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Una biblioteca trashumante

domingo 7 de abril de 2024
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Una biblioteca trashumante, por Carlos Yusti
En el desierto de Gobi (Mongolia), el escritor Jambyn Dashdondog viaja por zonas remotas a lomos de su camello con su respectivo cargamento de libros.

En la versión cinematográfica de La máquina del tiempo del año 1959 al final el viajero, luego de contarles su historia a los amigos, vuelve al futuro (año 802.701) y se lleva tres libros. Filby, el fiel amigo del viajero, le pregunta a la ama de llaves: “¿Qué tres libros se habría llevado usted? ¿Cree que vuelva?”, y ésta le contesta: “Quién sabe, tiene todo el tiempo del mundo”. Nada de esto se encuentra en el libro de Wells. Pero esa interrogante de Filby sobre los libros que pudo haberse llevado el viajero del tiempo queda como una incógnita en el aire.

En muchas ocasiones he tenido que salir, con apresurada impaciencia, de alguna relación amorosa. En mi huida en volandas los libros, cuadros y dibujos son dejados atrás. A pesar de los contratiempos y los despechos respectivos nunca he dejado de ser un reincidente amoroso. Inicio relación con una nueva pareja y una pequeña biblioteca vuelve a ocupar su espacio. Como es lógico, mis libros predilectos están de vuelta otra vez. No sé qué tipo de augurio los convoca, pero allí aparecen de nuevo para reiniciar un nuevo ciclo.

Existe como una biblioteca ideal que siempre acompaña al lector consecuente y que es algo así como otro equipaje infaltable en esas pequeñas travesías que la vida impone.

Escritores en distintas épocas han “diseñado” de alguna manera esa biblioteca ideal, compacta y viajera que contiene esos libros necesarios (e imperdibles) que todo buen lector debería tener siempre a mano.

Francisco de Miranda viajaba con su biblioteca, que no era poca, en toda su travesía aventura libertaria. Otro viajero que cargaba con sus libros a todos lados era Simón Rodríguez. Lectores impenitentes que debían su formación intelectual a los muchos libros leídos y quizá por ello nunca los dejaban atrás.

Están de moda esas listas de los cincuenta libros que debes leer antes de cumplir los treinta o esa que postula sobre los veinte libros imprescindibles que hay que leer para pasar por inteligente, y otras listas en esa tónica superflua.

Hay una de estas listas que siempre ha llamado mi atención y que recopila esos libros difíciles de leer. La novela Ulises de James Joyce es infaltable. También está Paradiso, del cubano José Lezama Lima, o La broma infinita, de David Foster Wallace. Por supuesto son novelas complicadas, pero cualquier lector que se tome la molestia (o el riesgo) de leerlas sin duda será un lector agradecido con una literatura que no hace concesiones al lector.

En las distintas bibliotecas que he ido estructurado a lo largo de mis vaivenes existenciales hay autores o libros que no me abandonan a pesar de los esfuerzos que el azar impone.

Los autores infaltables son Borges, Cortázar, Hesse, Lewis Carroll, Wells, Montaigne, Key-Ayala, Arturo Uslar Pietri. Los libros infaltables, El índice de libros prohibidos; El Quijote, de Cervantes; Diccionario filosófico, de Voltaire; Diccionario del diablo, de Ambrose Bierce; Las mil y una noches; La isla del tesoro, de Stevenson; Oráculo manual, de Baltasar Gracián; La muralla china, de Franz Kafka; Los aforismos de Lichtenberg; Artículos periodísticos de Karl Kraus; Ensayos de Walter Benjamin.

Las bibliotecas itinerantes existen. En Colombia son famosas las biblioburros, llamadas así debido a que las transportan en burros hacia zonas rurales. La “biblioteca a caballo” es un proyecto cristalizado en Indonesia. En el desierto de Gobi (Mongolia), el escritor Jambyn Dashdondog viaja por zonas remotas a lomos de su camello con su respectivo cargamento de libros. En los Andes de nuestro país un “bibliomulero” y promotor de lectura hace un peregrinaje a zonas intrincadas con un cargamento de libros respectivos. En Ciudad Guayana, Mariela Mendoza, de Buscadores de Libros, va con un cargamento de cajas atiborradas de libros y se instala en las paradas de autobuses (o en alguna plaza) para repartir libros.

Siempre me ha gustado esa parte cuando, al pobre Alonso Quijano, el cura y el barbero le queman algunos libros de su biblioteca y le desaparecen otra buena parte tapiándolos con un muro. A este respecto Alberto Manguel escribe: “Una vez su biblioteca desaparecida, el lector Alonso Quijano ya no tiene necesidad de sus libros para ser don Quijote. Ni una sola vez más, durante el transcurso de toda la novela, abrirá las páginas de un volumen cualquiera. Pero esto no significa que renuncie a su gran propósito. Convencido de la necesidad de la ética que sus novelas de caballería le han enseñado, el gran lector ya no necesita sus libros materiales: están impresos en su memoria para siempre, como en una íntima biblioteca virtual. Lector y libro son uno solo”.

Eso pasa con algunos lectores que se fusionan con sus libros. No obstante, no todos vamos a convertir en realidad lo leído en los libros y más bien los libros permiten enseñarnos a leer la realidad de otra manera.

Uno va formando su biblioteca desde la perspectiva libertaria de sus prejuicios lectores, sus gustos interesados y por supuesto los caprichos más conspicuos. Nunca existe un plan determinado y quizás por esa razón cuando he tenido que dejar mis libros atrás tengo la seguridad de que otra nueva biblioteca me espera, pero que en el fondo será idéntica (en su desorden vital) como esas que he tenido que abandonar.

De un tiempo a esta parte mi vida se ha organizado mejor y la biblioteca itinerante está un poco más estable, pero por suerte sigue igual de caprichosa y desordenada. Espero que ninguna nueva eventualidad se presente y tenga de nuevo que alejarme de mis libros, de esa realidad impresa que se traspapela a cada tanto con esa realidad ágrafa de todos los días para hacerla más tolerable.

Carlos Yusti
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