
En varias ocasiones estuve a punto de no escribir y quedarme en esa zona de confort para convertirme sólo en ese lector-hembra postulado, de manera irónica, por Julio Cortázar.
En el bachillerato inicié mis andanzas como editor-escritor. La primera publicación se llamaba Letras Muertas. El nombre tan lúgubre lo sugirió un condiscípulo, pero su argumento fue contundente: “Como nadie va a leer lo que escribimos se puede decir que serán sólo letras muertas”.
Quemé un montón de poemas. Arrojé a la basura algunos cuentos e incluso una novela. Mi primer libro para que se editara pasó por un periplo de obstáculos, correcciones y espera, y cuando todo parecía solucionado volvían las trabas y toda esa telaraña burocrática de la cual era imposible escapar. También me embarqué en algunos proyectos de impresión, sobre todo de revistas, y como impresor fui lo que se dice todo un Balzac en lo de fracasar más que en eso de escribir.
En esta etapa de aprendizaje lo más interesante fueron las lecturas realizadas sin un orden prestablecido. Leí de todo sin discriminar nada. Lo segundo es que en el universo del arte y la cultura hay unos personajes increíbles y rotundamente fellinianos. Lo tercero fue descubrir que los poetas y narradores estaban lejos de ser esos ciudadanos ideales que uno pensaba. El egoísmo, el narcisismo y la insolidaridad engrasan la maquinaria siniestra de las bellas letras.
Voltaire advertía, con justa razón, que los escritores deberían parecerse a los peces voladores; volando siempre a ras del agua, a sabiendas de que si se sumergen demasiado se los comen los peces y que si se elevan demasiado se los comen los pájaros. Alberto Manguel ha escrito:
Los lectores de todos modos quieren creer que los creadores de obras esclarecedoras deben ser personas esclarecidas. Rara vez es así. En general, los escritores y los artistas son criaturas egoístas, codiciosas, despiadadas, envidiosas, coléricas y mezquinas, tal como la mayoría de nosotros, los seres humanos. Lo único que los distingue de sus hermanos corrientes es que, cuando los toca la gracia, son capaces de producir buen arte.
Como es lógico, en mi camino encontré excelentes escritores que, a la par, eran exquisitas personas. De igual modo me encontré con cada patán lleno de engreimiento y vileza, los cuales me han sido útiles e incluso como vivos ejemplos a los cuales jamás hay que imitar.
Esto me recuerda a Leonardo Sciascia, que leyendo la introducción de un catálogo de fotos descubre a Gesualdo Bufalino. Sciascia, con indiscutible olfato de editor, sabe que allí hay un escritor distinto y, tan aficionado a lo detectivesco, se propone la tarea de buscarlo. Jorge Herralde escribe:
Bufalino, profesor de instituto jubilado, reticente ante el mundo editorial, escribió una introducción a un volumen de fotografías de Comiso, su ciudad natal. Sciascia leyó el texto y detectó de inmediato a un auténtico escritor y, tras una convincente tarea de persuasión, le convenció para que publicara, a sus sesenta años, en la editorial siciliana Sellerio, en 1981, Perorata del apestado, que fue recibida de forma entusiasta por la crítica italiana (como sucedería más tarde en España), obtuvo el prestigioso Premio Campiello y se convirtió en un instant classic”.
De pronto Bufalino se convirtió en el centro de atracción y todo aquello de las entrevistas, de las críticas, buenas, malas y odiosas, no se dejó esperar. Antes de publicar la novela, Bufalino le manifestó a Sciascia que presentía que se avecinaba algo siniestro. Y no se equivocó.
En este caso Sciascia más que editor se comportó como un lector agradecido y como un escritor que supo reconocer en otro escritor, sin mezquindad alguna, un estilo sutil y diferente. Bufalino estaba desecho luego de la muerte de Leonardo Sciascia. Como gratitud por aquel gesto, Bufalino escribió un bello artículo titulado: “Una catástrofe personal”. En dicho texto escribe:
Con él no se ha apagado sólo una bellísima luz de inteligencia, sino que se ha parado un gran corazón. La talla del hombre era al menos tan alta como la estatura del escritor. Su orgulloso pudor, su discreción, su delicadeza huidiza y misteriosa, son lo más noble que he conocido en un alma. Hasta tal punto escondía tras sus silencios y su forma de ser, sólo en apariencia arisca, una desarmada fragilidad, una capacidad de abandono y de solidaridad humana.
Estas cuestiones hacen pensar que no todo es tan siniestro en el ámbito literario. Hay escritores que aportan algo de luz, como personas y artistas de la palabra, a ciertos pasadizos oscuros. Sin embargo, muchos escritores tienen bastante de bicho kafkiano y menos de humanos, o como lo ha dicho John Banville en una entrevista:
¿Qué puedes esperar de unos tipos que se pasan día tras día frente a su escritorio juntando palabras? Casi no somos humanos, estamos más cerca de los caníbales, pues aprovecharíamos cualquier cosa que nos contara un amigo en la intimidad, somos seres capaces de vender a los hijos por una buena frase, que no se cansan nunca de espiar y hurgar en los secretos ajenos. Mala gente. Manténganse alejados de nosotros.
Por eso es que tal vez la esposa del escritor siempre le dice que a los escritores sólo se les debería leer, pero jamás conocer.
Siempre quise conocer a Eugenio Montejo y aunque teníamos amigos en común nunca fue posible que coincidiéramos en alguna reunión, y por eso quizá Montejo se encuentra en un lugar privilegiado en mi altar particular de escritores imprescindibles.
Esa casilla del escritor de prestigio considerado como ejemplo moral está hoy como superada. En lo personal he querido ser buena gente en la vida, pero mala persona cuando escribo. Mi compañera por su parte me dice que no soy ni lo uno ni lo otro, que más bien soy un tipo difícil al que se puede torear.
Escribir es una manera de exorcizar demonios y otras flaquezas que se guardan en el armario del corazón. Por lo general el escritor hace lo que puede y nada a contracorriente tanto en el río de la vida como en el de la literatura. Además, siempre está esa desazón de armar lo mejor posible las palabras en un párrafo, en una frase; al mismo tiempo existe esa necesidad deliberada de no escribir, de dejar la página en blanco y salir a la calle a ser ese individuo que todos quieren debido a que es buena gente y que escribe grandilocuentes silencios.
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