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Anotaciones sobre el cuento memorable

domingo 3 de marzo de 2024
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Las mil y una noches
Las historias contenidas en Las mil y una noches, que han sobrevivido los siglos, narran hechos fantásticos, trágicos (o humorísticos) y en ocasiones algo escabrosos, no siempre apegados a las buenas y sanas costumbres.

¿Qué convierte a un cuento en memorable? ¿Qué características debe tener un cuento para quedar instalado en la memoria como ese tenue polvo acumulado en un cuarto de trastes y cachivaches?

Revisar las distintas antologías del cuento venezolano (al parecer se han realizado alrededor de veintidós, y contando) conduce a cualquiera a un paseo por nuestra cuentística. Los críticos y escritores que se han tomado el tiempo en prepararlas realizan, por lo general, una revisión histórica, e incluyen a escritores del pasado con escritores más recientes. Tomando en cuenta, claro, calidad literaria y estilo, para ofrecer como las distintas facetas estilísticas del cuento en nuestro patio local. Esto permite a los lectores acercarse a unos autores que ya forma parte de la hemeroteca de nuestra literatura y hacer inevitables comparaciones. Lo otro que se puede percibir es que los cuentos seleccionados, de distintas épocas, parecen responder a ese criterio del “escribir bien” que tenga el antólogo y en el que parece privar eso de la impecable estructura estilística; en algunos casos también son seleccionados aquellos cuentos que juegan con el tiempo y la forma, donde la experimentación busca crear nuevos derroteros narrativos. A pesar de todos estos criterios, bastante válidos por lo demás, habrá en dichas antologías dos o tres cuentos que uno como lector es capaz de recordar.

 

Sobre los cuentos que han ganado el prestigioso premio del diario El Nacional estoy en blanco. En dichos cuentos se percibe mucho experimentalismo narrativo, mucha vanguardia enrevesada que no permite al lector disfrutar de la historia escondida en tanto malabarismo de audacia literaria.

Tengo a la mano la preparada por Guillermo Meneses, Antología del cuento venezolano. En su prólogo escribe: “Insistimos en que, para el auténtico cumplimiento de la obra de arte llamada cuento, éste debe ser, a un tiempo mismo, historia maravillosa y jamás oída. No podemos negar que las actividades que manejan materias tan sutiles como el milagro, el misterio o los enigmas exigen cierta habilidad, ciertas fórmulas, cierta prestidigitación que confunden a veces el sentido crítico. Ante los prodigios —de cualquier clase que ellos sean— el aspecto técnico de la actividad prodigiosa puede engañar al crítico y es necesario no olvidar que el milagro auténtico supone siempre un resultado superior a los medios técnicos que lo producen”. El milagro, el misterio o los enigmas son quizás esos elementos que a fin de cuentas son los que se van depositando como sedimento en la memoria del lector.

Cada antología busca de algún modo justificarse y así ofrecerle algunas perlas a ese crítico-cerdo, siempre alertas buscando algún traspié.

Está una antología bilingüe inglés/español, Venezuelan short stories / Cuentos venezolanos, prologada por Lyda Aponte de Zacklin, en la que escribe: “De entrada se debe mencionar que la presente antología no responde a la modalidad del género en la manera que se realizó la selección. Es decir, los relatos aquí publicados no se escogieron respondiendo a las exigencias de un criterio particular para determinar las características que la definan: históricas u otras, sino que este trabajo propio del antólogo lo realizaron, sin proponérselo, los traductores”. La antología realizada por José Balza, El cuento venezolano (antología), en sus notas para un prólogo especifica: “Lo que posiblemente unifica esta conjunción de relatos es (menos una aspiración didáctica o la inclinación por crear una saga o el intento de una visión histórica del cuento venezolano) un deseo de advertir a la imaginación en su insaciable voracidad por reflejar, imitar, alterar o comprender lo real”. Cada antología busca de algún modo justificarse y así ofrecerle algunas perlas a ese crítico-cerdo, siempre alertas buscando algún traspié para hincar sus argumentaciones puntillosas. Lo cierto es que en las dichosas antologías del cuento nacional se toman criterios que resultan en un daño colateral leve y todos felices.

 

Con esto de los cuentos me han sucedido dos hechos singulares. El primero me ocurrió cuando cursaba el cuarto grado. La maestra Gladys (no retuve su apellido) leyó para la clase un cuento titulado “Vicente Cochocho”. Nunca ofreció detalles sobre el autor, pero esa historia me pareció escrita con ese brillo de la candidez y la nostalgia. Años después y convertido en un lector leí Memorias de mamá Blanca, de Teresa de la Parra, y allí estaba la pequeña historia del desarrapado Cochocho, por el cual he sentido siempre una empatía familiar. Lo que lleva a considerar que algunos cuentos se convierten en selectas joyas de la memoria, aparte del estilo y la estructura, gracias a esos sentimientos que mueven al lector.

El otro incidente ocurrió en el tercer año del bachillerato. La profesora de castellano Josefina Castillo, especie de fea guapa, con lentes de sabihonda y un cuerpo bien torneado, contó el relato de un matrimonio que tuvo cuatro hijos; tres niños varones que eran “mongólicos” (usó esa palabra, hoy sería diversidad funcional o síndrome de Down) y una niña sana. Además, acotó que los niños “mongólicos” sentían una fascinación particular por los colores brillantes, fuertes o chillones, y por eso se pasaban bastante tiempo sentados en un banco en el patio de la casa mirando, como si de una fiesta pirotécnica se tratara, los colores rojos, anaranjados y amarillos que ofrecía el crepúsculo del atardecer.

Un día el trío de niños entraron a la cocina y lograron ver cómo la cocinera degollaba a una gallina. Los niños entraron en un éxtasis escalofriante. Un buen día el matrimonio regresaba a la casa y se distrajeron un momento en la entrada y la niña se escapó. El trío de niños la atrapan y la llevan a la cocina como si de una gallina se tratara. Los gritos de excitación y alegría alertaron al matrimonio, pero ya era demasiado tarde.

La profesora Castillo narró todo aquello no sin cierto rubor. Tampoco dijo el nombre del autor. Con el tiempo leí Cuentos de amor, de locura y de muerte, de Horacio Quiroga, y allí estaba el cuento “La gallina degollada”. Esto permite especular que los cuentos memorables son capaces de narrar hechos fantásticos, trágicos (o humorísticos) y en ocasiones algo escabrosos, no siempre apegados a las buenas y sanas costumbres. Los cuentos de Las mil y una noches (o del Decamerón de Giovanni Boccaccio) contienen cuentos de esta naturaleza.

 

Existe un libro que recopila una antología de cuentos memorables armada por palabras de Jorge Luis Borges: “Me piden el más memorable de cuantos he leído. Pienso en ‘El escarabajo de oro’, de Poe; en ‘Los expulsados de Poker Flat’, de Bret Harte; en ‘El corazón de las tinieblas’, de Conrad; en ‘El jardinero’, de Kipling —o en ‘La mejor historia del mundo’—; en ‘Bola de sebo’, de Maupassant; en ‘La pata de mono’, de Jacobs; en ‘El dios de los gongs’, de Chesterton. Pienso en el relato del ciego Abdulá en Las mil y una noches, en O. Henry y en el infante don Manuel (…). Elijo, sin embargo —en gracia de su poca notoriedad y de su valor indudable—, el relato alucinatorio ‘Donde su fuego nunca se apaga’, de May Sinclair. Recuérdese la pobreza de los infiernos que han elaborado los teólogos y que los poetas han repetido; léase después este cuento”.

Cortázar parece ser exacto sobre las posibilidades para que un cuento se torne memorable para cada lector.

Con el libro Cuentos inolvidables según Julio Cortázar sucedió algo similar, y para ello emplearon las distintas conferencias sobre literatura que impartió el autor de Rayuela. Cortázar parece ser exacto sobre las posibilidades para que un cuento se torne memorable para cada lector cuando escribe: “A mí me parece que el tema del que saldrá un buen cuento es siempre excepcional, pero no quiero decir con esto que un tema deba ser extraordinario, fuera de lo común, misterioso o insólito. Muy al contrario, puede tratarse de una anécdota perfectamente trivial y cotidiana. Lo excepcional reside en una cualidad parecida a la del imán; un buen tema atrae todo un sistema de relaciones, conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una inmensa cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que flotaban virtualmente en su memoria o su sensibilidad; un buen tema es como un sol, un astro en torno al cual gira un sistema planetario del que muchas veces no se tenía conciencia hasta que el cuentista, astrónomo de palabras, nos revela su existencia”.

