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La familia al habla

lunes 4 de octubre de 2021
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La familia al habla, por Carlos Yusti
En lo personal siempre me acompaña la palabra locha, que designaba una moneda que tuvimos y la recuerdo con nitidez debido a que me tragué una cuando tenía seis años.

Se comienza a tenerle amor a las palabras en la familia; es decir, se le toma el pulso al trabajo creador e imaginativo con las palabras a partir del habla diversa y descolocada (en el sentido gramatical y sintáctico) que se intercambia entre los distintos componentes del seno familiar.

Cada familia vuela en su nave léxica particular, tiene una manera propia de crear un conjunto de palabras que forman parte de su patente exclusiva. Algunas son herencias ancestrales que han pasado por generaciones, de forma oral, y luego son remozadas, restauradas y puestas en limpio por la familia actual, que las rescata. Otras palabras vienen del espacio exterior, de la calle, el mercado, la televisión, etc., y cada familia las amolda a su manera para darles usos prácticos y sonoros distintos, hasta despojarlas de cualquier identidad foránea o de ese inconfundible y fuerte olor callejero.

Para mí la infancia es siempre el recuerdo de una palabra, de ese especial olor de una comida preparada por mamá o de una rabieta, adornada con un jardín colorido de groserías, de mi padrastro, que de paso era español. También estaban las expresiones sobreactuadas, de las revistas de chismes sobre la farándula criolla, que utilizaban mis hermanas. Uno se ha forjado en esa habla familiar cuyos defectos, errores y horrores forman parte especial de esos accesorios que se guardan con celo en la pequeña valija del espíritu.

Para Ginzburg la familia también es un habla, un mercado especial de palabras y expresiones que dibujan el perfil de su entorno familiar.

La novela Léxico familiar, de Natalia Ginzburg, narra a través de su entorno familiar fogonazos de la infancia y juventud de la escritora. Para Ginzburg la familia también es un habla, un mercado especial de palabras y expresiones que dibujan el perfil de su entorno familiar, donde lo cotidiano adquiere un brillo especial gracias a las palabras que su familia emplea para comunicarse y mantenerse como en un coto resguardado por esas expresiones tan particulares que van tejiendo las emociones más simples, pero significativas. En la novela se puede leer algo como esto:

Cuando yo era pequeña y vivía en casa de mis padres, si mis hermanos o yo volcábamos un vaso encima del mantel o se nos caía un cuchillo, mi padre tronaba: “¡No hagáis groserías!”. Si mojábamos el pan en la salsa, gritaba: “¡No rebañéis los platos! ¡No hagáis mejunjes!”. Los cuadros modernos también eran, según mi padre, cochinadas y mejunjes; no los podía soportar.

Elena Medel escribe: “Ginzburg se regodea en el detalle, abre paréntesis en la trama fundamental, expone a esa mujer que aprende a vivir conforme la vida transcurre. La autora construye el refugio de la casa familiar, se sonríe de la torpeza del hogar de los suyos y de ese léxico que une a la tribu y aleja a los indeseados…”.

La poeta y narradora Morelva Oropeza efectúa un recorrido similar por las palabras utilizadas en su familia cuando una amiga le pide información sobre la palabra mandevil, que aparece en “La i latina”, un cuento de José Rafael Pocaterra. Morelva en un texto aclara la palabra, pero esto le permite llevar a cabo su propio recorrido por el habla familiar:

La búsqueda de “mandevil” me trajo, por asociación, algunas expresiones que he heredado por mi lado materno, y que a veces utilizo ignorando su ortografía y su etimología. Como ejemplo de ello podría citar la palabra “mava” o “maba”. En mi casa, cuando la música era tan estruendosa que atormentaba, solíamos escuchar a mi mamá decir “apaguen esa maba”. Al preguntarle a ella, ahora, por su significado, me respondió lo siguiente: “¿Has oído el ruido que hacen centenas de abejas alrededor de un panal? Eso es una maba”. Para escribirla aquí correctamente desde luego acudí a los mismos sitios en que busqué “mandevil”. La investigación sólo arroja como resultado la existencia del término para significar una planta, además de una etnia minoritaria que habita en Sudán.

Las groserías del repertorio de mi padrastro español eran procaces y comunes: “Me cago en la hostia” y otras de peor talante. Mi hermana Muñeca de bebé aprendió a hablar diciendo groserías de todos los calibres. De adulta se convirtió en una mujer tímida que cuida sus expresiones. Cuando mis tres hermanas y yo convertíamos la sala familiar en un inigualable campo de batalla, nuestra madre repetía su frase predilecta: “Un día dejo todo y me largo bien lejos a la Conchinchina”.

