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A la sombra del yo

domingo 24 de octubre de 2021
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A la sombra del yo, por Carlos Yusti
Escribir es también una experiencia, pero sin duda una de las más extrañas. Fotografía: Bob Price • Pexels

Un amigo, bastante docto y profesor, me aseguró que esas anotaciones que iba desperdigando por la red no eran ensayos. Precisamente, le dije, lo que busco es pintar el mismo paisaje repetidamente como hizo Paul Cézanne con la montaña de Sainte-Victoire. La pintó alrededor de ochentiséis veces. La montaña pintada por el artista francés no se parece a Sainte-Victoire, sino que ésta se parece, de manera distinta, a los cuadros que pintó Cézanne y cuyo motivo insistente es dicho paisaje. Así hago yo. No quiero que mi escrito se parezca a un ensayo, sino que el ensayo, en cuanto forma y estilo, se parezca a lo que escribo. Le recordé también, a mi amigo, al pintor Manuel Cabré, quien hizo lo propio con el cerro Ávila. Cuando uno va a la ciudad de Caracas y mira el Ávila sólo recuerda la belleza sosegada del cerro en los lienzos pintados por Cabré.

El ensayista como escritor ocupa un lugar subalterno en la literatura e incluso se le degrada al rango de escribiente. Para Roland Barthes el escribiente “es un hombre que absorbe radicalmente el porqué del mundo en un cómo escribir”. Por su parte el escritor “termina por reencontrar la pregunta abierta por excelencia: ¿por qué el mundo? ¿Cuál es el sentido de las cosas?…”.

Desde esta perspectiva, el ensayista vendría siendo esa especie de Bartleby, ese escribiente de Herman Melville, que habita esa zona fronteriza del no. Es decir, que no es un creador de literatura, sino un simple comentarista de sus lecturas, un copista encerrado en su cubículo de otras literaturas. Dispuesto a dejarlo todo y a probar suerte con el cuento, la novela o la poesía, que es de alguna manera un no por otras vías.

Jonathan Franzen, en su texto “El ensayo en tiempos oscuros”, escribe:

Si un ensayo es algo que se ensaya —algo arriesgado, que no pretende ser definitivo ni sentar cátedra; algo aventurado a partir de la experiencia personal y la subjetividad del autor—, se diría que estamos viviendo la edad de oro del ensayismo. La fiesta a la que acudiste el viernes por la noche, el trato que te deparó una azafata, tu punto de vista sobre la atrocidad política del día: según la premisa de las redes sociales, hasta el más diminuto microrrelato subjetivo merece no sólo una mera anotación privada —por ejemplo, en un diario personal—, sino ser compartido con los demás.

En este punto Franzen recuerda a Montaigne, inventor del ensayo, el cual desde sus lecturas y los vaivenes de su peripecia humana se traspapelaba en un escrito atiborrado del yo y de citas convirtiendo lo escrito en un espectáculo de subjetividad que tendría sus seguidores, a saber, en Bacon, Voltaire, Hazlitt (Franzen menciona a Emerson, Woolf y Baldwin).

En el mismo texto Franzen acota que la ficción literaria tiene muchos puntos de coincidencia con el ensayo y algunas novelas “llevan el procedimiento del testimonio personal, deliberado y en primera persona, a un nivel desconocido hasta ahora. Sus admiradores más fervientes dirán que la imaginación y la invención son artilugios superados; que habitar la subjetividad de un personaje distinto del autor es un acto de apropiación, incluso de colonialismo; que el único modo de narrar auténtico y políticamente defendible es la autobiografía”. Este ensayo que entremezcla varios géneros tiene, según la visión de Franzen, más lectores. Sin mencionar que ese ensayo de ideas, que intenta dilucidar los intríngulis del presente, está como eclipsado. También en lo personal creo que ese ensayo dispuesto a enseñar algo, a sentar cátedra, está agotado, exhausto. Mucho análisis, mucho profundo estudio, pero la realidad sigue tomando siempre direcciones contrarias.

Para escribir ensayos al parecer se requiere cierta madurez informal.

En Venezuela el ensayo tiene buenos escritores. En lo personal, los ensayistas clásicos como Mariano Picón Salas, Mario Briceño Iragorry, Laureano Vallenilla Lanz, Juan Liscano o Arturo Uslar Pietri no me interesan en lo absoluto. Mis ensayistas son Elisa Lerner, Juan Nuño, Eugenio Montejo, Alejandro Oliveros, Gabriel Jiménez Emán, José Ignacio Cabrujas, Alejando Salas, José Solanes y mis carnales como Pedro Téllez y José Carlos De Nóbrega. Hay en los ensayos de estos autores cierta informalidad que raya en la perfección creadora y su gran defecto, a diferencia de los ensayistas clásicos, es que no aburren, y hay como un viento fresco que despeina todos los prejuicios que pueda tener el lector.

Para escribir ensayos al parecer se requiere cierta madurez informal, o como lo escribió Adolfo Bioy Casares:

Por su informalidad, el ensayo es un género para escritores maduros. Quien se abstiene de toda tentación, fácilmente evitará el error. Con digresiones, con trivialidades ocasionales y caprichos, solamente un maestro forjará la obra de arte. Pero esta cuestión comunica el estudio del ensayo con los problemas centrales de la estética. Hemos creído que la perfección exigía la elegancia de una demostración matemática o la economía, delicada y minuciosa, de una flor: tal vez a una variedad de la perfección corresponda la exigencia, o tal vez podamos hablar, sin énfasis romántico, de bellas manifestaciones de lo imperfecto.

No escribo ensayos, pero trato de que lo que escribo participe de la hibridación de los géneros y todo eso atado, bien atado, descanse bajo la sombra asombrosa del yo. Escribir es también una experiencia, pero sin duda una de las más extrañas. Las palabras tienen ritmo, arte, belleza, y si se combinan con cierta destreza el producto puede ser excepcional. Cuando escribo trato de estar del otro lado del espejo y quizás por eso todo en el texto se percibe sin peso y así las palabras fluyan con cierta delicada música.

Siempre me ha gustado creer que el ensayo es un género elástico, maleable y que se puede manejar al antojo, pero al final éste vuelve a su forma original. Que el ensayo se valga a sí mismo en su informalidad y que el ensayista en el laberinto de su yo escribe como un poseso en sus paredes de las mil y una formas posibles para que el laberinto no aburra y el encierro se haga menos ingrato.

Carlos Yusti
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