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Entre el castillo y la censura

jueves 14 de noviembre de 2024
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El castillo
El castillo representa la burocracia moderna y K. al individuo que nada conoce de ella y que es incapaz de hacer valer sus derechos e incluso defenderse.

La agrimensura en la antigüedad era considerada como una rama de la topografía dedicada a la delimitación de superficies, para realizar la medición de áreas y la corrección de límites. La censura posee muchos matices e impecables subterfugios para imponer sus oscuros y peligrosos parámetros. La canalla política que ha desgobernado nuestro país ha creado un conjunto de leyes que aspiran de los ciudadanos a un silencio, no de meditación trascendental, sino de sumisión. La censura no es más que una manera de acallar las ideas, los pensamientos y las críticas; en suma, todo aquello que de algún modo le hace ruido a la administración. Todo eso que impide que las mentiras gubernamentales se conviertan en verdad a pesar de repetirlas mil veces y le proporcionen un respiro ante tanta estafa perpetrada, ante tanto fraude llevado a cabo con esa máscara democrática exhibida por muchos años. Necesitan validar un gobierno edificado sobre la mentira, el deshonor y la infamia. Amén de la corruptela que es moneda de cambio en todos los estamentos del Estado. Por eso es no es casual implantar el terrorismo de Estado y la censura como una red de tenues telarañas legales.

Tuve contacto (en mis días de estudiante) con la palabra agrimensor leyendo la novela El castillo, de Franz Kafka. La novela narra la historia del agrimensor K., quien se traslada a un pueblo, que es algo así como un apéndice del castillo, cuyo propietario solicita sus servicios profesionales. Es por ello que abandona patria, trabajo e incluso a su familia. En nuestro país, aparte de hostigar/cerrar periódicos, televisoras e incluso muchas emisoras de radio, disminuyeron la importación de papel, por ende afectando a los periódicos impresos e incluso la impresión de libros. Como el Estado consideraba que esto no era suficiente, compró periódicos (a través de testaferros) y de igual forma se apropió de televisoras para difundir de una manera tradicional las mentiras del gobierno. Los patanes más desquiciados han tenido programas de opinión donde no sólo degradan el lenguaje, sino el sentido de informar. Son programas en los cuales los personajes de la más insondable ralea dan rienda suelta a su odio y a la mezquindad en todo sentido.

Cuando el agrimensor K. llega al pueblo lo cubre la nieve y de inmediato el lector capta esa innegable atmósfera cerrada en la cual se arraigan la desinformación y el misterio. El pueblo está bajo el influjo del imponente castillo, situado en lo alto de una colina, envuelto en una neblina de fría vaguedad y ceñuda autoridad.

En este desgobierno de maravilla que padecemos/vivimos hay cinco puntos cardinales, donde existe la multiplicación de peces y penes, y la Navidad se adelanta para maquillar una realidad que se ha salido de sus goznes y transmitir el bulo de que todo sigue su marcha normal. Esta normalidad forzada lo que hace es reforzar el sinsentido gubernamental y vigoriza la tesis de que el fraude en las elecciones presidenciales del 28 sí ocurrió y se llevó a cabo con todo el caradurismo del caso.

K. en sus intentos iniciales trata de establecer contacto con estos funcionarios del castillo, pero todo resulta infructuoso. Uno de los primeros lugares que K. visita al llegar es la posada del pueblo. Es aquí donde se inician sus investigaciones sobre la naturaleza de su nombramiento y sus responsabilidades. La posada está llena de lugareños que muestran una mezcla de curiosidad y sospecha hacia el recién llegado.

K. es un agrimensor que acude a un castillo de donde han reclamado sus servicios, pero resulta que es tan impenetrable la fortaleza como desconocido su cometido. La historia se complica con personajes y aparece la confusión: en realidad, como le informan al protagonista, su llamada obedece a un error y no necesitaban de sus servicios. A partir de ahí K. vivirá en lo inconcebible.

Otra forma de censura de este desgobierno de maravillas es la fabricación de mentiras en todos los calibres y colores. Aseguran que existe un crecimiento económico, que el plan de vivienda ha sido un gran logro, se dicen demócratas consumados que respetan la Constitución, pero se desentiende de la misma cuando va en contra de sus arbitrariedades, no reconocen los resultados electorales que perdieron de forma aplastante y un montón de etcéteras similares. El dramaturgo y escritor Vaclav Havel escribió que los regímenes autoritarios llegan a creerse sus propias falsedades y terminan convirtiéndose en presidiarios de sus propias patrañas y mentiras.

El castillo representa la burocracia moderna y K. al individuo que nada conoce de ella y que es incapaz de hacer valer sus derechos e incluso defenderse. La crítica de Kafka va dirigida contra ese carácter impersonal y monolítico de ese conglomerado de funcionarios en la administración de cualquier dependencia, pero a su vez señala la dinámica de un complejo mecanismo burocrático que ha perdido los parámetros de su finalidad. Eso es lo desesperante de todas las historias de Kafka: cómo la puesta en marcha de ciertos mecanismos acaba por multiplicarse en muchos procedimientos, pasajes o pasos sin sentido alguno.

Fernando Savater ha escrito: “El primer tratado en defensa de la libertad de expresión no fue escrito por un político sino por un gran poeta, John Milton, cuya obra mayor canta la rebelión contra el Supremo Señor del más excelso de los ángeles. Areopagítica (1644) es un tratado enérgico, pero también sutil, muy bien argumentado, contra la censura previa de los libros, que expone las ventajas de la libertad de prensa de un modo duraderamente influyente”.

 

K. ante este laberinto se convierte en un disidente, en un ser apartado tanto del poder hegemónico del castillo como de los habitantes del pueblo que forman parte de su engranaje. El castillo podría ser una metáfora de esos Estados autoritarios que se erigen por encima de las leyes y en los que una élite (que utiliza el poder para atesorar riquezas y privilegios) decide a capricho el destino de los demás. Marthe Robert ha escrito:

El castillo representa con medios absurdos —que son los únicos adecuados— la absurdidad de un sistema colectivo inicuo, y K., al hombre libre cuya causa se confunde con la de la razón y la justicia. Contra un poder anónimo superiormente organizado y, al mismo tiempo, profundamente confuso, se levanta un hombre solo, teniendo como armas sólo su lucidez y su compasión, y como apoyo sólo el que le ofrecen los seres más débiles (las mujeres, los jóvenes y los niños, víctimas del orden social).

La censura se genera a partir de la paranoia que como un virus infecta todos los intersticios del Estado. J. M. Coetzee escribe: “La paranoia es la patología de los regímenes inseguros y, en particular, de las dictaduras. Uno de los rasgos distintivos de las dictaduras modernas respecto a las anteriores ha sido la amplitud y la rapidez con que la paranoia puede extenderse desde arriba para contaminar a la población. Esta difusión de la paranoia no es involuntaria: se utiliza como técnica de control”. Coetzee también arguye que en la Rusia de Stalin se incitaba a los ciudadanos a convertirse en policías de sus vecinos, amigos, etc. Los lazos de afinidad humana y la confianza eran destruidos. La sociedad devino en un caldo de cultivo para la sospecha y la delación; hombres y mujeres se convirtieron en islas vigilantes de mutua sospecha.

K. nunca logra entrar al castillo. Cuando la censura no es suficiente, los ciudadanos en los regímenes totalitarios son invitados, de manera violenta y sin el debido proceso, a visitar sus cárceles y mazmorras.

Carlos Yusti
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