Para mí la Conchinchina debía ser un lugar remoto de intrincado acceso. Creía que era un lugar inventado por mi mamá así como La Mancha de Miguel de Cervantes o la Costaguana de Joseph Conrad. Laura Ferrero ha escrito en un artículo que la Conchinchina ha sufrido una doble desaparición. Primero como frase hecha y segundo como lugar geográfico, ya que hoy no designa ningún sitio real. Ferrero acota:

Pero la Conchinchina existió. Fue una colonia de la Indochina francesa. Los franceses bautizaron como La Cochinchine a aquella región que ocupaba el delta del río Mekong, una zona muy fértil donde hoy se encuentra la ciudad más poblada de Vietnam, Ho Chi Minh, que antes se llamaba Saigón. El término empezó a ser conocido a partir de 1887, en el momento en que Francia se anexionó el sur de Vietnam, una aventura militar a la que España también se sumó y mandó tropas durante al menos cinco años. Todavía hoy un dato permanece oculto: nadie sabe con exactitud en qué momento los españoles añadimos una “n” de regalo para que su pronunciación fuera más fácil.

Mi hermana Miriam, que me obsequió mi primera máquina de escribir portátil, empleaba una expresión burda cuando yo la sacaba de quicio: “¡Noesnosinoay!”. Ese galimatías debía significar que me olvidara de lo que estuviese haciendo, si no debía atenerme a las consecuencias y ese ay presagiaba algo no muy halagador. Mi madre, por su lado, cuando me encerraba por horas a golpear la máquina de escribir, me gritaba: “¡Deja la escribidera y sal de ese cuarto y busca qué hacer!”.

La palabra escribidera era una degradación insultante del trabajo de escritura y lo que buscaba mi madre era que me dejara de majaderías y buscara un empleo de verdad en el que recibiera algún salario. Por suerte he efectuado todos los trabajos posibles, pero no he dejado la escribidera para orgullo de mis hermanas. También con ellas al jugar el palito mantequillero (o el escondido) empleábamos nuestra jerga particular y así la palabra zocotroco, que significaba “estás listo, te gané”. Cuando decían “deja el rempujinche”, lo que querían expresar era que ya no las empujara con violencia.

Esto de las palabras del entorno familiar quizá resulte baladí, pero el lenguaje va imbricado de alguna forma con nuestra inteligencia.

En lo personal siempre me acompaña la palabra locha, que designaba una moneda que tuvimos y la recuerdo con nitidez debido a que me tragué una cuando tenía seis años. En el anverso, en la parte del centro, el escudo nacional simplificado, con un caballo galopando hacia la derecha mirando hacia la izquierda. En la parte superior del escudo, en forma de arco, siete estrellas, alrededor y en mayúsculas “República de Venezuela”. Debajo del escudo, el año. El reverso: formado por dos ramas de laurel de doce hojas y dieciocho frutillas, enlazadas por una cinta. En el centro, el valor en mayúsculas: 12½ céntimos.

Por mi parte, con mi familia recuperé la palabra currunco. Fue utilizada por la madre de mi esposa cuando le hacía arrumacos a los bebés. Para ella eran “currunquitos”, seres delicados, especie de orugas corrugadas, suaves y mullidas que requerían cuidados. La palabra era una oración de ternura y atención. Hoy forma parte de la memoria familiar con su peculiar resorte amoroso.

Esto de las palabras del entorno familiar quizá resulte baladí, pero el lenguaje va imbricado de alguna forma con nuestra inteligencia. Nuevas palabras y expresiones surgen. Otras se van quedando en el camino como trastos inservibles. Incluso hay palabras que se apagan como la llama de una vela debido a que el objeto al que daban nombre desaparece, como mi estimada locha. No obstante, nuevos adminículos y máquinas son creadas y con ellas sus respectivos nombres. De la máquina de escribir pasamos al procesador de palabras y luego a la computadora personal. Palabras como wifi, Web, Internet, Covid, se incorporan a nuestra vida cambiando todos sus parámetros.

Las palabras que se deslizan en nuestra cotidianidad, con relajada despreocupación, tienen detrás una historia de evoluciones y mutaciones asombrosas. En cada familia se cultivan palabras únicas, son su música especial, su identidad, y la manera de expresarlas son un lazo de ideas y sentimientos que ata para siempre a todos los involucrados.

Carlos Yusti
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