
Introduzione
Los contadores públicos de la literatura sacando cuentas contabilizan cuarenta años de la muerte del escritor argentino Julio Cortázar. Poco amante de efemérides culturales y de fechas patrias haré una excepción para contar mi forcejeo con Rayuela, novela que a las primeras de cambio parece otra petulancia tan argentina, pero que hoy es un clásico indiscutible y de cuya lectura son pocos los que salen ilesos.
Allegro moderato
En mis días de estudiante en el liceo Martín J. Sanabria, probé leer Rayuela de Julio Cortázar. Lectura recomendada por mi profesor de Castellano Humberto González. Humberto como profesor fue extraordinario y luego como amigo fue un ser excepcional como pocos.
Humberto me llevó al Departamento de Literatura, un cubículo donde todo estaba ordenado con una pulcritud y precisión maniática custodiada por la profesora Vera, de lentes, menuda y de rostro impávido no tan joven, que yo asociaba con esas viejecitas dulces de los cuentos que luego se convertían en brujas exuberantemente perversas. Humberto sacó un grueso libro de uno de los estantes y me dijo: “Léela, no es un libro sencillo, pero sin duda te gustará el juego literario que hace su autor”. La portada era el trazado de una rayuela, ese juego infantil que uno dibujaba en el patio del colegio.
La novela de Cortázar me acompañaba a todos lados y me pesaba, no tanto por su tamaño, sino por su estructura. ¿Dónde estaba el principio, el nudo y el desenlace de la historia? ¿Cuál era su tema? Seguí con el libro por varios días con sus noches, tratando de leerlo, pero la novela me presentaba algunas dificultades como su lenguaje, sus referencias culturales, sus notaciones musicales sobre jazz, y mi cultura musical se suscribía a esas melodías contenidas en las rocolas de bares de mala muerte. En suma, estaba atrapado y descubierto en mi ignorancia de habitante de un barrio del sur de Valencia.
A pesar de todo concluí que la novela era mala y por eso el artilugio de dos novelas en una, o era yo un lector poco equipado, intelectual y culturalmente, para enfrentar una prosa de exuberancia estilística.
Un día, hastiado, lancé la novela desde uno de los pasillos del segundo piso del MartínJ hacia la avenida donde estaba la plaza de Blanca Nieves con sus siete enanitos. Despreocupado, en la clase de geografía económica recordé que el libro era del Departamento de Literatura custodiado por la bruja (disfrazada de profesora) y, ante el terror de cualquier maleficio, salí del salón, sin pedir permiso, y fui a la avenida a recuperar Rayuela. Por suerte no había sido atropellada. Devolví el libro y le dije al profesor Humberto: “Tremenda novela”. Él dejó escapar una sonrisa, porque lo cierto era mi tremenda mentira.
Muchos años después un libro barato, e impreso en un papel de marrón de pulpa, de esos que se compran en los quioscos de revistas y periódicos, titulado Una flor amarilla, tenía una recopilación de cuentos de Julio Cortázar con prólogo de Rafael Díaz Ycaza, de la Editorial Ariel, publicado en Guayaquil el año 1973. Los cuentos incluidos eran: “Una flor amarilla”, “Final del juego”, “Los venenos”, “Cartas de mamá”, “La noche boca arriba”, “Circe”, “El otro cielo”, “Todos los fuegos el fuego”, “Instrucciones para John Howell”, “El perseguidor”. Un inigualable banquete para sumergirse en ese estilo de lo fantástico tan cortazariano. Dicho libro me llevó a buscar todo sobre Julio Cortázar.
Cortázar era argentino, pero nacionalizado francés; que arrastraba las erres en su hablar pausado, que dio clases y que Jorge Luis Borges le editó su primer cuento. Que siempre fue un funcionario de vaya a saber qué institución internacional. Y esto no lo digo yo, sino Francisco Umbral: “Cortázar es más humano, está más confundido con la vida, controla, domina el cuento a lo Poe, y tiene, como Poe, unas manchas de alcohol, sexo y ciudad, aunque siempre fuera un funcionario”. Que inventó esos seres surrealistas llamados cronopios. Que estuvo en esa orilla del compromiso desde varios ámbitos sin hacer ruido, pero con una postura clara y firme. Mientras otros escritores cerraron filas en el desengaño, él siguió allí lanzándole piedras a La Gran Costumbre. Por supuesto escuché Jazzuela, que es una exploración musical del jazz en la novela. Leí sus poemas y esos libros que son como juegos humorísticos, tiradas de dados de azar e ironías. La mejor reseña a Paradiso, de José Lezama Lima —un libro inclasificable—, la hizo Cortázar.
