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Literatura venezolana en vuelo rasante

domingo 13 de junio de 2021
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Literatura venezolana en vuelo rasante, por Carlos Yusti
Por supuesto este es un vuelo disperso, aleatorio y malintencionado, y en el cual faltan muchos escritores en ese margen del silencio y el ninguneo.
“…escribir es ejercer, con especial intensidad y atención, el arte de la lectura”.
Susan Sontag

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Al igual que los caracoles, que llevan su refugio sobre su espalda, los lectores llevan sus lecturas, que algo de refugio poseen, y esa estela gelatinosa y brillante que el caracol va dejando a su paso podría ser, en el caso del lector, sus tentativas de escritura, los amagos escritos sobre sus lecturas; su visión particular (e interesada) de esos autores que han dejado su impronta. Escribir, o estructurar un balance más o menos organizado, de los últimos cincuenta años de la literatura de Venezuela, concita algunas dificultades apremiantes.

Algunos críticos en nuestro país lo han hecho con bastante claridad y puntería. También una buena porción de escritores han realizado sus respectivos aportes, y ni se diga de ese contingente de estudiantes de letras que han hecho artículos y tesinas al respecto con mucha investigación de fondo.

Otro aspecto a considerar es que la práctica historiográfica en Venezuela ha tratado de explicar y cohesionar, de alguna manera, el devenir de la literatura en el país. Diego Rojas Ajmad, en su ensayo El pasado de tres caras: un balance de la práctica historiográfica de la literatura venezolana (1906-1973), escribe que hay tres modelos historiográficos para aprehender el hecho literario. Uno sería el racionalista, en el cual la obra se explica a sí misma. Otro el empirista, que busca las conexiones entre la obra y el contexto. Por último el vivencial, que valora la obra literaria desde las impresiones que pueda dejar en el lector. Mi intención no es ejercer la crítica ni nada que se le parezca. Intentaré más bien aproximar mi visión-ficha de lector sobre determinados autores, con sus respectivos trabajos literarios. Además Arturo Uslar Pietri escribió que los críticos habían desaparecido para darle paso al partidario y al epígono. Por eso Barrera Linares escribe: “De acuerdo con eso cada escritor, cada obra, cada movimiento, tendría así sus ‘epígonos’. Una manera culta de denominar a adulantes, acólitos y otras especies afines, que para nada comparto”. No obstante yo no sé si tendré más de epígono que de crítico. Linares agrega otra cosa que comparto cuando puntualiza: “La crítica no es reseña ocasional, no es sesuda y densa monografía sobre obras y/o autores, no es discurso especializado y a veces ininteligible estudio académico, no es comentario oportunista, no es gusto y/o disgusto hacia autores y obras. Es todo eso en conjunto. Y además es tan cambiante y mimética como el resto de la literatura”.

Estoy tentado a enfocar en las páginas que siguen a los escritores que han escrito sus obras sin ceñirse a teorías, modas ni tendencias.

Ha corrido mucha historiografía bajo el puente sobre la literatura venezolana. Diego Rojas Ajmad ha contabilizado seis.1 De igual modo Ajmad aboga por una historia literaria nacional que subraye la pluralidad en contraposición con esa imagen falsa de homogeneidad que agrupa a escritores como modernistas, costumbristas, vanguardistas o afiliados a grupos, cuando la realidad es que cada escritor va por su lado construyendo un discurso y muchas veces ni siquiera lee a sus coetáneos del momento. En tal sentido estoy tentado a enfocar en las páginas que siguen a los escritores que han escrito sus obras sin ceñirse a teorías, modas ni tendencias. En algunos habrá coincidencias inevitables, pero ello no responde a la premeditación alevosa. El escritor y crítico Domingo Miliani ha escrito que la crítica debe enfocarse en literatura sobre “cuáles son los trabajos que respiran el aire contemporáneo y cuáles los que sólo prolongan la atmósfera espectral de lo caduco”.

 

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George Steiner escribió: “Donde reinan las mentiras o la censura, la poesía puede convertirse en fuente de noticias”. En nuestro país la poesía es esa noticia urgente del espíritu. Mi referente en poesía es Rafael Bolívar Coronado (1884-1924). Coronado escribió la letra Alma llanera, canción que forma parte de una zarzuela, y que con el tiempo su popularidad fue tal que la gente la etiquetó como el segundo himno de Venezuela. Coronado fue un escritor con un innegable genio, pero su vida ladeada hacia el desparpajo y el engaño lo ha fletado para la posteridad como un autor de segunda mano, que utilizó alrededor de seiscientos nombres diferentes para firmar sus escritos. Indiscutible truhan que, sin escrúpulo alguno, utilizó los nombres de algunos escritores consagrados para presentar sus escritos.

Escribió muchos libros y ninguno, nunca estuvo preocupado de la obra ni de la inmortalidad, sólo estaba a contrarreloj para conseguir algunas monedas y “quitarle la telaraña a las muelas”, según sus propias palabras. Para exiliarse consiguió un dinero de la dictadura de Juan Vicente Gómez y luego en España se declaró como acérrimo denunciante de los desmanes de la dictadura gomecista. La policía de Gómez siempre lo tuvo bajo vigilancia. Escribía para seis diarios españoles y cada artículo, reseña, reportaje, era distinto para cada periódico. Bolívar Coronado fue un escritor inigualable del pastiche. Su estilo cortaypega llega incluso a imitar sin rubor al escritor Arturo Uslar Pietri, lo que dice bastante de su osadía creativa. Fue un visionario en eso de la hipertextualidad. Realizaba antologías poéticas de distintos países de Latinoamérica denominadas Parnaso y recopiló varias: El Parnaso Boliviano, el Ecuatoriano y el Costarricense. También llevó a cabo una antología de poetas americanos y cuando le faltaba alguno lo inventaba, y no sólo le creaba una vida, sino que escribía sus poemas. Cierta vez el poeta Andrés Eloy Blanco ganó un premio en metálico en España y fue a recibir su premio. Enseguida Bolívar Coronado escribió varios textos elogiando al poeta, esperando a cambio que éste se manifestara con alguna ayuda monetaria, pero el poeta premiado no se daba por aludido. Entonces Bolívar Coronado fue al hotel donde se hospedaba el poeta y le dejó la siguiente nota: “Los astros giran; tú eres un astro; gírame algo”. A pesar de toda su trágica y precaria existencia, Bolívar Coronado no pierde el pulso para ser irónico y esto lo devuelve a nuestros días vivo y quijotesco. Fue un escritor insólito que se burló de ese boato de las “bellas letras” nacionales con desparpajo de trampista y genio indiscutible.

Entre borracheras, prostíbulos y resacas Francisco Arévalo se hizo de un estilo sin afeites.

Una poeta que ha utilizado su poesía como trinchera es Teresa Coraspe. Su oficio más que de poeta es de la resistencia por la literatura, tanto leída como escrita. En su trabajo poético no hace concesiones ni al lenguaje ni a la edulcorada vida del sainete político y publicitario. Tiene fama de quisquillosa, de buscapleitos. Contrincante temible de la frivolidad literaria. Su primer libro Las fieras se dan golpes de pecho (1975), dan cuenta de una poesía hecha desde la dureza y la ternura. Otra poeta que ha estado nadando en contra y que retrata lo introspectivo desde esa herida de las vivencias es Milagro Haack. Poeta, ensayista y artista visual. Leer su poesía es hacer un recorrido por esa intimidad poblada por un mundo decididamente visual, donde las estancias y los objetos demarcan la existencia un tanto vaporosa, como recubierta con esa tenue túnica del sueño. Es un viaje por la percepción, por ese aprisionar con la mirada el mundo cercano; ese universo personal atiborrado de migajas de sentimientos y emociones que la poeta va escribiendo de forma persistente. Ha publicado los libros de poemas Puertas que no me pertenecen (1991), Cinco mañanas juntas (2002) y Lo callado del silencio (2004). Néstor Rojas, poeta, narrador y pintor. De niño, a lo sumo tendría ocho años, pasaba largas temporadas con un chaman kari’ña. Al que conoció por su padre, quien lo llevó con este hombre para que lo curara de un asma pertinaz. El chamán aparte de curarlo se lo llevaba a dar largos paseos cerca de los famosos farallones de Chimire. Caminaban largo rato. El chamán kari’ña cruzaba por los acantilados como si volara. Néstor temeroso se detenía. Desde el otro extremo el chamán lo llamaba. Néstor veía el abismo desde una angosta trocha caminera. El chamán en su mezcla de lenguas le decía: “Es necesario vencer el miedo, cuando cruces los abismos de la vida debes vencer el miedo que apaga los soles dentro de ti”. Néstor se armaba de valor y cruzaba por el estrecho sendero. La poesía de Néstor está de alguna manera influenciada por todas esas vivencias. Sus poemas tienen un tono de meditación filosófica, de experiencia traspapelada con su entorno donde los colores/olores del paisaje cumplen un ritual de iniciación por la mirada y el olfato. Ha publicado Transfiguraciones (1988), Sepia (1992), Diario de El Fulmar (1993), Ocre (1994) y Antología de la poesía comentada del Orinoco (2009), entre otros. En Francisco Arévalo se combinan el narrador de cuentos, el novelista y el poeta. Su primera novela, La esquizofrenia de las golondrinas (1999), ganó el premio Fundarte. La novela se publicó con muchos errores; los editores no se molestaron en corregir las galeradas, cuestión que parece una acción premeditada. De todos modos Arévalo ha escrito otras novelas y muchos libros de poemas. Ha publicado las novelas Adiós Matanzas en invierno (2000); Tropiezos en el campanario (2008), y Háblame, háblame, Iolanda (2015); el libro de relatos Santa Tragedia santa nostalgia para matarte en tres asaltos (2001); en poesía, Brote (1989), Nadie me reina en estos parajes de hormigón (1993), Sur (1995), Alcoholes de la otra iglesia (1996), Herida o la claridad del deseo (2013) y Cerodosochoseis (2014). Ha obtenido premios importantes como narrador y poeta. Entre borracheras, prostíbulos y resacas Arévalo se hizo de un estilo sin afeites. Estaba dispuesto a reescribir esa realidad apolillada de falsedad, disfrazada de embuste televisado y cacareado desde el púlpito de los politicastros del día y de los pícaros que se quedaban con el dinero ingeniado todas las trapacerías posibles. Ciudad Guayana, que comprende dos ciudades, Puerto Ordaz y San Félix, ha sido el tema principal de su escritura.

