Saltar al contenido

Museo de lo insólito

domingo 12 de mayo de 2024
¡Comparte esto en tus redes sociales!
Los ewaipanomas
Los ewaipanomas, la extraña raza que según sir Walter Raleigh “tienen los ojos en los hombros y la boca en mitad del pecho”.

Con apenas ocho años mis padres me llevaron a una feria con carruseles, montañas rusas, carritos chocones. Además de los juegos mecánicos, de payasos y saltimbanquis en zancos, había una sala de espejos, un portátil museo de lo insólito y una pequeña carpa con una exposición de miles de mariposas disecadas. Estaba maravillado con las mariposas y su variado/colorido número de ejemplares.

Mi atención se centró en el museo, el cual recorrí varias veces. El breve museo de lo insólito era un fraude descomunal y combinaba figuras de cera de monstruos y asesinos en conjunción con una colección de objetos absurdos y con esa pátina indiscutible de lo macabro.

La exhibición buscaba mostrar ese lado oscuro del mundo, ese costado donde lo normal daba paso a lo insólito o lo fantástico sin corroborar (o desmentir) nada. Tenían el esqueleto de un marciano. Era pequeño y con una enorme cabeza. Si uno se detenía a observar, con relativa minuciosidad, se percataba de que todo era un ensamblaje. Quizá utilizaron el esqueleto de un mono y lo unieron con partes de otros animales de menor tamaño. La ensambladura era de enorme precisión, una obra de arte en sí misma, y con una exacta precisión estética que para los muchos ojos que allí estaban hacía imposible determinar si aquel esqueleto no era otra cosa que un fraude bien calculado.

También estaban las fotos del eslabón perdido. Fotos realizadas en una isla selvática que no aparecía en mapa alguno. Me impresionaron las piezas extrañas de un platillo volador, realizadas sin duda por un creativo metalúrgico terrestre. Había una cabeza de un fósil de dinosaurio, con una dimensión espectacular. De igual manera en este raro museo se podían ver pequeñas cabezas disecadas, procedentes de Borneo donde los nativos todavía practicaban tan extraño y pavoroso ritual. Exhibían una guillotina (con su respectiva cabeza de cera en una cesta), replica de la original utilizada en la Revolución francesa. Aquel museo, aunque falso y amarillista, forma parte de mi primer encuentro con lo fantástico.

Después que me hice lector de libros me encontré con que una historia, un cuento, también me descubrían ese mundo de lo raro e inesperado. Las palabras dibujaban ese museo itinerante de mi niñez a través de las palabras. La realidad dejaba de ser aparatosa y despiadada para convertirse en una sutil metáfora que se multiplica y ramifica como un bosque de cuento de hadas.

Lo fantástico puede rastrearse en esos relatos elaborados, con una fuerte dosis imaginativa, por los primeros españoles que visitaron nuevas costas y continentes. Las crónicas e historias de los cronistas de Indias son un reservorio incomparable de fantasía delirante, de puntuales y desbocados inventos de la imaginación. Los escribas de las crónicas de Indias traían consigo algunas lecturas fantásticas de viajeros como Marco Polo y otros escritores que viajaron consultando relatos en alguna polvosa biblioteca. Un libro como La historia natural de Plinio estaba repleto de pueblos antropófagos y de hombres cuya fisonomía retaba cualquier atisbo de normalidad, y así el lector medieval consigue hombres sin boca o con pies de caballo, hombres que tienen una sola pierna o con cabeza de lobo. Con esas lecturas como equipaje muchos viajeros llegaron al Nuevo Mundo, quizá buscando el paraíso terrenal descrito en la Biblia y que algún cartógrafo alucinado situaba bajo el ecuador en plena selva.

Cuando vine a Ciudad Guayana, por primera vez, ya me había leído El soberbio Orinoco, de Julio Verne, quien jamás viajó a ningún sitio, pero se abasteció de mucha información, de otras fuentes bibliográficas y de otros autores, para escribir el libro. El otro libro que me acompañó en esta primera visita fue el del pirata inglés sir Walter Raleigh, El descubrimiento del grande, rico y bello imperio de Guayana. En el libro se describen a los ewaipanomas, “que tienen los ojos en los hombros y la boca en mitad del pecho, y que una gran cola de pelo les crece hacia atrás entre los hombros”. Por supuesto Raleigh escribe de esas mujeres guerreras, diestras con el arco, llamadas amazonas, y las cuales se cortaban un seno para accionar mejor el arco y las flechas durante sus feroces ataques. Fray Gaspar de Carvajal anota en sus crónicas que en cierto tiempo se relacionaban con los hombres. “Las que quedaban preñadas, si paren hijo dicen que lo mataban o lo envían a sus padres, y si es hembra que la crían con muy gran regocijo (...), son muy membrudas, andaban en cueros y tapadas sus vergüenzas con sus arcos y flechas, haciendo una tanta guerra como diez indios...”.

Los caníbales no podían faltar en esos increíbles relatos, y Hans Staden escribe cómo fue capturado y al llegar al poblado lo hicieron gritar en su lengua: “Yo, vuestra comida, llegué”. El padre José Gumilla escribe sobre el comercio de un letal veneno que realiza la nación Caverre: “(...) Sólo esta nación tiene el secreto y lo fabrica y logra la renta pingüe del resto de todas aquellas naciones que por sí o por terceras personas concurren a la compra del curare, que así se llama”.

A los cronistas de Indias la flora y la fauna de estos inéditos parajes, con esa impronta de lo asombroso, debieron apabullarlos con su belleza y luminoso esplendor. Si estas tierras no eran el paraíso, de seguro se le parecía bastante. Las diferentes crónicas refieren cuestiones irreales con respecto a los animales que van encontrando a su paso. No es casual que Carlos Fuentes escriba: “Si el Renacimiento concibió que el mundo natural estaba al fin dominado y que el hombre, en verdad, era la medida de todas las cosas, incluyendo la naturaleza, el Nuevo Mundo se reveló de inmediato como una naturaleza desproporcionada, excesiva, hiperbólica, inconmensurable”. Y en tal sentido la descripción de los animales y los frutos, las plantas y los ríos, se ajustaba a esa metáfora de lo exagerado y lo insólito. Fuentes acota: “De esta manera, todos los dramas de la Europa renacentista van a ser representados en la América europea: el drama maquiavélico del poder, el drama erasmiano del humanismo, el drama utópico de Tomás Moro. Y también el drama de la nueva percepción de la naturaleza”.

Leer a los cronistas de Indias es como recorrer un museo de lo inesperado y lo extraordinario. Los aventureros españoles que se adentraron en el Nuevo Mundo estaban guiados por la ambición desmedida y por quimeras elucubradas por marinos o viajeros de escritorio. Con todo este arsenal escribieron sus crónicas para entender un mundo que desbordaba todos los parámetros de la razón, que volvía cotidianas las maravillas más insospechadas. Estos primeros relatos son el germen de gran cantidad de la literatura de Latinoamérica y del Caribe. Gabriel García Márquez siempre aseguró que la fuente principal de sus historias era la realidad que lo rodeaba. De igual modo los cronistas de Indias se impregnaron de la realidad circundante para crear desde la escritura un mundo desmesurado (especie de museo de lo extraño), pero abarcable sólo con esos largos hilos de la imaginación.

Carlos Yusti
Últimas entradas de Carlos Yusti (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio