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Perecisterectomanía

domingo 28 de noviembre de 2021
Georges Perec
Perec escribía para que el lector entrara en ese impecable juego que la literatura puede ofrecer sin dejar al margen las sutiles complejidades de ese todo tan fragmentario (y fugaz) que es la existencia.

El término autoristerectomanía es algo así como una afección, parecida a la gripe, leve, pasajera y sin consecuencias, que padecen algunos lectores hacia un autor determinado. Sus síntomas se hacen evidentes cuando un lector lleva a la sala de operaciones de sus gustos (u obsesiones, por aquello que escribió Virginia Woolf de que, sin sus obsesiones, la gente es soporífera) a cualquier autor y lo somete a una revisión exhaustiva. Es decir, lee todos sus libros, hurga en sus diarios, cartas y cualquier escrito. Averigua todo acerca de su vida y milagros. Este lector se vuelve un especialista, a su pesar, del autor en cuestión. Los síntomas pasan cuando encuentre otro autor que llame más su atención. Esta afección se nombra con el apellido del autor y es así que se tiene entonces la Cervantesisterectomanía, la Borgesisterectomanía, la Kafkaisterectomanía y así.

En mi camino lector he sufrido varias autoristerectomanías. A los quince años fue con Herman Hesse, luego Thomas Mann. Después fue Stendhal, Cortázar e incluso Borges, que antes que estallara su moda ya en mi biblioteca estaba gran parte de sus obras.

La primera vez que leí la novela de Georges Perec La vida, instrucciones de uso, recordé una clase del profesor de teatro Eduardo Moreno. Clase en la que estaba más de fisgón entrometido que de alumno. Moreno explicaba aspectos del teatro del absurdo. Como los empollones con aspiraciones a ser actrices y actores no entendían nada y estaban como perdidos en la nebulosa de Orión, intentó hacer más gráfica su clase y tomó el pasillo de un edificio de apartamentos: “Abrimos la primera puerta y encontramos a una pareja discutiendo a gritos e incluso se arrojan objetos. Avanzamos y abrimos otra puerta; en la sala están unos niños mirando dibujos animados. Seguimos caminando por el pasillo y al abrir otra puerta está una joven con la radio encendida bailando. Nos asomamos a otra puerta y vemos a una mujer de la limpieza que canta como una diva del bel canto. Con todos esos elementos puestos en escena sobre un escenario tenemos una obra del absurdo”.

Algunos de sus amigos (Harry Mathews o Claude Burgelin) notaban en Perec una propensión natural hacia las bromas, el juego de palabras y un interés nada ordinario por los crucigramas.

Perec para sus instrucciones se imaginó algo similar, o como él lo escribió: “Me imagino un edificio parisino al que se ha quitado la fachada… de modo que, desde la planta baja a la buhardilla, todos los aposentos que se hallan en la parte anterior del edificio sean inmediata y simultáneamente visibles”. La novela tiene algo de rompecabezas, pero no por ello no deja ser una delicia en cuanto a los personajes. Todo está recortado como una pieza de rompecabezas, cada pieza va encajando en otras hasta armar el cuadro completo. Perec hizo la novela a conciencia pieza por pieza como si construyera bloque a bloque el edificio. En el preámbulo de la novela, Perec escribe: “…la verdad última del puzzle: a pesar de las apariencias, no se trata de un juego solitario: cada gesto que hace el jugador de puzzle ha sido hecho antes por el creador del mismo; cada pieza que coge y vuelve a coger, que examina, que acaricia, cada combinación que prueba y vuelve a probar de nuevo, cada tanteo, cada intuición, cada esperanza, cada desilusión han sido decididos, calculados, estudiados por el otro”. El lector es otro jugador más que también pieza a pieza va leyendo la novela construyéndola a su vez.

Algunos de sus amigos (Harry Mathews o Claude Burgelin) notaban en Perec una propensión natural hacia las bromas, el juego de palabras y un interés nada ordinario por los crucigramas. Aseguraban que empleaba el juego para esconderse un poco, pero al mismo tiempo para encajar con los demás como si él también fuese una pieza de algún rompecabezas que debía buscar su ajustado lugar.

Perec escribía para que el lector entrara en ese impecable juego que la literatura puede ofrecer sin dejar al margen las sutiles complejidades de ese todo tan fragmentario (y fugaz) que es la existencia.

Los libros que escribió Perec tienen un toque de genialidad, donde se derrocha frescura y una manera diferente de encarar la literatura desde ese flanco del asombro de lámpara maravillosa frotada. No hay pompa intelectual, ni ruido académico, sino música distinta, viento que juega entre los árboles de las palabras. No por casualidad formó parte del mítico grupo OuLiPo (que era el acrónimo de Ouvroir de littérature potentielle, traducido sería algo como “Taller de literatura potencial”).

