6. Ningún animal matará a otro animal. 7. Todos los animales son iguales”. La paz animalesca duró poco y comenzaron las luchas internas, las delaciones y las purgas. El cerdo Napoleón, uno de los cabecillas de la revuelta, saca del juego a su mano derecha, el cerdo Bola de Nieve. Ante su nuevo cargo Napoleón decide cambiar su chiquero por la casa del granjero. Y así todos los mandamientos se cambiaron, de manera sutil, a su conveniencia. Así, el mandamiento que postulaba: “Ningún animal matará a otro animal” se había convertido en “Ningún animal matará a otro animal sin motivo”. Y el mandamiento: “Todos los animales son iguales” se había transformado en “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”. Ahora el cerdo Napoleón y los otros animales que son sus secuaces usan ropa, beben a destajo y asesinan a los animales por motivos políticos. Luis Britto García ha escrito con gran verdad: “Toda Revolución es disparada por la prédica de una Vanguardia Ilustrada. La Revolución Francesa, la Independencia, la Bolchevique, la China, la Descolonización, la Cubana, la Sandinista, la Boliviana, fueron detonadas por mechas de conceptos”. Pero luego vienen los cerdos y se mudan a la casa de gobierno y todo se va al traste.

Mis reyes favoritos, apartes de los que vienen en la baraja española, son los de Alicia en el País de las Maravillas.

Si de animales se trata, el libro de Antonio Arráiz Tío Tigre y Tío Conejo es una sátira que retrata el entorno social y político del país de su tiempo y que a todas luces es bastante similar al nuestro hoy, con la salvedad de que tenemos Internet y celulares. Tío Conejo representa el individuo antipoder por excelencia, pero su único defecto es que su astucia está a su servicio y si ayuda a los otros animales es para enturbiar el gobierno de Tío Tigre. Tío Conejo es la viveza criolla por antonomasia. Esa viveza que se “colea” en las filas, que soborna y es capaz de recibir sobornos, que no respeta los semáforos y que siempre busca resolver todo intríngulis burocrático desechando las normas y utilizando los caminos verdes. Tío Conejo no tiene reparo en ser víctima o victimario ya que lo que le interesa es estar a la cabeza en la pirámide de la supervivencia. Mucho menos es un planificador inteligente y reduce su accionar a esa frase que acuñó el personaje telenovelero Eudomar Santos: “Como vaya viniendo, vamos viendo”.

 

Mis reyes favoritos, apartes de los que vienen en la baraja española, son los de Alicia en el País de las Maravillas. En ella se visualiza que el rey es un timorato y la reina es la que manda. Comportan personajes de una complejidad absurda como sin duda fueron los reyes en la realidad. Para muestra sólo hay que seguir el episodio del rey Juan Carlos. Volviendo a los reyes de Carroll, en el consabido juicio sobre el robo de las tartas vemos la realeza brillar en toda su estupidez absurda:

—¡Es un juego de palabras! —añadió en tono airado el Rey, y todos rieron—. Que el jurado considere su veredicto —concluyó por vigésima vez en ese día.

—¡No, no! —dijo la Reina—. Primero la sentencia, el veredicto después.

—¡Pero qué insensatez! —dijo en voz alta Alicia—. ¿A quién se le ocurre dictar primero la sentencia?

—¡Cierra la boca! —gritó la Reina, roja de ira.

—¡Pues no lo haré! —dijo Alicia.

—¡Que le corten la cabeza! —chilló a pleno pulmón la Reina. Nadie se movió.

Hay una historia sobre un rey que relata H. A. Murena en su libro La metáfora y lo sagrado, que puede permitirnos redondear todo. Una noche, en un poblado jasídico, al final del Sabbat, los judíos estaban reunidos y sentados en una humilde casa. Todos eran del lugar, excepto uno a quien nadie conocía. Era un hombre que vestía harapos y que para todos, por su apariencia, no era más que un desdichado mendigo. Acuclillado en un oscuro rincón parecía que trataba de pasar inadvertido. Hablaron sobre temas triviales hasta que alguien lanzó la pregunta sobre cuál sería el deseo que cada uno habría formulado si hubiese podido satisfacerlo. Uno quería riqueza, otro una casa, el de más allá un yerno trabajador y así cada uno de los asistentes dijo su deseo. Al final sólo quedaba el mendigo perdido en el rincón que aceptó a regañadientes a exponer su deseo: “Quisiera ser un rey poderoso y reinar en un vasto país, y hallarme una noche durmiendo en mi palacio y que desde las fronteras irrumpiese el enemigo y que antes del amanecer los caballeros estuviesen frente a mi castillo y que no hubiera resistencia y que yo, despertado por el terror, sin tiempo siquiera para vestirme, hubiese tenido que emprender la fuga en camisa y que, perseguido por montes y valles, por bosques y colinas, sin dormir ni descansar, hubiera llegado sano y salvo hasta este rincón. Eso querría”. Los otros se miraron desconcertados. “Y ¿qué hubieras ganado con ese deseo?”, preguntó uno de ellos. “Una camisa”, fue la respuesta.

Para Sancho Panza la camisa hubiese sido como demasiado.

Carlos Yusti
Últimas entradas de Carlos Yusti (ver todo)

Recibe 2020 con 20% de descuento en corrección de textos y corrección de estilo