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Síndromes

viernes 6 de agosto de 2021
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Síndromes, por Carlos Yusti
La gran literatura hace estragos en la realidad cuando el escritor juega con las palabras desde ese abismo. El doble secreto (1927), de René Magritte

Pierre Menard, el sempiterno personaje imaginado por Jorge Luis Borges, era un escritor que creó una obra visible, de fácil enumeración por lo breve, y otra un tanto oculta, o subterránea, a decir de su creador: “…tal vez la más significativa de nuestro tiempo, consta de los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte de Don Quijote…”. El proyecto de Menard no era escribir un Quijote “actualizado” y Borges acota: “No quería componer otro Quijote —lo cual es fácil— sino el Quijote (…). Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran —palabra por palabra y línea por línea— con las de Miguel de Cervantes”.

Este síndrome Menard, crear desde cero lo ya creado, ataca a determinados escritores y sobre todo a traductores. La hija de James Joyce lo padeció hasta su extremo más doloroso. Lucia Joyce bastante joven fue presa de ataques de rabia incontrolables. Las visitas a especialistas y psiquiatras no resolvieron gran cosa. Joyce escribió: “Cualquiera que sea mi chispa de genio, ésta ha sido transmitida a Lucia y ha prendido fuego en su cerebro”. Lucia despuntaba como bailarina, pero su carrera fue frustrada por su entorno familiar. Como era de esperarse fue una de las primeras lectoras del Ulises. Lógico: también escribía. Sobre todo cartas a su padre y al que fue, al parecer, su gran amor, Samuel Beckett. En ese tiempo Beckett era un joven cuya prioridad era descubrir su estilo como escritor. Un día le dijo a Lucia que en verdad no la visitaba a ella, sino a su padre.

A Lucia la diagnosticaron como esquizofrénica. Carl Jung fue uno de los médicos que la trataron y en una de sus sesiones la chica le aseguró que superaría la fama de su padre. Joyce le facilitó los escritos de Lucia a Jung. Luego éste le comunicó a Joyce que la joven escribía profusamente, pero que todo ese montón de palabras era sólo una amalgama confusa sin estructura lógica, como si escribiera un sueño. Según Jung la hija de Joyce era su anima inspiratrix, lo que llevó a su padre a no aceptar la locura de su hija. Al parecer si Joyce hubiese admitido como acertado el diagnóstico, habría sido como admitir que él también era presa de una psicosis no diagnosticada. El dictamen de Jung fue categórico: “Donde Joyce podía bucear, ella se ahogaba”. Se ha dicho desde entonces que esa escritura confusa de su hija Lucia le serviría a Joyce para narrar la nebulosa e impalpable historia del soñador de Finnegans Wake.

Bolívar Coronado fue a la postre muchos escritores hasta que se perdió por completo en la selva de los muchos nombres que utilizó.

El escritor Agustín Fernández Mallo, presa del mismo síndrome, escribió un libro, El hacedor (de Borges), remake. Un abierto homenaje al libro El hacedor, editado en el año 1960 por el escritor argentino. Mallo hace otro libro, que es el mismo, pero distinto y con la impronta inconfundible de picaresca y calaverada intelectual que el mismo Borges practicó en su propia obra. El hacedor (de Borges), remake, escrito por Mallo no le hizo ninguna gracia a los herederos de Borges y se produjo todo un proceso legal hasta que el libro fue retirado de circulación para devenir en una curiosidad literaria tan osada y fantástica como la ejecutada por Menard.

También tenemos el síndrome Bolívar Coronado, que hace justicia y memoria al escritor de la letra del Alma llanera, Rafael Bolívar Coronado. Saltimbanqui y escritor cuya única preocupación en la vida fue escribir, a pesar de todos los vientos adversos, pero a la par estuvo centrado en hacer trampas, en cubrir sus actividades literarias con el papel celofán de las triquiñuelas más aviesas. La literatura para Bolívar Coronado sólo fue una sagaz picaresca. Al escritor, nacido en Villa de Cura, le inquietó siempre “quitarle las telarañas a las muelas”, como él mismo lo escribió, con el oficio de la escritura que dominaba con incuestionable genio.