Otro tanto se puede asegurar del poeta, actor, dramaturgo, pintor y ensayista Róger Herrera. Su trabajo, tanto en poesía como teatro, en conjunto se alimenta de la calle y de esos personajes adosados al quicio de la vida con el corazón hecho jirones y con la esperanza rota de tanta bazofia política. Abraham Salloum Bitar fue poeta, matemático, editor. Creador de la revista Áurea y de un periódico literario llamado La Hojilla. Entre sus libros de poemas se pueden mencionar Quién sino diez (1997), Mística del principio de la noche (1993) y La llama en vela (1995). Su libro póstumo Escuela de dudas (2014) es un singular artefacto literario donde la escritura no intenta ofrecer respuestas, pero en cambio trata de encontrar los entresijos, desde lo irónico, de esas dudas que trenzan nuestra cotidianidad más bizarra. Julio Bolívar, poeta, ensayista, editor. Miembro fundador de la Fundación Aurín y del fondo editorial Maltiempo Editores (Barquisimeto, Lara). Director editorial de la Fundación Biblioteca Ayacucho y de Ediciones Iesa. Fundador de Sellos de Fuego Editores. Asesor y editor independiente de Libros de El Nacional. Ha publicado los poemarios Catálogo (Editorial Río Cenizo; Alcaldía de Iribarren; Barquisimeto, Lara, 1998) y Corazones de paso (Fondo Editorial del Caribe; Barcelona, Anzoátegui, 2012), y los libros de ensayo Guía del promotor de la lectura (coautor; Ediciones de la Secretaría de Cultura de Aragua; Maracay, 1994) y Lectura y censura en la literatura para niños y jóvenes (coautor; Fondo Editorial del Caribe; Barcelona, 1995). Morela del Valle Maneiro Poyo pertenece al pueblo indígena kari’ña. Coordinó el programa de alfabetización nacional denominado Misión Robinson en las comunidades del estado Bolívar. Luchadora en defensa de la autonomía de los hábitats territoriales y de la mujer indígena. Y en este sentido siempre ha postulado: “Las mujeres son las dueñas del canto. Los hombres hacen la música”. Morela ha contado que su bisabuelo era jefe de una comunidad y chamán, “uno de los últimos chamanes tradicionales”. Acota que de su abuela aprendió los ritos funerarios, que ahora aplica cada vez que muere alguien en su comunidad, y sobre las otras plantas que abren el conocimiento. “Cuando alguien fallece vamos a la casa de los familiares para saber más sobre su vida, sobre cómo era la persona, y eso es lo que cantamos y explicamos para consolar a sus deudos”, ha explicado. “Para nosotros el duelo dura seis meses, porque es el tiempo en que se estima que alguien logra despedirse de sus seres queridos”. Ha dicho también que los kari’ña son grandes contadores de historias “y pueden transcurrir muchas horas o días ‘echando un cuento’. A nadie le importa si el relator se queda dormido mientras habla; otro tomará la historia y luego cuando despierte continuará como si nada”. Su libro de poemas Ojos de hormiga es un encuentro con la magia de la selva, con el sueño perfumado del paisaje. Es una especie de canción poética de lo que significa ser parte de esa red frágil que une a las plantas, los insectos, los animales, el río y la tierra.

Concebir mundos, con personajes y situaciones determinadas, a través de la literatura, tiene como es lógico un poco de esa locura con método.

Un paréntesis necesario es escribir sobre Nanacinder. Una revista que se editó primero que todo ese montón de publicaciones subsidiadas por la Universidad de Carabobo o el Estado. El escritor Pedro Téllez fue quien me proporcionó noticias de una publicación que realizaban los pacientes del siquiátrico de Bárbula en Valencia. Para mí resultó un hallazgo sorprendente. En primer lugar la escritura tiene mucho de terapia y de locura combinadas. Concebir mundos, con personajes y situaciones determinadas, a través de la literatura, tiene como es lógico un poco de esa locura con método de la que dio muestras ese sempiterno personaje de Shakespeare llamado Hamlet. En segundo lugar, para acometer la escritura de cualquier texto se necesita cierta coherencia para ordenar los pensamientos y darle una equilibrada transparencia a las palabras en esas cuerda tensa de la página en blanco. Su formato era de tres (o cuatro) hojas doble carta (impresas por ambas caras) y era realizada en multígrafo. Reunía cuentos, poemas, artículos, dibujos, adivinanzas, textos de humor, escritos por los pacientes y el personal del siquiátrico (enfermeras, doctores, cocineras). De Nanacinder se editaron veinticuatro números entre 1954 y 1962, hasta su clausura por las autoridades médicas de ese entonces que vieron en la publicación una amenaza al discurso clínico, ya que los pacientes a través de sus textos ofrecían una relación de su enfermedad. Pedro Téllez escribe: “En los cuentos, poemas y testimonios del Nanacinder literario, sus autores —los pacientes— retratan su aislamiento, comunican su incomunicación, su ensimismamiento. Hacen narrativa y poesía de su situación especial, de su forma peculiar de ser en el mundo”.

 

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En narrativa el referente tiene que ser José Rafael Pocaterra (1899-1955). Por supuesto que hay muchos narradores más competentes, pero Pocaterra podría ser el ejemplo de escritor incómodo por antonomasia. Fue un combatiente a tiempo completo y en sus novelas (o cuentos) sacrificó el arte de narrar en función del mensaje. En todo caso su obra puede considerarse como una trinchera para atacar y defenderse de los desafueros del poder político. El escritor Francisco Ardiles escribe: “La obsesión por el alegato le impidió a Pocaterra ser un gran cuentista. Los rasgos que caracterizan a un gran cuentista, según Poe, son la invención, la imaginación y la originalidad, no el alegato. Al decir originalidad me refiero tanto a la del tono como a la del tema. Los cuentos de este escritor nos salvan del aburrimiento, al que nos condenaba la serie de cuentos de un Gallegos…”. Pocaterra sacrificó toda esa parafernalia de la bella literatura en aras de la denuncia ya que buscaba desnudar los oprobios de la dictadura gomecista y los desmanes que cometen los politicastros de oficio desde todas las instancias del poder.

En narrativa un nombre que no puede faltar es el de Josefa Zambrano Espinosa. Aunque escribe ensayos de buena textura intelectual es, esencialmente, narradora. Posee un dominio acabado y sorprendente del relato breve. Sus narraciones, más que colocar en el tapete los hechos, va poco a poco sugiriéndolos. Algunas de sus narraciones no son fáciles y dan pocas concesiones al lector. Hay que leer con minuciosidad para atrapar la fina urdimbre tejida por Josefa, en la que lo fantástico se entremezcla con lo cotidiano, o con esas atmósferas mágicas que pertenecen al territorio del sueño. Su primer libro de cuentos, Magia de páramo, fue publicado en 1984. Luego editó otro volumen de relatos, Al día siguiente todos los caminos amanecen abiertos. Su otro libro de relatos, Malaventuras, retoma las obsesiones de sus primeros textos narrativos: sencillez narrativa, brevedad, superposición de planos narrativos, o como ella misma lo ha explicado: “En Malaventuras lo que yo busqué fue otra experiencia narrativa. Siempre quise escribir cuentos donde, al estilo de los escritores del siglo dieciocho, que marcaban topográficamente los planos temporales y espaciales, poder jugar con las palabras, trabajarlas con una especial tipografía para darle un soporte gráfico al relato…”.

