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En el funeral de la novela

domingo 21 de noviembre de 2021
Odradek
La novela podría ser el equivalente del odradek y considerarse como un carrete en forma de pulpo con muchos largos brazos de los que salen numerosos hilos. Ilustración: Elena Villa

Me invitaron, vía Internet, a un coloquio sobre la muerte de la novela. Tema en extremo pavoso. Pero me vestí para la ocasión: suéter y tapaboca negros. Como género la novela ha sufrido las transformaciones dadaístas, por no decir inverosímiles, más de lo que parece. Hoy es algo así como un artefacto vivo (especie de cosa con funciones vitales) como ese que se inventó Kafka y que nombró como odradek, descrito en el cuento breve “Las preocupaciones de un padre de familia”. El tal odradek es como un carrete de hilo plano con forma de estrella que posee otros varios apéndices. La novela podría ser su equivalente y considerarse como un carrete en forma de pulpo con muchos largos brazos de los que salen numerosos hilos y de los cuales han tirado, por largo tiempo, los críticos como mejor les parece.

La novela no ha muerto, lo que sí parece que se ha ido al otro barrio es esa manera de abordarla. Ese esquema de principio, nudo, desenlace y final parece una casilla superada. Esas grandes novelas donde pasaban muchas cosas ya no se estilan desde que James Joyce escribe el Ulises para narrar un solo día y la convierte en puro monólogo interior, que es una invención de Édouard Dujardin en su novela Han cortado los laureles.

Con Miguel de Cervantes la novela se convierte en un artefacto experimental. Muchos cervantistas consideran que El Quijote es un laboratorio que permitió a su autor ensayar nuevos derroteros para narrar y es así que incorpora a otros varios autores apócrifos de la novela, añade relatos completos que nada tienen que ver con la historia principal y va jugando, con equilibrado pulso, con la realidad (o la ficción) para hacer creíbles las estrambóticas andanzas de un loco que se cree caballero andante. Relato que Cervantes va escribiendo sobre la marcha con algunas intuiciones e ideas precisas de lo que debería ser una novela. Con las Novelas ejemplares las intuiciones/ideas de Cervantes tomaran mucho más cuerpo y echará mano a los mecanismos de los géneros en boga de su tiempo. Las Ejemplares se arman a partir de los parámetros de la novela corta italiana y con menos fervor el estilo del cuento medieval. Cervantes llevará la novela a otros niveles y sentará cátedra para la novela futura.

Balzac, ya con un plan boceteado de lo que debía escribir, no se veía como un autor, sino como especie de secretario de lo social.

El escritor Stefan Zweig consideraba a Honoré de Balzac (junto con Dickens y Dostoievski) como ese escritor irrepetible de novelas por antonomasia del siglo XIX. Además su proyecto novelístico La comedia humana es un monstruo que así lo confirma. En el prólogo se encuentra la concepción que tenía Balzac sobre la novela. Para escribir sobre Balzac lo primero es tomarse un café negro bien cargado y brindar por un escritor que trabajaba durante todas las noches, como un poseso, bajo los efectos de muchas tazas de café y la presión taladrante de muchas deudas por pagar, para delinear así un universo novelesco, especie de jaula, en el cual los más variados personajes daban cuenta de ese inigualable zoológico humano que hervía alrededor de la vida del escritor. Aquí no hay metáfora alguna. El libro de zoología de Buffon será el interruptor que inspirará La comedia humana, o como lo ha escrito el propio Balzac:

Si Buffon ha hecho un trabajo magnífico tratando de representar en un libro el conjunto de la zoología, ¿no debía hacerse una obra de ese tipo para la sociedad? Pero la Naturaleza ha fijado, para las variedades animales, límites dentro de los cuales la sociedad no debía mantenerse. Cuando Buffon describía al león, concluía con la leona en pocas frases, mientras que en la sociedad la mujer no siempre resulta ser la hembra del macho. Puede haber dos seres perfectamente desiguales en una pareja. La mujer de un comerciante a veces es digna de un príncipe, y con frecuencia la de un príncipe vale menos que la de un artista. El Estado social tiene albures que no se permite la Naturaleza, pues es la Naturaleza más la sociedad.

Balzac, ya con un plan boceteado de lo que debía escribir, no se veía como un autor, sino como especie de secretario de lo social dedicado a “establecer el inventario de los vicios y de las virtudes, al reunir los principales hechos de las pasiones, al pintar los caracteres, al elegir los acontecimientos principales de la sociedad, al componer tipos por medio de la reunión de rasgos de varios caracteres homogéneos, tal vez podría llegar a escribir la historia olvidada por los historiadores, la de las costumbres”. La novela como compendio de arquetipos y el escritor como un entomólogo que va fijando con chinches, como si fueran insectos, las distintas pasiones humanas, o como lo ha escrito Balzac: “…un escritor podía convertirse en un pintor de los tipos humanos más o menos fiel, más o menos feliz, paciente o valeroso; el narrador de los dramas de la vida íntima, el arqueólogo del mobiliario social, el nomenclador de las profesiones, el registrador del bien y del mal…”. Su proyecto como novelista sería superado por Marcel Proust. No obstante Henry James escribió: “Balzac, con enormes pies, surcando la arena de nuestro desierto, es, por otra parte, el prototipo y modelo del que proyecta y crea; así pues, cuando pienso, bien con envidia o con terror, en la naturaleza y el esfuerzo del novelista, pienso en algo que alcanza en él su máxima expresión. Por eso, aquellos de nosotros que, como colegas en el oficio, una vez hayamos vislumbrado ese valor en él, nunca podremos dejar de dar vueltas a su alrededor…”.

Para Eduardo Mendoza la novela está muertita, muertita como fenómeno social.

