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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Esos incomparables artefactos literarios

viernes 23 de julio de 2021
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“País portátil”, de Adriano González León
País portátil, del venezolano Adriano González León, es una de esas obras que confrontan al lector con las sutiles e intrincadas propuestas de lo humano.

La experiencia lectora es única de un lector a otro. Cada individuo iniciado desde joven en esta particular actividad de la lectura tiene sus muy personales vueltas de tuerca. En ocasiones no tienen consecuencias significativas. Otras veces es un viaje de iniciación y aprendizaje. Para mí, por ejemplo, fue viaje desigual y azaroso, con muchos obstáculos, pero al final ha resultado una travesía insólita. Me hice lector como pude y he tratado de ser un lector competente en esa concepción que tuvo Vladimir Nabokov, quien escribió que un buen lector es ese que hace uso de la imaginación, tiene memoria, un diccionario y cierto sentido artístico.

A ciencia cierta no es de mi interés si hay libros imprescindibles (o si hay cien libros que es obligatorio leer a lo largo de la vida); no obstante, me apego a esa idea de Jorge Luis Borges que consideraba al libro como uno de los instrumentos más asombrosos creados por el hombre, debido a que es una extensión de la memoria y de la imaginación.

He leído para disfrutar y no por obligación (o por alguna imposición de estudios o trabajo). Leer sin discriminar nada ha sido mi consigna, a tal punto que soy capaz de leer con despierto interés los manuales de los aparatos domésticos e intento no hacerme un lío con esos libros cuya complejidad supera a cualquier curtido lector.

Sin duda que hay libros sin orillas y en los que es trabajoso sumergirse en sus páginas para llegar al nervio de su propósito, al corazón de su historia o a la enmarañada red de las intenciones de sus autores.

Cuando me refiero a eso de artefacto literario lo hago pensando en novelas que en lo personal me presentaron algunos retos como lector.

Existen novelas cuyo trabajo de arquitectura lingüística e imaginativa recuerda bastante a esas máquinas intrincadas con muchos botones, resortes, luces y engranajes. Novelas grandiosas, complejas y elaboradas en difícil. No son libros comunes, sino incomparables artefactos literarios que trascienden (y resisten) tiempo y lecturas; novelas abiertas a todas las interpretaciones posibles.

De joven creía que la perfección novelística la encanaba Thomas Mann. Sus novelas me parecían construidas siguiendo una planificación rigurosa donde todo era medido con exactitud matemática. A pesar de ello Mann no escribió un artefacto literario memorable. Por supuesto que escribió grandiosas novelas, espléndidas narraciones con un estilo cercano a la perfección, pero nunca se atrevió a escapar de la comodidad de la novela como obra de arte.

Cuando me refiero a eso de artefacto literario lo hago pensando en novelas que en lo personal me presentaron algunos retos como lector, pero que me permitieron comprender que a veces la realidad es una gran espiral de dificultades sin belleza alguna y que las grandes novelas a fin de cuentas son exquisitos y elaborados cuentos de hadas.

Por otro lado esos artefactos literarios tienen algunas características comunes. La primera es que en su mayoría son novelas; la segunda podría ser que una buena legión de lectores, incluidos profesores de literatura y escritores, no las han leído en su totalidad, o en muchos casos ni se han molestado en husmear en sus páginas para comprobar si en verdad son tan complejas como las publicitan. Por lo general son libros voluminosos, y en comparación con El viejo y el mar de Ernest Hemingway (o El principito de Antoine de Saint-Exupéry), el lector tendrá que dedicarles algo de tiempo y mucha disposición para entrar en un texto que le impondrá obstáculos y desafíos.

No obstante no siempre novelas voluminosas se convierten en artefactos literarios, y estoy pensando en Guerra y paz, de León Tolstói; Moby Dick, de Herman Melville; La Regenta, de Leopoldo Alas “Clarín”; Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell; La broma infinita, de David Foster Wallace, o algunas novelas de Haruki Murakami. El artefacto literario, aparte del abultado número de páginas, tiene la sutileza de exigirle agudeza mental al lector como si de una partida de ajedrez se tratara.

Por lo general los artefactos literarios hacen añicos la composición de las novelas tradicionales, juegan con la forma, la estructura, el tiempo y el lenguaje. En ocasiones a veces la trama es simple, pero la complejidad reside en el tratamiento de la historia, de los personajes. Son novelas cuya belleza es lenguaje, pero al mismo tiempo está presente una burda carpintería de escritura, una reflexión que cuestiona la novela como género y la mejor manera de concebirla, y a veces son espléndidos collages donde cabe de todo, en lo que a materia textual se refiere. Por esa razón no se pueden definir de forma tajante como novelas, a pesar de que ostentan semejante etiqueta; su arquitectura va más allá de ese sabido esquema.