Otra narradora importante es Ana Rosa Angarita Trujillo, escritora, pintora, docente, caricaturista, psicóloga y promotora cultural. En ella convergen la escritura y la pintura como un todo unificado. Uno de sus primeros trabajos surge de una experiencia colectiva. Ana Rosa y toda una comunidad escriben (a muchas manos) un libro inusitado sobre una actividad cultural particular como es la quema de Judas. El libro La quema de Judas la transformaron en Guayana (Fundec, 1980), más que un cuaderno del trabajo de campo es una vivencia. El libro recopila todos los preparativos en torno a esa fiesta de la quema de Judas en Semana Santa. Es un testimonio sobre la estética y la participación comunitaria. Ilustrado con los dibujos de los niños pertenecientes a la comunidad de Dalla Costa, Ciudad Guayana, es una experiencia visual gratificante. Ha reescrito los mitos de las distintas etnias de la selva guayanesa con los libros Amalivaca el padre de toda la gente (cómic, 1996), La faz oculta de Guayana, mitos e invocaciones (1998) y Sumergiéndonos en el alma de los Sanermá-Yanoama (2008).

También se destacan como narradoras Ana María Cian con un libro de cuentos, Solos de bajo, en el que lo erótico tiene esa ferviente melodía del jazz. Olimpia Berti, que además es profesora y periodista, con una novela, Los primeros días de la última década, y un libro de poemas, Dedos lluviosos. El libro de cuentos escrito por Carolina Álvarez (Las trinitarias y Barba Azul) puede considerarse como una máquina simple, pero que trae entre líneas un mapa de vértigo, para entrar a lo cotidiano por la puerta de servicio. Los cuentos funcionan como pequeños dispositivos del día a día, de esa cotidianidad que en ocasiones tiene sus componentes paradójicos y en la que cualquiera puede verse inmerso. Son cuentos que le agregan a la realidad de todos los días su dosis de metáfora sin tanto artificio estilístico.

Gilberto Prieto Celis, poeta, columnista y activista social. Siempre estuvo impulsando iniciativas en pro de la literatura y de la preservación de las tradiciones culturales de su natal Caicara del Orinoco.

Jesús Pérez Quijada, poeta, narrador y editor. Ha recibido distinciones en distintos concursos literarios. Entre sus libros de poemas se pueden mencionar Fiesta del agua (1991) y Rutidinidad. Su otro libro es Galeras del desencuentro. Mantuvo una columna en un diario titulada Galeradas. Además, según datos aportados por el poeta Francisco Arévalo, “desde el año el año 1998 nos reuníamos en la Casa de Cultura de Ciudad Guayana una cáfila de felices desahuciados que tenían como fin escribir. Religiosamente los martes confluían, para disertar sobre planes de publicación y eventos, personajes que son hoy día pasto para alimentar una obesa trama novelística. Me vienen a la mente Sami Anderi, Antonio José Rodríguez, Alis Darnott, Carmen Requena de Gutiérrez, Eugenio Cortez, Carlos Ruiz, José Sequea, Alcides Pereira, Héctor Núñez, Castor Oliver, Pedro Eudes, Jesús Pérez Quijada, Xiomara Toledo…”. El producto de dichas reuniones fue la revista Carinocuar, que editó varios números y una publicación, que era una especie de díptico doble carta antológico, que condesaba trabajos de los poetas de la región.

Gilberto Prieto Celis, poeta, columnista y activista social. Siempre estuvo impulsando iniciativas en pro de la literatura y de la preservación de las tradiciones culturales de su natal Caicara del Orinoco. José Gregorio González Márquez, poeta, narrador y ensayista. Licenciado en Educación por la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab). Tiene una obra extensa y varios premios literarios como escritor. Su trabajo se ha centrado en la literatura infantil. Mantiene dos páginas en Internet en las que difunde tanto su trabajo como el de otros escritores. Sol Linares, que se dio a conocer con una novela, Percusión y tomate. Su libro La silla cruza las piernas reúne algunos de sus relatos. Los cuentos del libro bucean debajo de la piel de esa realidad de todos los días, hasta encontrar esa realidad otra, manchada con cierta sicopatología y que hace equilibrio en esa delgada cuerda del desquiciamiento. Linares narra una realidad blanda que se desliza por la vida ordinaria con ese toque inevitable de absurdo e irreverencia. Su estilo no es ampuloso ni rebuscado y entrega al lector un conjunto de historias sin pretensiones preciosistas ni trascendentales. Richard Montenegro perteneció a la redacción de las revistas Nostromo y Ojos de Perro Azul; también fue parte de la plantilla de la revista universitaria de cultura Zona Tórrida de la Universidad de Carabobo. Es colaborador del blog del Grupo Li Po y autor del libro 13 fábulas y otros relatos. Alberto Hernández escribe: “Son trece los cuentos que Richard Montenegro incluye en este libro. 13, número del que se dice fabula desde el misterio, desde la creencia de que con sólo nombrarlo habrá algún cambio en el acontecer humano. La fábula nos llama a pronunciarlo para que estos relatos sean la circulación linfática de tanta acumulación metafísica llevada a nombres comunes de casas y calles…”. Rafael Simón Hurtado, periodista, cronista y narrador. Publica un libro de crónicas peculiar titulado Leyendas a pie de imagen, croquis para una ciudad. Lo de croquis tiene ese sentido del dibujo apresurado, de boceto al vuelo. La ciudad es por supuesto Valencia, aunque podría ser cualquier ciudad capaz de brindar alguna imagen digna de ser escrita. Sobre su libro de cuentos Todo el tiempo en la memoria, José Carlos De Nóbrega escribe: “…conjunto de ocho cuentos publicados por Huella de Tinta y Predios, se nos presenta como una contrapropuesta que desmonta las homilías religiosas castrantes y de cautividad ideológica del Otro, el Prójimo que juran amar en vano. Sin embargo, su iconografía fetichista y represiva induce paradójicamente una estética barroca de la seducción y el erotismo en la clandestinidad del altar y el confesionario”.

Chevige Guayke, narrador y ensayista. Sus andanzas y vivencias por Caracas lo llevaron a probar suerte con la literatura. Escribió un relato sobre el miedo, “Paique”, en el que su alter ego experimenta, de manera sobrecogedora, toda esa violencia hostigadora de la ciudad. Con este cuento obtiene en 1974 el premio único del XXIX Concurso de Cuentos de El Nacional. En su novela Todas las historias menos muchas se condensa lo mejor de su reportorio narrativo. Especie de novela-río, de texto abierto que ya no va a respetar la estructura de la novela convencional, o si se quiere de un libro de cuentos que posee esa estructura de crónica de indias, de libro al estilo de Las mil y una noches, que va concatenando personajes e historias. En el año 2020 ha editado dos libros electrónicos que recopilan sus ensayos y artículos literarios: Me declaro enemigo e Inventario del escriba. José Gregorio Maita es narrador. Comunicador social, egresado de la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab), extensión Guayana. Director y escritor del cortometraje El saco, basado en su cuento homónimo. Con el cuento “Efecto de letargo” ganó en 2005 el Concurso Nacional de Literatura La Abeja Obrera. Ha publicado El momento y la llovizna.

Los ludópatas de todas las especies confluían como moscas y Moralito daba los ejemplares de la primera válida y corrían las apuestas. El ganador estaba sólo en la cabeza de Moralito.

