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Fuera del estilo aburrido

domingo 21 de abril de 2024
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Fuera del estilo aburrido, por Carlos Yusti
Todo escritor que se precie debe estar a sus aires, alejado lo más posible de la ciclotimia del poder político, tratando de no ser potable para ningún usufructuario de cuotas políticas o religiosas.

Nunca he cultivado esa pasión de escribir en los márgenes de los libros (y ni se diga de subrayarlos o de hacerle agregados vicarios). No obstante, lo que sí me apetece es escribir en sentido contrario, irme por las ramas y tomando partido por causas perdidas, y por ese motivo me han metido a la fuerza en esa casilla de los deslenguados dispuestos a entrar en el cuadrilátero de la polémica. Todo ha sido sin intención. La pasión obliga.

En mi canon particular de escritores que no siguen las reglas de la escritura bien peinada (y que no agite las aguas de la comodidad sedentaria del lector) es infaltable Juan Nuño. Su articulismo/ensayismo en los periódicos tenía el perfume venenoso de la frase, sin mucha belleza estilística ni metafórica, pero justa y precisa en su función de incomodar al lector. Nuño tenía la capacidad de escribir frases como navajas que iban directo a cortar la maleza abundante de los prejuicios y las posiciones acomodaticias empantanadas por las ideologías (o filosofías) del consumo y la arbitrariedad política.

Otro escritor, salvando las distancias conceptuales y de estilo con Nuño, podría ser Argenis Rodríguez. Este escritor siempre trató de fabricarse una mitología. Que si era el mejor escritor de Venezuela. Que si las mujeres lo mantenían, ya que se consideraba una especie de Casanova barriobajero. Que si en el cerro del Charal, cuando era guerrillero, tuvo su epifanía que lo llevó a convertirse en escritor. En fin, él mismo se encargó de confeccionarse un traje de mitología para pasearse sin empacho por el mundo cultural y político como un ser que estaba por encima del bien y el mal.

Argenis Rodríguez fue un escritor un tanto ramplón y llevó la escritura panfletaria a unas alturas bastante aceptables. Hoy es un escritor olvidado con equilibrada justeza, una curiosidad de nuestras letras y quizá esto le salve para generaciones de lectores a futuro.

Escritura que se hilvana con el suficiente veneno de las ideas, comentarios, epígrafes, sentencias de manera compacta y coherente.

Otra escritora de sutil y afilada lengua/escritura en sin duda Elisa Lerner. De prosa estilística cuidada en la que se percibe una pátina de excelsa ironía, de ese humor grácil que deja su perfume entre líneas en cada párrafo. Escritura que se hilvana con el suficiente veneno de las ideas, comentarios, epígrafes, sentencias de manera compacta y coherente, en la cual busca visualizar el revés de la trama de un país confeccionado con retazos surrealistas y donde se notan las costuras del caradurismo político y las minucias viles de la cotidianidad ciudadana.

No puede faltar José Ignacio Cabrujas. No el escritor teatral, que no realizó aportes interesantes para retorcerle el cuello al teatro del sainete con sátira incorporada. Mucho menos el escritor telenovelero. El Cabrujas a leer es ese que reavivó en el vil papel periódico el escrito de costumbre fuera del molde y sin tiempo que satirizó a esos personajes de la política nacional, inigualable zoológico de pillastres y buscavidas que con los “revolucionarios” que padecemos hoy día son apenas falaces aprendices del robo descarado del erario público, como se decía en siglos pasados.

Mi fervor por esos escritores que escriben para darle sabor a nuestro desabrido devenir político y ciudadano es incondicional. Son escritores que intentan lanzarles piedras a esas vidrieras que resguardan a los ilustres capos del Estado y a ese apiñado corifeo de cuidapuestos y enchufados gubernamentales. Se escribe para salirse de las directrices dictadas por la administración política, literaria y religiosa.

Todo escritor que se precie debe estar a sus aires, alejado lo más posible de la ciclotimia del poder político, tratando de no ser potable para ningún usufructuario de cuotas políticas o religiosas e intentando, en la medida de sus posibilidades, ubicarse en esa orilla donde la escritura pueda funcionar como una estocada vaporosa que saque de sus casillas incluso al lector más sagaz.

