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Los libros “otros”

domingo 17 de octubre de 2021
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Los libros “otros”, por Carlos Yusti
Al final sólo queda ese libro otro pasando de mano en mano, de remate en remate hasta que termina en alguna biblioteca personal acumulando polvo y ninguneo. Fotografía: Dayan Rodio • Pexels

En las bibliotecas personales están, por lo general, los libros de libros, los clásicos infaltables, los libros basuraimpresa, los best-sellers, los libros raros (o curiosos), los libros sobaco ilustrado, que se llevan bajo el brazo a todos lados; los libros malditos, los libracos (por el peso y tamaño), los libros tedio (sin ritmo alguno), los libros equis (o carentes de sustancia), los libros normales y los otros libros. No obstante existen unos que no encajan en ninguna categoría, libros que nadie sabe cómo llegaron a la biblioteca, especie de singularidades editoriales. Obras que perfectamente podrían denominarse como los libros otros. Ni tan raros, ni tan extravagantes, pero con un no sé qué que les permite formar un complemento subrayado de las bibliotecas. Estos libros otros se esconden (o pasan inadvertidos), y así como han llegado desaparecen sin dejar rastro de su viaje/huida sin retorno.

Estos libros otros poseen una variada gama de características bastante específicas como que algunos tienen fama de inencontrables; se saben que existen, como los unicornios, pero nadie los consigue y sólo el azar los ubica en el camino. Su rareza estriba en su funcionalidad y pueden ser libros de textos antiguos (y descontinuados), libros de poemas hechos artesanalmente (o impresos con todas las precariedades del caso), y su formatos son a veces insólitos. Otra cualidad es que su autor publicó ese único libro y desapareció sin dejar rastro postal alguno. Dicho libro único apenas tuvo una edición de cien o quinientos ejemplares. Algunos son ilustrados por sus autores (o por pintores sin talento y de poca monta); además las ilustraciones pasan de lo sublime a lo horrendo sin matiz alguno. Por otro lado muchos libros otros tienen portadas francamente insípidas y para nada inspiradas. Son libros que deben su existencia más a la obstinación de sus autores que a la visión apasionada de algún editor. No son libros alternativos ni nada que se le parezca; no hay cuidado de ningún tipo y muchos son editados sin poesía alguna, y los descuidos abundan a la par de los más elementales errores ortográficos y tipográficos. Estos libros otros tienen dedicatorias, o pensamientos, de sus dueños anteriores, debido a que son libros que casi siempre se consiguen en remates y con suerte muchas veces en la basura.

Los libros otros no son bodrios, sino más bien libros escritos y editados con premeditación alevosa; tampoco son libros rechazados por las editoriales ya que fueron impresos saltando todo vaticinio.

El escritor Richard Brautigan imaginó la biblioteca de los rechazados. En ella se aglutina un buen número de manuscritos que las editoriales decidieron que no reunían los méritos suficientes para ser publicados. Esta biblioteca se hizo realidad gracias a un admirador del escritor y tuvo su primera sede en Burlington (Vermont); luego se trasladó al Clark County Historical Museum de Vancouver. Esta biblioteca Brautigan quizá tenga en ese tumulto de manuscritos desconocidos una obra de gran envergadura, nunca se sabe.

Eso de escribir un niño, publicar un árbol y plantar un libro (o algo parecido) es un apotegma que se repite mucho y hay gente que lo cree en verdad.

Es bien conocida la peripecia, en la cual hay más mito que realidad, de John Kennedy Toole con el manuscrito de su novela La conjura de los necios, que fue rechazada por varias editoriales; al parecer ni se molestaron en leerla. Al final Toole se suicidó sin ver editada su obra y sólo por la insistencia, y santos oficios, de su abnegada madre, que hizo su peregrinaje respectivo por editores, pudo publicarla. Cory MacLauchlin, que trató de apartar el mito de la realidad con el libro Una mariposa en la máquina de escribir: la vida trágica de John Kennedy Toole y la extraordinaria historia de “La conjura de los necios”, expresó en una entrevista que el rechazo no fue el motivo directo del suicidio, sino que su vida fue un tanto compleja y no tuvo la fortaleza requerida para lidiar con esas pequeñas vicisitudes de la existencia las cuales se magnifican desde esa oquedad sombría del fracaso.