Xiomara Toledo, actriz, poeta y promotora cultural. Su poesía tiene un gran toque minimalista y una limpieza certera de la metáfora. Niria Amario, docente, poeta, publicó Beta de sueños e impulsó con algunos alumnos el grupo literario Rendija. Siempre ha estado apoyando a los jóvenes talentos literarios. Gran promotora de la lectura a través de talleres y ponencias. Morelva Orepeza, poeta, articulista y profesora. Sus ensayos y artículos literarios (en los que mezcla lo narrativo) están escritos con el lápiz de la ironía inteligente. Natalia Lara formó parte del grupo literario El Círculo Impreciso (2011). Cursó talleres auspiciados por la Sala de Arte Sidor, a cargo del poeta guayanés Francisco Arévalo. Manuel Vásquez Carmona fue miembro fundador del Grupo Literario Rendija, coeditor de los libros XXXI hojas de otoño, de la poeta Daniela Saidman, y de la edición artesanal de la antología de dicho grupo (ambos publicados en 2003). Alberto Hernández, poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de posgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Su obra literaria ha sido reconocida en importantes concursos nacionales. Argenis Salazar es escritor y un pescador de sonidos. Su primer disco, Caballito Frenao (título que hace alusión a un ron venezolano que tenía un caballo erguido en dos patas. Aunque tenía un nombre lo llamábamos “Caballito Frenao”), es una colección extraña de música, sonido, relato sónico y ese puente extendido del silencio que busca conectar con la música del ruido, su armonía poética y a veces erótica, compuesto por seis tracks o válidas. Las tres primeras son narraciones de carreras hípicas imaginadas y narradas por Moralito en la avenida 190 de Tarapio, Naguanagua. Los ludópatas de todas las especies confluían como moscas y Moralito daba los ejemplares de la primera válida y corrían las apuestas. El ganador estaba sólo en la cabeza de Moralito, que narraba, con pelos y señales, todo el recorrido de diez o doce caballos hasta que cruzaban la meta. Sobre su libro de relatos Occipucio, José Carlos De Nóbrega escribe: “Occipucio contiene nueve relatos que se regodean o rompen los postigos en la mixtura de lo culto y lo popular que es el habla oral latinoamericana, la cual se hace harto notable en la diáspora sudamericana regada y desdeñada por España; el discurso transgenérico como aproximación lúdica al mundo…”.

Jorge Gómez Jiménez, narrador, editor y antólogo. Editor-fundador (desde 1996) de la revista literaria Letralia, Tierra de Letras, una de las revistas en la Internet de más larga data en Hispanoamérica. Su novela El rastro (1996, 2008) estuvo (en el año 2007) ocupando el puesto número 32 de la lista “Las mejores 100 novelas de la lengua española en los últimos 25 años” de la revista colombiana Semana. A pesar de todos los tropiezos Letralia se mantiene en pie, lo que dice bastante de la apuesta de Jorge Gómez por la literatura. En un texto escrito por su editor, “La aventura de Letralia.com”, que se puede conseguir en Internet, cuenta, de manera concisa, todos los pormenores de la creación de Letralia. En una oportunidad un periódico cultural de Caracas realizó un reportaje sobre las revistas electrónicas literarias. El cagatintas cultural de turno le dedica casi toda la nota a una revista que editaba Patricia Guzmán y que sólo alcanzó la cifra mágica de un número. Letralia, que se editaba desde Cagua, apenas recibió tres líneas (o cuatro, para no pecar de exagerado) a pesar de tener bastantes años circulando en la red y con la bicoca para ese momento de ochenta números. Esto indica un poco cómo se mueve la literatura en el ámbito de los escritores en la ciudad capital. Lo escrito por Jorge Gómez Jiménez con respecto a esto es exacto: “No es gratuito que los escritores caraqueños definan como literatura venezolana únicamente lo que se produce en sus círculos. En la demografía literaria, comúnmente son más difundidos los autores establecidos en el circuito cultural, pues es allí donde residen justamente las vías de difusión. Difícilmente estas vías de difusión servirán para dar a conocer la obra de los autores establecidos en la provincia. De hecho, los autores de provincia —aun los que viven en las capitales de estados— ni siquiera saben de qué forma pueden sus textos ser difundidos a través de esas vías. Me atrevería a afirmar, sin que para ello medie otra evidencia que mi contacto personal con muchos de ellos, que entre los escritores de provincia existe la plena convicción de que, aunque envíen resmas de sus textos a las revistas y periódicos capitalinos, nunca serán publicados”. El proceso de la creación de Letralia no fue simple ya que para el momento en que Jorge Gómez Jiménez decide crearla Internet era un albur. Gómez escribe: “En 1995 Internet era en la provincia venezolana lo más parecido al epígrafe de Bolaño: un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento. El servicio era no sólo caro, sino además casi inexistente. Para colmo, los equipos en general, en casi todo el universo conocido, eran tan lentos que un módem de 56.000 baudios por segundo era aún una promesa de la ciencia ficción”. A pesar de esta dificultad técnica y sorteando otros obstáculos, en mayo de 1996 se comienza a publicar Letralia, Tierra de Letras. “La idea de una publicación que ofreciera gratuitamente textos de creación, noticias literarias y orientación para el navegante interesado en la literatura no fue recibida al principio con mucho entusiasmo”, escribe Gómez. Hoy día, y con la pandemia de Covid-19 erosionando nuestros hábitos sociales, esta idea de Jorge Gómez Jiménez adquiere una pertinencia futurística de relojería. El triunfo de Letralia, aparte de la calidad, tiene como impronta esa idea que su editor ha escrito con claridad: “No olvidar, bajo ningún concepto, que una revista literaria es en su conjunto no otra cosa que una obra de arte”.

Xiomary Urbáez es periodista de profesión y escritora. En un momento de su vida decide abandonar el periodismo para asumir la escritura. Escribe una novela, Catalina de Miranda, editada por Planeta. Es la historia de una mujer real, que nació en Sevilla por el año 1527 y murió en Caracas en 1610 a los 83 años de edad. Arnaldo Jiménez es poeta, narrador y ensayista. Licenciado en Educación en la especialidad de Ciencias Sociales. Es miembro del equipo de redacción de la revista internacional de poesía y teoría poética Poesía, del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo. En poesía ha publicado Zumos (2002), El silencio del agua (recopilación y notas; poemas y dibujos creados por niños; 2007), Tramos de lluvia (2007) y Caballo de escoba (2011), entre otros. José Gregorio Bello Porras es poeta, psicólogo, comunicador social, fotógrafo y escritor. Ha obtenido diversos premios literarios y ha publicado diversos títulos de narrativa, entre ellos Andamiaje (1977), Un largo olor a muerto (1980), Salvajes y domésticos (2007), Sebastián y el secreto de la momia (2014) y Náufragos en la calle (2015). También ha escrito doce libros de poesía. Jesús Arturo Puerta Mujica, escritor, periodista y profesor universitario. Ha publicado los libros de cuentos El último de los agrios (1992), I love K-pucha (1996) y Círculo abierto (1997), la novela Un bello crimen (2006) y los libros de ensayo El humorismo fantástico de Julio Garmendia (1992) y La sociedad como discurso (1997). Su libro Arena (2018) recopila un conjunto de relatos breves.

 

César Seco es otro poeta que ha tratado de sacar el poema de su corsé tradicional.

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En Venezuela los grupos literarios de vanguardia harán sus respectivos experimentos con la poesía, el cuento y la novela. No obstante es imprescindible mencionar a ciertos creadores cuyo trabajo se ha enfocado en el poema como un innegable campo para el experimento en busca de nuevos derroteros expresivos. Se puede mencionar a Ximena Benítez, poeta, docente y editora. Licenciada en Artes Visuales, mención Escultura, por el Instituto Superior de Artes Plásticas Armando Reverón, y egresada de la Escuela de Artes Cristóbal Rojas de Caracas, especialidad Dibujo y Pintura. En su trabajo poético el dibujo no es completo del texto, sino una prolongación que juega con la grafía del poema y el dibujo. Entre sus libros se encuentran Temporales en extramuros (2006); Caracas, visiones visibles (2013); Costuras de familia (2018), e Íntima obediencia (2020). Ramón Ordaz, con su libro Grafopoemas (1992), convirtió el poema en un afiche explosivo en que se combinan metáforas, palabras, signos y dibujos, y utilizando un gran formato hace del poema una obra que trasciende los géneros tanto poéticos como pictóricos. Entre algunos de sus libros se pueden mencionar Diario de derrota, Kuma, En los jardines de Colón y El pícaro en la literatura iberoamericana (ensayo). César Seco es otro poeta que ha tratado de sacar el poema de su corsé tradicional. En un delirante cortaypega va convirtiendo el poema en un mapa, en un desborde lingüístico que se cuelga de la pared. Sus libros de poemas publicados hasta 2006 fueron reunidos y prologados por Gonzalo Ramírez en Lámpara y silencio. Su libro El viaje de los argonautas obtuvo el premio Bienal de Poesía Ramón Palomares (2005). Ha publicado asimismo Transpoética (ensayos). Otros de sus libros de poemas son La playa de los ciegos y El poeta de hoy día. Keyla Holmquist es una poeta que se aparta mucho de las etiquetas y cruza las fronteras, es una especie de exploradora de los nuevos territorios de la palabra poética y de eso que llaman poesía visual, del arte postal y del performance literario que mezcla las artes visuales con la palabra escrita. La poesía como ceremonia, como ritual más allá de las palabras. Erro (alias Ender Rodríguez), poeta, pintor, artista del performance. Sus juegos malabares con las palabras, sus desquicios visuales donde la escritura metafórica se retuerce en imagen hasta el sarcasmo. Su libro Ex sesos y asa res, borrones para versos no tan perversos (2016), aborda la experimentación poética como el caligrama, el juego con distintas tipografías, las onomatopeyas guturales, la caligrafía china, etc. No obstante, detrás de esta pirotecnia de laboratorio hay una poesía punzante, virulenta, que no respeta la gramática, pero de excelente factura literaria. En el antiprólogo el poeta César Seco anota: “En este libro no hay intención ninguna de escribir poesía, en el sentido común, apenas sí de reescribirla, es decir, en todo caso, no escribirla en ese lenguaje (lírico o versolibrista) que ya se le cae la costra de usado, de manipulado entre una y otra versificación, cesanteado entre los sucesivos ismos o guarimbeado por las falsas vanguardias que terminan por probar la dulce agua de la tradición y comprobar que no han roto siquiera un plato de la indomable, siempre libre poesía”. Otro poeta inusual es Franklin Fernández, cuya visión estética al escribir le lleva a “construir” poemas-objetos críticos, estéticos y volátiles convirtiendo a quien los observa en un poeta que escruta en el corazón de los significados. Este poeta, pintor y escritor lo define así: “El poema-objeto (aquello que se podría escribir, pero por suerte no todo hay que decirlo con palabras), nos dice algo. Posee sentido y significación. Es un lenguaje: emite poesía. Son esculturas moldeadas, apenas modificadas. Mitad escritura, mitad pintura. Mitad escultura, mitad imagen: una especie de centauro mitológico y, a la vez, moderno”.

