
Un amigo, con un doctorado en literatura, me aseguró que los textos que escribía no eran ensayos, que se aproximaban más a un collage, especie de Frankenstein, confeccionado de partes de otros géneros literarios y que en ocasiones se tornaban como repetitivos; variaciones dispares de un mismo asunto. Exacto, le dije, lo que busco es dibujar el mismo paisaje reiteradamente como hizo Paul Cézanne, que pintó alrededor de ochenta y siete cuadros con el paisaje de la montaña Sainte-Victoire. Esa montaña pintada por Cézanne no se parece al Sainte-Victoire, sino que ésta se parece a la montaña pintada por el artista. Le recordé a mi amigo, poco ducho en pintura, que Manuel Cabré pintó varias veces el cerro El Ávila y uno va a la ciudad de Caracas y lo observa, pero sólo recuerda la belleza imponente del Ávila en los cuadros de Cabré; o mejor, incluso, el auténtico Ávila es el pintado por Cabré, el cerro real parece estar dibujado en la ciudad por un aficionado. Algo parecido trato de hacer cuando escribo: busco que el ensayo, reconocido por académicos y estudiosos, se parezca a lo que escribo y no al contrario. Que mi texto sea el ensayo real (en mayúscula) y que los otros escritos que se publicitan como tales sean apenas remedos maltrechos.
Roland Barthes distingue como dos categorías en eso de asumir la escritura. Para el semiólogo francés están los escritores y los escribientes. Los primeros realizan una función y los segundos una actividad. El escritor convierte la escritura en un proyecto de vida, en una vocación que implica un trabajo especial con el lenguaje; convirtiéndose es una especie de guardián de las palabras hasta llegar a ese mito del escribir bien, donde el estilo y la técnica se convierten en arte.
Por su parte el escribiente, a decir de Barthes, “son hombres ‘transitivos’; plantean un fin (dar testimonio, explicar, enseñar) cuya palabra no es más que un medio; para ellos, la palabra soporta un hacer, no lo constituye”.
Desde esta visión el ensayista vendría siendo un escribiente. Es decir, un individuo despreocupado en crear literatura, para conformarse en ser sólo un comentarista subalterno, un copista menos inspirado que se ha perdido en el laberinto de la literatura tratando de explicar las obras que crean los escritores.
El escritor Jonathan Franzen es un escritor estadounidense, propinó el gran pelotazo con su novela Las correcciones, galardonada con el National Book Award, que ha escrito tres desiguales libros de ensayos. Digo desiguales debido a que no se ocupan de manera íntegra de lo literario. Los libros se arman con un conjunto de textos disímiles en cuanto a temática, especie de cajón de sastre en el cual el lector encontrará artículos, discursos a los graduados, crónicas, testimonios personales, reseñas de libros, encargos de revistas y un múltiple etcétera.
En su libro El fin del fin de la Tierra, el autor de Las correcciones escribe un ensayo con el llamativo título “El ensayo en tiempos oscuros” en el cual asoma, más o menos, su visión sobre un género tan escurridizo.
Franzen se metió en esto de escribir ensayos por casualidad y ha escrito que las pocas lecciones que aprendió para escribir artículos ensayísticos fueron gracias a los consejos de Henry Finder, editor en The New Yorker. Finder le dijo que como periodista era una calamidad, pero que como ensayista tenía potencial. Por supuesto Franzen enumera dos lecciones más que aprendió de Finder; una fue que “todo ensayo, incluso si trata exclusivamente de ideas, cuenta una historia”; la segunda, que “sólo hay dos maneras de organizar el material: ‘Lo que se parece va junto’ y ‘Esto es consecuencia de aquello’”. Con estas lecciones Franzen comienza su vuelo sin motor por los cielos despejados del ensayo.
Mi visión del ensayo se encamina por otros linderos. Hay un texto de Pedro Téllez, “La última cena del ensayo: trece comensales”. Un texto atípico acerca del ensayo y que en trece apartados va explicando, de manera concisa, todas las aristas del género. En el apartado doce Téllez anota: “Nada más ridículo que el ensayista hablando o escribiendo acerca del ensayo. En todo ensayo el autor trata de sí mismo, hablar además de su escritura sería un exceso. Por eso los mejores ensayistas no son ensayistas, es decir, no lo parecen”.
Se escriben ensayos para no parecer un escribiente, o en todo caso para no parecer un ensayista y como es lógico para que el yo se deslice entrelíneas como una manera de buscar organizarse a través de la escritura. “...No hay descripción de tanta dificultad como la de uno mismo (...). Ora es menester tantearse, ora ordenarse y colocarse para salir a la luz pública”. Montaigne dixit. El ensayo hoy busca canibalizar otros géneros y por eso muerde del cuento, de la crónica, del artículo de opinión y del encargo de escritura. Ya no es ese ensayo rígido, algo almidonado, que trata de pasar en puntillas por los pasillos del poder y no despertar las suspicacias de la administración. De igual modo ha dejado de ser un mensaje para devenir en un texto creativo donde el estilo y la forma se conviertan también en un arte irrepetible.
Volviendo a Franzen, y a su texto sobre el ensayo en tiempos de oscuridad, en un fragmento comprueba que el ensayo tradicional, el que desarrolló Montaigne y se fue perfeccionando con Emerson, Woolf y Baldwin, está como eclipsado y que las revistas han dejado de publicar artículos puramente ensayísticos. La oscuridad va referida al triunfo de Trump en las presidenciales en ese momento y lo demás es historia, hablilla de hemeroteca. En lo personal creo que se escribe siempre en tiempos oscuros; se escribe siempre a contracorriente.
En otro apartado de Téllez, el número trece, puede leerse: “Judas como Mesías. Salir con blancas o con negras; elogiar a los caníbales, ironía por delante; la escritura ensayística nada contra la corriente o no es nada. Ese esfuerzo necesario, adicional, lo aporta un lector particular, el lector de ensayos. En la lectura ensayística se da un paso más allá del sentido común; o como en el ajedrez, se trata de ver una jugada más que el adversario”. De eso se trata, de escribir ensayos que parezcan otra cosa, pero sobre todo de ver/hacer jugadas poco previsibles en este juego de escrituras donde lo que importa es organizar las palabras desde su creatividad hostigadora e imaginativa.
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