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Sombrero o una boa que digiere un elefante

domingo 14 de julio de 2024
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Sombrero o una boa que digiere un elefante, por Carlos Yusti

Mi nieto Luis Ángel puede gastar en cuatro semanas una resma de papel carta. No es escritor, ni nada que se le parezca. Le gusta pintar, pero no le agrada hacerlo en hojas reutilizadas, ni pintar al dorso luego que ha coloreado una cara de las hojas. Dibuja pequeños gatos azules y perros anaranjados con algo de monstruos. El gato es azul y a veces no tiene piernas. Cualquier psicólogo vería dichos dibujos y aconsejaría terapia, pero Luis es en promedio un chico normal y sin carencias afectivas, sólo que le gusta dibujar desde esa libertad infantil, quizá exorcizando esos terrores infundados que a todos persiguen desde la niñez a la vejez.

En los distintos talleres de pintura que imparto a los niños descubro siempre algunas características; como ponerles nombre a las cuestiones que dibujan y, por ejemplo, si se trata de una línea negra que en uno de sus extremos tiene tonos anaranjados y amarillos, al lado de dicho dibujo la niña o el niño que lo ha realizado escribe “Dragón”. Y esto es así para que los espectadores adultos no se confundan y piensen que se trata de un cordón de zapato. Otra característica que he notado es que en la mente del niño el dibujo se idealiza, aunque los resultados en el papel no se compaginen para nada con ese dibujo ideal que el niño mira desde su imaginación particular.

Un pintor genial como Pablo Picasso al final quería recuperar ese trazo infantil y es famosa su frase: “Me tomó cuatro años pintar como Rafael, pero me llevó toda una vida aprender a dibujar como un niño”. Y de hecho ya en el ocaso volvió a su trazo infantil y muchos se apresuraron, con fanfarrias, a pronosticar el declive de una genialidad pictórica que dictó las pautas del arte del siglo XX.

Paseando en la Barcelona española, más específicamente, por el Barrio Gótico, y caminando por la plaza de la catedral o plaza Nova, me encuentro con el Colegio de Arquitectos de Cataluña.

El edificio, de ocho pisos, desentona debido a su estructura moderna en contraste con el ambiente medieval que le rodea, pero lo que realmente detonó la controversia, cuando se inauguró el edificio, fueron los tres grandes frescos que forman un friso que decora su entrada y son obras de Picasso.

En los frescos están presentes los temas de Picasso como romerías, grupo de personas, el toro, músicos, danzarines. Pero todo está resuelto con sencillas líneas, como si de un dibujo infantil se tratara. Como Picasso era comunista sus enemigos, e incluso la Iglesia, intervinieron para impedir la instalación de los frescos.

Sombrero o una boa que digiere un elefante, por Carlos Yusti

En la novela de Antoine de Saint-Exupéry El Principito, el narrador explica que cuando niño leyó en un libro que las serpientes boas se tragan a sus presas completas, sin masticarlas; después, como no pueden moverse, duermen durante meses mientras hacen la digestión. Esto lleva a reflexionar al narrador sobre la selva, lo que le induce a dibujar con un lápiz de color su primer dibujo. Les muestra el dibujo a las personas grandes y les pregunta expectante si su dibujo les asusta, o como está escrito en El Principito:

—¿Por qué habría de asustar un sombrero? —me respondieron.

Mi dibujo no representaba un sombrero. Representaba una serpiente boa que digiere un elefante. Dibujé entonces el interior de la serpiente boa a fin de que las personas grandes pudiesen comprender. Siempre necesitan explicaciones (...).

Las personas grandes me aconsejaron que dejara a un lado los dibujos de serpientes boas abiertas o cerradas y que me interesara un poco más en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática.

Los pintores impresionistas fueron arrojados a la basura, en sentido metafórico, por el público y algunos críticos. Louis Leroy, un crítico de arte de ese momento, empleó la palabra impresión con un sentido despectivo ya que consideraba que las pinturas impresionistas estaban mal acabadas y eran apenas una impresión algo apresurada de la realidad.

Con los dibujos y pinturas ejecutados por niños o por genios, estas diatribas y malentendidos nunca dejan de estar presentes. Para descalificar cualquier obra que ocupe un espacio en el museo, o en alguna feria de arte, nunca falta esa muletilla: “Mi hijo puede hacerlo mejor”.

Pero no todo es tan sencillo. Como espectador uno puede estar de acuerdo o no con los penetrables sonoros de Jesús Soto, o con La “cama deshecha” de Tracey Emin o con 18 huecos, obra de la artista Viviana Balcázar consistente en dos ladrillos con orificios y coronados con un cono, o las obras de Dan Flavin (1933-1996), el artista que eligió los bombillos fluorescentes para crear sus esculturas lumínicas, o el famoso cambur, pegado a la pared con cinta industrial, de Maurizio Cattelan. No obstante, los artistas en todas las épocas ponen en solfa el arte oficial y existe como un afán de ir trazando nuevos derroteros estéticos, los cuales serán sometidos a ese juez implacable que es el tiempo.

La polémica crítica de arte Avelina Lesper estuvo impartiendo un curso en un colegio para alumnos de sexto de primaria y realizó un ejercicio con una manzana. El reto era que los alumnos la pintasen con la mayor cantidad de colores. Los alumnos pintaron manzanas con muchos matices. Avelina explica la finalidad de este simple ejercicio:

¿Qué habría sucedido si mutilo ese proceso? Si les digo a los niños que no tienen que observar, describir ni dibujar la manzana, que la fruta ya es arte, es un readymade y que no es necesario recrearla en una obra. Les informo, para sostener esa imposición injusta, que una señora hipermediocre llamada Yoko Ono así lo hizo y la expuso en el MoMA, amparada por un curador y una estructura ideológica que desprecia a la inteligencia y el hacer artístico...

Quizás cuando Picasso pintaba esos cuadros que se asemejaban mucho a un garabato infantil sólo le decía al espectador que tenía todo el arte, desde las pinturas en las cavernas hasta nuestros días, metido en su manera de mirar el mundo. O simplemente quería recuperar su capacidad de mirar desde la sorpresa. A fin de cuentas, un niño no dibuja lo que le rodea, pinta el asombro de su curiosidad.

Carlos Yusti
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