Hay muchos otros que transitan la experimentación poética, pero lo que busco resaltar es que la poesía en estos tiempos de Internet globalizado va adaptándose a nuevas formas, va estructurando su propia presentación y espectáculo.

Todo el proyecto en conjunto de Predios no recibió subsidios del Estado. Villaverde es un descreído de todo el vedetismo literario.

Roger Vilain, poeta, narrador, profesor universitario y colaborador de todas las iniciativas literarias. En su blog Café del día aborda aspectos de literatura, política y un variado etcétera. Ha publicado un libro de cuentos, Hojas secas, y el poemario De gatos y hombres. Además colaborador del proyecto Predios. Que tuvo dos promotores principales en los poetas Carlos Villaverde, poeta y editor. Su primer poemario fue Muro. No obstante su trabajo vital y trascendente fue Predios. Proyecto multidisciplinario que creó un fondo editorial, editó varias revistas y publicaciones. La escritora Carmen Rodríguez anota: “El Fondo Editorial Predios a lo largo de sus quince años de existencia logró la publicación de más de cien libros, diecisiete revistas literarias Predios, Revista del Sur, y trece Cuadernos de la Memoria, una revista dedicada a la memoria cultural de Upata”. A esta lista habría que agregar Tiriguá, revista cultural del estado Cojedes, y la edición del periódico cultural Rasmia, dirigido por José Vicente Mariño, de Ciudad Guayana. Carlos Villaverde ha escrito un texto sobre dichos inicios.2 Todo el proyecto en conjunto de Predios no recibió subsidios del Estado. A este respecto Villaverde escribe: “Los libros del fondo y la revista carecieron de subsidios o apoyos presupuestarios gubernamentales y se mantuvo con la venta de publicidad comercial e institucional en sus páginas. No diré de las dificultades de vender literatura en Venezuela, acaso aún más grato es disfrutar la proeza de vender una página para seguir existiendo. Algo que no conoce la burocracia cultural. Ha de ser por ello que el recelo superó siempre a la impotencia de hacerlo, de quienes vegetan en los despachos culturales. También es verdad que aquello de no pedir ni recibir subsidio era como el último reducto de nuestra desfachatez, nuestro divertimento: poder hacer una revista y editar libros sin tener que verles la cara a los gerentes culturales y menos al ministro o al vice; o publicarnos nosotros pues en las revistas existentes había poetas reconocidos, amén de poderosos y celosos, que no publicaban ni a Dios, resguardándose ‘sus páginas’ para la rosca y uno que otro corifeo con pretensiones de siervos”. Villaverde es un descreído3 de todo el vedetismo literario. Pedro Suárez, poeta, ensayista y segundo piloto del proyecto Predios. Entre sus libros hay que mencionar Colinas y colindantes, Remiendos, Perfil de agua, Las formas del fuego y 50 haikús para amarrar el sol, entre otros. Juan Guerrero, ensayista, poeta y docente. Licenciado en Letras, magíster scientiarium en Educación, mención Enseñanza del Castellano, y candidato a doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Oviedo (España). Es docente-investigador jubilado de la Universidad Nacional Experimental de Guayana. Ha publicado el poemario Elegía a la sombra / Elegia all’ombra (1981).

 

Como jornaleros de la metáfora poco a poco fueron construyendo una obra en la que hay nombres insoslayables.

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En la ciudad de Caracas el movimiento poético siempre tuvo bastante proyección. Los grupos literarios se desarrollaron en las entrañas de la ciudad, en sus bares y en los departamentos de literatura de las universidades, y muchas veces a la sombra del subsidio del Estado. En el interior del país el movimiento poético se fue cimentando con sus particularidades. Como es lógico estos poetas del interior (de la provincia, se les llama con esa inigualable enunciación despectiva) demostraron no sólo calidad, sino una persistencia y un gran trabajo con la palabra poética. Como jornaleros de la metáfora poco a poco fueron construyendo una obra en la que hay nombres insoslayables. Se podría utilizar esa lista de nombres realizada por Gabriel Jiménez Emán en el prólogo del libro Palabras en confluencia: cincuenta y un poetas venezolanos modernos.4 Como es lógico a esa lista agregaría otros nombres específicamente del estado Bolívar.5 Antonio López Ortega la hace de compilador en el libro Nuevo país de las letras, que realiza un paneo interesante de nuevos escritores.6

 

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Un inciso necesario debe ser la literatura en el campo santo del chavismo. Luego del arribo del chavismo al poder su prioridad primera fue la creación de un partido de masas, que a larga operaría como una fábrica de obsecuentes con el régimen chavista. Este partido era una especie de caballo de Troya (si me permiten el percudido tópico) y en él se introdujeron todos los militantes de esos otros partidos agonizantes, tanto de la derecha como de la izquierda, que se habían rifado las cuotas de poder, indistintamente, durante bastante años.

A este grueso grupo de vividores de partidos se unió la tropa de guerrilleros ortodoxos derrotados que vieron su oportunidad de revancha y venganza. Este caballo era halado, puertas adentro de la mal parapetada democracia, por los militares, que por fin harían sus grandes negociados a costa del Estado. Dentro ya de las entrañas del enemigo comenzó su destrucción sistematizada. No implantas un nuevo sistema político si antes no vuelves polvo cósmico el existente.

Poco a poco el chavismo desmanteló las instituciones democráticas, destruyó los aparatos productivos y aniquiló las industrias del aluminio y la gran petrolera estatal. En esto de volver añicos al país han sido exitosos y, como los cerdos de la granja orwelliana, han destruido todo. Para hacer todo esto más comprensible, Ana García Julio, en su texto Entre la novedad y la fractura: una aproximación al campo literario venezolano en la década de 2000, escribe: “A partir de 1999 y hasta mediados de la década siguiente, Venezuela vivió acontecimientos de gran trascendencia histórica; algunos ajenos a la voluntad humana, como el deslave que arrasó con buena parte del estado Vargas en 1999, y otros, no menos graves a la larga, como consecuencia de las acciones de los operadores políticos: la elección de una Asamblea Constituyente y la redacción de un nuevo texto constitucional, también en 1999; el paro nacional de 2001, convocado por la Confederación Nacional de Trabajadores de Venezuela y Fedecámaras, en protesta por la promulgación de un conjunto de leyes relacionadas con la administración de tierras; el paro de 2002-2003, al que se sumó la industria petrolera y que culminó con un fallido golpe de Estado; el referéndum revocatorio de 2004 y los eventos electorales de 2005 y 2006. A esta convulsión siguió una estabilidad no exenta de tensiones y una polarización en aumento entre bandos políticos, que llegó a terrenos de la cotidianidad privada”.

Como es lógico la cultura y el arte van a sufrir este desmantelamiento sistemático. García Julio acota que “todo lo construido en el pasado prerrevolucionario —instituciones, autoridades, modelos de gestión cultural, e incluso, creadores y obras— se consideraba ‘elitesco’, en claro contraste con la opción encarnada en el poder vigente, que planteaba ‘democratizar’ la creación, difusión y acceso a la cultura en todas sus modalidades”. Por supuesto artistas, escritores, poetas y todo camaleón cultural eligió su bando respectivo y comenzó una guerra silenciosa de desplazamientos y resistencia.

