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El escribidor y el soneto

jueves 23 de diciembre de 2021
El escribidor y el soneto, por Carlos Yusti
He aprendido algunas estratagemas para escribir columnas, especie de trucos que me permiten elaborarlas con todos esos mínimos abismos del caso. Fotografía: Zakhar Vozhdaienko • Pexels
“La columna es el soneto del periodismo”.
Francisco Umbral

No retengo en la memoria si fue Jorge Gómez Jiménez (el director de Letralia) quien me propuso, vía correo electrónico, que escribiera esta columna, o si fui yo quien se lo sugirió. Lo cierto es que yo quería escribir en Letralia debido a que más que una revista en línea bien estructurada era una vitrina ideal de la escritura actual en modo global.

Llevo bastante rato montado en estas Notas desabrochadas y todo ha sido como un viaje hacia Ítaca. Por suerte el camino ha sido largo, “lleno de aventuras, lleno de experiencias”. Escribir con impuntual regularidad esta columna me ha permitido lijar y darle, en la medida de mis taras y apremios, algo de belleza a la tosca madera de mi escritura, y eso se agradece. Comparto lo escrito por Paul Johnson: “Escribir puede ser más tedioso que placentero, y el periodismo más una degradación que un deber. Pero escribir una columna regular sobre cualquier tema que se nos ocurra es uno de los grandes privilegios de la vida”.

He aprendido algunas estratagemas para escribir columnas, especie de trucos que me permiten elaborarlas con todos esos mínimos abismos del caso. Además he tratado de forzar la columna hacia el ensayo literario, dejando ver las costuras. Le he zurcido el estilo de otros géneros como el cuento, la crónica, el artículo de opinión. Semejante Frankenstein a veces no tiene la belleza necesaria (o deseada), pero si algo tiene es que está furiosamente vivo.

En ocasiones, por error del escribidor, en vez de un soneto salta un dragón de la página. Mea culpa.

El proceso para darle forma a este monstruo es simple. Escribo a mano un bosquejo completo del tema sobre el que quiero escribir. Luego me planto en el teclado de la computadora y voy corrigiendo sobre la marcha. Agrego, podo aquí y allá; añado de nuevo, vuelvo a borrar y si percibo que lo escrito hasta ese momento huele a cadáver putrefacto lo abandono y vuelvo a escribir otro borrador con un tema nuevo. Busco que lo escrito esté latente, palpitante, que dentro de algunos años se pueda leer como un pan recién horneado, que luego de un buen tiempo lo escrito exhale todavía cierta vibración emocionada de presente. Escribo desde mis lecturas y de aquello que despierta mi asombro y desconcierto.

Al momento de escribir estas notas, un tanto desencuadernadas, trato de que lo escrito sea algo así como ese sombrero del mago del cual sale un conejo, sólo quiero que de este sombrero escrito salga un elefante colorido, un árbol repleto de frutos dulces, una metáfora arbitraria, un dinosaurio cabalgado por Augusto Monterroso, un unicornio, una flor. Que para el lector sea también algo imprevisto, alucinante, inesperado. Que sea percibido como un cuento de hadas sin hadas ni brujas, pero que posea toda la magia de lo encantado, de la extrañeza con síntomas extraordinarios. En ocasiones, por error del escribidor, en vez de un soneto salta un dragón de la página. Mea culpa.

En Valencia me inicié como escribidor. Edité con otros inadaptados una revista con el estilo barriobajero más transparente. Desde ese momento quedé atrapado en la reseda de la palabra escrita, en ese aroma agradable de la escritura organizando el mundo desde la belleza de una frase bien escrita. Me fui a otra ciudad y ya instalado en Puerto Ordaz me invitaron a escribir una columna de opinión en el diario Correo del Caroní, en ese tiempo lejano cuando los periódicos eran impresos en papel. Le di largas a la petición. Insistieron de nuevo y acepté, pero no escribiría para la página A-3. Como no entendían, les dije que no tenía opiniones sobre nada. De ese modo instalé mi columna en la página cultural del diario en la C-1.

Escribía desde mis fobias, obsesiones y lecturas en abundante desorden. Además me movía mejor en el mundo de lo emocional que en el universo complejo (y acomplejado) de las ideas. Las ideas no valen nada y son como las flores que ofrecen sus seductores perfumes, pero luego se marchitan, entran en ese envejecimiento prematuro del que es requisito alejarse. Una novela, un cuento y un poema son más duraderos y tienden un puente importante hacia la imaginación y la memoria.

Vivir la literatura desde el asombro es un experiencia irrepetible que busco compartir con los demás.

Para Paul Johnson un buen columnista debe cumplir con cinco requisitos. El primero es conocimiento. Sin ser una enciclopedia andante, debe estar medio enterado de los temas de los cuales escribe. El segundo es tener un significativo caudal de lectura, pero guardando siempre el equilibrio. “Una columna no debe ser libresca ni siquiera una columna literaria, pues eso es fatal para el esencial toque mundano”. El tercer requisito es buen olfato para el hecho noticioso. El cuarto es barajar una buena variedad de temas. El quinto es convertirse en un seductor irremediable. “El columnista es el suplicante, el lector la amada altanera. Debemos cortejarlo en cada párrafo, cada oración y cada palabra y —he aquí lo más difícil— no aparentar nunca que lo hacemos. Nunca debemos agarrarlo de las solapas, meter una mano atrevida dentro de una falda apretada ni bramar a un oído indiferente”.

He experimentado lo inimaginable para darle otra vuelta de tuerca a la columna y al ensayo. He tratado de forzar las palabras por aquello que dijo Francisco Umbral: “…quien no sea capaz de forzar el lenguaje no puede ser un buen escritor”.

No sé el número de columnas escritas para Letralia, pero lo he disfrutado (y espero seguir disfrutándolo por algún tiempo más). He utilizado estas notas para muchas cosas, pero sobre todo para aprender a escribir, para convertir este oficio en la magia que le falta muchas veces a la existencia, para dejar en limpio que el mundo, a pesar de sus villanos de rigor, es un lugar iluminado por la belleza. Que la literatura es la felicidad, pero que ésta no es la vida. He tratado de otorgarle a mis lecturas la dignidad de lo extraordinario. Vivir la literatura desde el asombro es un experiencia irrepetible que busco compartir con los demás. Que la vida a pesar de la tristeza impresa en el aire vale la pena si está sostenida por una buena bibliografía. Felicidades a pesar del Covid y del mierdeo de los políticos de oficio (tanto en el gobierno como en la oposición) que padecemos. Hasta el año que viene en el que retomaré estas desabrochadas notas. Saludos y gracias.

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