Escritores, especialistas y legos siempre citan frases (o fragmentos) aunque no hayan olisqueado ni siquiera la contraportada.

Otra característica es que en verdad sus autores son escritores solventes y que cumplen con las facetas enumeradas por Vladimir Nabokov: “Las tres facetas del gran escritor —magia, narración, lección— tienden a mezclarse en una impresión de único y fusionado resplandor…”.

Escritores, especialistas y legos siempre citan frases (o fragmentos) aunque no hayan olisqueado ni siquiera la contraportada. Sin mencionar que una buena porción de profesores de literatura, escritores, veteranos ensayistas y autores primerizos, sin empacho, afirman que no la han leído, y cuando los entrevistan, para salir del paso, se valen de frases robot: “No lo he leído; de seguro es un gran libro escrito para otros, pero no para mí”. “Leí las primeras cincuenta páginas, pero las complejidades lingüísticas y estructurales me aburren, prefiero libros donde me sienta cómodo como lector”. “No lo he leído debido a que soy un lector hembra, en ese sentido desafortunado, misógino y machista empleado para descalificar y definir a cierto tipo de lector que no está dispuesto a desperdiciar neuronas leyendo una novela”.

La lista de estos artefactos literarios no es extensa y se podría iniciar con El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra; Gargantúa y Pantagruel, de François Rabelais; ¡Absalón, Absalón!, de William Faulkner; El Rodaballo, de Günter Grass. No puede faltar Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne; La vida, instrucciones de uso, del escritor Georges Perec. Una novela insoslayable debe ser Paradiso, de José Lezama Lima. Gran Sertón: Veredas, de Joao Guimarães Rosa; Ulises, de James Joyce; Bajo el volcán, de Malcolm Lowry; Dos pájaros a nado, de Flann O’Brien; de Arno Schmidt, su novela Zettel’s Traum (o El sueño de Zettel). De nuestro patio local: Abrapalabra, de Luis Britto García, y País portátil, de Adriano González León. Quizás se pueden incluir otros títulos y cada lector podrá elegir los que le apetezca.

No es un delito no terminar una novela. Pero lo que sí parece un juicio equivocado es someter al ostracismo a determinadas novelas por sus intrínsecas complejidades o por las razones que sean. Además cada lector es libre de emitir juicios críticos de los libros leídos. Mark Twain dijo: “Cada vez que leo Orgullo y prejuicio me entran ganas de desenterrar a la autora y golpearle en el cráneo con su propia tibia”. Paulo Coelho ha dicho: “El Ulises de Joyce hizo mucho mal a la literatura porque nadie lo ha leído, pero todo el mundo dice que lo ha leído”. Julio Cortázar en una carta a su editor le escribe desde París: “Che, ¿vos leíste a Arno Schmidt? Es un alemán que se nos parece un poco, es decir que es terriblemente intelectual y al mismo tiempo está más vivo que un gato de azotea”.

Las novelas que revitalizan el arte de narrar van a las profundidades tanto de las relaciones humanas como del arte creado a través de las palabras.

El escritor británico Nick Hornby, como participante en un festival literario, expuso su idea de hacer una gran fogata pública y quemar todos los libros difíciles de leer. Esto por supuesto es publicidad nazi de baja ralea. En lo personal no creo que haya libros complicados, sino lectores que en la vida (y en la lectura) quieren que todo se resuelva con cierta ligereza frívola, evitando todo trauma y así todos felices. No obstante la función de la novela no es amargarle el día al lector, y busca más bien confrontarlo con las sutiles e intrincadas propuestas de lo humano. Juan Gabriel Vásquez ha escrito: “Las novelas son sondas morales. Las enviamos a lugares oscuros o desconocidos; las iluminaciones que nos traen nos permiten un renovado aprendizaje del mundo, de sus complejidades y las nuestras, de la ambigüedad, multiplicidad e inestabilidad de nuestro carácter”.

La novela ligera (o estilo parque de diversiones mitológicas) pierde fuelle y sonoridad cuando es pasto del cine o de las series televisivas. Además este tipo de novelas trata en lo posible de no crearle problemas al lector. Pero las novelas que revitalizan el arte de narrar van a las profundidades tanto de las relaciones humanas como del arte creado a través de las palabras, o como lo ha escrito Milan Kundera: “El espíritu de la novela es el espíritu de la complejidad. Cada novela le dice al lector: Las cosas son más complicadas de lo que tú crees. Esa es la verdad eterna de la novela que cada vez se deja oír menos en el barullo de las respuestas simples y rápidas…”.

Cada autor de estos artefactos ha tratado de dar lo mejor a la hora de escribirlos y en retribución sólo espera dos o tres lectores (a lo sumo) dispuestos también a dar lo mejor, para que ocurra ese asombroso juego de espejos que se llama literatura.

Carlos Yusti
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