Este estallido de libros y autores desembocó en eso que se llamó la basuratura, pero que ya se escribía mucho antes de que los chavistas la publicaran en cantidades industriales.

Un fenómeno real es que en las primeras de cambio el nuevo gobierno de los cerdos, perdón de los chavistas, asumió el desarrollo editorial. Crearon una editorial, a la cultura le dieron un rango de ministerio y trataron de descentralizar la actividad cultural hacia los estados. Crearon concursos y revistas y abrieron las puertas editoriales a un sinfín de autores que se arrastraban en las sombras de las gavetas. Se publicó mucho. Y los escritores y poetas proliferaron como moscas. Por eso en esta masificación de autores surgieron buenos escritores, pero de igual modo se publicaron muchos libros chatarra; a todo esto se le adosaba edición de libros a bajo costo y la recuperación de las librerías del gobierno que abrieron sus puertas en veintitantos estados. A esto se le añadían las imprentas regionales, cuya función sería la de editar a esos autores subterráneos de los distintos estados del país.

En este delirio editorial se editó la novela Los miserables de Víctor Hugo en tres tomos, libro que se distribuyó de manera gratuita en las plazas de muchas ciudades del país. Un verdadero e icónico ladrillo para inducir a las masas hacia la lectura. De igual modo editó una versión mutilada del Quijote con prólogo de José Saramago.

Este estallido de libros y autores desembocó en eso que se llamó la basuratura, pero que ya se escribía mucho antes de que los chavistas la publicaran en cantidades industriales. El panfleto contra esa literatura de pacotilla fue escrito por Chevige Guayke y estaba repleto de comentarios incendiarios: “…hay escritores que sólo escriben sobre los relámpagos del Catatumbo, que sólo escriben sobre paisajes, sobre vainas que no los comprometan, sobre vainas que no vayan a dañar su imagen, sobre vainas que no compliquen su vida, sobre vainas barrocas, sobre vainas muy lindas, sobre vainas muy decentes, sobre vainas muy pacíficas, sobre vainas muy mariconas, porque son unos escritores sin cojones, porque son unos escritores serviles, porque son unos escritores deslechados, porque son unos escritores que sólo piensan en su gloria, en su inmortalidad, en su currículum inmaculado, y su literatura es todo un compendio de complacencias…”.

En estas euforias iniciales también se trató de constituir la Red de Escritores de Venezuela. En varias oportunidades se hicieron buenas plenarias de escritores de todas las tendencias políticas. Jóvenes, viejos, consagrados y resabiados escritores participaron en estos encuentros. Pero no se llegó a nada debido a que sólo querían un brazo intelectual prochavista e incluso querían que se llamara Red de Escritores Socialistas de Venezuela. Durante el poco tiempo que funcionó editó una revista y se impartieron algunos talleres, pero cuando escritores y poetas se percataron de que sólo eran tontos útiles de politicastros de oficio, metidos en la burocracia cultural, salieron en estampida. Los vestigios del naufragio de dicha red andan por ahí perdidos en el limbo de la Internet.

Se editaron, cuando todavía había papel, dos antologías poéticas: Palabras en confluencias, cincuenta y un poetas venezolanos modernos, y Amanecieron de bala. Hay un texto del poeta Ramón Ordaz titulado “Desvíos y extravíos en la actual poesía venezolana” que analiza en detalle el significado de ambas antologías. En un aparte de dicho texto se puede leer: “Ocurre que mientras más publican a seudopoetas, a rimadores, a escribidores, debido a la palabra en descenso y a la brusca caída del buen decir en nuestra lengua, la media docena de poetas oficiales se sienten con derecho a pontificar desde el reino intangible del premio y la gloria transitoria que ostentan. Que la demagogia y el oportunismo de un político los cite en la tribuna pública es para ellos la consagración definitiva. De esta manera se han repartido entre ellos premios nacionales y regionales, aparecen como eternos jurados de los concursos literarios, se canjean anualmente una codiciada agenda de viajes al exterior, gozan de las milagrosas canonjías, se editan y reeditan hasta el descaro sus libros, sacan del cajón de sastre sus intentos fallidos de escritura, retazos de poemas trasnochados, y tienen el santo brío de publicarlos en las imprentas del Estado como pulquérrima donación espiritual al pueblo”.

El saldo final es que ya no editan revistas literarias y las librerías son sólo depósitos de estantes vacíos, polvo y telarañas. Los premios literarios aupados por el régimen se han desprestigiado tanto que ya los escritores no los necesitan, sino que es todo lo contrario: los premios necesitan a los escritores. Pero este desaguisado cultural está lejos de terminar.

 

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Otra cualidad de Navarrete como escritor es que juega con la escritura.

Como ensayista emblema elegiré a un borroso fraile franciscano llamado Juan Antonio Navarrete (1749-1814), quien dejó algunos libros7 manuscritos en los que su autor nos descubre, a través de una bella caligrafía, un universo de erudición extravagante. Hoy una mínima parte de esos libros reposa en la sección de libros raros de la Biblioteca Nacional. Blas Bruni Celli,8 que fue un estudioso con una de las mentes mejor organizadas de nuestras letras, presenta una edición crítica y exhaustiva de Arca de letras y teatro universal, libro que ha fascinado a José Balza: “…sencillamente, alucinante. Clasificaciones borgianas, diccionarios que remiten a lo imposible, exactitud y fantasía, conocimientos, curiosidad sexual: todo vibra con nerviosa prisa: el fraile apunta la vida, es decir, sus ideas, y carece de tiempo para desarrollarlas, porque la realidad y su propia psique ya le imponen otras novedades. Y sin embargo todo está hondamente meditado, ordenado. La fragilidad de lo profundo”. Otra cualidad de Navarrete como escritor es que juega con la escritura. En el segundo tomo del libro hay dos libros que tienen el juego como eje y hacen que el lector se convierta en un participante activo. Navarrete escribió: “Yo no escribo sino para mi utilidad. Quémese todo después de mi muerte, que así es mi voluntad en este asunto; no el hacerme autor o escritor para otros”. Un adelantado, para que agregar más.

Paulette Silva Beauregard, profesora e investigadora de la Universidad Simón Bolívar. Licenciada en Letras de la Universidad Central de Venezuela. Realizó la Maestría en Literatura Latinoamericana (1991). Su libro Las tramas de los lectores: estrategias de la modernización cultural en Venezuela es una pesquisa sobre esa sacralización del libro en el siglo XIX, un libro profundo y de gran belleza estilística. Julio Rafael Silva Sánchez, historiador, ensayista, narrador, profesor universitario de posgrado. Premio Nacional de Ensayo Enriqueta Arvelo Larriva, de la Unellez (1988), y Premio Nacional de Crónicas Literarias del Centro Nacional del Libro y la Red de Escritores de Venezuela (2008). Mariana Libertad Suárez, doctora en Filología Hispánica y doctora en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. Desde finales de los años noventa se ha dedicado al estudio del pensamiento feminista y la literatura latinoamericana escrita por mujeres. Entre sus publicaciones destacan Sin cadenas ni misterios: representaciones y autorrepresentaciones de la intelectual venezolana, 1936-1948 (2009) y La loca inconfirmable: apropiaciones feministas de Manuela Sáenz (2014). A través de su obra ensayística y de investigación ha tratado de visibilizar a un conjunto de autoras y escritoras que fueron como borradas de las antologías y de la historiografía de la literatura nacional. Diana Gámez, licenciada en Letras por la UCV. Maestría en Historia de Venezuela por la UC. Profesora de la UNEG. Además es periodista, locutora y columnista, y ha sido conductora y productora de varios programas radiales. También es promotora cultural y una articulista de garra y fervor inteligente. Su libro Para más (re)señas se pasea por los temas más diversos y reúne un conjunto de textos escritos para la radio. Sus escritos están plenos de humor corrosivo. En Diana la escritura es de una esmerada exquisitez; su estilo limpio y de inteligente prosa acerca al lector a ese universo de cultura como hecho sociológico y como estética. Mirla Alcibíades, licenciada en Letras por la UCV, es una de esas ensayistas polifónicas, una investigadora implacable y acuciosa. Libros como Publicidad, comercialización y proyecto editorial de la empresa de cigarrillos El Cojo (1997), La heroica aventura de construir una república (2004), Periodismo y literatura en Concepción Acevedo de Tailhardat (2006) y Ensayos y polémicas literarias venezolanas (2007), entre otros, hablan de su visión de revalorar/actualizar el pasado mediante esos hechos relevantes de la cultura y la literatura. Diego Rojas Ajmad, ensayista, profesor e investigador. Su libro Mundos de tinta y papel, la cultura del libro en la Venezuela colonial, es una pesquisa de ratón de biblioteca, especie de mapa para ubicar al libro y su impronta para perfilar las líneas maestras de un país que buscaba su afirmación como nación. María Narea Porte, poeta, narradora y actriz. Licenciada en Letras egresada de la Universidad Central de Venezuela (1981). Sus libros de ensayos: Pedro Emilio Coll, un excéntrico del Hamlet Club (1999); Diez al azar, antología periférica de la nueva poesía venezolana (2002), y Hemisferio imposible (2006). Su discurso ensayístico se pasea por el escrito argumentativo libre y la crítica literaria. Juan Martins, poeta y dramaturgo. Crítico teatral. Editor. Destacado con varios premios. Su libro Novelas son nombres, ensayos inexactos, le permite explorar el género ensayístico. Conformado por ocho ensayos que descienden hasta los subterráneos de la escritura de autores con estilos diversos (Paul Auster, Roberto Bolaño, Amos Oz, Enrique Vila-Matas, Amélie Nothomb, Alberto Hernández, Pola Oloixarac y John Maxwell Coetzee).

