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El malogrado cuento de Harold Bloom

lunes 6 de septiembre de 2021
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Harold Bloom
La selección de autores hecha por Bloom en Cuentos y cuentistas. El canon del cuento sigue un sendero caprichoso, con innumerables baches y desvíos.

Para un buen número de escritores el cuento representa como género un reto más apremiante, en apariencia, que una novela, un poema o un ensayo. Mientras en los otros géneros el escritor puede darse el lujo de escribir páginas, versos o frases desiguales y subalternas, en el cuento, por el contrario, necesita emplearse a fondo con un dispositivo que requiere de exacta precisión creativa.

Un escritor como Jorge Luis Borges depositó toda su imaginación (un tanto libresca) en el ensayo y en el cuento. Para el escritor existían varias razones para desdeñar la novela y asumir el cuento desde esa relojería de lo fantástico con nota al pie, o como lo expresó en una entrevista: “Hay diversas razones para que yo no escriba una novela; una es que nunca he sido lector de novelas fuera, digamos, del Quijote; (…) y además siento que en la novela siempre hay algo de ripio: en toda novela siempre hay algo que se escribe para justificar, como dicen en las imprentas, la obra; en cambio, un cuento puede no admitir ningún ripio”.

Borges cuando hablaba sobre sus cuentos empleaba la palabra cuento entre comillas, debido a que en su narraciones los géneros como el ensayo y la poesía se imbricaban en la narración de manera sutil. Aunque también afirmaba: “El tema de los géneros es lo de menos. Croce creía que no hay géneros; yo creo que sí, que los hay en el sentido de que hay una expectativa en el lector. Si una persona lee un cuento, lo lee de un modo distinto de su modo de leer cuando busca un artículo en una enciclopedia o cuando lee una novela, o cuando lee un poema. Los textos pueden no ser distintos pero cambian según el lector, según la expectativa. Quien lee un cuento sabe o espera leer algo que lo distraiga de su vida cotidiana, que lo haga entrar en un mundo, no diré fantástico —muy ambiciosa es la palabra—, pero sí ligeramente distinto del mundo de las experiencias comunes”.

El cuentista es una especie de astrónomo que puede descubrir regiones inexploradas de ese universo de todos los días.

Lograr ese mundo levemente distinto, que deseche en algo lo común cotidiano, es lo que llena de complejidad la creación del cuento. Para Julio Cortázar el cuento no era un espacio para que el escritor paseara su talento y su experiencia; debía dejar cualquier distracción debido a las exigencias de espacio y de tiempo que el cuento requería, o como lo escribió Cortázar: “El cuentista sabe que no puede proceder acumulativamente, que no tiene por aliado al tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario. Y esto, que así expresado parece una metáfora, expresa sin embargo lo esencial del método. El tiempo del cuento y el espacio del cuento tienen que estar como condensados, sometidos a una alta presión espiritual y formal…”.

Además para Cortázar lo excepcional del cuento no estaba simplemente en ese recurso de lo fantástico para capturar el interés del lector. Por otro lado el cuentista es una especie de astrónomo que puede descubrir regiones inexploradas de ese universo de todos los días, o como él lo ha escrito: “A mí me parece que el tema del que saldrá un buen cuento es siempre excepcional, pero no quiero decir con esto que un tema deba ser extraordinario, fuera de lo común, misterioso o insólito. Muy al contrario, puede tratarse de una anécdota perfectamente trivial y cotidiana. Lo excepcional reside en una cualidad parecida a la del imán; un buen tema atrae todo un sistema de relaciones, conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una inmensa cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que flotaban virtualmente en su memoria o su sensibilidad; un buen tema es como un sol, un astro en torno al cual gira un sistema planetario del que muchas veces no se tenía conciencia hasta que el cuentista, astrónomo de palabras, nos revela su existencia…”.

“Cuentos y cuentistas. El canon del cuento”, de Harold Bloom
Cuentos y cuentistas. El canon del cuento, de Harold Bloom (Páginas de Espuma, 2009). Disponible en Amazon

Harold Bloom recopiló en un libro sus investigaciones sobre el cuento: Cuentos y cuentistas. El canon del cuento. El libro es decepcionante por lo caprichoso en la selección de los cuentistas. En su introducción ya Bloom advierte que incluye comentarios sobre treinta y nueve maestros del cuento; lamenta la ausencia de Alice Munro, Saki, Edna O’Brien, A. E. Coppard, Frank O’Connor, Katherine Mansfield y otras enormes figuras anteriores como E. T. A. Hoffmann, Kleist, Tolstoi, Léskov y Hardy, entre muchos otros. Pero entonces incurre en el desvarío antojadizo de incluir a Hans Christian Andersen, Thomas Mann, Italo Calvino o Lewis Carroll. Autores por supuesto relevantes, pero los cuales hacen importantes aportes decisivos en la novela, o en esos juegos inventivos sin tiempo.