Mucha gente escribe un libro de poemas, algunos cuentos o a veces hasta una novela y siente el llamado lunar a editarla. Eso de escribir un niño, publicar un árbol y plantar un libro (o algo parecido) es un apotegma que se repite mucho y hay gente que lo cree en verdad. Lo raro es que algunos se empeñan hasta el cansancio para que su manuscrito muerda las entrañas de las letras impresas; luego a una buena mayoría se les pasa esa delirante fiebre de escribir y publicar. Al final sólo queda ese libro otro pasando de mano en mano, de remate en remate hasta que termina en alguna biblioteca personal acumulando polvo y ninguneo.

Para aclarar, revisaré algunos de esos libros otros que reposan en mi biblioteca. El primero puede ser Antología de telegrafistas poetas venezolanos, cuya compilación y notas estuvo a cargo de Guillermo S. García A, quien ha publicado varios ensayos e incluso una novela. La antología, como escribe su compilador: “De esta galería de telegrafistas poetas que ha estado escondida entre empolvados archivos, en dispersas y viejas publicaciones, y en los engavetados poemarios inéditos, hemos seleccionado treinta personajes, entre los que se han ido y entre los pocos que aún quedan”. Muchos poemas son rimados y buena parte son sonetos. Los ripios y la inspiración se dan la mano en una antología en la que hay inigualables piedras preciosas. El ejemplar que tengo tiene una dedicatoria a su dueña anterior de puño y letra del antologista: “Para Susana Serrato cordialmente”. Firma y fecha: Caracas, 31 de julio de 1992.

Magia blanca

Otro ejemplar podría ser Magia blanca, con un dibujo de portada bastante elocuente: un especie de mago, con sombrero puntiagudo al estilo bruja, manipulando, entre libros y retortas, una bola de cristal. De fondo una ventana con una cortina semiabierta que deja ver una media luna blanca. El libro, especie de folleto grapado, no tiene pie de imprenta. La primera página informa de qué asunto se trata: “La Magia Blanca. Secreta y Adivinatoria para aprender las ciencias no descubiertas con importantes secretos sacados del sabio Alberto El Grande nunca hasta hoy publicados, seguida del Arte Nuevo de Echar las Cartas y De La Baraja Española y completada con una colección de secretos de Física y Química por los célebres tratadistas de magia Spurzheim y Zimmermann”.

Está en el estante una novela policial, El caso 205, de Juvenal Sarmiento. Sobre su autor no hay referencia en el libro y el pie de imprenta indica: “Impreso en Venezuela por: Gráficas Medi, C. A. Caracas, 1961”. Esta novela no se incluye en ninguna parte cuando se habla del género policial en el país. En lo personal creo que es una curiosidad y una revelación. Narrada con estilo ágil, apela a todos los mecanismo del género con un crimen y unos detectives que lo investigan topándose, en el trascurso de la pesquisa, con una serie de problemas que le dan complejidad a la trama.

El caso 205, de Juvenal Sarmiento

Una biblioteca particular con estos libros otros, al estilo de la Biblioteca Babel de Borges, sería imposible, ya que estos libros participan de la marginalidad en todo sentido; además no son obras perfectas ni imprescindibles, ni sus autores están forjados con los metales sonoros de la imaginación.

Libros escritos como espejos para que sus improvisados autores se vean reflejados por un momento. Italo Calvino ha escrito: “A quien le parezca angustiosa esta hipótesis preferirá creer que la página que escribe es un espejo en el que reflejar la imagen de sí mismo: el libro como equivalente escrito de la propia persona en lo que tiene de más profundo, prolongación de la propia individualidad, manifestación de la propia existencia única e irrepetible. Uno mismo como libro que descifrar; el libro como espejo o autorretrato; esta también es una manera de considerar la escritura que marca los comienzos de la cultura moderna…”.

Este deseo de escribir ese espejo/página hoy continúa vivo y cortante. Algunos van a los blogs a dejar fragmentos de sus autorretratos; otros apelan a los libros electrónicos para fraguar esa imagen de sí mismos. Calvino acota que en este gesto la soledad está presente. Primero, esa soledad del escritor apartado escribiendo su manuscrito, y luego de esta soledad surge esa imperiosa necesidad de comunicación, de crear un puente con el otro sin otro trámite que la palabra escrita; aunque todo termine en un libro sin la luz suficiente para deslumbrar, pero con ese temblor innegable de la palabra escrita como la posibilidad de un libro que no se ha escrito, de un libro perdido y olvidado antes que se haya concebido.

Carlos Yusti
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