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Los pliegues de una almohada

domingo 7 de noviembre de 2021
“La tarea de las palabras”, de José Solanes
La tarea de las palabras, de José Solanes, es un delicioso vademécum en el que los ensayos abordan los temas menos manoseados.

Una periodista me preguntó qué libro me habría gustado escribir y sin darle muchas vueltas dije: La tarea de las palabras, de José Solanes. Y aunque es un libro de ensayos para mí tiene un sonido desacostumbrado, posee una música marcada con los acordes de lo diferente.

El escritor (y siquiatra) José Solanes sin duda hubiese escrito algo sobre el libro Teoría de los pliegues de una almohada, de Georg Christoph Lichtenberg. Imagino que sería un texto de una disparada luminosidad, algo así como un destello de finos hilos luminosos tendidos hacia varias direcciones. O quizás sería un ensayo de elegante filigrana erudita. Digo quizás debido a que Lichtenberg no escribió dicho libro, apenas garabateó el título en uno de sus cuadernos y eso fue todo. Pero conociendo el estilo aforístico y de puñetazo lúcido de Lichtenberg, seguramente sería un libro curioso al que Solanes le habría conseguido senderos insospechados.

Solanes, en el fondo, como ensayista fue un aplicado senderista. Tuvo el tino especial para conectar literaturas y autores por caminos infrecuentes. En su libro La tarea de las palabras hay un texto sobre Gallegos y Lichtenberg. Solanes con gran percepción vincula ese conocido aforismo del autor alemán, “El cuchillo sin hoja, al que le falta el mango”, con la aforística respuesta de Pajarote en el capítulo XII (parte II) de Doña Bárbara.

Solanes era toda una personalidad intelectual. Siquiatra respetado. Escritor para importantes revistas de siquiatría. Participante central de un proyecto literario, fraguado en las entrañas de la colonia psiquiátrica de Bárbula, denominado Nanacinder, especie de revista literaria editada en multígrafo y escrita por pacientes, enfermeras y demás personal del centro psiquiátrico. Como médico trató al legendario Antonin Artaud y con él entabló una amistad más allá de la establecida entre el médico y el paciente. El intercambio de cartas y textos entre ambos así lo certifica.

Siempre fui un lector en paralelo de Solanes, y en sus ensayos de siquiatría, bastante apegados a su profesión, pero también marcadamente cercanos a sus profusas lecturas, esas sutiles conexiones asimétricas de un tema con otras cosas eran como una constante.

Con el libro de Solanes La tarea de las palabras comprendí que el ensayo se podía abordar desde la lectura de otros autores y desde ese abismo de lo inusitado.

Siempre supe que el ensayo requería sin demora algunas vueltas de tuerca. Que eran necesarios varios ajustes a una maquinaria antigua, pero que los académicos, de las especies más variadas, habían convertido en escalafón para abultar el currículum o en soporífero texto para revistas arbitradas. El ensayo tenía más de ruido de fondo que de creación autónoma con infinitas posibilidades de crear una música creativa. Al ensayo le faltaba algo de luz para sonámbulos despiertos, le faltaba esa música incandescente para devolverle al género un nuevo respiro para que incluso los objetos con todo y lector salgan al escenario a bailar. Esto, claro, es una urdida exageración. Pero que el ensayo andaba como un buey cansado era un hecho evidente y aquí sin metáfora ni exageración.

Con el libro de Solanes La tarea de las palabras comprendí que el ensayo se podía abordar desde la lectura de otros autores y desde ese abismo de lo inusitado, buscando siempre las uniones de los temas y las ideas con lo inesperado. El libro de Solanes es un delicioso vademécum en el que los ensayos abordan los temas menos manoseados, sin mencionar el inigualable zoológico de asuntos de todas las especies y que son desmenuzados con inigualable virtuosismo estilístico. Además hay una serie de frases que te sacan de las casillas, que mueven todos los goznes: “En esos países como el nuestro en que se tiembla más de miedo que de frío, ¿qué viene a ser la nieve?”. “No basta con ser, hay que ser uno mismo. Y lo primero para ser uno, es no ser dos, ni tres: no caer en muchedumbre”. “Se lee entre líneas. Quizás pueda decirse que también se lee entre libros”. “…los relojes se hallan ciertamente junto al tiempo pero ya sabemos que no están en él: el tiempo fluye sin ellos”. “Que Montaigne citara tanto nunca impidió que se le citara y se le siga citando. ¿No acabamos nosotros de hacerlo? Y es que no se servía de su preciosa red para juntar en sabio montón pensamientos ajenos ni tampoco para alinearlos en formación museística sino para trabajar con ellos, para ponerlos a su servicio”. Este pequeño ramillete de frases puede dar una idea sobre un estilo ensayístico que se apoya en una risueña sabiduría aforística que busca no caer en esa rigidez almidonada.

El otro libro destacado de Solanes, Los nombres del exilio, fue publicado en el año 1993 por Monte Ávila Editores Latinoamericana. Se sumerge en el exilio como condición, pero también como reflexión (desde lo literario y filosófico) y como periplo de aprendizaje. Por el poeta Alejando Oliveros me entero de que la editorial Acantilado, de Barcelona, hizo en el año 2016 una reedición del libro con un título más sugestivo: En tierra ajena: exilio y literatura desde la Odisea hasta Molloy. Con respecto al libro, Oliveros escribe:

El capítulo dedicado a los “nombres del exilio”, las diversas maneras con las que se ha ingeniado el exiliado para nombrar lo innombrable, esa experiencia límite, la más humana, después de todo, y la más urgente para los venezolanos, los habitantes de una tierra que, de la noche a la mañana, que es lo que son dieciocho años, así sean los más amargos, pasó de ser puerto de llegada para los desterrados de todo el mundo, a aeropuerto de salida para cientos de miles de sus habitantes (…). No se me ocurre una lectura más urgente, y gratificante, para los venezolanos, que este estudio de José Solanes, aquel nativo de Santa María de Pla que un día, en su consultorio de Valencia, me dijo, “Usted es apenas un año más venezolano que yo; usted nació en 1948, y yo llegué en 1949”.

Solanes le dio otra vuelta de tuerca al ensayo, le hizo pasadizos por los cuales circula ese aire de lo distinto.

Los ensayos recopilados en La tarea de las palabras forman parte de su última etapa y, según la introducción escrita por Oliveros, constituyen un recuento de textos escritos a lo largo de veinte años. Lo releo en este agobio de encierro pandémico y me reconcilio con las palabras que, como escribió Solanes, “a modo de lazarillos, son ellas, en ciertas oportunidades, las que nos guían y por caminos sólo de ellas conocidos, nos llevan hasta la sorpresa y a veces hasta la verdad”.

Solanes le dio otra vuelta de tuerca al ensayo, le hizo pasadizos por los cuales circula ese aire de lo distinto. Escribió con rigor inteligente, pero dejaba que un humor tenue fluyera entre líneas con ese estilo que de seguro Lichtenberg hubiera empleado para escribir su Teoría de los pliegues de una almohada.

Sólo me resta escribir, desde la imaginación, el libro de Lichtenberg y el ensayo de Solanes que me descubrirá senderos imprevistos de un libro escrito con chispas de genialidad, pero que sólo el estilo ensayístico de Solanes descubrirá en sus intersticios una melodía deslumbrante, pero señalando su condición de libro situado en ese bulevar insomne de lo extravagante.

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