Nunca estuvo interesado en escribir una obra con el sello de perdurable. Le gustaba ese performance de lo efímero. Esta compulsión de sabotear su propio trabajo literario, de urdir trampas creando antologías poéticas (con algunos poetas inventados) o de escribir libros fraudulentos, para endosárselos a escribas del pasado colonial, producto de su afiebrada imaginación, tiene todos los síntomas de una insania potencial desmesurada.

Sin mencionar su obsesiva excentricidad de utilizar seudónimos para escribir. Se le han contabilizado más de seiscientos nombres, cifra que convierte a Fernando Pessoa en aficionado mequetrefe. Bolívar Coronado fue a la postre muchos escritores hasta que se perdió por completo en la selva de los muchos nombres que utilizó. Hoy se le recuerda como una caricatura de las letras nacionales, especie de estampita colorida que nos recuerda que la literatura puede ser una gran mueca entre la trampa y la parodia, pero que muchos se toman demasiado a pecho, con academia y rigidez cadavérica incluidos.

El síndrome Bolívar Coronado lleva implícita la trampa más el seudónimo más la inventiva plagiaria más el saboteo a la propia obra. Este síndrome ataca mucho a profesores universitarios de literatura quienes se apropian, sin empacho, la tesis de sus alumnos. Lo padeció por un tiempo el actor Javier Vidal, que se “apropió” de unos textos de unos autores ingleses para escribir algunos de sus libros. El poeta Harry Almela, en su texto “Las ‘glosalalias’ de Javier Vidal o de cómo arcabucearse a Duvignaud”, demostró que el plagio en Vidal era una práctica recurrente. También lo padeció el excelso intelectual y ensayista Ludovico Silva. Federico Riu demostró que Silva había plagiado el diccionario Bompiani para uno de sus textos escritos para la prensa y desató una famosa polémica.

Bazlen es lo que llama Vila-Matas, con meridiana justicia, “escritor sin obra”. Para huir de la escritura se aferró a la lectura con una pasión absorbente.

El libro Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas hace un compendio novelado y ensayístico de esos escritores que han decidido no hacerlo. Escritores del no, esos escritores que han renunciado a hacerlo dejando a la vista el síndrome Bartleby.

Bartleby es un personaje creado por Herman Melville, para más señas escribiente en una oficina en Nueva York, que un día le dice a su jefe: “Preferiría no hacerlo”. Roxana Ivette Zermeño Rivas escribe: “Este rompimiento con el sentido común ha llevado al ‘preferiría no hacerlo’ (I would prefer not to) a convertirse en una frase icónica de la literatura, y que, a más de un siglo de haberse escrito, continúa vigente en camisas, tazas, pines, en las almas silenciosas de los oficinistas del siglo XXI que no se atreven a gritarlo…”.

A Roberto Bazlen, ágrafo y monstruoso lector, se le incluye como el espécimen ideal aquejado del síndrome Bartleby, aunque en lo personal creo que él es un síndrome en sí mismo: el síndrome Bazlen.

Bazlen es lo que llama Vila-Matas, con meridiana justicia, “escritor sin obra”. Para huir de la escritura se aferró a la lectura con una pasión absorbente. Escribió cartas al poeta Eugenio Montale en donde deja en claro su fogosidad perversa para con los libros que leyó. Se le recuerda como un individuo de espíritu retorcido que se ocupaba de las vidas de los demás, inmiscuyéndose siempre en las vicisitudes existenciales de los otros y enredándolo todo de tal forma que amigos y conocidos trataban de evitarlo. Sólo se ocupaba en leer y luego para descansar se iba al cine, su otra pasión. Para muchos era sólo una especie de fracasado portátil con una mente veloz y cortante. El recién fallecido Roberto Calasso, editor y escritor, lo escribió: “Bazlen tenía una velocidad mental como no he vuelto a encontrar”.

Este no-escritor era originario de Trieste y nació en el año 1902. Se le daban bien los idiomas y dominaba bastante el alemán; además Trieste en ese tiempo era un foco multicultural dinámico y esto le permitió a Bazlen leer las mejores obras literarias de su momento, incluso antes de ser publicadas. Era un holgazán a tiempo completo y aunque tuvo bastante paréntesis de ocio nunca se sentó a escribir de manera sistemática. En algunas de sus cartas anotó: “No escribo libros. Casi todos los libros son notas a pie de página hinchadas en volúmenes. Yo sólo escribo notas a pie de página”. Y eso fue lo que hizo en las pocas cartas e informes que escribió.

