
Tuve un sueño anómalo en el que aparece Luis Alberto Crespo. O más bien, con un homenaje que se efectuaba al poeta por su trayectoria. La idea del homenaje era bastante insólita y un tanto surrealista. Los organizadores se habían encargado de disponerlo todo: local, sillas, músicos, poetas amigos, críticos que disertarían sobre su obra poética y un estresante etcétera. El único detalle era una prerrogativa: que tanto invitados como público en general se abstuvieran de asistir a dicho homenaje. En esta especie de performance me imaginaba (en el sueño no lo vi) al poeta Crespo, con su pareja de turno, sentado en el podio con la mirada perdida hacia la puerta a la espera de amigos, invitados y admiradores de su poesía. Lo imaginaba en ese desierto de sillas vacías en una especie de orfandad a la expectativa de un público que jamás haría acto de presencia.
Mis amigos dicen que ese sueño es sólo la materialización de mi ojeriza por el poeta Luis Alberto Crespo (aunque el doctor Carlos Villaverde la ha diagnosticada como crespitofobia obsesiva-compulsiva), debido a que nunca me publicó en el Papel Literario “donde las colaboraciones eran rigurosamente solicitadas”. Les digo que eso es falso ya que para ese tiempo estaba atrincherado con mis textos en las páginas del Suplemento Cultural del diario Últimas Noticias, dirigido por el notable periodista Nelson Luis Martínez. Suplemento en el que escribía un grupo de excelentes y selectos escritores, tanto del patio local como extranjero.
Ahora, si de su poesía se trata, la cuestión es diferente. Crespo siempre me ha resultado un poeta subalterno, aunque los frikis “seguidores” de su arte poética (que los tiene) se incordien, si se le compara con algunos buenos poetas de la ciudad Valencia-Sulaco. Incluso un poeta como Antonio Trujillo tiene mucho más metal poético que Crespo. Otro poeta que le supera es Gonzalo Fragui, quien escribe poesía desde esa orilla compleja del humor. En la poesía de Fragui se lee entrelíneas una ironía mundana, en cambio en la poesía de Crespo hay como mucho almidón trascendente, como demasiada armonía de cálculo acomodaticio con el poder. Sin mencionar que tuvo el caradurismo/descaro oportunista de decir en público que aquí el único poeta en el país era el difunto aquel presidente de la cosa, quien murió de cáncer, cuyo nombre ya olvidé, y que él era apenas un aprendiz, especie de pastor que llevaba el rebaño de las metáforas a ese establo limpio de la página en blanco, que él era algo así como un vago y torpe aficionado en eso de unir palabras para dar con algún verso memorable o algo por el estilo, yo que sé.
En un libro de Jorge Luis Borges, Libro de sueños, el escritor argentino recopila un conjunto de sueños esparcidos en la literatura. Como es lógico hay algunos sueños recopilados de la Biblia. La icónica historia de José, que también interpretaba los sueños, no la leí en el libro sagrado de los cristianos, sino en la novela José y sus hermanos, escrita por Thomas Mann. Siempre me deslumbró ese sueño del faraón: “Al cabo de dos años soñó el faraón que estaba a orillas del río y que de él subían siete vacas hermosas y muy gordas que se ponían a pacer la verdura de la orilla; mas también subieron siete vacas feas y muy flacas que se comieron a las otras. El faraón despertó y volvió a dormirse. Ahora soñó que veía siete espigas que salían de una misma caña de trigo, muy granadas y hermosas, mas detrás brotaron siete espigas flacas y quemadas por el viento solana que devoraron a las granadas y hermosas”. Otro sueño del libro es uno titulado “Cortesía”, de Nemer ibn el Barud: “Soñé que el ciervo ileso pedía perdón al cazador frustrado”.