En este punto no me queda más que hacer mi selección arbitraria de esos cuentos que circulan como fantasmas en mi memoria, de los que apenas retengo el tema en forma de retazos y los cuales me acompañan en todos esos ritmos que la existencia cotidiana me impone.

 

En las colecciones revisadas “El diente roto”, de Pedro Emilio Coll, es un cuento infaltable con un tema banal pero curioso, que, como dice Balza, ha tenido precursores e incluso imitadores. “Marcucho, el modelo”, de Leoncio Martínez (Leo). De José Rafael Pocaterra atesoro algunos cuentos, pero me quedo con “La i latina”. De Antonio Arráiz “El pobre cucarachero”, cuya carta de amor, con la puntuación indebida, se convierte en un insulto. De Arturo Uslar Pietri un cuento que me contó mi amigo y profesor Humberto González titulado “Maichak”, y en el cual Uslar Pietri despliega su capacidad mágica para relatar una historia ancestral. “Arco secreto”, de Gustavo Díaz Solís, en el que el lenguaje es de una sobriedad extraña y de gran riqueza. “Las hormiguitas”, de Salvador Garmendia, donde lo real cotidiano adquiere visos siniestros. La mayoría de cuentos del libro Rajatabla, de Luis Britto García, son excepcionales, pero “Helena” es un cuento puntual para la memoria. “Para nombrar una mujer”, de Benito Irady, y “La última luna en la piel”, de Orlando Chirinos, por su lírica incomparable. De escritores extranjeros recuerdo “Una historia de dos hermanas”, de Isaac Bahevis Singer, cuento que leí en la casa de mi amigo Juan Aponte Celis en una revista Playboy. Algunos cuentos de Truman Capote podrían estar en esta lista, pero “Ataúdes tallados a mano” me parece que condensa a ese Capote deslumbrante. “El puente sobre el río del Búho”, de Ambrose Bierce; de Jorge Luis Borges, “El libro de arena”. “Conejos blancos”, escrito por Leonora Carrington. Cuento que me da escalofríos de recordar a la pareja de leprosos que se alimenta de unos conejos agresivos y de miedo. “La tienda mágica”, de H. G. Wells; “El cuerpo”, de Clarice Lispector. De Cortázar son varios los cuentos que recuerdo con afecto, pero me quedaré con “Instrucciones para John Howell”, en el que un hombre entra al teatro y de pronto forma parte de la obra en el escenario, pero también detrás de bastidores. “Wakefield”, de Nathaniel Hawthorne; “Los muertos”, de James Joyce; “Una sociedad”, que es un relato de Virginia Woolf. También está ese cuento con un etéreo dramatismo de Ernest Hemingway, “Gato bajo la lluvia”; “Una mesa es una mesa”, de Peter Bichsel; “Los cautivos de Longjumeau”, de Léon Bloy; de Lucia Berlin, “Manual para señoras de la limpieza”; de Heinrich Böll, “Los silencios del doctor Murke” y “Algo por lo que recordarme”, escrito por Saul Bellow.

Esas novelas o cuentos que a uno lo han impactado, para otros lectores apenas resultarán normales o insustanciales.

Esta selección, al vuelo, responde a la impronta que dichos cuentos han dejado en la estantería de mi alma. Por lo general esas novelas o cuentos que a uno lo han impactado, para otros lectores apenas resultarán normales o insustanciales.

En el barrio donde crecí los velorios, de vecinos y conocidos, fueron la primera cantera donde me relacioné con ese universo particular del cuento. ¿Qué me han enseñado los cuentos? La respuesta puede tener muchos hilos de los cuales aferrarse, pero en lo particular he aprendido a leer la vida (y sobre todo la realidad) desechando todo prejuicio y cualquier asomo de intolerancia. Los cuentos me han permitido convertir mi memoria en un libro descompaginado en la cual la imaginación sigue colocando la realidad fuera de sus goznes respectivos, lo que se agradece, y pienso en esa frase de Borges: “No sé si soy un buen escritor; creo ser un excelente lector o, en todo caso, un sensible y agradecido lector”.

Carlos Yusti
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