La primera impresión que se tiene al leer las crónicas de Leopoldo Villalobos es que este curtido periodista trabaja la prosa periodística con exacto malabarismo literario.

Escritores pertenecientes a diferentes geografías, pero que tienen en común una escritura que se mueve un poco al margen de los moldes tradicionales y las etiquetas sumarias, a las que son proclives los críticos y los redactores de tesis. A Ángel Romero Cabrera se le conoció por su heterónimo de guerra, “Romerito”. Docente, cronista, fundador-presidente de la Casa de la Cultura María Cova Fernández, y presidente también de la Asociación de Cronistas del Estado Bolívar, colaborador de la revista Cuadernos de la Memoria coordinada por el poeta Pedro Suárez y defensor del patrimonio cultural de Guayana. Diana Gámez escribe: “Romerito tenía exacta conciencia del valor del documento, de la palabra escrita, de lo impreso, del testimonio oral vertido en negro sobre blanco para paliar la devastación del olvido”. Leopoldo Villalobos fue un reconocido comunicador social egresado de la Universidad Central de Venezuela. Desde joven manifestó interés por la historia del estado Bolívar, por lo que hizo importantes investigaciones y entrevistas que posteriormente fueron reflejadas en los medios de circulación regional y nacional de la época. Fue durante bastante tiempo cronista emérito de Ciudad Guayana. Escribió la letra del himno de Guasipati, su tierra natal. La primera impresión que se tiene al leer las crónicas de Leopoldo Villalobos es que este curtido periodista trabaja la prosa periodística con exacto malabarismo literario y algunos arcaísmos, herencia de la vieja escuela del escribir bien; escritura muchas veces austera, que va a lo suyo con enorme pericia y una buena proporción de cultura. Su actitud ante el quehacer de escritura posee un componente comunicacional subrayado de cordialidad, sabiduría y vitalidad.

Rafael Victorino Muñoz, narrador, ensayista y profesor. Ha publicado los relatos Pre-textos (1996), Alba para dos ciegos y otras maniobras (1997), Relatos (2004) y Retablos (2006), así como los ensayos Notas y digresiones (2000) y Compás mayor (2009). Su libro Apuntes de sobremesa (2011) es una compilación de ensayistas del siglo XX en la que confluyen distintas maneras de abordar el ensayo. Rafael Rattia, poeta y ensayista. Licenciado en Historia por la ULA. Ha publicado La pasión suicida (1999), Los cantos del apátrida (2007) y Poemas de amor y muerte. Escritor de ensayos, articulista de El Nacional, colaborador de Letralia y ciberactivista en Twitter. José Carlos De Nóbrega (Caracas, 1964), narrador, ensayista y traductor. Es licenciado en Educación, mención Lengua y Literatura. Culminó la maestría de Literatura Latinoamericana de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador. Ha publicado los ensayos Sucre, una lectura posible, Textos de la prisa (1996), Derivando a Valencia a la deriva. Escrutadores de almas esquivas. A bonus track de ensayos dispersos sobre literatura venezolana (2018) y El anticanon literario de Carabobo (2018). Pedro Téllez, ensayista, médico y psiquiatra. Fue miembro del equipo de redacción de las revistas Poesía y La Tuna de Oro, ambas de la Universidad de Carabobo; de la última también fue director. Ha escrito Añadir comento (1991), Fichas y remates (1998), Tela de araña (1999), La última cena del ensayo (2005), Un naipe en el camino de El Dorado (2007), Elogio en cursiva del libro de bolsillo (2014) y Valencia-Sulaco (2019), todos de ensayo.

En nuestro país el ensayo ha tenido excepcionales autores. No obstante es un ensayo sometido al corsé académico o de la escritura políticamente correcta para ocupar su espacio en los suplementos culturales y las revistas arbitradas. Se da el caso de algunos ensayistas que intentaron escribir novelas y cuentos (a veces es el otro lado de la moneda y entonces poetas y novelistas se desdoblan en impecables ensayistas, pienso en Montejo, Oliveros o Luis Britto García) como tratando de salir del anonimato en cual los hundió el ensayo. Los más arriesgados intentan escribir poesía. Se asegura que al ensayo van los incompetentes del verso o la narración. No obstante el ensayo requiere de otra ingeniería estilística para que una página se convierta en un cielo estrellado. Se necesita mucha lectura, escepticismo en grandes dosis y un caradurismo a lo Bacon. De allí que comparta lo escrito por Pedro Téllez para definir el ensayo: “Judas como Mesías. Salir con blancas o con negras; elogiar a los caníbales, ironía por delante; la escritura ensayística nada contra la corriente o no es nada. Ese esfuerzo necesario, adicional, lo aporta un lector particular, el lector de ensayos. En la lectura ensayística se da un paso más allá del sentido común; o, como en el ajedrez, se trata de ver una jugada más que el adversario”. Pedro Téllez escribió un texto, “Mapa temporal del ensayo en Venezuela”, en que postula que nuestra ensayística bien puede ser un mapa en el que el lector, siguiendo las coordenadas de los paralelos y meridianos, puede acercarse a los cultivadores del género desde sus vertientes (o territorios) más variados.

Un ensayo no es un artículo de opinión a pesar de que sea una isla rodeada de opiniones por todas partes.

En lo personal creo que el ensayo debe asumir el rol de invitado indeseable, de ese personaje irrespetuoso que dice lo más inoportuno en el momento más desgarrador, de ese aguafiestas que en el instante más lúgubre y solemne cuenta un chiste (y de paso malo). El ensayo desde ese margen pagano, desde esa orilla maldita de la acera para saltar e ir siempre en contra, sea lo que sea que forme parte de la discusión, o aquello que sea el epicentro de la disputa. Por eso mi gusto es ecléctico y prefiero ensayistas algo desencuadernados como José Solanes, Elisa Lerner, José Ignacio Cabrujas o Juan Nuño.

Un ensayo no es un artículo de opinión a pesar de que sea una isla rodeada de opiniones por todas partes, no es una crónica aunque busque ordenar la vida (o las lecturas) de manera cronológica; tampoco es una reseña de libro a pesar de que las citas de otros escritores cuelgan de todas partes, mucho menos es una columna de prensa a pesar de su verticalidad discursiva; por supuesto no es un cuento a pesar de relatar a veces esas formas sobrantes de vivir literariamente, y menos que menos es una novela aunque desfilen por sus párrafos personajes de todo tipo. En suma, que el ensayo es ideal para ese vuelo sin motor que planea sobre cualquier tema de manera torcida, sin hacer distinciones entre lo superficial y lo profundo, cuidando siempre esa subjetividad interesada y movida por los caprichos más conspicuos. Que el ensayo sea un coctel estrambótico y que se apegue a eso escrito por Michel de Montaigne: “Digo libremente mi opinión sobre cualquier cosa, y aun sobre aquella que supera tal vez mi capacidad y que de ninguna manera considero de mi jurisdicción. Cuanto opino, lo opino además para declarar la medida de mi vista, no la medida de las cosas”.

Por supuesto este es un vuelo disperso, aleatorio y malintencionado, y en el cual faltan muchos escritores en ese margen del silencio y el ninguneo, pero que escriben a pesar de los malos gobiernos que hemos padecido y padecemos, que escriben a pesar de las instituciones culturales en las cuales parasitan camareros serviles disfrazados de poetas y escritores entorpeciendo todo lo necesario/requerido por la burocracia artístico-cultural.

Escribir es vivir un éxito al revés, es un fracaso anunciado.