Soy poco experto en recordar mis sueños, mucho menos en anotarlos. Walter Benjamín y Kafka tenían la costumbre de anotarlos. Benjamín anota este sueño laberíntico: “Los O... me mostraban su casa en la India holandesa. La habitación en que me encontraba estaba enteramente recubierta con madera oscura y causaba impresión de bienestar. Pero esto era poco, me dijeron después mis anfitriones: lo en verdad admirable era la vista desde el piso de arriba. Pensé en la vista al mar, que estaba cerca, y comencé a subir por la escalera. Una vez arriba, me situé ante la ventana y miré hacia abajo. Ante mis ojos estaba la habitación, cálida, enmaderada y agradable, que acababa yo de abandonar”. Kafka anota en su diario: “Sueño: el ministerio francés, cuatro hombres sentados a una mesa. Tiene lugar un consejo. Recuerdo al hombre sentado en la parte derecha, con un rostro chato y apretado en el perfil, color de piel amarillento, nariz recta y saliente (tan saliente a causa de su forma achatada) y unos bigotes fuertes, negros oliváceos, que cubrían la boca como una bóveda”.
Una pintora y escritora que también escribió algunos de sus sueños fue Remedios Varo, pero además las imágenes, escapadas de un sueño, la perseguían a plena luz del día y sólo las pintaba. No sin razón Josefa Zambrano escribe: “En su obra se amalgaman los sueños, los recuerdos de la infancia, las vivencias femeninas y los temores y horrores de la guerra; la búsqueda del conocimiento y la verdad a través de la ciencia, la religión y la filosofía”. Los cuadros que pintó Varo son una veta de esos sueños infrecuentes que se entretejen con las claridades del día.
Hay un sueño de Remedios Varo en el que ella ha descubierto un significativo secreto relacionado con la “verdad absoluta”. Gente de poder se entera de los peligros que eso supone y la capturan. Condenada a muerte el verdugo la conduce a un sitio, especie de muralla de la ciudad con una pendiente bastante inclinada. El verdugo se burla y se ríe de ella. Le dice: “¿Por qué tienes miedo a la muerte si sabes tanto? Teniendo tanta sabiduría, no deberías temer a la muerte”. Ella no teme morir, pero se ha dado cuenta de pronto de que olvidó hacer algo importante y le explica al verdugo que ella amaba a una persona y necesita tejer sus destinos. El verdugo le concede diez minutos, o como lo cuenta la pintora: “Entonces, yo procedí rápidamente y tejí a mi alrededor (a la manera como van tejidos los cestos y canastos) una especie de jaula de la forma de un huevo enorme (cuatro o cinco veces mayor que yo). El material con que lo tejí eran como cintas que se materializaban en mis manos y que, sin ver de dónde venían, yo sabía que eran su substancia y la mía. Cuando acabé de tejer esa especie de huevo, me sentí tranquila, pero seguía llorando. Entonces le dije al verdugo que ya podía matarme, porque el hombre que yo quería estaba tejido conmigo para toda la eternidad”.

Remedios Varo falleció de un infarto en el año 1963, tenía 54 años. En su estudio se encontró el boceto de un cuadro que tendría por título “Música del bosque”, un dibujo hecho a lápiz sobre papel mantequilla en el que se observa a un personaje, pelo largo y con un cómico sombrerito sentado en un tocón de árbol. Está ensimismado en su interioridad escuchando una música. El “disco” es una delgada sección circular de un tronco de árbol cortado. Este sinigual “tocadiscos” se acciona con unas aspas que giran gracias al viento del bosque, y se halla montado sobre otros dos tocones, sólo que de menor tamaño que el tocón principal. La “aguja” que recoge la música grabada en los surcos del “disco” es también de madera: una varita viva que sale de la base del tronco cortado que sostiene el vástago que gira con las cuatro aspas aleteando en el viento. La música surge como un reclamo de vida de un árbol que ha sido cortado.
Los sueños poseen el potente encanto de una música. El que la escucha es como ese personaje del cuadro de Remedios Varo, sólo que está dormido. El durmiente escucha esa melodía de fondo que acompaña esas vicisitudes nocturnas que se viven en esa frontera del inconsciente.
De la vuelta con el homenaje/sueño del poeta Crespo me veo caminando frente al lugar donde se realizará el evento. Me detengo en la acera de enfrente y de improviso se desata una lluvia. No sé cómo, pero mi brazo derecho se convierte en un paraguas negro. Intento escapar de la lluvia. A medida que camino siento que algo cruje y se quiebra bajo mis pies a cada paso que doy. Así me percato de que no es agua lo que golpea el paraguas, sino pequeños pájaros de colores. El nivel de pájaros va subiendo. Trato de escapar algo asustado; en ese momento despierto sobresaltado.
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