 

En una oportunidad escribí algo sobre el Ernesto Che Guevara. No era un himno de alabanza ni nada parecido, era más bien un texto-cactus, con muchas espinas afiladas de acero, sobre este “glorioso” guerrero que al final se convirtió en una propaganda fetiche de una revolución que había hecho de Cuba un campo de exterminio, especie de gulag rodeado de agua por todas partes, tanto para disidentes como leales de esa revolución devenida en dictadura familiar y doméstica.

Pasó bastante tiempo y estoy dando una charla en una sala de arte sobre el Quijote y en el ínterin de preguntas y respuestas se levanta un señor blandiendo el recorte de periódico con el texto sobre el Che. El hombre furibundo recriminaba mi falta de respeto y por supuesto mi osadía por escribir de un hombre considerado casi un santo por los revolucionarios del mundo. Aquel individuo estaba fuera de sí y el público tuvo que intervenir para calmar los ánimos. El hombre del recorte se fue furioso y efervescente. En ese momento pensé en una frase del hombre de la triste figura: “No puede impedirse el viento, pero hay que saber hacer molinos”.

 

Escribir sin ningún bando cierto y dejando que la imaginación y las palabras ordenadas desde la pasión hagan su trabajo podría ser precario compromiso de escritor.

Un libro de Johnson (de bolsillo, claro) titulado Al diablo con Picasso y otros ensayos, recopila los textos de una columna escrita para un diario londinense. El artículo sobre Picasso era más biliar que ilustrado. Lo tilda de pésimo pintor y otros denuestos menos sutiles. Como es lógico, y aunque el texto está escrito con brillantez y humor, uno quisiera retorcerle el cuello no a Picasso, sino a Johnson. Asimismo, en el libro hay un artículo que alaba a Pinochet y ese fervor que los chilenos tienen por esa costumbre tan civilizada de la hora del té.

Una frase de la escritora Cristina Peri Rossi puede fijar un poco la posición del escritor en este maremágnum social y político que suele tocarle en suerte: “Mientras algunos se dedican fanáticamente a hacerse ricos y a dominar las fuentes del poder, otros nos dedicamos a expresar las emociones y fantasías, los sueños y los deseos de los seres humanos”. Escribir sin ningún bando cierto y dejando que la imaginación y las palabras ordenadas desde la pasión hagan su trabajo podría ser precario compromiso de escritor en estos tiempos de saldos y rebajas ideológicas.

Escribir en contra es un buen ejercicio para el espíritu. Tratar de escribir siempre a la defensiva y sin ganas de complacer peticiones y mucho menos escribir para reforzar lo que borregamente acepta la mayoría. Por lo demás, es necesario tener en cuenta que la escritura no es un trabajo inocente, aunque se disfrace como tal. En otros tiempos en Venezuela se le aplicaba a cualquier hijo de vecino la ley de vagos y maleantes. Un escritor estaba en ese lote anónimo de vago, ya que escribir libros (o en el peor de los casos poesía) era considerado un pasatiempo de inmadurez, una esquirla de inigualable inutilidad. Tampoco escribir en los periódicos era garantía de nada, ya que ni las gracias le daban al pobre escritor, quien con gran responsabilidad aportaba sus gusanos tipográficos. Ahora en estos tiempos de Internet los politicastros de oficio, para aplacar las críticas a sus negocios turbios, aplican la ley de incitación al odio. Ya lo decía Vito Corleone: “La política y el crimen son la misma cosa”.

El opinador de ocasión escribe para introducir una nota disonante en la melodía de todos los días. Escribir en modo desnudo, pero que no te pille la censura por razones de Estado, ni mucho menos la liga de las sanas costumbres y menos el club de la corrección política-literaria, siempre al acecho y vigilante.

Por eso soy fiel a mis obsesiones, a las pasiones (más barriobajeras que bajas) que me mueven. Devoto a las lecturas y a las contralecturas de la realidad (o de los libros), siempre cuando escribo busco ofrecer una perspectiva menos distraída del presente. Por supuesto, utilizo algunos trucos para que el lector llegue al punto final con algo desaprendido de este mundo (y momento) que nos ha tocado en esta ruleta azarosa de la realidad circundante. Además, creo que una columna tiene algo de estética efímera; la cual se exhibe a los cuatro vientos por un momento y después se desmonta sin trauma alguno. Trato de no aburrirme en esto de escribir con regularidad y hago otro tanto para que los lectores tampoco se aburran, por aquello escrito por Voltaire: “Todos los estilos literarios son buenos, excepto los de estilo aburrido”.

Carlos Yusti
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