Carlos Yusti

Notas

  1. Gonzalo Picón-Febres, La literatura venezolana en el siglo diez y nueve (1906); Mariano Picón Salas, Formación y proceso de la literatura venezolana (1940); José Barrios Mora, Compendio histórico de la literatura venezolana (1948); Pedro Díaz Seijas, Historia y antología de la literatura venezolana (1952); José Ramón Medina, Cincuenta años de literatura venezolana (1969), y Juan Liscano, Panorama de la literatura venezolana actual (1973).
  2. “(…) debo decir que ‘el proyecto’ fue, en buena medida, una consecuencia de las típicas discusiones entre escritores y artistas. De las aspiraciones por cambiar la realidad de las cosas que suelen aflorar en jóvenes. Nada deslumbrante nos ‘inspiró’. Ningún poema de Rojas Guardia ni de ningún poeta de los de Tráfico y Cadenas aún no aparecía. Todavía tiempos del Chino Valera y Caupolicán, que pronto fueron desvaneciéndose pues era más necesario un cine-club y los políticos, eso sí, mentían mucho. Tampoco había mucho cielo para asaltar. Upata eran cuatro calles y dieciocho callejuelas, aún con silletas de cuero que se recostaban en los frontis de las casas como indicador de seguridad personal, y ya había cerrado el último cine (la última película del Cine Principal fue una porno con Lim Yang y Gena Barber, que no proyectaron completa. Nancy, la cajera del cine, fue mi amiga y me fue revelado). (…) Roger Vilaín, acaso el contertulio más cordial y amigable que he conocido, pero poseedor de la más elegante y lúcida ironía de aquellos parajes, fue quien al porche trajo la última discusión en la que participé: se quejó de lo difícil de deambular por la calle Miranda, cuadras cuatro, cinco y seis, sentido norte-sur. Tenía razón el poeta, en esa rúa nadie se daba cuenta de cuando florecían los apamates en aquella plaza gigantesca. Ni el pueblo entero se daba cuenta. No era necesario, pues todo llegaría. El plomo y la droga sorprendente, inclusive. Nos tocó, querido Roger, insistir un poco en apenas prorrogar el desahucio. Era la villa idílica que se nos escapaba para siempre. La misma villa que vieron aquellos ojos de tu padre, arraigándose gozoso hasta que su voz se hizo cada vez más débil, ya no era más. Visto así Predios fue, además de creencia para un divertimento y esfuerzo de unos empecinados del corazón aún jóvenes, para promover la literatura, un ejercicio de resistencia ante un contexto que era cada vez más hostil a lo que pretendíamos hacer desde la literatura y que se haría oprobio, como en todo el país. Acaso no precisamos lo que vendría después, pero brujos no éramos. Pero sí, la poesía ayudó a que rechazáramos todo tinglado de lo que vendría después. Y nos sigue dando fuerzas. Hoy no tengo dudas”. Para ampliar este dato se puede consultar el libro de Oscar Pirrongelli Seijas Antología de la antigua y la actual poesía guayanesa.
  3. “Alguna cosa queda y eso quizá pueda demostrarse como saldo para la historia de la literatura venezolana. Con Predios pasó que tres tercos tontos, que no tres tristes tigres (Pedro Suárez, Adán Astudillo y Carlos Villaverde), sin pergaminos ni muchos años de guerra, sin hazañas ni épicas de ningún tipo, sin talleres de literatura ni de edición; tampoco con mentores ni asesorías, ni arena ni mirra, ni nada que se le parezca, hicimos un silogismo en la sombra abrumadora que prevalecía. Hicimos del aprendizaje a los coñazos el camino y así nos fue. Que después, cuando pudimos mostrar algo más que aquel rosario de quejicas precedentes, cuando tuvimos las primeras páginas impresas y presentables, provino la certeza de convocar a los amigos entrañables que hicieron luego de Predios una idea compartible donde se podía publicar. Así se completaba el propósito. Sólo eso y quizá no sea poco pues dentro de algunos años eso tampoco será nada”.
  4. Orlando Pichardo, Eddy Rafael Pérez, Tito Núñez Silva, Jesús Enrique Barrios, Yeo Cruz, José Antonio Yépez Azparren, Naudy Enrique, Lucena y Álvaro Montero en Lara; Rafael Garrido, Lázaro Álvarez, David Figueroa, Dixon Rojas y Manuel Barreto en Yaracuy; Teófilo Tortolero, Reinaldo Pérez-Só, Alejandro Oliveros, Carlos Osorio, Carlos, Ochoa, Adhely Rivero y Luis Alberto Angulo en Carabobo; Gilberto Petit, en Falcón; Wilfredo Carrizales, Harry Almela, Alberto Hernández y Luis Ernesto Gómez en Aragua; Leonardo Ruiz Tirado, Ana María Oviedo, Arnulfo Quintero López, Livio Delgado, Alberto José Pérez y Avilmark Franco en Barinas; Celsa Acosta, Rafael José Álvarez, César Seco, Benito Mieses.
  5. Luz Machado, Mercedes Bermúdez de Belloso, Jean Aristeguieta, Alarico Gómez, María Jesús Silva, Mercedes Barazarte de Ramírez, Rafael Pineda, Guillermina “Mimina” Rodríguez Lezama, Jesús Sanoja Hernández, Ángel Fuenmayor Bolívar, Guillermo Sucre, Oscar Pirrongelli Seijas, Guillermo Abad Argüello, Francisco Arredondo, Luis Camilo Guevara, Luisa Josefina Noguera Figueroa, Teresa Coraspe, Flor Rivas de León, Argenis Daza Guevara, Américo Fernández, José Ventura Martínez Barrios, Enrique Hernández D’Jesús, Eucario García Rivas, José Quiaragua, Gilberto Marfissi, Andrés Campos Peña, Iris Elena Aristeguieta, Velia Bosch, Abraham Salloum Bitar, Francisco Arévalo, Aura Consuelo Perdomo, Rusalca Fernández, Pedro Ostty, Mary Flor Ramírez Barazarte, Jorge Rafael Casanova Basanta, Ivo Farfán, Carlos Villaverde, Néstor Rojas, Pedro Suárez, Róger Vilaín, Fayad Douaihy, Aracelis García, Nallibet Romero, Agnieszka Malgorzata Rybarczyk Féder, Apolinar González, Richard Rafael Ortega.
  6. Carlos Ávila, Willy McKey, Ana García, Daniela Jaimes-Borges, Graciela Yáñez Vicentini, Jairo Rojas Rojas, Jesús Miguel Soto, José Delpino, Natasha Tiniacos, Rodrigo Blanco Calderón, Alejandro Sebastiani Verlezza, Gabriel Payares, Hensli Rahn Solórzano, Mario Morenza, Víctor García Ramírez, Santiago Acosta, John Manuel Silva, Miguel Hidalgo Prince, Reinaldo Cardoza, Diego Arroyo Gil, Franklin Hurtado, Marianne Díaz Hernández, Néstor Mendoza, Víctor Alarcón, Alejandro Castro, Francisco Catalano, Zakarías Zafra, Adalber Salas Hernández, Enza García Arreaza, Pedro Varguillas, Camila Ríos Armas, Delia Mariana Arismendi, Luis Perozo Cervantes, Raquel Abend van Dalen.
  7. Si nos atenemos a las frecuentes citas que de sus propias obras Navarrete hace en el Arca, debió haber escrito no menos de treinta libros más. De todos ellos han llegado hasta nosotros sólo dos: el Arca de letras y el Cursus Philosophicus, que él mismo había clasificado respectivamente como tomo 7 y tomo 14 de sus Obras. Otra de sus pequeñas piezas, la Novena de Santa Efigenia, nos ha llegado editada en Caracas en 1851. Todas las demás obras están hasta ahora perdidas. Su obra Urna Scholastica, philosophica, theologica que doctrinas complectens, manuscrito, 4º, 1793, figuraba todavía bajo el Nº 6.818 en el Catálogo de la Biblioteca Nacional, pág. 203, que se hizo en 1875, bajo la dirección de Adolfo Ernst. Este último libro no está hoy en los fondos de nuestra Biblioteca Nacional.
  8. “A mediados de la década de los 60, cuando el profesor José Antonio Calcaño, de muy grata recordación, se incorporó a la Academia Nacional de la Historia, solíamos conversar extensamente antes o después de las juntas (…). Un día le pregunté por qué la edición que él había dirigido del Arca de letras y teatro universal del fray Juan Antonio Navarrete, la había presentado incompleta y con muy pocos comentarios. La respuesta no se hizo esperar y recuerdo sus palabras más o menos textuales, dichas con sincera humildad: Esta es una edición muy compleja, dada la multitud y variedad de temas que se abordan en la obra; a ello se agrega la profusión de citas bíblicas y latinas, la tremenda bibliografía citada y la inmensa información sobre temas de la antigüedad. Recuerdo que después de una breve pausa, agregó: Estoy de acuerdo en que Navarrete debe editarse completo y con un aparato crítico exhaustivo. La persona que creo que lo puede y debe hacer es usted”.
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