Para algunos escritores fue una figura patética, pero Calasso le concede algún mérito al declarar en alguna entrevista: “…fue el hombre que concibió el programa editorial de Adelphi, donde han publicado Malaparte, Manganelli, Sciascia, Gadda o Croce, entre otros grandes escritores italianos e internacionales”.

Quizás Bazlen no escribió debido a que leer es también, muy en el fondo, una manera de escribir desde esa orilla imprecisa en la cual la literatura es a fin de cuentas una nota al pie perdida en ese vasto universo de la letra impresa (o virtual con esto de la Internet).

El síndrome vacío perfecto es uno de los más curiosos y atractivos. Borges escribió en su libro de ensayos Historia de la eternidad una reseña crítica referida a una particular novela, El acercamiento a Almotásim, de un autor indobritánico. El breve texto hace gala de una serie de argumentaciones críticas y noticias bibliográficas de una novela escrita por un tal Mir Bahadur Alí. Es una típica e intrascendente reseña de libros con el único atractivo de que la novela en cuestión no existe, o bueno, sí existe en la libresca imaginería de Borges. En fin, el escritor de obras de anticipación y ciencia ficción Stanisław Lem toma el testigo de Borges y gira un poco más la tuerca y escribe un libro, Vacío perfecto (1971), el cual forma parte de una tetralogía filosófica y metaliteraria conformada por otros tres volúmenes: Magnitud imaginaria (1973), Golem XIV (1981) y Provocación (1982).

Key-Ayala se aventuró a reseñar sobre libros inexistentes, dejando en claro que era un adelantado proverbial e inaudito.

Al parecer Lem llegó a un punto de agotamiento, no en cuanto a temas se refiere, sino en plasmar en novelas y cuentos todos los argumentos que se le ocurrían. Sabía que escribir una novela necesita tiempo y energía, y al parecer ya no tenía ni el entusiasmo ni la fortaleza requerida para enfrascarse en un trabajo de escritura constante. Lem lo dijo en una entrevista: “Con la edad me he vuelto algo impaciente y ya no soportaba la dura labor artesanal inherente a ser un fabulador, pues convertir una iluminación, una fulguración que cruza por tu mente, en obra literaria, requiere mucho esfuerzo, pero no sólo mental, sino también físico”. El libro Vacío perfecto recopila una frenética colección de reseñas de libros que no existen, tanto científicos como literarios, que exploran de alguna manera las vastas regiones de la imaginación como si del universo se tratara. Todo la información sobre los libros es un magnífico artificio, una depurada ficción de inigualable delicadeza y acrisolada subversión tanto de la literatura como de esa noción tan estrecha que de ella tenemos.

Santiago Key-Ayala padeció este síndrome, lo que le permitió escribir un conjunto de estudios y ensayos sobre libros inexistentes, nonatos, quiméricos y abortados o que estuvieron rondando en la cabeza de algunos escritores, pero nunca se concretaron. En los Cateos de bibliografía de Key-Ayala escribe: “¿Cómo nacen los libros quiméricos, o mejor los títulos que los representan tras los cuales nada hay de efectivo? De un cronista insolvente, de un biógrafo entusiasta. Un apunte, una cita, una referencia, los bautizan sin que hayan nacido. Ya en letra de molde, el nombre del libro nonato es traído y llevado por los repartidores de buena fe y el fantasma, si es de autor reputado, se instala en las letras por espacio de años”. Key-Ayala se aventuró a reseñar sobre libros inexistentes, dejando en claro que era un adelantado proverbial e inaudito.

De manías, síndromes y demás estercolero de patologías está infectado el gran pantano de la literatura. Es difícil cruzarlo sin que alguna idea fija se te adhiera a la piel. La gran literatura hace estragos en la realidad cuando el escritor juega con las palabras desde ese abismo, en el que las patologías son una pulsación oculta, un delirio bajo la manga para perder todas las partidas en ese juego que unos llaman literatura y que otros conciben como un múltiple proyecto de alucinaciones explicadas.

Carlos Yusti
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