La inclusión de Andersen tiene una acotación bastante peculiar de Bloom: “Personalmente no encuentro ninguna diferencia entre la literatura infantil y la buena o magnífica literatura para niños extraordinariamente inteligentes de todas las edades. J. K. Rowling y Stephen King son escritores igual de malos, oportunos titanes de nuestra nueva Era Oscura de las Pantallas: ordenadores, películas, televisión. Uno sigue incitando a los niños de todas las edades a que lean a Andersen y a Dickens, a Lewis Carroll y a James Joyce, en vez de a Rowling y a King”. Loable labor, pero lo que no pareció entender Bloom es que hoy día los jóvenes se alejan mucho más rápido de la lectura, y si algunos pocos comienzan leyendo a autores segundones es ya un logro. Cada lector se inicia como puede en la lectura. En lo que a mí respecta lo hice con las novelitas vaqueras, pero después cada lector va afinando sus gustos y en el encuentro con los clásicos se hace inevitable. Que lean manga, suplementos de superhéroes, que lean a Rowling y compañía, pero que vayan adquiriendo la rutina de leer de forma creciente.

En la pringosa selección de Bloom claro que están Borges y Cortázar, pero no están ni Horacio Quiroga ni Augusto Monterroso. La ausencia de Saul Bellow es lamentable, y sólo por su cuento “Algo por lo que recordarme”, debería estar allí. Con respecto a Ernest Hemingway menciona el cuento “El viejo en el puente”, pero en lo personal su cuento magistral sería “El gato bajo la lluvia”, donde lo dramático está sugerido y vaporoso. Sobre Cortázar se queda con “Bestiario” y escribe que es un “cuento definitivo no tanto por su tigre fantástico sino por cómo presenta sutilmente y llena de matices la pasión que Isabel siente hacia Rema, una pasión que se vuelve homicida y que destruye a su sádico tío por medio del tigre”. En lo que respecta a Borges elige tres cuentos: “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “La muerte y la brújula” y “Pierre Menard, autor del Quijote”. Bloom escribe que Borges ofrece en su relatos una buena porción de imágenes que dicen más de su sicología gnóstica que del mundo que le rodea, “pero aquí sólo se mirará el espejo, el laberinto y el compás”. Bloom se queda con lo trillado, con ese lugar común manoseado hasta la saciedad por profesores y tesistas.

La selección de autores por Bloom sigue un sendero caprichoso, con innumerables baches y desvíos, lo que me recuerda mucho las distintas selecciones de cuentos realizadas por algunos escritores, en nuestro patio local, algunas de las cuales incluyen “El diente roto” de Pedro Emilio Coll y en otras lo desaparecen sin anestesia, dejando de lado su perfección. La novela Forrest Gump de Winston Groom tiene un tema similar, pero sin el refinado sentido de ironía, simplicidad y brevedad de Coll. Además, un buen cuento es ese que el escritor pierde para siempre, debido a que los lectores se han apoderado de él y que lo siguen escribiendo (o contando) a su modo como si fueran ellos los autores.

Es un misterio que Bloom en el libro no escriba sus teorías con respecto al cuento, ni qué parámetros utilizó para selección tan desequilibrada e incompleta.

Esta selección hecha por Bloom tiene enormes fallas, aunque compensadas en algo con los breves comentarios a veces bastante cuadriculados, pero de gran lector, sobre los autores y cuentos seleccionados. Para un lector avezado este libro será un arqueo con autores más que leídos, cero sorpresas. Para los que se inician tendrán un inventario incompleto para iniciarse en ese universo inigualable del cuento.

Este libro de Bloom es torpe y como escrito para cumplir con la editorial interesada más en la venta que en la literatura. Un libro con mucho maniqueísmo profesoral y escrito sin pasión crítica alguna. Tarde o temprano cada escritor concibe esa obra límite en la cual se concentra más la carpintería del hastío que el redoble pujante de la pasión creativa. Este libro de Bloom podría ser la obra límite de este crítico que al final fue considerado por muchos colegas como un crítico cuyos juicios carecían de importancia y peso alguno.

Es un misterio que Bloom en el libro no escriba sus teorías con respecto al cuento, ni qué parámetros utilizó para selección tan desequilibrada e incompleta. Como un ejercicio de contrición debió dedicarles un aparte jugoso a los excluidos y todos felices. En suma este “cuento” sobre el cuento y algunos cuentistas resulta apresurado, carente de magia y no cumple con esa regla significativa de un buen cuento, que en las primeras frases debe despertar el interés del lector, despertar su curiosidad hasta la madrugada siguiente, y en esto Sherezade sentó las bases de lo que podría ser una interesante narración.

Teorías sobre el cuento hay muchas. Manuales para escribirlos también hay unos cuantos. En la introducción del libro Del cuento y sus alrededores: aproximación a una teoría del cuento, compilación de Carlos Pacheco y Luis Barrera Linares, hay una frase ilustrativa de Pacheco: “La teoría del cuento se debate así intentando apresar un objeto tan escurridizo que llega a ser pensado como inefable”. No es casual que Bloom escriba que el cuento no tiene ningún Homero o Shakespeare, ningún Dickens o Proust, destacando con ello la ausencia de un escritor emblemático del género. Y quizá no lo hay debido a que el cuento es algo inherente al hombre. Necesitamos historias cortas para armar ese gran rompecabezas de nuestra travesía humana a lo largo del tiempo.

Hay cuentos en verdad que resisten todo los embates, que se ramifican en nuestro interior como un frondoso árbol que ofrece al lector frutos de exquisito sabor, aparte de una sombra espléndida. Lo escrito por Cortázar es paradigmático: “Todo cuento perdurable es como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco. Ese árbol crecerá en nosotros, dará su sombra en nuestra memoria”. El ideal de un buen cuento sería que cuando éste haya concluido comience en aquel que lo ha escuchado/leído y que lo impulse a contarlo de nuevo con todas las variantes y adiciones posibles.

Carlos Yusti
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