El escritor Enrique Vila-Matas tiene una columna en un periódico español (y en su blog) titulada Café Perec. Siempre me doy una vuelta por ese acogedor café para pescar alguna nota, comentario o cualquier rumor sobre el escritor. Uno de mis libros predilectos es Me acuerdo, y por Vila-Matas me entero de que Perec lo tomó en calidad de préstamo del pintor Joe Brainard en un juego de escritura bastante borgiano. Vila-Matas escribe: “Me acuerdo de que, publicado en 1978, Me acuerdo surgió de I Remember, de Joe Brainard, el libro de 1970 que Harry Mathews le regaló a Perec con un gesto similar al de Álvaro Mutis cuando obsequió con Pedro Páramo al joven García Márquez diciéndole: ‘¡Lea esa vaina, carajo, para que aprenda!’”.

Harry Mathews recuerda que en los años 70 le comentó a Perec sobre I Remember, libro en el que vio una manera menos formal de abordar la autobiografía. “Mis apreciaciones sobre el tema eran gruesas e inexactas: creo, sin embargo, que merecen ser perdonadas porque fueron ellas las que llevaron a Perec a escribir su propio Je me souviens (publicado en 1978), un trabajo que, en un registro menos íntimo, alcanza tanta o más intensidad de evocación que el de Brainard”. Trascribo al azar algunos “me acuerdo” de Perec:

Me acuerdo de que Alain Robbe-Grillet era ingeniero agrónomo.


Me acuerdo de que me encantaba Escuela de sirenas con Esther Williams y Red Skelton, pero que cuando la vi por segunda vez me decepcionó terriblemente.


Me acuerdo de que en El libro de la selva, Bagheera era la pantera, Mowgli, el muchacho, y los Bandarlogs, los monos (pero ¿cómo se llamaban el oso y la serpiente?).


Me acuerdo de un actor mexicano que se llamaba Cantinflas (creo que era él quien hacía de Passepartout en La vuelta al mundo en ochenta días).

El libro de Brainard es bastante original. Es una especie de diario-inventario donde el artista estadounidense va reconstruyendo sus recuerdos como fogonazos dispersos. Con el dispositivo “me acuerdo” va escribiendo lo que está allí en el desván de su memoria y los recuerdos como esos cachivaches olvidados y sin uso. Sus recuerdos son piezas sueltas y esto sin duda fue lo que le gustó a Perec. Uno de los “me acuerdo” de Brainard que me parece prodigioso: “Me acuerdo de un sueño en el que conocía a un hombre hecho de un queso amarillo muy blando, y cuando fui a darle la mano, me quedé con todo su brazo”. Perec emplea el mismo dispositivo del “me acuerdo” para escribir sus recuerdos y sin respetar el tiempo los va escribiendo. Tanto el libro de Brainard como el de Perec recuerdan esas máquinas que cada cierto tiempo, y de manera automática, lanzan pelotas de tenis o béisbol. Son algo así como dispositivos que lanzan recuerdos y uno como lector trata de esquivarlos, pero algunos dan en el blanco y uno se hace eco de esos recuerdos ajenos.

De todos los “me acuerdo” que escribió Mathews sobre su amigo Perec hay uno que me parece definitivo: “Me acuerdo de Perec como alguien que no se repetía nunca”.

Mathews escribió que él adoptó para escribir el formato de “me acuerdo” de Perec luego que éste murió. Lo hizo no como homenaje ni con la finalidad de recuperar años de amistad perdidos, sino más bien para enfrentar el abatimiento y la congoja que lo abrumó por varias semanas. Mathews escribió: “Durante varios meses, todos los días, me senté a escribir uno o dos apuntes bajo la forma de ‘me acuerdo’ de Georges Perec, sin hacer el menor intento de ser exhaustivo o particularmente agudo: aceptaba el material que iba apareciendo tal como se aceptan las conchas que un mar enlodado ha repartido en la arena, como algo que alguna vez habrá que escrutar, ponderar y ubicar en algún lugar. No puedo decir que la experiencia haya sido liberadora ni consoladora, pero al menos me permitió darle un nombre individual a cada uno de los fragmentos del patético túmulo que, lentamente, había ido ensamblando”.

De todos los “me acuerdo” que escribió Mathews sobre su amigo Perec hay uno que me parece definitivo: “Me acuerdo de Perec como alguien que no se repetía nunca”. Y esto sin duda, como escribió Vila-Matas, le permite hoy estar demasiado vivo. A mis amigos que no han leído a Perec les digo que no se pierden de nada, pero sí de todo. También les digo que lo lean y así se convertirán en un emoticono de inexplicable felicidad : – ) ¿?

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