La lectura de sus cuentos fue para mí un exacto boxeo de sombras, especie de preparación pugilística para enfrentarme otra vez a Rayuela. Lo escrito por Mario Vargas Llosa sobre su trabajo cuentístico es puntual: “Los cuentos de Cortázar no son menos ambiciosos ni iconoclastas que sus textos narrativos de aliento. Pero lo que hay en ellos de original y de ruptura suele estar más metabolizado en las historias, rara vez se exhibe con el virtuosismo impúdico con que lo hace en Rayuela, 62/Modelo para armar y El libro de Manuel, donde el lector tiene a veces la sensación de ser sometido a ciertas pruebas de eficiencia intelectual. Esas novelas son manifiestos revolucionarios, pero la verdadera revolución de Cortázar está en sus cuentos. Más discreta pero más profunda y permanente, porque soliviantó la naturaleza misma de la ficción, esa entraña indisociable de forma-fondo, medio-fin, arte-técnica que ella se vuelve en los creadores más logrados. En sus cuentos, Cortázar no experimentó: encontró, descubrió, creó algo imperecedero”.
Larghetto
Me enfrenté de nuevo a la novela y quedé hecho polvo, destruido y vuelto a construir por esa cosmovisión existencialista de unos personajes en esa odisea personal de encontrarse a sí mismos. En la novela había más poesía que en los poemas de Cortázar. Hay textos, trozos, florituras de escritura inolvidables como ese texto erótico escrito en glíglico, ese lenguaje inventado por esos insólitos amantes que son Oliveira y la Maga, la historia triste de esa pianista en el crepúsculo llamada Berthe Trépat, esa carta dolorosa que escribe la Maga a su bebé muerto o esos diálogos del Club de La Serpiente.
Rayuela no es una novela común y es más bien una suerte de música desesperada que sólo se puede escuchar con ese frágil oído del corazón. Por esa razón no es fácil adentrarse en Rayuela si uno es sordo, si uno va por la vida escuchando el mundanal ruido de todos los días solamente con los oídos.
Finale: Andante Allegro
Tengo varias ediciones de Rayuela en todos los papeles posibles y tapas de todo tipo. Tengo incluso la editada por Monte Ávila Editores Latinoamericana con prólogo de Ednodio Quintero. Tengo, claro está, la de la Biblioteca Ayacucho con prólogo y cronología de Jaime Alazraki. La tengo como un amuleto, como un libro que puede abolir toda la normalidad bostezante de la realidad.
Por mucho tiempo creí que el epígrafe extenso que abre la novela firmado por César Bruto era un invento de Cortázar, pero no. Pertenece a Carlos Warnes, conocido por sus seudónimos César Bruto, Napoleón Verdadero, Uno Cualquiera o José Spadavecchia, un singular escritor, humorista y periodista argentino cuyos textos no respetaban ningunas reglas ortográficas. Warnes escribía como le sonaban las palabras al decirlas. Además, sus libros son un collage de dibujos, textos de humor, fotos y variado etcétera. Los libros de Cortázar como La vuelta al día en ochenta mundos y Último Round están curtidos de humor, dibujos, fotos que son un guiño a favor del estilo de Warnes. Asimismo, en uno de esos libros parodia esos libros complicados. Está la máquina Rayuel-O-Matic, una máquina para leer Rayuela, y en ese texto se puede leer: “Rayuela es un libro para leer en la cama a fin de no dormirse en otras posiciones de luctuosas consecuencias”. Hay también una crítica al libro Poético ensayo al conjuro efluente y donde se lee: “Fabricio Díaz, que en 1961 produjo un libro-objeto, o polilibro, o libro de uso variable como los que muchos escritores experimentales tratan de realizar hoy en día...”.
Así era Cortázar, un mago desmitificador de la escritura, un niño grande, alto y huesudo que supo jugar como nadie con ese objeto que críticos y entendidos desde sus cátedras circunspectas llaman literatura.
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