Para Vladimir Nabokov todas estas ideas de Balzac serán sólo gamelote retórico, paparruchas infladas para darle contorno de importancia al hecho de escribir ficciones novelescas. Nabokov siempre tuvo claro que “la literatura es invención. La ficción es ficción” y que todo gran escritor no otra cosa que un gran embaucador. Henry James, que sabía algo del arte de escribir novelas (y que el novelista David Lodge convirtió en personaje de novela y del que escribió que su oficio consistió en imaginar cosas que nunca conoció por experiencia propia), tampoco se engañaba sobre la novela, a la que consideraba algo así como un cuadro completo y elástico capaz de estirarse hacia cualquier extremo en pos de abarcarlo todo. Además creía que al lector de novelas le interesaba, más que la trama, vivir la experiencia de vida de los personajes, o como él lo escribió:

Y si nos empujan un paso más atrás y nos preguntan por qué tiene que ser necesaria la representación cuando el objeto representado es más accesible, la respuesta parece ser que el hombre combina su eterno deseo de más experiencia con una destreza infinita para conseguir dicha experiencia con el mínimo gasto posible. La robará siempre que pueda. Le gusta vivir la vida de los demás, y aun así es del todo consciente de los puntos en los que esa experiencia puede también parecerse intolerablemente a la suya propia. La fábula vívida, más que cualquier otra cosa, le proporciona cómodamente esa satisfacción y abundante conocimiento, aunque sea vicario.

Gracias a esto se seguirán leyendo y escribiendo novelas.

Para Eduardo Mendoza la novela está muertita, muertita como fenómeno social y que en la actualidad es un mero vehículo comunicacional en el que los personajes pueden ser referentes morales y demás simplezas por estilo. Esta idea, y muchas otras, fueron analizadas por Mario Vargas Llosa en un texto antológico. Las consideraciones de Mendoza buscan darle un grosor de sustancia para justificar a la novela hoy y por esa razón Vargas Llosa escribe:

Mendoza recuerda, con reprimida nostalgia, la época en la que la novela tenía autoridad, porque el conjunto de la sociedad veía en ella algo más importante que un mero pasatiempo: un género encargado de representar la realidad. Es decir, de organizar de manera coherente e inteligible el caos en que transcurren las existencias humanas y permitir a éstas entender el mundo al ver expuesto su funcionamiento, el transcurso del tiempo, las motivaciones secretas de los actos y de las conductas, en las ficciones. En efecto, los lectores de Los miserables de Víctor Hugo se precipitaron a saquear la imprenta donde se horneaban los volúmenes de la segunda parte de la novela no sólo porque estaban impacientes por saber la evolución de las aventuras de Jean Valjean, Marius y Cosette; sobre todo, porque esta omnisciente ficción les explicaba el mundo en que vivían y les daba pistas sobre qué eran y dónde estaban, algo que, antes, sólo la religión sabía hacer.

Para Sergio Ramírez la novela es una entrometida que puede hacer de la historia real un deslumbrante cuento con todos los ribetes de lo fantástico. Para él “ni muere la historia ni muere la novela, en la medida en que ambas se alimentan de una condición cambiante en la que predomina el asombro”. Para Ramírez no se puede narrar la historia particular y privada sin considerar la historia en mayúscula que teje la existencia y “no simplemente como un telón de fondo, sino como una hebra maestra de la trama. El rumor de pasos de una protesta ciudadana, en el más inocente de los casos; el olor de podredumbre de la corrupción, o el fragor de la batalla cuando el pueblo levanta barricadas para derrocar a un tirano, igual que en La educación sentimental, de Flaubert, una trama de amores y ambiciones que se da de bruces con la historia pública, escrita en tiempos en que nadie osaba amenazar de muerte a la novela”.

Muerta está esa idea arcaica de la novela como detector de las pasiones humanas ventiladas en realidad brusca y cotidiana.

Me gusta esa idea irónica de César Aira que postula que leyendo novelas no se aprende nada. “Los únicos libros que tienen utilidad social son los best-sellers, que están llenos de información. Si alguien quiere aprender con las novelas, que lea best-sellers”.

Uno como lector sigue leyendo novelas para conocer historias distintas a las que uno vive a diario (o conoce de oídas de amigos y conocidos). Se siguen leyendo novelas para enfrentar ese universo que sólo las palabras pueden crear. Más que morir la novela se ha movido de su estatus y se ha limitado hoy a inyectarle contenido a la existencia, para que ésta sea menos aburrida a pesar de sus puntuales tragedias y sus mínimas alegrías.

Para Milan Kundera el espíritu de la novela es la continuidad, ya que cada obra es la respuesta a las obras precedentes. Kundera acota:

Pero el espíritu de nuestro tiempo se ha fijado en la actualidad, que es tan expansiva, tan amplia que rechaza el pasado de nuestro horizonte reduce el tiempo al único presente. Metida en este sistema, la novela ya no es obra (algo destinado a perdurar, a unir pasado al porvenir), sino un hecho de actualidad como tantos otros, un gesto sin futuro.

La novela hoy es un artefacto plural (una máquina con muchas piezas y botones agregados) que amoldará sus mecanismos y piezas a las exigencias lectoras que sin duda irán surgiendo a futuro. Muerta está esa idea arcaica de la novela como detector de las pasiones humanas ventiladas en realidad brusca y cotidiana. La novela a futuro fagocitará todos los géneros posibles para tratar de comprimir esta existencia actual que tiene los visos apremiantes de lo sorprendente que vale la pena narrar. Lo escrito por Vargas Llosa es válido: “…la vida actual es más imprevisible, sorprendente, arriesgada y misteriosa que aquella, remotísima, en la que un aeda ciego cantó las hazañas de los héroes homéricos”.

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